Memorias de un vigilante

Part 5

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Los que _dan caramayolé_ o _la biaba_ son los ladrones de la clase más íntima, es la plebe del mundo lunfardo: ellos no necesitan para realizar sus empresas usar el mínimum de talento. Un buen garrote esgrimido como maza, y descargado a tiempo sobre un transeúnte descuidado, o una pedrada en la cabeza, asestada a mansalva, son sus recursos favoritos, y éstos no son difíciles de usar.

No obstante, a veces estudian también las víctimas, a fin de no dar el golpe sin provecho, pero no es condición indispensable: se confían al acaso. Hay algunos de estos asaltantes que combinan sus golpes con habilidad, pero son raros.

El sargento Gómez me refirió a este respecto una hazaña del pardo Vilaró, llamado vulgarmente "el de los pavos", para distinguirlo de un tocayo que se llamaba "el de los mates", que es un caso típico de asaltante, metido a ejercer de _escrucho_ a la alta escuela.

En la calle Buen Orden[85], al llegar a Brasil, había una platería de aquellas que antes abundaban en el barrio del Sur, poblado casi todo por estancieros y gente de campo, cuyo comercio consistía en la venta de frenos, facones, espuelas y demás artículos similares, hechos de plata. La tienda era pequeña y lo poco de valor que contenía estaba encerrado en una vidriera movible, que descansaba sobre el mostrador, hacia la derecha, frente a un pequeño venta que, daba a una pieza interior, por el cual el platero, cuando no estaba en el negocio, veía todo lo que pasaba en éste.

La puerta de comunicación entre la tienda y la pieza interior quedaba hacia la izquierda.

Una mañana el platero tomaba su desayuno, cuando de repente ve entrar al negocio a un pardo grande y fornido, que levantando en alto la vidriera corría hacia la calle. Se echó tras él y consiguió hacerlo detener, pero ya no llevaba la vidriera ni fue posible dar con ella por más pesquisas que se hicieron.

El detenido fue puesto en libertad, y más tarde, se jactaba del robo y de su astucia, diciendo:

--¡Amigo, que son mulitas[86]!... ¡Yo tenía en la puerta de la platería un carro cargado de pasto verde, pero arreglado con un hueco en el medio; pasé, tiré la vidriera y seguí corriendo, seguido del platero! ¡Pobre hombre! ¡Ni coceó, y el carro se fue con la vidriera, mientras a mí me enloquecían a preguntas en la comisaría!... ¡Vivos los mozos!

EL PANAL EN LA LENGUA

Los que hacen el _scrucho_ o _cuentan el cuento_, son simplemente, en buen romance, los estafadores, los más inteligentes, más astutos y de más buen tono en el mundo lunfardo; son, como si dijéramos, su aristocracia.

¡Y así son de odiados por sus congéneres los punguistas y los escruchantes!

Éstos se llaman _batidores_--delatores--y cuidan de ocultarles sus manejos lo más que pueden; pero todo es inútil: no escapan al ojo sagaz del estafador que es un infatigable caminador, y que, como anda día y noche por las calles en busca de _otarios_--víctimas--no deja de conocerles las guaridas y los _trabajos_ en que andan ocupados. Se les oye decir con mucha frecuencia:

--¡Vea!... ¡El _trabajo_ (robo) que hace un hombre, se conoce en el modo de caminar!... ¡Si fuéramos de la policía, qué pesquisas de mi flor!

El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre lleva a la distancia un compañero que le sirve para cualquier papel que sea necesario desempeñar.

Sus útiles de trabajo son simples: consisten sólo en un diario doblado, al cual le llaman el toco _mischo_--el montón pobre--o el _balurdo_, y en algunos cobres.

No se tienen por ladrones, y siempre dicen:

--¡Nosotros lo que hacemos es embromar a quien nos tiene por zonzos! ¡A los _otarios_ les contamos un cuento, les ofrecemos una ganancia enorme, y _encandilados_, los clavamos[87]: eso es todo!... ¡No les hacemos daño, no los golpeamos, ni asustamos!... ¡Si se clavan, nadie tiene la culpa!

Si uno los apura, demostrándoles que son ladrones, exclaman

--¡Bueno!... ¡Entonces, también los otarios lo son!... ¡En el Brasil, la ley los castiga como estafadores!

