Memorias de un vagón de ferrocarril

Part 4

Chapter 43,871 wordsPublic domain

--Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?

--Sí; acaba de volver del comedor.

--¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...

Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.

--¡Bravo!--exclamó jovial--; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...

Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.

--Entre...--susurró desde dentro una voz.

Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.

--Un hombre como él--pensé, jugando con la frase--es siempre un “reservado para señoras”...

Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.

En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.

¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...

Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.

Del grupo primero hay uno--casi siempre hombre--que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra--se atrinchera, mejor dicho--en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.

Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al _Water-Closet_ y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:

--¿Pero todavía no ha salido nadie?

Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:

--El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora que espero y soy “el quinto”...

--¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a luz!...

Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es “el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, del _Water-Closet_. De súbito, la puerta--¡oh!--del cuarto-tocador se abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a una ráfaga vernal, en la atmósfera densa--ambiente de alcoba--del pasillo.

VI

Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos mujeres, habrá un escenario.

Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.

En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él los objetos--paredes, muebles, árboles--entre quienes vivió unas horas y a los que fué simpático. Una costumbre--señores psicólogos--no es más que la simpatía que el hombre deja en las cosas...

Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al oído, se apretaban las manos...

Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:

--¿Tú les crees--dijo--marido y mujer?

Sin vacilar, Ricardo repuso:

--Me parece que no.

A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...

Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación--muy frecuente entre mujeres descalificadas--a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:

--Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.

--Si lo es--interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar--lo estará con otro.

Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:

--Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...

Y ella:

--No me atrevo; calla... Serénate...

Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.

--Ven--murmuró desde la puerta.

Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:

--No tengas miedo... no hay nadie...

Y ella:

--No me atrevo...

Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:

--Ven... ven...

La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir:

--Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...

Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.

Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se incorporó:

--¡Gracias a Dios!--exclamó entre festivo y malhumorado--que el joven de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán de qué hablar y nos dejarán tranquilos.

Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:

--¿Ves?...

Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:

--¿Se han ido?...

--Sí--replicó el dramaturgo--; pero volverán. ¿Te convences ahora de que se quieren demasiado para ser matrimonio?...

A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.

--Se ha despedido de ella y de nosotros--dijo--para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...

--Me figuro--contestó él--que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.

Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.

--¡Pedro!...

--¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?

--De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?

--Espero a mi mujer.

Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...

--Pero... ¿qué es esto?--exclamó Guisola--; ¡oh, casualidad!...

La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.

--¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...--concluyó el escultor.

Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:

--¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...

Con cierto entono--aquel hombre fué toda su vida un poco teatral--procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:

--El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...

Ricardo se inclinó.

--La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.

Y agregó, gravemente:

--Mi señora...

Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.

Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.

VII

Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele--y que, a su vez, es empujado--y otro vagón que me arrastra--porque a él también lo arrastran--he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy?...

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento folletinesco, de la niebla--la divina musa de los ojos cerrados--que en la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la alquitarada angustia de una indecisión...

Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.

--Yo--suele decirme Doña Catástrofe--necesito saber que tenemos máquina; “sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal de no estar solas, se casan con cualquiera.

Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos medioevales, “las llaves de Castilla”...

Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” que llegaron a España.

--¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!--decía--; las locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión viajó conmigo un señor ministro... o senador--no recuerdo bien--a quien todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una ventanilla, saludó a un señor--que luego supe le administraba varias haciendas--y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”--indagaba don José. Su colocutor contestaba:--“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”--“¿Y la langosta?”--“No se ha presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el diálogo, el rústico exclamó:--“Bueno, don José: deme licencia para marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió delante.

También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea propietario de un burro, pueda casarse...

Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido--notable embustero--solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.

En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha--si bien muy de tarde en tarde--los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del mundo.

Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento nos dictaba ideas lúgubres.

En Avila, La Caliente--que apenas había hecho justicia a su nombre--se marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto que--no me explico el olvido--había quedado a la intemperie. Su aspecto me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez--pensé--estaré yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...

La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña Catástrofe renegaba.

--Como ésa tarde mucho en venir--aludía a la máquina--voy a quedarme helado.

Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que nunca.

--Esta maldita--meditaba yo--va a hacernos pasar esta noche un mal rato.

A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.

--La Tirones ha bebido y está borracha--decía El Presumido.

¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...

Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro inminente.

--¿Qué sucede?--nos interrogábamos unos a otros.

La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se preguntaban:

--¿Por qué grita la máquina así?

El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:

--Un hombre acaba de arrojarse a la vía.

Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.

Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...

Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella frente, habían apagado una luz.