Mendizábal

Part 9

Chapter 93,917 wordsPublic domain

«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre, su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses; y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza. ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».

Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las lágrimas.

—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!... ¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos de paseo al Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva, su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ese... Y ya sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay que _rematar la suerte_.

En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer, pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las dificultades de su magna empresa.

Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada nombre que el tísico decía, agregaba comentarios injuriosos, pues para él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como terrible.

Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias habilidosas de sus dos niñas.

—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en la mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa, discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín, plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir _Mujeres célebres_. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; solo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula _El Trovador_ o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí... ¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».

Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón, añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta debía presentarse a recogerlo.

—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy conocida: _Zahón y Negretti_, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en orden.

—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo —observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?

—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma, o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído.

—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa señora es jorobada.

—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria, genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda desconfianza...

—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira?

—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo sepa, no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en sus garras.

—Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado al eterno conspirador don Eugenio Aviraneta.

—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al oscuro en logias y _sublimes talleres_ soterráneos, ven visiones, y como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de Bertrán de Lis...

—¿Y la señora de Arnao...?

—Reventó..., naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.

Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor ministro.

XV

A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la secretaría.

—En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido Nicomedes, que le recordábamos a usted.

—No sería para hablar mal.

—De ningún modo. Al contrario...

—Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no he comido en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo siento, porque en estas circunstancias me conviene verle a usted con frecuencia. Por eso he venido.

—Estoy a sus órdenes.

—Ya sé —dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era de última moda, cilindrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con alas planas—, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho... Eso se llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho. Bien haya quien tiene el padre alcalde... Pues yo, contando con su amabilidad, venía...

—Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.

Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran largas y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio y las ansiedades de la ambición.

—Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a la reserva que le impone su cargo en la secretaría particular..., ¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues quisiera que usted me dijese si ha escrito a don Juan Álvarez en favor mío...

—¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.

—Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted figurarse.

—¿Caballero, Trueba y Cossío?

—Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección, el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del Bierzo, donde tengo algunos elementos.

—Por ese lado, Argüelles influye, también don Martín...

—No cuento con esos... Ofreció apoyarme..., vuelvo a decirlo, quien menos puede usted sospechar... En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues me apadrina don Francisco Martínez de la Rosa, es decir, prometió hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa, interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo Palarea.

—Ya..., comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha escrito... Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de don Francisco; y si don Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.

—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...?

—No sé nada. Es hombre muy reservado.

—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos _anilleros_ nos engañan. Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan, nos agasajan, se arriman a la _exaltación_... Otra cosa: ¿No recuerda usted si, entre las recomendaciones de candidatos que hace diariamente este buen señor a don Martín de los Heros, ha ido mi nombre?

—Tampoco lo recuerdo.

—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a Becerra les trata este señor como a criados.

—Pues mire usted —indicó Calpena esforzándose en hacer memoria—, yo tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna de las cartas que me ha dado don Juan para contestarlas...

—A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... —dijo Iglesias aproximando su silla para poder hablar en voz más queda—. ¿Sería en una carta de don Fernando Muñoz?...

—¿El marido de la reina? No..., don Fernando estuvo aquí una noche, y habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por eso puedo decirlo.

—¿Y no ha pasado por aquí una carta de don Juan Muñoz, padre jesuita, hermano de don Fernando? Me consta que le suplicó se interesase en favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio de San Isidro el día del degüello, en julio de 1834.

—Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.

—Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la _exaltación_, y nos halagan para que no extrememos la guerra. Decididamente hemos vuelto la espalda al señor _Dracón_, que no nos sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico doña Carlota y su hermana están a matar.

—No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que los pone en circulación.

—Lo que digo es el evangelio. Están a matar... Nosotros hemos abandonado a _la_ Carlota, y apoyando por el momento a Cristina, trabajamos en el extranjero para evitar la protección que dan a don Carlos los legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: no me dirá usted que no escribe cartas a la hermana de estas señoras, Carolina, duquesa de Berry.

—Nada sé, amigo mío —declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.

—Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos, vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de gran empuje, para que recabe de la duquesa de Berry una expresiva recomendación...

—Y ese legitimista es el señor conde de la Pommeraye, ayudante que fue del duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no hace referencia a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el reconocimiento que se le ha hecho de varias cruces concedidas el año 23, asunto que quedó suspenso por error, o por olvido de ciertos trámites...

—Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes... Por lo visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo más en la idea de que todos me abandonan, de que nadie se interesa por mí... ¡Y esto le pasa al hombre que ha consagrado toda su inteligencia, su vida toda, a la idea revolucionaria, a la redención de este pueblo!... ¡Mátese usted, reviéntese, padezca hambres y persecuciones por la regeneración de un país, por ennoblecerle, por desasnarle, por sacarle de las uñas de la feroz tiranía..., y cuando cree recibir el premio de su servicio, cuando usted humildemente dice a ese país: «Dame tu representación, dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en tu defensa», vese usted desatendido, menospreciado, tratado como un loco!... ¡Oh, esto no puede ser, esto clama al cielo!

Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó, irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle don Fernando con frases de esperanza:

—No desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será.

—Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no he nacido yo para vestir imágenes..., ni aun la imagen de la Libertad. No, ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive por sus ideas, olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted, los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano; persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos, ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!... Mientras nosotros no hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte.

Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto estuvo de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado aquel día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo:

—Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya si me la pagan!...

Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz:

—¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo.

—Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas... Déjele usted..., déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas... Morirá a manos de los _santones_... ¡Que muera, que se hunda...!

En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y preguntándole Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel momento acababan de entrar don Agustín Argüelles y don Ramón de Calatrava.

—Ahí tiene a todo el _santonismo_ —dijo Iglesias con sarcasmo—. Vienen a tomarle medida del féretro... y a cortarle los pies bonitos para que quepa... Es muy grandón don Juan Álvarez Mendizábal... Pero quizás lo que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores, conservarse.

No pudieron entretenerse los dos amigos en conversaciones, porque al punto se enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día. Milagro dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de la contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando la punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma. Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las secretarías familiares de los señores ministros. Toda la tarde se la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos, y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la reina en la próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro. Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su escribiente:

—Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted el mismo favor del mes pasado.

—A las órdenes de Vuecencia.

—Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a pedirme dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy pensando que hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre Negretti! Como usted la conoce y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle esta cantidad que me pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar el recibo en la misma forma de la otra vez... «He recibido del señor Tal..., testamentario del señor Negretti... la cantidad de tal, importe de alimentos y demás de...».

—Descuide Vuecencia...

—Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo, francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la cosa es sencillísima, y nada tiene de particular... Usted, como buen gaditano, conocería al pobre Negretti.

—Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no recuerdo mal, era corso.

—No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus viajes a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una mujer de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto fijo, ni creo que lo supo nadie.

—Algo me contaron...

—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí, como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima... Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el vértigo, y se arrojó a la sima.

—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.

—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende usted...

—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una niña.

—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de _Hatton Garden_, una calle de Londres donde está todo el comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y Negretti.

—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se halla. La conozco, señor.

—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.

—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es preciosa...

—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y se le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña...

—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que Vuecencia puede imaginar.

—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su menor edad... Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de quienes tengo malas noticias.

—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento que percibe la urraca de doña Jacoba.

—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de aquel asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro, quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.

XVI

Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre, asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_ en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_ en los cuernos de la luna.