Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 6
Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos mientras se oprimían las manos.
Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:
“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”
Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:
--¿Qué tienes?...
Carmen repuso:
--Los nervios; no es nada.
Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí decirle--pensó--que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una bruta!...”
Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y febriles. Su marido llegó a inquietarse.
Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.
--Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre delante.
Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, repuso:
--Esa sortija no es mía.
Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:
--¿Es tuya?
--No.
El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las piedras.
--¡Es bonita!--murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja--; bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...
En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, diciéndole:
--No es nuestra.
El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O las sortijas extraviadas serán dos?”--pensó. Desconcertado y receloso, pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.
--Te ha confundido con otra viajera--comentó don Adelardo.
--¡Sin duda!...
Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía a su semblante. El esposo continuó:
--¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. ¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...
Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su pensamiento:
--O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.
La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.
--Mi señora--explicó--se ha enamorado de ella.
El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.
Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer continuarán dichosos.
De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.
--De cosas peores--insistía El Presumido--ha sido testigo cualquiera de nosotros.
Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:
--Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de ella?...
IX
Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
--Estad prevenidos--dijeron--porque hoy traemos mala gente.
--¿Quiénes son?--indagamos.
--Cuatro bandidos de los más célebres.
--¿Sabe vuestra policía que venían a España?
--Nos parece que no.
Pedimos detalles.
--Todos visten bien y son jóvenes--respondieron nuestros cofrades traspirenaicos--; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo sin duda una consigna, saltaron a la vía.
El narrador concluyó:
--Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
--“El bello Raúl”--nos respondieron--es el único que lleva bigote; tiene la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al andar.
--¿Y Cardini?...
--El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están afeitados.
El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San Sebastián. Cierta inquietud folletinesca--trepidación de aventura--nos sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:
--¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?
--No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?
--Tampoco.
Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.
Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al “bello Raúl”, cuya gallardía--si el remoquete que le señalaba era justo--debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los segundos me atraían mejor. El policía--reflexionaba yo--tiene una importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” de la injusticia colectiva, el público--aun en contra de sus intereses--en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la novela, aplaude al ladrón...
Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:
--Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como _gentlemen_; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha peleado en los _rings_; Jacobo Dommiot debe de tener también algún oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...
Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto había visto, tenía razón.
Doña Catástrofe continuó:
--Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar con maña o por la fuerza, España--como en todo--se quedó rezagada. Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...
Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
--Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le vería. “Debe de ser un ladrón”--se dijo el guardafreno. Pudo mandar parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... ¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban sentados--no les era posible mantenerse de pie--y a breve distancia uno de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre animoso--si tú quieres--, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se empieza!...
Le interrumpí para decirle:
--Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
--Me gusta--replicó Doña Catástrofe--que cada cual conozca y descuelle en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido a los hombres en el corazón.
Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no habló más.
Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en otra cosa.
En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le preguntó:
--¿Queda alguna cama?...
--Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le cobraré el “suplemento”.
--Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
--Cuando usted guste.
El religioso, muy amablemente--acaso con una leve ironía--, saludó a los viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este comentario:
--Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, mucho menos, en _sleeping_!...
Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que ellos--mejor educados, tal vez--no se atrevieron a decir. Las personas toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente confortable, mullido, lujoso...
Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña Catástrofe me había hecho.
--He aquí un hombre--pensé--que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
X
Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de Córdoba a Sevilla, mi familia--al convoy yo lo llamo “mi familia”--había comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:
--Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, me veáis convertido en astillas.
La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a recogernos, y bajo su recuerdo depresivo--un recuerdo al que se mezclaba algo supersticioso--salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la noche, lóbrega y húmeda, un gran frío--un frío que era miedo--me traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.
--Oye, Misántropo--le dije.
Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi temor a morir.
El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un convoy trágico.
A mis preguntas, El Misántropo contestó:
--Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.
Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.
Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias horas.
Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante concurrencia.
--¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!--me gritó un compañero.
--¿Tanto he dormido?--pregunté.
--Toda la tarde.
Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:
--Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no podamos dormir.
En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.
--¿Lo dices por los ladrones franceses?
--Sí.
--¿Les has visto?
--Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se hablan: demuestran no conocerse.
Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la salida del primer toro.
--¿Quiénes son?--dije.