Part 2
¡Aquel batallón fue mi hogar y fue mi escuela!
¡Hoy, cuando lo veo desfilar por las calles, siempre con el aire marcial a que obliga la tradición del número, busco en vano el rostro tostado de aquellos que conmigo tiritaban en los fogones de la frontera, y ya no están!
¡Queda sólo del tiempo viejo de las miserias sufridas en silencio, la gloriosa bandera deshilachada que tantas veces cuidé en largas horas de angustia y cuya vista hace latir todavía mi corazón como en aquellas, dichosas, en que, al regreso de una expedición arriesgada de la que muchos de los nuestros no volvían, era sacada para que el capellán dijera ante ella su misa por el eterno descanso de los que quedaban allá entre las sinuosidades de las sierras, en el triste cementerio aldeano o bajo el manto eterno de verdura de la pampa desierta y misteriosa!
VI
EL TUFO PORTEÑO
Se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzando en la Plaza de la Victoria[38] se propagó por toda la República y estuvo a punto de hacer revivir las épocas de barbarie que el tiempo y la civilización habían muerto en nuestra patria, y auras de paz y de progreso corrían desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes al Atlántico.
Cumplido mi servicio, pulido mi espíritu hasta donde me había sido dado lograrlo y ansiando mezclarme al mundo de Buenos Aires, que hervía a mi alrededor y me atraía como atrae siempre lo desconocido, pedí mi baja y me separé del 6º; como quien dice, dejé mi casa, y en ella todos los halagos de mi juventud, todas mis afecciones de la vida.
Con mi baja en el bolsillo y con una carta de recomendación de mi coronel, me presenté al señor don Marcos Paz[39], que era entonces él Jefe de Policía, en su despacho del Departamento viejo[40], que ocupaba lo que hoy es la Avenida de Mayo[41], frente a la Plaza de la Victoria.
¡Cómo palpitaba mi corazón al encontrarme en el vasto salón, cuyas ventanas se abrían hacia la plaza, en el cual yo contemplaba el hervidero de gentes que me atraía!
¡Oh!... ¡Cuánta ilusión durante las largas horas de espera!
Aquellos hombres que pasaban afanosos, secándose el sudor de sus frentes, aquellos que con un cigarro en la boca caminaban despreocupados y tranquilos, yo los conocería en mi hora, yo sabría de las pasiones que los movían y de las esperanzas que los alentaban.
Y alguna, quizás, de esas preciosas mujeres que como en un relámpago pasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi vista, estaba destinada a apartarse conmigo, allá, a una casita lejana, en cuyo umbral modesto irían a morir sin rumores las olas tempestuosas que me azotaran en las horas de lucha.
Y luego mi vista recorría con asombro los muros del despacho, empapelados de color granate; los muebles tallados de los cuales no tenía la menor idea, y comparaba aquello--que yo creía la última expresión del lujo--con el destartalamiento de la carpa del coronel que, a nosotros, nos parecía suntuosa.
¡Era el punto de comparación que teníamos para darnos cuenta de la magnificencia de los palacios encantados que en sus cuentos nos describía el trompa Gareca, aquel viejo veterano que recibió el Sol del Ecuador a las órdenes de San Martín, que fue asistente del general Paunero[42] en la guerra del Paraguay y que hoy duerme el sueño del olvido en las soledades de Las Manzanas![43]
Cayó durante uno de aquellos combates homéricos del general Conrado Villegas[44], con el bravo Namuncurá[45], y allá se quedó... como se han quedado tantos--modestos y oscuros, de esos que cumplen el deber por el deber y a quienes los eunucos[46] de la acción y del pensamiento les llaman soñadores porque no pusieron, sobre todo, las exigencias de la bestia,--sin que la patria les recuerde, por más que le consagraron lo único que poseían: ¡la vida!
De repente me sacó de mis sueños y contemplaciones la voz del ordenanza, quien tocándome en el hombro, me decía:
--¡Ahí está el jefe!... ¡aproveche!
