Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 3
Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...
--¡Ya sabes lo que es un túnel!--me dijo el _sleeping_ que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.
El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no atienden al paisaje.
Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...
Ya en Castilla, a la sazón llena de luna--era próxima la media noche--la tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura las almas de equilibrio.
Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no estaba cansado.
El _sleeping_ se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.
--¿Cómo marchas, chaval?--indagó.
--Bien.
--¿Te duele el cuerpo?
--No.
--Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde Miranda, tiene muy brusco el trato.
Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que en Avila volveríamos a cambiar de máquina.
--De Avila a Madrid--agregó--nos llevará La Caliente, que, como La Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras de mayor arrastre de la Compañía.
Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:
--En pasando de Burgos--exclamó--lo mismo me da una máquina que otra. Yo adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca--tierra sin dobleces--donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.
El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo pintaron de negro definitivamente.
Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el remolón en las cuestas arriba.
Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.
--¡Calla ya!--le supliqué--; ¿qué mejoras con asustarme?
No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir su miedo.
--Tú has de verlo--repetía--, tú has de verlo; un día ese maldito nos tragará a todos.
Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.
--¿Qué haces?--murmuraron malhumorados los _sleeping_.
Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.
--¿Qué haces, muchacho?--repitió el _sleeping_.
Y El Tímido:
--Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...
Un _sleeping_ tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié--no me explico cómo--un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:
--¿Qué sucede? ¿Quién se para?...
Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”--decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.
Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:
--¿Cómo te sientes?...
--Bien--repuse.
Todo el convoy se preocupaba de mí.
--¿Estás cansado?
--No.
--¿Nada te duele?
--Nada.
¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.
--Propongo--dijo un _sleeping_--que a este buen mozo le llamemos El Cabal.
Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.
Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la muerte.
Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra con esa alegría aventurera--ansia instintiva de desplazamiento--que yo llamaría “el placer de irse”.
Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me basta.
En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta--palidez de drama--de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré mientras viva.
Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone muchos años de labor. Los hombres--en su mayoría frívolos y fatuos--raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las ventanillas porque “ya conoce el camino”...
Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años--antes lo dije--he recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores--los pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de súbito, detrás de un monte--viene después. ¿Cuándo los hombres reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?
Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la silueta--que forma horizonte--de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos millares de personas saben todo esto; lo dicen las _Guías_...
Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos vivimos de todo.
Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al escrutinio y clasificación de los viajeros.
Así formé mi alma.
Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...
La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. ¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo que un alma desnuda.
V
Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme y oir lo que se charla dentro de mí.
La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución--yo tengo toda la seriedad de un real mozo--, sino de la alogía que los hombres sembraron en mí.
Voy a explicarme:
Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta única palabra misteriosa: “Alquilado”.
En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un enfermo?...
Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron resquebrajándose.
Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda satisfacción.
--Le gusta viajar solo y procura aislarse--meditaba yo--; ¡bien se advierte en él a un refinado!...
¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:
--¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...
El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:
--Estoy helado--gemía--; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...
En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.
--Podemos meternos aquí--propuso uno de ellos--; no hay nadie.
Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:
--Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.
Yo pensé:
--¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...
Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:
--Buenas noches...
Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:
--Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.
Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:
--¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.
Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:
--Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.
Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.
--¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!--exclamó el más viejo--. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...
--En Italia--comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”--es “vietato fumare” hasta en los cementerios--a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles--y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres--y esto es decisivo--las gustan los fumadores...
Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:
--¿Podemos seguir fumando?
El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:
--Mientras a ustedes no les haga daño...
Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.
El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.
A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza--y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa--llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del _dining-car_ empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.
En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.
--Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas--decían--se conocieron en él.
Según supe después--los vagones nos lo contamos todo--la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que--según expliqué en otro lugar--veo y oigo por todos mis poros.
--En pasando Segovia--murmuró ella--puede usted venir...
Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía: