Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 21
Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez instructor se proponía practicar en mí.
--¡Te han fastidiado, Cabal!--me dijo El Viejo--; los hombres, para consolarse de no prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en soltarte.
El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...
El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó--y declaro que con bastante exactitud--la escena del crimen: la posición en que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no añadió luz ninguna al sumario.
¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor. Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban teatralmente la fantasía popular.
--Aquí ha sido...--se decían mis mirones.
No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del asalto del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.
Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.
--¡Bien te diviertes, gandul!--decían.
Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos. ¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...
Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori; y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza, unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al principio, la pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia... Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros, y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía. Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía andar.
Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren de la Vida nos da ejemplo a todos...
Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos “con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción morbosa sobre mí.
--Luego sabré de qué se trata--pensé.
Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre mis asientos.
A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la mañana, Mercedes recibió una carta, que--al decir de una criada--la joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, una de ellas en el corazón.
Comentando el hecho, añadía un periódico:
“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado misteriosamente en el expreso de Madrid.”
Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.
--“Entonces--exclamé--es Emma Sansori quien la ha matado.”
No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, “Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te retratas, a veces, en tus hijos!...
Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma inexorable mano de la Fatalidad.
Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...
La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, donde--pronto haría un año--apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? ¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, ¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...
Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori--como si magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella--comenzó a darse cuenta de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, así en el de Emma apareció la cabeza--únicamente la cabeza--del asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? ¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...
Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con la puerta, y la rudeza del golpe--que a mí también me hizo daño--la derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.
--Antonio... Antonio... Antonio...--musitó tres veces.
De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.
--Va a suicidarse--pensé.
Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.
Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un coágulo de sol que bajase al abismo.
Nadie la vió.
En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí mismo, corría a noventa kilómetros por hora.
XXVI
Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario bienestar--salud de atleta--de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que los caminos en cuesta--sea ascendente o descendente--exige de nuestra armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas--¿a qué negarlo?--no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.
El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la lluvia, la escarcha, el relente...
Agréguese a esto el archivo de recuerdos--y quien dijo recuerdos, dijo melancolías--que ambulaban conmigo.
Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es “la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda, burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.
En mí, acaso precisamente porque anduve mucho, mi fantasía peregrinó poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos, con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas; recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.
Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado sobre el cuerpo de un hombre; yo--aunque sin voluntad--maté a don Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”, los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”
Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos faltos de sinovia, o chirrían con algarabías ornitológicas. Hay en mí como un ruido de muletas...
De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al “cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle mi laceria. Yo pensaba, aterrado:
--Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me destinarán a ser quemado?
Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid--llamada también del Sepulcro por su proximidad al Campo de este nombre--nos llevaron a unos vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad de innumerables martillos llenaba de estrépito.
“Este es nuestro “spoliarium”--me dije--; mi historia de gladiador de los caminos, aquí acaba.”
Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que manos diestras y buenas--o más que buenas codiciosas de arrancarle a cada coche inválido su máximo de producción--pretendían hacer conmigo.
A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este coche todavía está bien; quedará como nuevo.”
Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son mis asesinos--pensé--sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos dolores me amenazaban.
Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor ruido era campanudo y resonante.
Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y unos zapatos nuevos...
Esta inmensa alegría--júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento--da la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de “primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.
Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus pergaminos?--decía aquélla--; lo importante es vivir, ser jocundo, ser sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te esperan aún?...”
Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y todo--solado, techo, tabiques, asientos--pintado de un color amarillo obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número “tres”.
--¿Cómo ha de ser?--meditaba yo--; ¡paciencia! Están vistiéndome de blusa...
Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir viviendo, hubiese aceptado un empleo.
De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:
--¡Qué distinguido es!...
Y los “terceras”:
--¡No parece de los nuestros!...