VII
MOSAICO CRIOLLO
Avanza hacia mí un hombre alto, delgado, de color pálido, ceñudo, pero en cuya fisonomía serena se leía algo de bondadoso que atraía:
--¿Qué se le ofrece, paisano?
Solamente el Himno Nacional tiene notas comparables a las que yo encontré en esta frase sencilla me pareció ver el sol dentro de aquel salón oscuro.
--¡Traigo esta carta para Usía...; es de mi coronel!
Rompió la cubierta, tomó la cartulina que contenía y luego de recorrerla, exclamó:
--¡Diez años de servicio sin un arresto, y dos ascensos por acción de mérito!... ¿Qué es lo que desea, sargento?
--¡Querría servir con Usía en la policía!
--¿Conoce bien la ciudad?
--No, señor.
--¡Bueno!... ¡Ya se hará a la cancha![47]... Vea, no tengo sino puestos de vigilante; pero aquí, con buena conducta, se asciende pronto.
--Está bien, señor.
Y diez minutos después recibía mi ropa en la mayoría[48], y quedaba como vigilante en la guardia del Departamento.
El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Carecía hasta de las nociones más elementales de lo que formaba la vida de la ciudad, y todo era para mí motivo de asombro y de curiosidad.
Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes lujosos, las jugueterías, las joyerías, las, iglesias, no era extraño que me arrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no tuviera ojos ni oídos para observarlas y asombrarme: era que todo me llamaba, todo me atraía.
No conocía ningún detalle de la vida civilizada, y cada cosa que saltaba ante mi vista era un motive de sorpresa. No hablo, por cierto, de las maravillas de la electricidad, de la fotografía, de la imprenta e de la medicina, que eran cosas abstractas para mí en ese tiempo: hablo de los carros, de los carruajes, de los vendedores ambulantes, del adoquinado, del agua corriente, que no podía comprender cómo manaba de una pared con sólo dar vuelta a una llave; del gas, que me producía verdadero delirio cada vez que pensaba en él; de las casas de vistas[49], de las vidrieras lujosas, del sombrero, de la ropa y hasta del modo de reír y conversar de las gentes.
Durante un mes mi cerebro trabajó como no había trabajado durante todos los días, de mi vida, reunidos, y de noche las paredes desnudas de mi modesto cuarto de conventillo me veían caer como borracho sobre mi cama, abrumado bajo el peso de las sensaciones de cada día.
Me acostaba, y la baraúnda de las calles zumbaba en mis oídos, y desfilaban, en hilera interminable, las figuras heterogéneas que en el día habían pasado ante mi vista.
Veía las mesitas de hierro de los cafés y confiterías de la Recoba[50], que dividía las plazas de la Victoria y 25 de Mayo--que años más tarde demolió el intendente Alvear,--rodeadas por borrachines paquetes[51], por otros ya transformados en verdaderos descamisados o que estaban por serlo, por soldados y marineros barajados con clases[52], oficiales y hasta jefes, y en las calles laterales y en las veredas, hombres cargados con canastas, que anunciaban en todos los tonos las más variadas mercancías, gentes apuradas, que se llevaban por delante unas a otras; carruajes, carros, tramways, y más lejos, allá abajo, en el puerto, máquinas de tren que cruzaban, vapores que silbaban, changadores que corrían, carros que andaban entre el agua como en tierra, y sirviendo de fondo a la escena el río imponente con su festón de lavanderas en el primer plano, y en lontananza un bosque impenetrable de mástiles y chimeneas.
Pero lo que más me desvelaba eran las ilusiones del oído, aquellas voces pronunciadas en todos los idiomas del mundo y en todos los tonos y formas imaginables.
Veía venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que, con voz de tiple[53], aunque doliente como un quejido, exclamaba acompasadamente: "Pobre doña Luisa", "Pobre doña Luisa", mientras lo que en realidad hacía era ofrecer los fósforos y cigarrillos que llevaba en un cajón colgado al pescuezo; otro alto, rollizo, con un cuello de media vara, y llevando canastas repletas de bananas y naranjas, exclamaba en tono alegre: "arránqueme esta espina"; mientras un francés que vendía anteojos, cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrón de bajo: "soy un pillo", coronado por un vendedor de requesones, que clamaba intermitentemente: "tres colas negras".