Individuos de estos he conocido que cuando se les ha motejado de ladrones se han indignado.

--¿Yo ladrón?... ¡no he estado preso jamás por eso, señor!... ¡Yo no tengo sino estafas!...

--¿Y la estafa no es robo?

--¡No, señor; no es robo!... Dígame, ¿qué va a hacer uno cuando ve un tano (napolitano) que a fuerza de no comer junta unos marengos, y lo primero que hace es largarse a su tierra?... ¡Quitárselos!

--¡Pero eso está mal hecho!

--Pero señor, ¿y uno va a tener la sangre fría de dejar que se lleve la plata del país?

--¿Y acaso la plata es tuya?

--¡Claro que es mía!..., ¿cree que no soy argentino?

Y si es extranjero varía la respuesta, diciendo

--¡Mía no; pero sí de mis hijos que han nacido aquí!

Hay pillos de estos para quienes es una mala noticia saber que un trabajador extranjero ha abandonado el país, llevándose una fortuna.

_Alcachofa_, el ladrón más decidor que he conocido, decía siempre, cuando lo llevábamos a la comisaría:

--¡Aquí me _tráin_[88], señor!... ¡siempre por lo mismo!..., _secuestro de marengos_--parodiando el estilo de los partes policiales--¡a un gringo que quería volar!

Y éste murió en su ley: lo mató una puñalada, tirada por uno que, próximo a embarcarse, llevando unos ahorros, se encontró en un minuto más pobre que Job.

El método de robo en que la inteligencia desempeña un papel más activo, es la estafa.

El buen resultado para el ladrón depende de mil circunstancias que deben estudiarse, tales como el carácter del individuo, candidato a robado, sus tendencias, sus aficiones, sus amistades, su parentela, etc.

Todo debe ser tenido en cuenta, y no puede darse un paso sin premeditación, bajó pena de perder el tiró.

Por eso los estafadores veneran el tiempo: teniéndolo, son capaces de robar a un avaro.

Sus _trabajos_ son largos, pero seguros.

Rara vez emprenden ellos la tarea de estudiar el individuó a quien van a hacer víctima de su habilidad: ese es trabajo del auxiliar, a quien ellos llaman _changador de otarios_, y que permanece siempre en la sombra, aun cuando lleva la parte más gorda de la empresa.

Este auxiliar es, por lo general, un almacenero, que es el confidente de todos los artesanos y sirvientes de su barrió, un amigo desleal e infamemente codicioso, un pequeño negociante con apariencias de honorable, en fin, un individuó que a mansalva se informa de las peculiaridades de cada semejante, y las vende luego a los que inventarán el cuento apropiado para despojarlo, los que fabricarán la ganzúa que les franqueará el acceso hasta la caja anhelada.

Jamás los estafadores dignos de fama malogran un esfuerzo: cuando se determinan a dar su golpe, es ya sobre seguro.

El vulgo generalmente dice:

--¡Amigo, que todavía haya tontos que se claven con estas cosas!

Esta frase es hija de la ignorancia: no es que la víctima sea un tonto, no es que haya visto el lazó que le tienden: es que las cosas se le presentan con tal habilidad y con tal disimuló, que no hay previsión ni desconfianza que valgan.

Un buen día se encuentran con un paisano y amigo--recién venido, a estar a su declaración--que les habla de la familia ausente, de la carta última que ha recibido, de las noticias en ella consignadas, relativas al estado de ánimo y fortuna del pariente que está en América, y éste cree a pie juntillas que quien le habla es efectivamente persona de su pueblo, amigo de los suyos, uno de esos seres indiferentes, cuyo recuerdo se ha borrado de la memoria con el transcurso del tiempo.

Y entabla la relación; establecida la confianza, pronto la empresa habrá llegado a su término.

¿El individuó es desconfiado y avaro?

El cuento que se prepara halagará su pasión predominante, y será no para que hable a su imaginación, sino a su juicio.

¿Es la víctima futura un imaginativo o un aventurero que quiere forzar la suerte?

El cuento tendrá todos los caracteres necesarios para arrebatarlo.

