# Memorias de un vigilante

## Part 3

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--¿Cree que yo voy a conocer _eso_?... ¿No ve que es un atorrante de levita?

La respuesta no me satisfizo y me prometí interrogar al mayordomo en la primera oportunidad; parecía éste un buen sujeto, contra la opinión de los murmuradores que se reunían en el cuarto de los sirvientes y ordenanzas, y, a pesar de la actividad que yo le veía desplegar y del aspecto de hombre ocupado, que siempre tenía y que sus subordinados interpretaban como signo visible de servilismo y adulonería, cosa que a ellos--hombres altivos e independientes,--no les cuadraba.

No tuve necesidad, no obstante, de recurrir a informaciones de nadie; una tarde, mi hombre se acercó espontáneamente y, con acento francés muy pronunciado, me dijo confidencialmente, y mirándome a medias, pues lo hacía con el único ojo que cubría su lente y entrecerrando el otro, mortificado por la luz:

--¡Diga, vigilante!... ¿No lo ha visto al mayordomo?

--No, señor..., ¡ayer no lo vi tampoco!

--¿Tampoco, eh?... ¡Pues, entonces estará enfermo!... Y luego de quedarse un rato pensativo, me dijo con una dulzura infinita:

--¡Es lástima!... Mañana tengo que ir a la Con valecencia...[67] ¿sabe?... porque me va a dar el ata que, y... ¡Caramba!... el mayordomo me dijo que me pagaría el tramway porque está lejos y no puedo caminar.

--Si quiere... ¡tome!

Y metiendo la mano en el bolsillo saqué cinco pesos de la antigua moneda y le di.

Me miró como asustado, parpadeó el ojo que quedaba sin vidrio y me dijo, como alelado:

--¡Vaya, gracias... amigo vigilante!... ¡Voy a traerle el vuelto... porque, como comprenderá, no tengo cambio y, después, el enano ese que me persigue, ¿sabe?, puede ser que sople en su caracol, y entonces, aunque haya baile me va a comenzar la picazón de la nariz, y no voy a poder ir al Banco, porque lo cierran de miedo al enjambre de hormigas que acompañan al maldito enano ese!...

Comprendí que el hombre era un enfermo y que la alegría que acababa de recibir le había quitado el poco seso que solía tener, y dije para distraerlo:

--Deje el vuelto no más, no se preocupe: otro día me lo da.

--¡Ah!... ¡Sí!... ¡Bueno!...

Y luego, pasándose la mano por la frente, exclamó, como quien vuelve de un sueño:

--¿Ve?... ¡Ya se me iba la cabeza!... ¡Amigo, qué cosa!... ¡No puedo pensar en nada!

Y me contó con toda lentitud y en voz baja, su enfermedad y cómo cada tantos días tenía que ir a recluirse en el Hospicio de Dementes, donde lo asistían con mucho éxito, pues, momento a momento, se iba sintiendo en salud.

¡Pobre Regnier!

¿Quién me hubiera dicho que él, el pobre enfermo que en esos momentos tenía ante mis ojos, y a quien miraba compasivo, llegaría en día no lejano--cuando por segunda vez nos halláramos en la vida--a tener una influencia tan decisiva en mi destino, como en realidad la tuvo?

Fue él quien me puso en el sendero de la dicha, quien abrió mi espíritu a la luz vivificante del saber y quien despertó en mi alma los anhelos y las esperanzas que fortificaron y alentaron mis ambiciones, formándome con la experiencia de su vida asendereada[68] de bohemio y de vagabundo, una sólida plataforma que me permitiera elevarme sobre el nivel vulgar a que me condenaban mis condiciones personales y el medio en que me agitaba.

¿Qué maestro más amoroso pude tener?

¡Con qué pasión de enfermo, con qué persistencia de maniático emprendió la tarea de ilustrarme y de educarme!

¡En las horas de descanso del día presente--cuando en el jardín de la casita en que vivimos lo veo rodeado de mis hijos, que le llaman abuelo, pulcramente vestido de negro, aunque conservando el mismo paso cadencioso y rítmico de los primeros días en que le conocí--suelo evocar los viejos recuerdos, y comparando mi existencia de los días oscuros con los que después alcancé, comprendo cuánto le debo y cuál fue mi suerte al encontrarlo en el camino de la vida!