Luego, de allá, del fondo de la memoria, surgía la figura de un semigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofrecía su mazamorra batida, y tras él un negro pastelero, que silbaba y muy echado para atrás, muy ventrudo, llevando en la cabeza un gran cajón de factura, soplaba como un fuelle: "ta tapao; meté la mano".
Mi cabeza era un volcán: todo lo oía, todo lo interpretaba y mi cuerpo se debilitaba en aquellas horas de agitación y de fiebre.
¡Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su movimiento de hormiguero, bullía en mi imaginación calenturienta!
VIII
LOS BOCETOS DE UN MIOPE
¡Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor, de tener tantos compañeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo, solo como si me hallara en el desierto!
¡No había en la multitud un alma que armonizara con la mía, y envidiaba de corazón a los cabos y sargentos que de nada se asombraban y parecían saberlo todo, no sabiendo nada en realidad, y a los soldados como yo, a quienes no les preocupaba lo que ignoraban, sino lo poco que sabían y tenían el coraje de estar alegres y de reír!
¡Con qué ahinco estudiaba mis obligaciones, y cómo me contraía a mis deberes, circunscribiéndolos al límite más estrecho que era posible, tratando de aislarlos del mundo aquel, que me rodeaba y que temía!
¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y libre y despreocupado pude entregarme a la investigación paciente y minuciosa de todo lo que me rodeaba, a la observación metódica y tranquila de todo lo que veía y oía, y cuánta conquista pude hacer para mi alma anhelosa de conocer, y sedienta de vivir!
Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarán tal vez, las escenas callejeras que más me impresionaron, los cuadros de la vida que primero descifraron mis ojos y las primeras letras del abecedario social que aprendí a conocer.
Mi primer servicio en carácter de vigilante fui a prestarlo a los veinte días de mi ingreso, bajo la dirección del cabo Pérez; el teatro elegido fue el Ministerio del Interior[54], donde se requería, por no sé qué causa, ayuda de la fuerza pública.
El tal servicio consistía en estar parado en la puerta de la sala de espera... y en nada más.
Quince días pasé desempeñando mi comisión con toda conciencia, bajo la inmediata vigilancia del cabo, que era flamante, lleno de ardimiento, y creía que las funciones que desempeñábamos eran de esas que ni los pueblos ni los gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido la suerte de ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores, no ya de estatuas en las plazas públicas, sino de ser tenidos como ejemplos en la historia de la humanidad civilizada.
¡Pobre Pérez!
¡Era español, como de treinta años, y se tenía por bello, por valiente y por muy entendido en achaques de ordenanzas de policía! ¡Casi no había buena cualidad atribuida por los hombres de una época a los que vivieron en otra, que él, con una modestia verdaderamente infantil, no se las atribuyera y tratara de convencer, a los pocos con quienes tenía contacto en el mundo, que verdaderamente las poseía!
Era generoso, y una vez casi lloró porque lo mandaron al Once de Septiembre y no le dieron dos pesos de los viejos para el tramway; era suertudo en lides de amor, y la mujer se le escapó con un sepulturero de la Recoleta, que se iba como administrador del Cementerio de Navarro[55]; era sobrio y por lo general lo arrestaban por ebrio; y era valiente, y hubo que darlo de baja porque desertó una consigna, perseguido por unos vendedores de diarios, que le quitaron el machete y el kepí.
¡Allí, en el Ministerio, se daba un corte bárbaro, y aún me parece ver su figurita, que parecía recortada de una caja de fósforos!
Con paso reposado medía, contoneándose, el ancho corredor, mientras yo estaba de facción en la puerta del salón de espera, casi al lado de la ventanilla correspondiente a la Mesa de Entradas y Salidas.
