# Memorias de un vigilante

## Part 6

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Con el último campanazo de las doce, dado por el reloj de San Nicolás, penetraba él sigilosamente a la casa de su amada, y se arrojaba en sus brazos.

Un mundo de besos fue el saludo: era mudo, pero expresivo.

Luego se encaminaron a tientas a una butaca, pero no se habían sentado aún, cuando en una de las puertas interiores apareció el respetable cliente con una vela en la mano y seguido de dos testigos.

La inocente muchacha aprovechó la confusión para hacerse humo.

Él estaba alelado.

--Ha pretendido usted corromper a una menor... ¡los señores son testigos! Voy a labrar un acta y...

--¡Es inútil, señor! ¡Yo voy a retirarme!

--¿Sí?..., ¡está bien! ¡Sin embargo, sepa usted que si para dentro de tres días no me entrega dos mil nacionales, me presento a los tribunales y le armo una cuestión que le dé por resultado perder su título cuando menos!

Y se retiró alicaído y cabizbajo, mortificado por su amor propio, ajado y deprimido, y dejando en poder de su cliente un documento firmado en que constaban prolijamente las circunstancias y pormenores de su desventura.

Reflexionó con calma, y vio que lo mejor era echar tierra al asunto y pagar sin decir una palabra.

¡Y pagó su chapetonada[94]!

Testigos fueron las letras del Banco de la Provincia, que conservó mucho tiempo como recuerdo de su primer cliente, que era nada menos que el ladrón más sagaz y más fino que ha producido Buenos Aires.

Su nombre es conocido: El Cuervito.

AL REVUELO

Los lunfardos que _cuentan el cuento_, dan a cada uno de sus robos un nombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.

Cuando estafan, valiéndose de los sentimientos religiosos, dicen que han hecho "un católico", y si han empleado el recurso de los papeles inservibles, o sea _el balurdo_, _han hecho_ un _toco_ o _un vento_, _mischo_.

También tienen otro golpe lucrativo, que es el _cambiazo_, o sea el engaño, la mistificación, otra prueba del ingenio de estos perdularios que si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas útiles, producirían verdaderas maravillas.

Un señor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a hora determinada a un almacén, cuyo propietario encierra en el fondo de su alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibido para el vulgo, pero que el olfato finísimo de los estafadores ha descubierto.

Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos, diariamente y a la misma hora: el almacenero nota la singularidad y designa a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando un momento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar su consumo.

Cuando ya ha sido notado, pregunta un día si hay buen Oporto o buen Coñac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires de hombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando al despacho de bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.

Este pequeño consumo a hora fija, establece una especie de intimidad entre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, le hace saber que es un funcionario de categoría elevada, más o menos en los ramos en que el almacenero pueda tener algún día necesidad de un buen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo político dominante o con el comisario de la sección o con la comisión de higiene de la parroquia.

Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad del consumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos o tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen día el hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro, con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:

--¡Vea!... ¡Hágame el favor de hacerme tasar esta prenda con algún joyero de su confianza, algún amigo de conciencia!... ¡Tengo necesidad de saber exactamente su precio!

El almacenero acepta complacido la comisión, y al otro día le informa que la alhaja es riquísima y que puede valer como mínimum seiscientos pesos.

--¡Bueno, amigo!... ¡Me alegro!... ¡Estoy salvado!... Figúrese que necesito trescientos pesos por cuatro o cinco días para un compromiso, y un usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no era buena y que por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría cincuenta de interés.

--¡Qué bárbaro!--dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole los ojos.

--Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?

--¡Claro!

--¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!

--¡Es natural!... ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza!... ¿Qué diablos, para qué son los amigos?

Y cierran el trato.

A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la prenda en setecientos pesos y quiere verla.

El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se retiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito" famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".

Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.

El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios, llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con dolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino también su nombre y apellido.

La duda le asalta y va a ver al joyero que le tasó la prenda, y éste le declara rudamente que no es la misma que le llevó la primera vez sino una imitación.

Y aquí son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas las personas que entran al negocio, pero nada le vale: el _cambiazo_ se efectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesos volaron del cajón como por arte de encantamiento.

XV

LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES

Mi permanencia en el delicado servicio que tenía a su cargo el sargento Gómez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudiera concurrir, y en ella aprendí a conocer este Buenos Aires bello y monstruoso, esta reunión informe de vicios y de virtudes, de grandezas y de miserias.

