Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 8
No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en lastimarles.
Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren despedirnos y nos llaman; todavía--cuando ya no hay remedio, cuando ya nos vamos--quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...
Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.
Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo silbido que seguirá la zurda, etc.
Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos en el Oria.
--¿Por qué la máquina grita así?--pregunté a un compañero.
--No te asustes--dijo--; el padre de nuestro maquinista vive cerca de aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y que se acuerda de él...
También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la primera impresión de la muerte.
Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el suelo...
--Lo ha matado--me dijo un compañero que había seguido, como yo, los incidentes del pequeño drama.
--¿Y ya no podrá moverse?--interrogué candoroso.
Mi colega se burló de mí.
--¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que la máquina lo ha matado?...
Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo “está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a estarlo.
Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de espejismo que de realidad.
Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban parte del “rápido” de Asturias.
--Esos dos--añadieron mis camaradas--han progresado: ruedan menos que antes y viajan de día.
Luego preguntaron:
--¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar en un “correo”.
Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...
--Mejor andaba con vosotros--repuse--pero tampoco diré que vivo mal. Es cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son tan graves...
¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al nuevo ambiente.
En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi juicio, interminables.
Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire--hay ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia inconcebible--; y, finalmente, del fogonero y de la acertada disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa--por otro nombre La Casa Real--que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.
Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...
Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de “primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el miedo--enemigo de las etiquetas--yo le dije algo que demostraba mi interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia ni relieve.
Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan media hora y aún más, en cada estación.
Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido en el declive de una loma...
A cada rato, me preguntaba:
--Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí siempre?...
Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.
Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los “expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy con voz musical:--“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras portezuelas:--“¡Señores viajeros... al tren!...”
También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía llevar guitarras y aun cantar una copla--si el maquinista daba tiempo--y que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.
¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...--que es el amor que esperan--va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del mundo... y “Ellas” lo saben.
Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...
Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de libertad que sugiere la carrera de un tren.
Día por día la llaneza--no deliberada, sino espontánea--de mi carácter, me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades nuevas para mí.
De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en amarlo todo.
XII
Como los trasatlánticos--según dicen--la vida ferroviaria, en sus distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un microscopio.
Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, aguardan el paso de los trenes y con su banderín--como el espada con su muleta--parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. ¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del desastre!...
De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca prometía. Hasta que una tarde en que--con razón--su banderín rojo mandó parar el expreso--vimos que también sonreía--, y desde entonces su placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...
De los tipos que yo llamo “de casa”--me refiero a los empleados que ambulan con nosotros--el principal, el más pintoresco, es el interventor.
A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:
Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan despabilado...
A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en su asiento, ya se recoge... De pronto siente--¡oh, alegría!--que los párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...
Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta impaciencia:
--¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...
Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.
Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los pasajeros temibles son los pusilánimes--futuros enfermos, quizás, de delirio persecutorio--que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.
Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego--y antes de entrometernos en particularidades--deben dividirse en dos grandes grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de “primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de “lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el revisor tropieza--por casualidad rarísima--con un billete “entero”, apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha de desdén y de asombro, como diciéndole:
--¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted lástima tirar su dinero?...
He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los tipos--no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo substantivo--se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil clasificación.