XI

BROCHAZOS MINISTERIALES

Dos días después, al llegar una tarde al Departamento, tras quince días de facción en el Ministerio del Interior, se me comunicó que debía presentarme al siguiente en la comisaría 2ª, a cuyo personal quedaba adscripto.

¡Adiós vida regalona y tranquila!

¡Salve días oscuros y brumosos!

Esa noche vi pasar ante mis ojos, en sueños, la figura plácida del ministro del Interior[69], con sus cuidadas patillas canosas, sus verrugas y lunares, y la eterna sonrisa bondadosa con que acompañaba sus saludos graves, correctos y parsimoniosos.

Tras él iba también la turbamulta de buscadores de empleos, que formaban su séquito ministerial, y que, según la voz corriente en antesalas, jamás se desengañaba, y raras veces conseguía lo que buscaba, pues si bien el hombre era servicial y generoso, el ministro no tenía medios cómo satisfacer sus exigencias, siempre crecientes.

Pasó ante mí, siguiéndolo, el viejo sargento del tiempo de Rosas, que se sentaba en la cuarta silla de la izquierda; el señor calvo que se reunía en uno casi invisible, con que quería taparse la oreja, los pocos mechones dispersos que poseía; el caballero cordobés que promiscuaba entre esta antesala y la de los demás ministros, y cerrando la marcha de la larga fila interminable, los habituales del despacho, los amigos de confianza: un señor, que más tarde he visto de comerciante de fuste, otro medio francés, que era periodista, y que después he encontrado de librero; un periodista fogoso, que luego ha sido orador político e historiador de vuelo, y un coronel, que--según la voz corriente circulada por El Cascabel, que redactaba esa pléyade de inteligencias vigorosas, que después ha tenido tanta actuación en nuestra patria--"comandó con gran denuedo los lanceros de la Muerte, que se murieron de miedo".

Y más lejos, atrás de todos, el mayordomo Luis Morel, siempre apurado, perseguido por el ordenanza, su rival, que iba lanzando pullas agudas contra el ministro, y analizando su costumbre de tener cigarrillos para su uso y otros para convidar, y de alumbrarse con vela durante el día, teniendo el despacho casi a oscuras!

Este rival del mayordomo era el propagandista más asidao de las versiones contra el ministro, y tengo la seguridad de que la mayor parte de los cuentos que circulaban en la Casa de Gobierno, como una cosquilla, eran hijos de su labio maldiciente.

Una vez lo vi rodeado de todos los ordenanzas del Congreso, que andaban en no sé qué gestión ministerial, y se entretenían en contar el modo de ser y de vivir de cada congresal, en aquilatar sus méritos como oradores y sus probabilidades de reelección, en criticar su vestuario y hasta en vituperar su procedimiento dentro de la Cámara.

--¡Ése es bueno, dijo uno, refiriéndose al señor José Fernández, caudillo de la Boca del Riachuelo; cuando puede, sirve: es medio camandulero[70] cuando no puede, pero tiene alma!

--Hombre--interrumpió el rival del mayordomo--, decile que aprenda de mi ministro, que sirve con palabras desleídas en sonrisitas. Mirá. ¡Aquí verás siempre las antesalas llenas de la misma gente: son personas que esperan durante meses un maná que nunca llega, y... siempre están contentas!

--¡No digás!

--¿No digás?... ¡Pero si es sabido! ¡Y el proceder es sencillo! Cuando hay una vacante de administrador de Correos en algún pueblito de la frontera o de Jujuy, de esos que ganan diez pesos, ¿sabés?..., la guarda, y empieza a hacer entrar a los penitentes.

--¡Claro!... ¡Y los pobres no agarran!

--¡Qué van a agarrar!... Y ahí empieza él con sus sonrisas y sus disculpas: "No hay más; por esto verá que no lo olvido; otra vez será"... ¡Y los hombres se retiran satisfechos, y... como vinieron!