Yo penetré el movimiento de los hombres en sus calles estrechas, las pasiones que encierran los palacios y los conventillos, los intereses que se juegan diariamente desde la Bolsa a los mercados, y, nacido en las más humildes esferas, ascendí peldaño a peldaño la larga escala social, tendida entre el humilde vigilante, que, parado en una esquina, expuesto a las inclemencias del tiempo, ignora todo lo que no se relacione con el pequeño radio puesto a su cuidado, y apenas sospecha los sucesos de más volumen que ocurren fuera de su parada y la vida turbulenta y accidentada de los hombres de mundo.

Todo lo que vi y aprendí en mi larga y penosa ascensión, todo desfilará en las páginas de estas Memorias, y si no en este volumen, en otro que le seguirá reflejaré con toda la precisión que me sea dado, las cosas y los hombres que encontré en el andar de mi vida y los sucesos extraordinarios en que más de una vez tuve que actuar.

XVI

EL HOMBRE PROVIDENCIAL

Un suceso criminal que después relataré y que forma uno de los capítulos más importantes de mi vida, me proporcionó ocasión de distinguirme, y fui ascendido a sargento y nombrado en reemplazo del viejo Gómez, que fue jubilado.

La noche del día en que recibí mi nombramiento, me retiraba a mi modesto cuarto de conventillo--pues tiempo hacía que había dejado el que por meses ocupara en casa del comisario--e iba con el corazón lleno de ilusiones, y cantándome en el alma un coro de alegría, cuando de repente, al volver la esquina de Piedad 88 y Suipacha, me topé de manos a boca con un hombre que pretendió ocultarse en el hueco de una puerta.

Era un individuo correctamente vestido de negro, de levita perfectamente abrochada y sombrero de copa, y llevaba bajo el brazo un bastón, cuya contera reluciente brillaba con los primeros rayos de luna que comenzaba a alzarse sobre el atrio de San Miguel.

En el suelo y ante él, estaba un pequeño paquete y al lado el cajón de la basura, perteneciente a la casa en cuyo umbral se había detenido.

Cuando se irguió, le conocí, a pesar de hacer seis meses que no le veía: era el concurrente a las antesalas del Ministerio del Interior, el visitante del mayordomo, don Tomás Regnier, aquel hombre cuya miseria tanto me había llamado la atención en mis horas de guardia, frente a la puerta de la sala de espera y cuya silueta he presentado al comenzar estas Memorias.

--¡Hola amigo!, ¿qué hace?

--¡Qué quiere que haga, señor vigilante! Disputaba a aquel atorrante--y alzando el brazo me mostró un perro de esos callejeros, flaco y sucio, que parado sobre tres de sus cuatro patas por tener una enferma, nos miraba desde el atrio--¡esos restos de pescado y de puchero que he envuelto en ese diario!

--¿Para qué?

--¡La pregunta!... ¡Para cenar!... ¡La vida hay que hacerla a pesar de todo, señor vigilante!

--Dígame, ¿no es usted aquel hombre que concurría todas las tardes al Ministerio del Interior, y que se iba a curar en la Convalecencia?

--¡El mismo, sí, el mismo!... ¿Y Vd. quien es?

--¿No se acuerda de mí?... Aquel agente que le dio cinco pesos para que fuera...

--¡Oh! ¡Oh!... ¡Sí! ¡Sí!... ¡Oh! ¡Me acuerdo bien, sí!... ¡Después no lo he visto más!... ¡Y eso que voy al Ministerio como siempre!...

--¿Y se curó?

--¡Muy bien, gracias, muy bien!... Hoy ya estoy sano de los vahidos (perfectamente sano), pero la posición ¿sabe usted?... ¡la posición social..., eso sigue mal, muy mal!... ¡La suerte es caballa!

Me dio lástima aquel pobre ser enclenque y miserable, que disputaba a los perros callejeros su alimento y, diciéndole que me siguiera, lo conduje hasta "La Croce di Malta", en la calle cortada del Mercado del Plata, donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella de vino y un plato de _busecca_.