El sargento Gómez y Regnier--mi maestro inolvidable más tarde, en los días en que ya la fortuna comenzó a sonreírme y que me sirvió de guía para penetrar en el bajó mundo social de Buenos Aires, cuyos misterios haré desfilar ante la vista de mis lectores en cursó de estas Memorias--me fueron enseñando poco a poco a distinguir los caracteres de las cosas que como en un caleidoscopio pasaban ante mi vista.

El primero me contó algunas estafas en que él había intervenido como empleado, en el tiempo viejo, que son, para aquella época lejana, obras maestras de habilidad, que si bien no pueden compararse con las de la época actual, que son verdaderas maravillas, dan ya una idea de lo que es el estafador y de los recursos de que echa mano para conseguir sus fines.

NO LE SALVÓ SER MINISTRO

Era teniente cuando en la Piedad, allá por 18..., un asturiano llamado José Cañete y Puertas, hombre ahorrativo y económico, amigo de las monedas como un judío, y más deseoso de hacer fortuna que de llegar a conquistar fama de santo y verse un día adorado en pintarrajeada efigie por creyentes masculinos y femeninos.

A fuerza de guardar sus sueldos, limpiar las alcancías cuando podía y desplegar toda su astucia para cazar propinas y estipendios, había llegado a juntarse sus buenos cincuenta y cinco mil pesos de la antigua moneda, los cuales, en billetes del Banco de la Provincia, dormían tranquilos en el fondo del inmenso baúl que lo acompañaba desde su tierra.

Cosa es que nunca pudo averiguarse cómo dos lunfardos llegaron a conocer el tesoro de Cañete: el hecho es que se lo robaron de una manera ingeniosa.

Una tarde, al toque de oraciones, llegó a la sacristía un individuo al parecer italiano, cohibido, tímido, cortado, y le dijo que un amigo suyo que estaba moribundo deseaba confesarse con él, que sabía era caritativo y generoso.

--No puedo salir ahora.

--¡Pero señor!..., ¡el pobre Juan está enfermo!..., ¡mañana no hablará más!..., ¡por caridad, vaya a verlo!

--¡No puedo y no puedo!...

--¡Le haremos cualquier demostración!... ¡Tenemos dinero!

--¿Dinero?..., ¿cuánto me dará?

--¡Doscientos pesos!

--Bueno... ¿dónde está la casa?

--Aquí cerca... calle Paraná número setenta.

Y el cura Cañete, próximo a tener un suplemento de doscientos pesos, entró contoneándose al número 70 de la calle de Paraná, acompañado de aquel cuya oratoria había vencido su voluntad.

El número 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, no encontró sino un miserable catre en un rincón y en él, agonizante, un hombre ya de edad.

Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada en el cuello de una botella.

El moribundo, al entrar el sacerdote, levantó la cabeza toda reatada[89] y la dejó caer pesadamente sobre la bolsa que le servía de almohada.

--¡No se mueva, hermano!...—dijo Cañete con voz que quiso hacer tierna, y acercando a la cama del enfermo la única silla que había en el cuarto, se sentó.

Su acompañante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro más lejano del grupo.

El cura Cañete comenzó a hablar como interrogando, luego acercó más su silla al enfermo y volvió a escuchar lo que éste hablaba.

De repente se levantó y dirigiéndose al que había sido su acompañante, le dijo con tono compungido:

--Da lástima, ¿eh?... Ya vuelvo; voy a buscar un crucifijo..., ¡es necesario que ese pobre muera como buen cristiano que es!

Y salió.

El enfermero se acercó al enfermo y éste le dijo con cara alegre:

--¡Pisó el palito!.. _¡cái_ como un ángel!

Minutos después se sintió el taloneo del cura, que esta vez venía como volando.

Volvió a acercarse al enfermo, habló algo con él y no tardó en dejarlo.

El enfermero lo salió acompañando, y lo acompañó hasta la misma esquina de la iglesia: Cañete volvió varias veces la cabeza mientras atravesaba el atrio y allí estaba el pobre italiano mirándolo y poniendo una cara como de quien no puede aguantar el llanto.

Cañete siguió el largo pasadizo que, abriéndose sobre el atrio, conduce a la sacristía, y no bien desapareció, el acompañante echó a correr calle arriba.