Invariablemente llevaba la mano izquierda apoyada en la reluciente empuñadura del machete, la derecha suspendida por el pulgar en la parte delantera del cinturón, jugando como al descuido con la cadena--virgen seguramente en poder del cabo--, el kepí volteado con aire coqueto sobre la oreja y echando sombra sobre un ojo de color blanquizco, que parecía hacerle guiños a una nariz arremangada y carnuda, que emergía de entre unos bigotes semirrubios y enmarañados, que eran el orgullo de su propietario.
Con esto y con bañar su rostro en una sonrisa con pretensiones de picarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Pérez en toda su graciosa majestad.
Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos Aires, puede decirse, las tengo presentes, y las siento como si fueran de ayer; veo aún las escenas y las cosas, tal como se presentaron a mí, así en tropel, medio confusas, informes, barajándose de una manera infernal, figuras, espectáculos, diálogos, ruidos y hasta aire de personas absolutamente desconocidas, que yo encontraba en la calle o veía en las antesalas del Ministerio en las horas de facción.
Durante mi corta comisión alcancé a conocer, con sólo verlos caminar, a los vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando empleo; a los imaginativos que se creen en posesión de los puestos que anhelan porque han llevado al ministro una carta de cualquiera que se les antoja de valimiento[56], a los pichuleadores[57], a los amigos de confianza de los escribientes y auxiliares, a los de otros que vuelan más alto, a los comisionistas, a los noticieros de los diarios, a las señoras honestas que buscan pensión y a las más interesantes aun que gestionan asuntos por cuenta ajena; fueron las que estudié y observé con más detenimiento, porque eran las que abundaban y las que constantemente tenía ante los ojos.
Las conocía por el aire de suficiencia que respiraban, por la majestad, que como un perfume se exhalaba de sus personas, y por el amaneramiento de todos sus gestos y ademanes.
No vagaban sin rumbo bajo los largos corredores de la Casa de Gobierno, buscando aquí y allá una oficina desconocida, como cualquiera 19 viuda que busca pensión, empleo para un jovencito que es una monada, o beca para una señorita joven pero honrada; no señor, ellas iban seguras a su objeto, serenas, tranquilas, y no necesitaban indicaciones ni lazarillos.
No se las veía en las antesalas haciendo esperas, porque conocían las horas del despacho, y si se adelantaban por un caso fortuito, se paseaban en los corredores con aires de dueñas de casa, o formaban en la rueda de los ordenanzas y porteros, donde salpicaban los comentarios banales o los chismes corrientes, con la observación mordaz o el relato pimentado, recogido de "los mismos labios de los de la presidencia", "de los del Congreso" o de cualquier otro foco de fama indiscutible.
Yo, en mi facción al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es su teatro, las veía en toda su magnificencia y gozaba en grande, viéndolas desfilar en su opulenta variedad.
Al principio creía en sus amenazas, en sus cóleras, en sus penas y hasta en sus súplicas, pero después me convencí de la realidad--comedia pura--y al cabo de dos o tres días oía los diálogos con curiosidad, pero sin interesarme mayormente ni por el asunto ni por quienes lo trataban.
IX
CINEMATÓGRAFO
Se acercaba a la ventanilla, tras la cual estaba el empleado encargado del despacho, una señora seria, pero con una seriedad de esas que llaman la atención en dondequiera y a cualquier hora y se sucedían los diálogos y las escenas.
--¡Para servir a usted!... ¿El expediente número cuatrocientos veinticinco, letra L, de la serie H?
--¡Está en Contaduría, señora!
--¿En Contaduría?... ¡Pero qué escándalo! ¡Es inaudito! ¡Hace seis meses que está en la misma oficina! ¡Esa Contaduría es una carreta, señor! ¡Seis meses para una simple toma de razón; usted ve que eso habla muy poco en favor de la administración nacional! A Dios gracias tengo buenas relaciones en la prensa y ya verá usted la mosquita que le haré poner[58] al señor contador... ¡Ya verá usted y se reirá!... ¿Y no sabe cuándo vendrá el tan célebre expediente?