Allí, en una mesa, cerca de otra, donde un grupo de trasnochadores hacía su colación alegremente, nos sentamos los dos, y luego que él saludó con complacencia y gran dignidad a los turbulentos vecinos, diciéndome, mientras movía la cabeza y sonreía: "son los muchachos de los diarios, ¿sabe?, los noticieros de la Patria Argentina[95], La Nación, La Prensa, que vienen a conspirar contra los directores porque no les aumentan el sueldo", nos pusimos a comer.

De esa noche data mi amistad con el hombre extraordinario, cuyas aventuras forman por sí solas el volumen más curioso de la vida porteña que pueda imaginarse, y data también mi engrandecimiento moral, pues, si bien yo le proporcioné los medios de regenerarse físicamente, él, en cambio, me dio alas, me arrebató consigo y me puso en aptitud no sólo de hacer con brillo mi camino, sino también de escribir estas Memorias, cuya primera parte termina por haber llegado el momento en que el vago de las cuchillas, el humilde soldado del 6º, alcanzando al puesto de sargento en la policía de Buenos Aires, pudo ensanchar la esfera de su acción y dejar a la espalda los días oscuros en que el anónimo mataba todas sus iniciativas e invalidaba sus penosos esfuerzos!

NOTAS:

[1] Yunta, no tener. No tener igual.

[2] Molle: arbolito del Chaco que da una madera muy fina.

[3] Arbol de Entre Ríos, Tucumán, Salta y Jujuy, de follaje permanente y muy frondoso y ramas espinosas. Su madera es dura y da una tintura rojo oscura.

[4] De color blanco amarillento. Se aplica más comunmente para designar un color de pelaje de los caballos.

[5] Cuero utilizado como recipiente.

[6] Picar: aguijonear los bueyes que tiran de las carretas.

[7] Leva: recluta o enganche de gente para el servicio de un Estado. Decíase comunmente de la reunión de ociosos y vagos, que solía hacerse por la justicia para destinarlos al servicio de mar o tierra.

[8] Pergeñada: arreglada, dispuesta.

[9] Maceta: se dice del caballo que tiene nudos en las rodillas y cuartillas debido generalmente a su mucha edad o excesivo servicio.

[10] Se dice de la caballería que mosque, o sea que mueve constantemente la cola y aún las orejas para espantar los insectos que le molestan o por mala costumbre.

[11] Sabandija: cualquier reptil o insecto, especialmente los asquerosos o molestos.

[12] Pilchas: prendas del recado o cualquier prenda de uso.

[13] Mancarrón: Caballo viejo, muy estropeado o casi inservible por su vejez.

[14] Redomón: Se dice de potro en doma, que sólo un jinete muy bueno puede montar.

[15] Tusado: con las crines recortadas.

[16] Corto: fig. Tímido.

[17] Quinchada: Dispuesta en forma de tejido o trama. Se emplea en las paredes o techos de los ranchos y en los de los carros y carretas. Sirve para afianzar las construcciones.

[18] Tía: mujer casada o entrada en edad. Es de tratamiento de respeto.

[19] Matrera: arisca, chúcara, cimarrona, en general se aplica a la hacienda.

[20] Mata, andar a saltos de: Huir, andar temeroso.

[21] Culero: Cuero que el peón aplica exteriormente sobre la cintura y los muslos para evitar el roce del lazo sobre las bombachas en los trabajos de campo, cuando los hace de a pie. También se llama culero al tirador.

[22] Bolivianos: Moneda de plata de baja ley, acuñada en Bolivia. Las monedas se usaban como botones para cerrar los tiradores.

[23] Bastonero: persona que designa el lugar que han de ocupar las parejas y el orden en que han de bailar.

[24] Prima: primera cuerda de la guitarra, la de tono más agudo.

[25] Segunda: cuerda de la guitarra.

[26] Dormírsele a algo: quedarse con algo, no soltarlo; se aplica en especial a comidas y bebidas.

[27] Cuchufleta: Broma.

[28] Barato, pedir un: ofrecerse para una lucha o juego.

[29] Hueya: grafía de acuerdo con la dicción habitual; lo correcto es _huella_.

[30] Limpio: descampado, espacio libre.

[31] Pepeleta: nombre que suele darse vulgarmente a la libreta de enrolamiento en la campaña del Litoral y del Noroeste.