XII

ENTRETELONES POLICIALES

Una mañana en que había llegado a la comisaría, y me disponía a salir con el tercio[71] en que formaba, para ir a hacer mi monótono servicio de bocacalle, allí frente al almacén de doña Petrona, en la esquina de Luján 25 y Defensa--donde puede decirse que no tenía más misión que proteger los intereses de los comerciantes ambulantes contra las travesuras de los estudiantes de medicina y de derecho que, avecindados en aquel barrio, lo constituían casi en una mitad--oí que el oficial escribiente gritaba en medio del patio desmantelado, donde los ebrios recogidos en la noche anterior comenzaban a desperezarse, acostados en los rincones, teniendo por almohada las baldosas:

¡Agente Carrizo!..., ¡vaya al despacho del comisario!

¡Es preciso haber sido vigilante para conocer todo el efecto que puede tener frase semejante! ¡El comisario!

¡Qué lejos se ve su figura, y qué grande, desde el modesto punto de mira que tienen los agentes!

Allí, en aquella mano, están todas las recompensas y están todos los castigos; ella tiene la suerte de cada uno, casi como la de Dios; ella puede dar y puede quitar; puede condenar a una eternidad de padecimientos lentos, y puede llevarlo a uno hasta la cumbre en un instante: es la omnipotencia.

Ser llamado por el comisario a su despacho es algo que un agente lo recordará toda su vida: podrá olvidar a la madre, a los hijos, a la mujer, pero jamás olvidará el día y hora en que compareció ante la vista del dispensador de todos los bienes o del causante de todas las desgracias.

Aquel minuto que uno tarda en atravesar el patio, equivale a una hora de emociones.

¿Será la suerte que se acerca a mí?

¿Será el ala negra de la desgracia que bate el aire a mi alrededor y va a proyectar su sombra sobre mi frente?

¿Qué habrá?

Desfilan ante la vista nublada las copas tomadas a escondidas en la trastienda de los almacenes de la manzana; las graciosas sirvientas con quienes uno se saluda más o menos cariñosamente en las horas de facción; los cigarrillos fumados clandestinamente en el zaguán de las grandes casas, durante la recorrida, y todos estos recuerdos se alzan pavorosos y cada uno es un fantasma que aterroriza.

--¡A la orden, señor comisario!

Y el comisario--un viejo criollo, de cara bonachona y sonriente--alzó la vista, me miró, y dijo: "Esperá", mientras concluía la tarea de poner el sobre escrito a una carta.

--¡Decime, che!... ¿Has sido sargento del sexto?

--¡Sí, señor!

--¡Con razón te piden de la quinta!... ¡Claro! ¡Se llevan los mejores agentes y lo dejan a uno aquí con puros gallegos!... ¡Mirá!... ¡Te vas a quedar conmigo; te voy a enseñar para pesquisa!

--¡Está bien, señor!

--El comisario de la quinta te ha pedido al jefe, pero voy a contestar que pides seguir el servicio aquí.

--¡Está bien, señor!

--¿Sos casado?

--¡No, señor!

--¡Bueno!... ¡Llevá tus pilchas a casa y decile al sargento Gómez que te acomode con él!

--¡Está bien, señor!

Di media vuelta y salí como con alas en los talones. Ir a servir con el sargento Gómez, el agente mejor reputado en la comisaría, el crédito de la sección, era para mí la gloria.

¡Pedir más, la verdad, hubiera sido tentar la suerte!

XIII

SIEMPRE ADELANTE

El sargento Servando Gómez, era oriundo de Corrientes, y como soldado del 3º de línea, había hecho las campañas del Paraguay y del interior, a las órdenes del general Arredondo. Era, pues, un veterano como yo.

Su aprendizaje había sido rudo y tremendo; por eso en sus consejos nunca se olvidaba de incluirme este: "Mirá, si querés pasar de sargento, aprendé la pluma; sin esto--y movía la mano en el aire como quien escribe--es al ñudo[72] forcejear."

No era un hombre ilustrado ni mucho menos, pero era más educado, en la verdadera acepción del concepto, que muchos que he conocido ocupando posiciones más elevadas.