Dos minutos después, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantada y llevando una bolsita en la mano.

Corrió hasta el número 70, y llamó: no obtuvo respuesta.

Siguió llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenero de la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendió, y más al oírle decir:

--¿Dónde está el enfermo?

--¿Qué enfermo?

--El que vivía en este cuarto.

--¡Si este cuarto no está habitado todavía!... ¡Hoy me lo alquilaron unos mozos, pero aun no han traído sino un catre!...

El cura no oyó más, y salió en dirección a la comisaría a dar cuenta de que lo habían robado.

Se abrió la puerta y en el cuarto no se encontró sino un catre y un cabo de vela.

Enfermo y enfermero se habían hecho humo.

Para engañar al pobre Cañete, los ladrones halagaron su pasión dominante.

El enfermo le dijo que bajo la almohada guardaba cinco mil pesos en oro,--que entonces tenía un premio de ciento veinticinco por ciento[90]--y que quería dejarlos para misas, pero que deseaba dejarle cincuenta mil pesos papel a su cuñada, que vivía en Flores, y era el único pariente que tenía.

Cañete se ofreció para decir las misas.

El enfermo aceptó, pero agregó:

--Hay una dificultad. ¡El dinero de mi cuñada quiero que lo lleve mi amigo que me ha ayudado tanto! Deseo darle algo a él, pero quisiera que no supiese que dejo para misas... así, si usted pudiera cambiarme por papeles, yo haría el reparto mañana... ¡No he de morir todavía!

Cañete vio un negocio espléndido en el cambio y trajo sus pesos a pretexto del crucifijo, recibiendo por ellos una bolsita llena de... balas achatadas.

Su amor a las monedas lo dejó en el mismo estado financiero en que llegó al país: todo fue, pues, cuestión de comenzar de nuevo.

Jamás pudo dar la policía con los ingeniosos autores de este cuento.

CUPIDO Y CACO

Otro _scrucho_ o _cuento_ lindo--digno del anteriores el que hubieron de hacerle a don José Robillotti, honrado italiano, que a fuerza de labor había conseguido acumular unos dos mil nacionales.

El amigo Robillotti, viudo, vivía en una casa de inquilinato, ubicada en la calle de Reconquista, en compañía de Rosita, su hija.

La tal muchacha, con sus 14 años, su carita rosada y sus piernas gruesas y bien torneadas, era algo apetitoso y tentador y hacía la desesperación de los dandys del barrio, que no perdían ocasión de verla pasearse en la vereda con sus coquetos vestiditos rosa, sus delantales negros guarnecidos de trencilla punzó con pliegues de pestaña, haciendo cantar sus zuequitos escotados, y moviendo al son de esa música su cuerpo flexible y airoso.

Y, ¡luego los vestiditos que usaba!... Si eran lo más traidores: jamás cubrían las hermosas piernas tentadoras, calzadas, por lo general, con medias punzó.

Esas piernas eran, para los adoradores de Rosita, como la miel para las moscas.

Y ella lo sabía la muy mimada, y sin embargo se hacía la inocente, y las declaraciones más ardientes, los piropos más expresivos y más achicharradores, apenas le arrancaban como contestación un:

--¡Puerco!... ¡Cochino!... ¡Qué más se quisiera!... ¿Quiere ver que llamo a _me tatas_?

Frases con las que dejaba helados a sus novios, que se contentaban con mirarla desde la esquina, blanqueando los ojos, retorciéndose el bigote, si lo tenían o pellizcándose el punto donde debieran tenerlo, y entregándose a toda suerte de ejercicios gimnásticos con sus respectivos bastones, cosa que creían la más sublime expresión del chic y la más elocuente prueba de su experiencia en asuntos amorosos.

¡Pero Rosita era insensible a estas demostraciones equilibristas!

Un buen día dejó de salir a la vereda, y en el barrio se corrió la voz de que la visitaba un mozo, empleado de la Municipalidad. Como no volvió a aparecer en la calle, sus adoradores, fastidiados, fueron a ser satélites de otras constelaciones.