[32] Los Corrales: mataderos que desde 1877 estaban instalados en el actual Parque Patricios, en terrenos comprendidos entre las calles Caseros, Rioja (hoy su continuación Monteagudo) y Arena (hoy Av. Almafuerte). Allí se desarrolló una de las batallas de la revolución de 1880.

[33] Como a chorlos: fácilmente, sin ninguna dificultad.

[34] Kepí: la academia establece quepís para el nombre de la gorra ligeramente cónica y de vicera horizontal.

[35] Chasca: se llama así el pelo de la cabeza cuando está enredado.

[36] Pelar: sacar.

[37] Patrio: caballo que pertenece al Estado.

[38] Se refiere a las luchas que sucitó la separación de Buenos Aires del resto de la Confederación y que sólo terminó con la Federalización de la ciudad de Buenos Aires. La Plaza de la Victoria, o Plaza Victoria, fue el nombre con que se conoció tradicionalmente a la actual Plaza de Mayo, que hasta 1883 estuvo dividida por la Recova Vieja en dos: la Plaza 25 de Mayo, frente a la Casa Rosada, y La Victoria, nombre que data de 1808 y que le fue impuesto en conmemoración de la victoria del 12 de agosto de 1884, demolida La Recova, las dos plazas quedaron unidas bajo la denominación actual.

[39] Marcos Paz: hacendado (1844-1904). Al federalizarse Buenos Aires en 1880, ocupó la jefatura de policía; más tarde fue diputado nacional y miembro del directorio del Banco de la Nación.

[40] Departamento viejo: alusión al Departamento de Policía, situado, en esa época, en la calle Bolívar, entre el Cabildo y la casa llamada «Altos de Riglos». Era un edificio chato y sencillo, con techo de tejas. También estaba allí la cárcel de encausados. Cuando se abrió la Av. de Mayo fue demolido junto con una parte del Cabildo, pero en ese entonces el edificio ya no estaba ocupado por el Departamento de Policía, sino por la Municipalidad de Buenos Aires.

[41] La Avenida de Mayo: fue abierta en 1889; en ella se empleó por primera vez en la ciudad el afirmado de madera; hasta entonces sólo se conocía el de adoquines.

[42] El General Paunero: Wenceslao Paunero (1805-1871). Tuvo una destacada función en la guerra con Paraguay, además de innumerables campañas contra los indios y las montoneras; ascendió a general en la Batalla de Pavón. Fue candidato a vicepresidente de la República en 1868.

[43] Las Manzanas: paraje próximo a la Villa Gutiérrez, departamento de Ischillín, provincia de Córdoba.

[44] General Conrado Villegas: (1840-1884). Actuó en la Guerra del Paraguay; tomó parte en la campaña contra Mitre en 1874; luchó con los indios en 1877; acompañó a Roca en la campaña del Desierto y fundó Choele-Choel; actuó en la represión de la Revolución del 80.

[45] Namuncurá: Manuel Namuncurá, casique voroga, nacido en Chile y llegado a la Argentina en 1834. Se mantuvo en lucha constante contra la llamada civilización e intervino en las Luchas Intestinas del país poniendo sus lanzas al servicio de diversos contendientes. Era un hombre de gran valor y fuerza y hábil para mantener su caciscazgo. Fue el último jefe indio que se rindió en la Conquista del Desierto que realizó Roca. Se lo nombró «Coronel de la Nación». Uno de sus hijos se hizo sacerdote católico y otro fue militar del Ejército Argentino.

[46] Eunuco: hombre castrado.

[47] Se hará a la cancha: se acostumbrará. La frase está tomada del vocabulario familiar de las carreras cuadreras.

[48] Mayoría: oficina del Sargento Mayor.

[49] Vistas: proyección de imágenes cinematográficas.

[50] La Recoba: grafía arcaica, la correcta es Recova. La Recova primitiva fue un edificio construido en tiempos del Virrey del Pino (1803); ocupaba el centro de la actual Plaza de Mayo; constaba de un arco central y veinticuatro arcadas, doce a cada lado. Durante la época de Rosas (1835) el estado la sacó a remate, pero no se aceptó la oferta que se hizo. Al año siguiente la compró Tomás Anchorena y durante la Intendencia de Torcuato de Alvear (1883) fue expropiada y demolida.

[51] Paquete: elegante, que sigue la moda, bien vestido.

[52] Clases: individuos que forman los escalones intermedios entre los oficiales y los soldados rasos.