Sus labios nunca se abrieron para una falsedad, ni para cometer una injusticia, y en la comisaría era como el Evangelio una afirmación que se le oyera, llegándose a decir que era hasta capaz de declarar en contra suya si a mano venía.

Serio, grave, pocos habían visto una sonrisa en su cara angulosa, cubierta por una tez apergaminada y morena, casi negra; no obstante, era decidor y alegre en las horas de ocio, y más de una de sus aventuras, casi novelescas, entretuvieron largas horas de espera en las correrías que juntos teníamos que emprender todas las noches, ya siguiendo la pista de algún pícaro que andaba estudiando la sección, o ya buscando la de algún asesino que, después de cometer una fechoría, se nos había escapado de entre las manos.

¡Y cómo admiraba yo la sagacidad, la viveza, el fino tacto y la discreción del viejo sargento!

Cada una de sus pesquisas, a que él llamaba modestamente "trabajos", era una filigrana y daban tentaciones de creer que tuviera pacto con el diablo, a cualquiera que, estando en el secreto del asunto, siguiera con atención sus procedimientos de investigación.

--¿Y quién le enseñó a trabajar, mi sargento? ¿Porque usted no habrá aprendido solo, supongo?

--¡No!... ¡Qué esperanza!... ¡A mí me trajeron expresamente un maestro de Inglaterra, uno de esos tigres que conocen por la cabeza a los ladrones y a los asesinos!... ¡Mis maestros, amigo, son los que deben tener ustedes..., si quieren servir para algo: los ojos, los oídos y las piernas!

--¡No digo que no haya, pero yo no los he visto! ¡Vez pasada, hace como diez años, trajeron uno, y se lo dieron al comisario Wright!... ¡Qué hombre del diablo! ¡No sabía nada y parecía que se iba a comer el mundo! Una noche lo hicieron examinar en la comisaría a un coronel que estaba de visita, y que se había disfrazado de gaucho, y después de darle mil vueltas y de hacerle sacar la lengua y blanquear los ojos, dijo que era ladrón, asesino e incendiario.

--¡Y sería no más, pues! ¡Hay tantos diablos que parecen santos!

--¡Ave María Purísima!... ¡Si se trata de un coronel de lo mejor!... ¡ Lo que había es que, como después se supo, el sujeto era un peine de esos que no dejan ni caspa, y que era verdad que había servido en las policías de Europa..., pero de farolero!

Mi aprendizaje con el sargento Gómez lo hice pronto, y sus observaciones y los cuentos que me contaba son la materia principal de los pocos capítulos que voy a consagrar a la gente maleante con que teníamos que bregar y a la cual recién más adelante conocí, cuando, colocado ya en altura mayor que la de simple agente de pesquisas, me fue dado penetrar en las profundidades de nuestro organismo social, estudiando casos particulares.

MUNDO LUNFARDO

XIV

EN LA PUERTA DE LA CUEVA

Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos Aires, o, mejor dicho, en lo que en lenguaje de ladrones y gente maleante se llama _mundo lunfardo_, es tan difícil como escribir en el aire.

Aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir para dar luz sobre un hombre: la policía, para desempeñar su misión, tiene que hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los resultados que obtiene, dada la clase de gente en que las circunstancias la obligan a reclutar su personal subalterno y el medio en que actúa.

Las policías de Londres, París y Nueva York, dotadas de mil recursos preciosos, no tiene nada de extraño que puedan encontrar un delincuente dos horas después de haber cometido el delito: lo admirable sería que pudiesen hacerlo aquí.

Quisiera ver a esos graves _policemen_ de que nos hablan los libros, en este escenario, en que no existen registros de vecindad, en que se ignora el movimiento de la población, en que la entrada y salida de extranjeros es un secreto para las autoridades, en que uno puede ser casado diez veces, tener quince domicilios, mil nombres distintos y quinientas profesiones diferentes, y todo en la mayor reserva, no digo para la autoridad, sino para los hijos, la esposa, los hermanos y hasta los vecinos, por más curiosos que sean.

