Memorias de un vagón de ferrocarril

Part 9

Chapter 93,930 wordsPublic domain

Entre las mujeres honestas--vayan solas o acompañadas--sólo admito dos tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.

A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.

Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.

--Caballero--pregunta--, ¿son de usted este libro y estos guantes?...

“El madrugador” no se atreve a mentir.

--Sí, señor.

Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado saluda, sonríe y se instala.

A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:

--¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?

“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.

--Es mía, caballero--responde ruborizándose.

Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El madrugador” ha perdido su tiempo.

La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un asiento; luego--si le dejan--ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...

Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...

El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo caso el viajero “galante” se apresurará--en tanto se restaña el sudor--a cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada aventura asome, incorregible volverá a empezar.

Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de actitud.

Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de descalzarse... ¡Lo que más odio!...

“Lo importante es ir a gusto”--discurre cada cual.

En esta prolija galería de siluetas--cómicas casi siempre--que me frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos confundir con “el soñoliento”, ya presentado.

En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: “Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: “No... no... no...”

De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, de una _Guía_. A intervalos se observan recíprocamente, y, según transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza mutua. Casi a la vez, todos han pensado:

“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, podríamos acostarnos y dormir un poco”...

Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, resbalan hasta el suelo.

De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:

“Pero... ¿se ha dormido?...”--me pregunto.

Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.

El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en el roncar tres tiempos. En el primero--dice--“se sopla”; en el segundo, “se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.

El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: “¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve a soplar.

El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que ronca” repite beatífico:

--“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”

Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con irritación sorda:

--¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un modo insolente de dormir!...

Otro responde:

--Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no puedo cerrar los ojos.

--Ni yo.

El joven de la barba negra añade:

--Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de educación!...

Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:

--“¡Fu... aj... pan!...”

Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal pensamiento:

--¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase con él...

Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...

A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y comunicativo. Bosteza, sonríe...

--Afortunadamente--exclama--ha pasado la noche. ¿Han descansado ustedes?...

Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, de sus oyentes, dicen lo contrario.

--¿Ah?--prosigue--. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.

El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.

Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura--al revés de la otra--dice distinción, aristocracia, soberanía...

Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin adustez.

--Buenas noches--murmura.

Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, blanquísimo, brilla a la luz.

Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está encima.

Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la euritmia se pierde...

Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de frac. Planchado no estaría mejor.

A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero que está a su lado le interroga amablemente.

--Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies sobre el asiento?

--De ninguna manera.

--¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.

--Muchas gracias.

Le ofrece un periódico:

--Si desea usted leer...

--Tampoco; gracias.

--¿Usted no duerme cuando viaja?

--Nunca.

Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de la barba, le pregunta:

--¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?

--Ninguno.

No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, permanecen abiertos.

A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por entre el chaleco y el pantalón...

Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como un paseo en tranvía.

Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su sombrerera y su paraguas.

--Buenos días--dice.

Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...

¡Como si fuera a retratarse!...

XIII

Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son “fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de ellos millares de reproducciones que después repartió por los incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico de estos perfiles, puede variar--y varía--hasta lo infinito: el viajero “galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni ceja, ni se entibia, ni se curva.

Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, verbigracia, por su manera de mirar--aunque ni el tamaño ni el color de sus ojos sean extraordinarios--; por su modo de peinarse, de vestir, de cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el interés que despierta, provienen de ahí.

Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que asistí a sus últimos momentos.

Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía--más tarde lo supe--un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica contradicción de razas.

Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche--la madrugada, mejor dicho--en que le conocí, su figura, no bien apareció en el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas--y de la que ya he hablado--me prefería a mí.

En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. Merced a esta compleja sensibilidad mía que--según en otro capítulo queda explicado--es abreviatura de los cinco sentidos corporales del hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban produciéndose, llegaban a mí. Yo--no creo ocioso repetirlo--, a las personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo las transforman en cosas inanimadas--para decirlo con las palabras que emplearía un mortal--las acerca a mi modo de ser.

Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los fotógrafos.

Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” “¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de seda!...”

A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y pensé que me hundía en un túnel...

Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.

Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. Instantáneamente se quedó triste. “Un día--suspiró--me bajarán a la tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan vulgares que nunca reflexionen en esto...!”

Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay me examinaron. Me halló confortable.

--Es buen coche--dijo.

Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:

--¡Vamos muy despacio!