[53] Tiple: la más aguda de las voces humanas.

[54] El Ministerio del Interior: Los ministerios del Gobierno Nacional tenían su sede en la Casa Rosada.

[55] Navarro: partido de la provincia de Buenos Aires, tiene una superficie de 1.625 km2; limita con los partidos de Mercedes, General Las Heras, Lobos, Veinticinco de Mayo, Chivilcoy y Suipacha. Tuvo su origen en un fortín de frontera en el último tercio del siglo XVIII.

[56] Valimiento: amparo, favor, protección, defensa.

[57] Pichuleador: conseguir afanosamente pequeñas ventajas en ventas o negocios.

[58] La mosquita que le haré poner: amenaza con hacer público un comentario que molestará.

[59] Fuste: fig. Nervio, sustancia o entidad. Importancia.

[60] Empeño: recomendación. Protector, padrino.

[61] Aceite para la máquina: eufemismo para referirse al soborno de los empleados públicos por medio de dinero.

[62] Trote: fig. y fam. Apuro, trabajo, tarea pesada. Se usa con los verbos dar y meter.

[63] Está faltando: al respeto, está diciendo inconveniencias.

[64] Judería; acción engañosa con que se obtienen procechos ilícitos.

[65] Fariseo: fig. Hombre hipócrita.

[66] Prosopopeya: afectación de gravedad y pompa.

[67] La Convalecencia: Hospital de la Convalecencia; se hallaba situado en el solar que ocupa actualmente el Hospital Nacional Neurosiquiátrico de Hombres.

[68] Asenderado: fig. Que ha recorrido muchos senderos.

[69] El Ministerio del interior: quizás se refiera a Bernardo de Irigoyen (1822-1906), cuyo retrato coincide con la descripción, y que entre los numerosos cargos públicos que ocupó, fue Ministro del Interior durante una parte de la primera presidencia del general Roca (1880-1886).

[70] Camandulero: que procede con subterfugios e hipocresías.

[71] Tercio: cada uno de los tres grupos en que se dividía el personal de una comisaría, para cumplir un turno de ocho horas.

[72] Ñudo, al: Inútilmente.

[73] Raspa: ladrón, ratero.

[74] Departamento Central: Departamento Central de Policía.

[75] Gorra, vivir de: vivir a costa de otro, sin pagar nada.

[76] Leguleyo: el que trata de leyes no conociéndolas sino vulgar y escasamente.

[77] Quebrarse: hacer quiebros al bailar o caminar, como los compadritos.

[78] Renuncio: fig. Mentira o contradicción.

[79] Caramayolí: asalto.

[80] Biaba: asalto a mano armada.

[81] Dirse: forma de dicción inculta del verbo irse; aparece con más frecuencia en el lenguaje rural que en el urbano.

[82] Champurriao: dicción inculta de champurreado. Mezclado (De champurrear: mezclar un licor con otro y hablar mal un idioma mezclándolo con otro; también chapurrear).

[83] Ad hoc: expresión latina que significa «para esto», «para el caso».

[84] Me sale con una pata de gallo: me dice un despropósito o tontería.

[85] Calle Buen Orden: actual Bernardo de Irigoyen.

[86] Mulita: fig. Flojo, timorato, miedoso.

[87] Clavar: engañar empleando malicia o fraude en los tratos y contratos.

[88] Train: dicción inculta por «traen». Se trata de un fenómeno de disimilación de dos vocales abiertas; es muy frecuente en el habla inculta y rural.

[89] Reatado: atado apretadamente.

[90] La devaluación de la moneda papel con respecto a la moneda oro es la base de esta estafa. Los 5.000 pesos oro valían 625.000 pesos papel.

[91] Mosca: dinero.

[92] Ramplón: tosco, vulgar, desaliñado.

[93] Calle de las Artes: actual Carlos Pellegrini.

[94] Chapetonada: inexperiencia o torpeza del que es nuevo en alguna actividad.

[95] Patria Argentina: periódico político, noticioso, literario, comercial; se publicó en Buenos Aires desde el 1º de enero de 1879 hasta el 31 de octubre de 1885. Su director fue Alberto Gutiérrez y sus redactores José María y Ricardo Gutiérrez. Sostenía la orientación del Partido Nacionalista. En total publicó 2.370 números.