Aquí nos hemos ocupado del adoquinado y rectificación de calles, de formación de paseos, de obras de higiene convencional y de todo aquello que luce a primera vista; pero respecto a organización social, a medios de conocernos y controlar nuestros actos todos los convecinos, vivimos como en tiempo del coloniaje.

¿Por qué no se ha establecido el registro de vecindad y todos sus derivados?

¡Que lo diga la Municipalidad, que tiene encarpetadas las notas en que se lo han pedido todos los jefes de policía habidos hasta hoy!

Viviéndose como se vive aquí, un pillo anda a sus anchas, hasta que un mal paso, demasiado claro, lo pone bajo los ojos de la policía, que es andariega y husmeadora, y que si no lo fuera--de lo cual Dios nos libre y nos guarde--no faltaría quien le robara a uno hasta los pelos de la nariz sin que sintiese cuándo se los arrancaban.

Y caer bajo los ojos de un empleado de policía es lo mismo que caer bajo los de toda la repartición, pues unos a los otros se van enseñando el mal hombre--cuya filiación, nombre y costumbres, si no se inscriben en un registro, quedan sin embargo grabadas en la memoria de quienes no lo olvidarán jamás y serán capaces de encontrarlo más tarde, aunque se transforme en pulga.

Los _lunfardos_ dicen, con ese motivo, cuando dan con algún agente que aún tiene paciencia para oírles sus disculpas y lamentos:

--¡Vea, señor!... ¡Más vale ser caballo de tramway que pillo conocido!

PERSPECTIVAS

Seguir a un pícaro en nuestras calles, tan llenas de movimiento, es un trabajo que no valora sino el que lo realiza.

Como él siempre está sobreaviso y teme que lo _embroquen_--conozcan, observen,--camina una cuadra y la desanda para ver si alguien lo sigue, da quinientas vueltas antes de llegar a un punto deseado, penetra a las casas a preguntar por don Fulano o don Zutano--un nombre supuesto--para _darle el esquinazo_--lo que equivale a despistar--a algún empleado que pasa y lo conoce.

Cuando van dos colegas juntos, nunca caminan a la par. Uno va delante y el otro un poco atrás, y si son tomados afectan no conocerse.

Un día iban dos pillos de estos por una calle: el sargento Gómez conocía a uno y no al otro, y, como a pesar de su seriedad guaraní, era chacotón y alegre, atajó al que no conocía y le dijo:

--¿En qué trabaja usted?

--¡Soy marmolero, señor!

El otro pícaro, viendo que no lo conocían, se paró a ver en qué concluía el asunto.

--¡Marmolero... bueno! ¿Conoce a Fulano?

--¡No, señor!

--Bueno... ¡Fulano es un raspa[73] de la peor clase... es ese que está ahí... conózcalo!

Aquí el pillo se sonríe y dice con sorna

--¡Me ha _cachado_, señor!... es decir, «¡me ha embromado!...»

--¡Vaya, hombre!... ¿Y éste quién es?

--Ya nos _embrocó_, y le voy a decir: ¡este es Zutano!

ENTRE LA CUEVA

Buenos Aires encierra dos clases de pícaros: los naturales y los extranjeros.

Los primeros son pocos, relativamente, y menos peligrosos que los segundos, pues que, desde los primeros pasos, la policía los conoce y les corta las alas, ya no dejándolos al aire sino mientras llevan una vida honrada, que para ellos es la miseria, el hambre, la falta de queridas y de goces, u obligándoles a emigrar.

Montevideo, el Brasil, Europa, Méjico y la América del Norte son su salvación.

El ladrón argentino es, por lo general, astuto, audaz y emprendedor allí donde no le conocen; sus uñas le dan réditos fabulosos.

De tiempo en tiempo se le ve regresar lleno de dinero, bien vestido, y afectando maneras superiores a la clase en que nació; busca a quienes lo recuerdan en la policía y les dice con toda franqueza:

--¡Vengo por una temporada a visitar a la familia! ¡Le prometo que no haré ningún daño!... ¡Ya me he retirado de la _vida_!... ¡No me persiga y ocúpeme en cualquier averiguación!

Y después se le encuentra en las casas de juego o de prostitución, derrochando afanosamente el producto de sus _trabajos_ en el extranjero.

Cuando se ha agotado el bolsillo, se le ve desaparecer como llegó: sin que nadie lo sienta.

Otros hay que, después de llevar una vida de continuo sobresalto, pues un paso en la calle es para ellos una semana de arresto, se encierran en sus guaridas, se aíslan de sus compañeros y, pasada una temporada, salen transformados, pidiendo a la policía que no los persiga y declarando que van a trabajar.

Parapetados detrás de un oficio o empleo cualquiera, se dedican al juego, haciendo de él un instrumento de robo como cualquier otro.

Viven de los _otarios_, como llaman a las víctimas que caen entre sus garras, ya por su esfuerzo o por el de los _changadores_ del oficio--el gremio auxiliar más importante--que se las venden por un tanto de lo que produzcan.

Cuando un mocetón empieza a andar en malos tratos, ya los del oficio, al hablar de él, dicen: "jamás será nada" o "es un muchacho de esperanzas y que irá lejos", según sea que tal pájaro haya salido bien o mal en sus primeros revuelos. En el primer caso, no encuentra protectores y tiene que hacerse carne de cañón, soldado de la gran falange, brazo ejecutor y por lo tanto frecuentador de calabozos y abonado a la _tumba_ del Departamento Central.[74]

Estos desgraciados, cuyas entradas a la policía alcanzan a veces a centenares, son los que el vulgo toma por los más temibles, ignorando que ellos son piezas insignificantes en una partida en que los jugadores permanecen en la sombra. El ladrón hábil es aquel que sabe permanecer más desconocido; el que ascendiendo en el gremio presta dinero para los gastos preparatorios de un robo tal como un comerciante lo daría para una operación honesta; el que dirige empresas; el que estudia un golpe y lo combina y luego lo vende para que otro lo realice; en fin, el que pesca... sin mojarse las manos.

En el segundo caso, asciende en la consideración del gremio y su tarea se facilita con ventaja personal: se hace _changador de otarios_, es decir, buscador de víctimas, empresario, director, prestamista, consejero e intermediario entre los capitalistas y grandes dignatarios de la orden y los pobres ejecutores que pagarán con el martirio de su cuerpo cualquier contrariedad de la suerte.

El pillo criollo, en sus comienzos, se revela con facilidad al ojo menos observador.

Le cuesta deshacerse de la cáscara del compadrito, origen común de todos ellos, que son generalmente muchachos de la última clase, vendedores de diarios ascendidos a carreros o sirvientes, y cuya educación e ilustración son casi nulas.

Sin embargo, ellos aprenden a leer y escribir en los meses de reclusión, y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina y cualquier otra ciencia útil para su arte de vivir de gorra[75].

He visto un ladrón que a fuerza de leer se ha hecho un leguleyo[76]; tiene toda la exterioridad de un hombre de educación esmerada, se expresa correctamente y no deja traslucir en su trato que, diez años atrás, era un compadrito que escupía por el colmillo y se quebraba[77] hasta barrer el suelo con la oreja.

El pillo extranjero es el más abundante.

Éste ya viene aleccionado, por lo general, y no deja que se deduzcan reglas para conocerlo.

Viste como un caballero, como un compadre o como un artesano, de esos que recorren nuestras calles en las faenas de su oficio: adopta la forma necesaria para cada una de sus empresas oscuras y malignas.

Se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanos identificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimaña puede sugerirle su imaginación a fin de ocultar su pasado, teniendo como recurso invencible su poco conocimiento del idioma.

Para probarle un hecho no hay más remedio que tomarlo con la masa en la mano; con él no valen nada la deducción ni la inducción, y se le queman los libros al más listo.

Sin embargo, no es largo su jolgorio.

Después de un período de tres o cuatro meses de hazañas--si no ha logrado salir de su mísera posición de instrumento--la policía, que no le pierde ojo, lo pilla en un renuncio[78] y tiene que confesar su vida y milagros, quedando en la categoría de criollo.

¡Se le acabaron sus privilegios de extranjero!

ELLAS

El complemento del pillo es la mujer.