--No, señora..., ¡no puedo decirle nada al respecto!
La señora se sonríe y exclama, por si acaso, como quien tira un anzuelo por si pica.
--¡Muchas veces en ustedes pende el despacho!... ¡No me diga usted a mí; conozco muy bien lo que son oficinas!
Y no teniendo respuesta a su jactancia, se retiraba con aire majestuoso y cedía el puesto a otra dama también de fuste[59], aunque bastante vivaracha y nerviosa.
--¿El expediente número mil cuatro, letra P, sobre embargo de sueldo al vigilante Zacarías Machete?..., ¡un guardián que no le gusta pagar casa y que tiene unas costumbres que da vergüenza!... Figúrese usted que...
--Por orden del señor ministro, señora, esos expedientes dientes están reservados... Son tantos, que para firmarlos se necesita un mes entero...
--Es decir que el público es nadie, y que tenemos que aguantar...
--Pero señora, es que...
--¡No me diga usted, no me diga!... ¡Todo es porque el ministro no se incomode!... ¡Cuidado, no se vaya a mancar firmando!
--Pero señora, si es que...
--¡Yo sé bien, sí, lo que hay en todo esto; lo que se necesita para mover los asuntos, son recomendaciones, cartitas, empeños[60]... _y aceite para la máquina!_...[61] ¡Pero, déjese usted estar; yo veré al ministro y le contaré lo que pasa! ¡Se ponen ustedes a charlar y a tomar té, y no llevan los asuntos a la firma! ¡Ya verán ustedes el trote[62] que les voy a meter!
--Pero señora... ¡mire usted que está faltando[63] en la oficina!
--¡Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabrá usted si estoy faltando!
El empleado ve que toda reflexión es inútil y se retira de la ventanilla.
La señora se aleja, vociferando y maldiciendo de los empleados, de su falta de educación, de su descortesía con las señoras, y jurando que les hará ajustar las cuentas, aunque tenga que perder un ojo de la cara.
¡Ya verán con su sobrino, noticiero de un diario de oposición y mozo que tiene una pluma que es un serrucho de reputaciones!
Y aparece tras ella otra señora, pero ésta no es como las anteriores, sino humilde, inocente, y en su fisonomía no hay rasgo revelador de las tempestades que rugen en su alma.
--El expediente sobre concesión de bosques en el Chaco, iniciado por don Palemón Tagliarin... ¿podría usted informarme?
--¿Qué número tenía, señora?
--¡El número no lo sé... pero si usted me hiciera el obsequio de buscar por la letra!...
--¡Hay una enormidad de expedientes, señora, y me es imposible echarme a buscar entre ellos el suyo... así... sin dato ninguno!...
--¡Le agradecería, señor, que me lo buscara: es un favor!... Fue presentado en noviembre...
El empleado, refunfuñando, comienza a remover enormes masas de papel, y al fin extrae el codiciado expediente.
--¡Vaya... aquí está! ¡Hay una reposición de sellos!
--¿Qué resolución tiene, señor?
--No puedo decírsela hasta que no me traiga usted tres sellos.
--Pero señor, soy una persona...
--Es inútil, señora; yo no quiero que me caiga una multa... ¡Traiga usted los sellos y sabrá la resolución!
La señora sale y al rato vuelve, habiendo hecho el desembolso necesario para llenar el deseado requisito.
--¡Aquí está, señor! ¿Podría decírmela?...
--Sí, señora. "Previa reposición de sellos, no ha lugar y archívese."
--¡Pero señor, qué escandaloso! ¿En qué tierra vivimos? ¿Es posible que haya gastado tantos pesos para tener semejante resolución? ¡¡Esto es una pillería, un robo, una judería[64]!!
--¡Señora, yo no tengo la culpa!... ¿Qué le vamos a hacer?
