Memorias de un vagón de ferrocarril

Part 7

Chapter 73,727 wordsPublic domain

--Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.

--¡El mismo!--exclamé--; ¿y el otro?

--Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. Creo que es Dommiot.

El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:

--¡Mira... mira!...

Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.

--¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?--decía yo.

--Pienso que sí.

--¿Irán a asaltar el tren?...

Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:

--Recuerda--dijo--lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...

Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.

Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un individuo vestido con una blusa blanca, repetía:

--¡Almohadas de viaje!...

“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. Yo estaba inconsolable.

--¡Qué lástima!--suspiré.

Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:

--¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un tiro?...

No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo le preguntaba a Doña Catástrofe:

--Oye: ¿qué hacen “esos”?...

--Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.

--¿Y Cardini?

--No hace nada.

--¿Duerme?

--No: ni lee ni duerme: mira.

--¿A quién?--insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, el prólogo de un drama.

--A nadie--replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe--; Cardini no parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho peor...

Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, era curioso, indagaba:

--Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.

El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la pregunta:

--Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace Mauricio?

--Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.

--¿Viaja contigo mucha gente?

--Voy completo.

--¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...

--¡Cállate, salvaje!...

El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era así, y realmente se querían como hermanos.

Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:

--¿Qué hace “el bello Raúl”?...

--Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos cerrados.

--¿Duerme, efectivamente?

--No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.

De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible que--semejantes a eslabones--formaban nuestras preguntas y respuestas. Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del convoy.

A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.

--¿Qué hace Dommiot?

--Leer.

--¿Y el italiano?

--Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.

--¿Y Mauricio?

--Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.

--¿Y Raúl?...

--“El bello Raúl” duerme... o lo finge...

Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la mayoría de los trenes--mercancías o correos--que se cruzaban con nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...

--Llevamos gente sospechosa--les gritábamos al pasar.

Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de quiénes les hablábamos, respondían:

--¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?

--Sí.

--¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la vuelta!...

--Sí... sí...

--¡Buena noche!...

--¡Buen viaje!...

Todos--ellos y nosotros--nos interpelábamos a la vez, las locomotoras silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.

Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas--creo haber dicho que cada viajero era una idea para mí--me daba la prestancia de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.

Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me comunicó esta observación:

--Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen pactado. Estoy intranquilo.

Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro hombres procedían movidos por una consigna.

Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a acometer a los viajeros.

--Son pocos--interrumpí--, no creo que se atrevan...

--He ahí mi miedo--replicó el viejo vagón--, que no operen solos, sino en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...

Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. Pregunté:

--¿Es muy peligroso descarrilar?

--Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.

--Pero el maquinista y el fogonero--repliqué--no cesan de otear el camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían para parar.

--Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La Tirones frena mal.

De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.

--¿Hay novedad en la vía?--le gritamos.

--¡No!...--repuso.

Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; podíamos seguir.

No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba con amor paternal, intentó serenarme.

--No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.

Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar junto al antiguo boxeador, murmuró:

--Vamos.

Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña Catástrofe:

--¡Ahí van!... ahí les tienes...

Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.

Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, repartía órdenes:

--Ya sabéis que yo defiendo la puerta.

Todos afirmaron.

--Tú--prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini--te quedas en el pasillo.

El italiano asintió.

--Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.

Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.

--Y si alguno se resiste--concluyó--le dais un buen golpe. Conviene trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy extremo.

Dicho esto, todos penetraron en mí.

--¿Quién iba a creer, Cabal--musitó Doña Catástrofe--que la fiesta iba a ser en honor tuyo?...

“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:

--Venga el dinero--decía--, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos muchos.

Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.

--¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los relojes... las sortijas...

Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.

--No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio--advirtió Dommiot--porque les asesinaríamos.

Dicho esto apagó la luz--como invitando a los desvalijados a reanudar su sueño--y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo las cadenas del pánico--no hay ligaduras que sujeten mejor--se dejaban robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. ¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:

--¿Sucede algo?

Y los del italiano:

--Nada: todo marcha bien.

Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de Cardini, interrogaban:

--¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...

Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:

--No...

Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.

El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, mis compañeros me demandaban.

Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un pie sobre los cabellos.

La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se mostraban inertes y dóciles.

--Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... ¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!--repetía Dommiot.

Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: “Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.

--Pero, ¿no acabas con él?--murmuró Mauricio.

En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.

--Tira--ordenó uno de ellos al italiano.

Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:

--¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...

El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la inglesa, replicó fríamente:

--Si no le mato, no acabamos en toda la noche.

La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:

--¡Atrás!... ¡Atrás!...

Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños aspavientos.

Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:

--¡Ladrones!... ¡Socorro!...

Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban contra los fugitivos.

--¡Abajo--decía Raúl--, pronto!...

Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron casi inmediatamente.

El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de sangre.

XI

Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama--¿quién hubiera podido sospecharlo?--marcó el término de mi juventud, modificó mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.

Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios señores--personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con que el personal de la estación les acogía--que después de examinar prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de un aire de misterio.

Lo que más me afligió fué verme separado--de un modo que luego comprendí era definitivo--de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo “equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante más de nueve años.

--En Madrid quedaron--me dijeron.

--¿Qué tienen?

--Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la enfermería.

Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid. ¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de “vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.

Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.