Desde entonces se vio a Robillotti acompañado de un joven al parecer criollo, llevando con cierta elegancia un trajecito de saco, de esos que son una falsificación de _última moda_,--hechos con toda conciencia por un sastre baratillero--y que era de su misma opinión en todos los asuntos que trataban.

Evidentemente, era un yerno futuro: sólo éstos son capaces de pensar en todo igual a otro hombre; es privilegio de los que están por ser suegros encontrar quien no los contradiga en nada.

Una tarde venía por bajo los sauces de Palermo el sargento Gómez, cuando de repente se topó con un ladrón, conocido por el apodo de Silvita que, acompañando a un individuo que respiraba honradez por todos sus poros, se ocupaba en contar los árboles del bosque.

Sospechando que fuera una víctima futura del acompañante, le interrogó sobre lo que andaba haciendo, y le encontró muy reservado y poco dispuesto a hablar de sus intenciones y miras.

Silvita, colorado hasta las orejas, se entretenía en mascar unas hojitas de sauce.

El sargento se llevó los dos ciudadanos a la comisaría y allí se descubrió el pastel.

El paseante del bosque--que no era otro que Robillotti--cuando supo qué clase de pájaro era su acompañante, cantó de plano.

Dijo que este era el novio de su hija, y que hacía seis días que la había pedido en matrimonio, declarándole que no podía casarse hasta no realizar un negocio que tenía entre manos.

Interrogado por él sobre la naturaleza de este negocio, le había dicho:

--Yo soy empleado municipal, y puedo sacar con facilidad el corte de todo el sauzal de Palermo. Pagan veinte centavos por cada árbol y dejan éste a beneficio del contratista; pero hay que dar una garantía de dos mil nacionales y yo no los tengo.

--Pero los tengo yo... y es lo mismo, dijo Robillotti, que, habiendo sido carbonero, conocía el precio de la leña, y como buen genovés, calculó en un segundo que la fortuna llamaba a su puerta.

--¿Cuántos son los árboles?

--Amigo Robillotti, va a ser un sacrificio...

--¡Bueno!... no hablemos más de eso. ¿Cuántos son los árboles?

--No lo sé.

--Mañana los contaremos... ¡ofrezca no más la garantía!

Y Robillotti andaba ya por largar la mosca[91], cuando para felicidad de su bolsillo, lo encontró el agente policial.

_Silvita_ halló cierta toda la relación del que hubo de ser su suegro y se contentó con decirle cínicamente:

--¡Qué mi suegro este!... ¡Hubiese querido verle la cara cuando los _chafes_ (vigilantes) lo hubieran agarrado cortando sauces!

Robillotti no paró hasta su casa.

Allí instruyó a Rosita sobre el fracaso de su casorio, y ésta, pasada la primera impresión, volvió de nuevo a la vereda a lucir sus piernas torneadas y a hacer _cantar_ a sus zuecos el aire con que acompañaba los movimientos graciosos de su cuerpo flexible.

EL PRIMER CLIENTE

Acababa de recibir su título de abogado y de instalar su estudio con toda coquetería.

Eran dos pequeñas piezas situadas en una casa de altos de la calle de Bolívar, puestas con la magnificencia que sus escasos recursos le habían permitido y que consideraba regias, dado el esfuerzo que le había costado alhajarlas.

¡Era en ellas un rey!

¡Qué pequeños y miserables conceptuaba, comparados con él, al estudiante de primer año que debía servirle de amanuense y que era un comprovinciano suyo y al gallego Manuel que le servía de mandadero!

Ambos no le llamaban sino _el doctor_, como obligaban las tablillas que tenía a la puerta, y le halagaba que no le olvidaran el título ni aun en la más insignificante emergencia de la vida.

Esa frase que se había ganado y que le distinguía de los demás mortales, le sonaba en el oído de una manera especial: la encontraba dulce, acariciadora, melodiosa.

Tres días hacía que a las doce en punto llegaba a su oficina vestido todo de negro, con levita y galera, llevando en la mano un rollo de papel, y que veía al amanuense y a Manuel, que dejaban los dibujos y letras góticas que se ocupaban en borronear y le saludaban, volviendo a su tarea luego que él se instalaba en su escritorio con toda prosopopeya.

Ya esta escena se le iba haciendo familiar, cuando al cuarto día entra al estudio y en vez de hallar sus súbditos haciendo ensayos caligráficos, los encuentra nada menos que parados al lado de la puerta como jugando a quien le abordaba primero.

Algo extraordinario le ocurrió que acontecía, e interrogó al amanuense que con una presteza suma le contestó:

--Ha venido, doctor, un señor de edad, acompañado de una niña. Dijo que quería confiarle un asunto. Yo le dije que volviese a las doce y media.

El amor propio le impidió abrazar al amanuense.

¡Un cliente!

¡Ya le parecía que la fortuna estaba en su mano!

Comenzó a pasearse inquieto, en el escritorio, hasta que oyó la voz de Manuel que decía: "Ahí están", con un tono tal, que traducía a las claras su alegría por haber aventajado al amanuense en una información para el doctor, que era el Dios de ambos.

No tardó en hallarse en su presencia un señor alto, de maneras distinguidas, vestido de negro, con el cabello blanco, cortado en forma de melena.

Acompañábalo una niña de quince o dieciséis años, espléndidamente bonita y vestida con una sencillez y una elegancia admirables.

Para más señas, tenía un hoyito en la barba que se llevaba los ojos de uno, como si no tuvieran dueño. Mientras duró la conferencia con el padre, no le quitaba la vista de encima, y ella bajaba la suya, se ruborizaba, y para disimular su turbación, jugaba con el abanico con un aire infantil que enloquecía.

Quedaron con el padre en que al día siguiente le llevaría los antecedentes de la cuestión que quería entablar, que era intrincadísima.

Le prometió, sin embargo, que la ganaría con costas y aun que haría encarcelar a la parte contraria.

¡Con qué ansia esperó el día próximo!

¡Imagínenlo los que puedan, no olvidando que se trataba de su primer cliente, y de una muchacha de quince años, que tenía unos ojos más alegres que un informe in vote 36 de cualquier abogadillo ramplón[92]!

Esa noche soñó con una porción de cosas bellas, y todas ellas tenían algo que ver con la hija del cliente de la melena.

Llegó, por fin el día y con él la hora de oficina.

Se hallaba en su escritorio, y sin embargo le parecía que no era cierto; le faltaba el aplomo; el corazón le latía.

Paró un carruaje de repente: se puso de pie como movido por un resorte.

¡Ahí estaban, ella y él!

Cuando vio que no entraba sino ella, casi se cayó la emoción le paralizaba la lengua.

--Señor doctor, habiéndose enfermado mi padre...

--Señorita..., señori... ta, crea que...

--...no puede concurrir y me...

--¡Valiente!... Tanta incomodidad... ¡Tome usted asiento!

--...¡envía con estos papeles para que usted los revise!

Le tomó los papeles, y cuando sus dedos rosados tocaron los suyos, sintió un cosquilleo en el corazón, en la espalda y en las piernas, que, francamente, le hizo pasar un mal rato.

Ella, ruborosa, le miraba con sus ojos brillantes e incomparables.

Revisó los papeles a la ligera y se convenció de que no le daban luz alguna en la cuestión.

Lo manifestó así a la portadora, y con este motivo entró en una agradable conversación, que degeneró en charla bullanguera.

Cuando se despidieron eran lo más amigos, y ella prometió volver al día siguiente a traerle nuevas luces, cosa de que él no dudaba, mirando sus hermosos ojos pardos, dulces y tiernos.

Las visitas, para darle datos, se repitieron unos seis u ocho días. Durante ellos, no se ocupó de clientes ni de nada: no tenía más preocupación que Angelina, y ella, según se lo había manifestado, en momentos en que la ternura llevaba a tocarse sus cabezas, no tenía tampoco más preocupación que _el doctor_.

Una tarde en que el idilio alcanzó proporciones alarmantes, y en que su boca sedienta de besos, pedía y pedía sin cesar pruebas del amor que reflejaban los ojos de la hija del cliente respetable, ésta le prometió la gloria: a las doce de la noche le esperaría en la sala de su casa en la calle de las Artes[93], cuyo zaguán sería dejado entreabierto para darle paso.

Esta sentencia definitiva que se prometía a sus súplicas, le entreabría el cielo.

Toda esa tarde se creyó un Tenorio.