--¡Ya verá usted lo que le vamos a hacer! ¡Cómplice! ¡Fariseo[65]! ¡Judas Iscariote! ¡Porque me ve así no crea que soy lo que parezco; ahora mismo veré al ministro!... ¡No ha lugar y archívese!..., ¿y entretanto al señor Mengano y al señor Zutano les conceden?... ¡Es claro, todos son de una camada!... ¡Pero conmigo se han de ver las caras, no hay cuidado! ¡Yo no tengo pelos en la lengua, y se las he de cantar!
El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su asiento; la señora sale de la oficina con una rapidez de huracán, gesticulando y tartamudeando improperios contra el gobierno y los empleados, y, todavía, al toparse conmigo, me da un encontrón, y como un relámpago alcanza al cabo Pérez que, siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos, ignora lo sucedido y le azota con esta frase, cuyo final va a perderse allá en los vericuetos del zaguán que da salida a la escalera, frente al despacho presidencial:
--¡Ladrones!... ¡Permita Dios que venga el cólera y acabe con todos! ¡Fariseos!... ¡Asesinos!
X
LA LINTERNA DE REGNIER
Fue aquí, en este servicio, donde por primera vez conocí a don Tomás Regnier, mi compañero desde pocos días después, y mi maestro siempre. Fue él quien encontrándome perdido en medio de la multitud, sirvió de guía a mi alma, pudiera decirse infantil; fue mi maestro y fue el foco de luz que iluminó mi espíritu, proveyéndome de armas--él que era inerme para emprender con vigor la pesada lucha por la vida.
Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un hombre al parecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su extrema palidez y la debilidad de toda su persona, que era desaliñada en grado superlativo. Vestía de negro, con levita y sombrero de copa, pero todo en un estado tal de ruindad y falta de higiene, que asombraba cómo las autoridades permitían la exhibición de miseria semejante. No obstante, era correcto: las prendas podían ser como eran, viejas y sucias, pero no le faltaba ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que él llevaba con toda majestad y respeto, contrastando singularmente con su miseria y la exigüidad de su persona--pues, sobre ser enclenque, era de una estatura reducida a la expresión más mínima--la suficiencia, y hasta diría, la importancia que trasudaba.
Todo en él era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos botines deslustrados--que él al caminar tenía la pretensión de hacer sonar con toda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, y casi pudiera decirse rítmico--, hasta el lente que colgaba sobre su fina nariz aguileña, y el cual, no conteniendo sino un vidrio, pues el otro se había caído, daba a su fisonomía una expresión grotesca, marcadamente satírica.
Yo lo veía llegar, avanzando despacio, tranquilo, despreocupado, con su cuello erguido, la cabeza levantada con cierta insolencia de buen tono y con su levita que se caía a pedazos, sus pantalones deshilachados y grasientos y su galera y la corbata y hasta el bastón que llevaba bajo el brazo, lo mismo, y trataba de averiguar, aunque fuera por deducción, el objeto que lo traía diariamente al despacho.
Se sentaba en el rincón más oscuro del salón de espera durante unos veinte minutos, permanecía quieto y silencioso y luego se retiraba tal como había venido, si por acaso no encontraba al mayordomo Luis Morel, persona que hacía el servicio especial del ministro. Si lo encontraba, la escena tenía una variante, pues el mayordomo lo llevaba al cuarto de los ordenanzas, le daba una taza de café con galletita,--que él tomaba en silencio, y muy despacio--y luego se ausentaba con la misma prosopopeya, y la misma importancia y el mismo pasito cadencioso y rítmico con que había venido.
Los ordenanzas y porteros no lo conocían, y por lo que pude notar lo miraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba rivalidades mayordomescas, a decirme con socarronería:
--¡Es un amigo del hombre de confianza del ministro!... ¡Persona muy bien relacionada, como usted lo ve!
El cabo Pérez no se dignaba bajar la vista hasta él, y cuando le pregunté quién sería el personaje me echó una mirada fulminante con su ojo blanquizco que brillaba bajo la visera del kepí, y me dijo: