Memorias de un vagón de ferrocarril

Part 19

Chapter 193,902 wordsPublic domain

Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos, sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa. Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un camino.

Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del mendigo; perfil muy español, por cierto...

Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos, casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya: por el espacio azul navegan nubecillas manchadas de carmín y de ópalo; el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.

En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro--heredero del turbante morisco--ciñe su frente; viste remendado traje de paño pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.

--Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...--repite orientando hacia el convoy sus ojos muertos.

En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente--¡oh, vergüenza!--una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna a los trenes.

Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El furgón que me trajo estas noticias--un viejo catalán que yo conocía hacía tiempo--me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había descarrilado dos “primeras”.

Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son los de “mejor material”--como en la fraseología ferroviaria se dice--y nosotros íbamos siendo viejos.

El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad Condal.

Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por nuestra ventura.

--Fíjate--decía mi compañero--en que, por primera vez, nuestros dueños nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, pues, verdaderos viajeros.

--¿Te duele algo?--le preguntaba yo.

--Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad conservan mis muelles todavía!...

Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi importancia. Estas palabras--¿a qué negarlo?--me halagaban, y en medida igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo--mis dos grandes defectos--nunca me permitieron ver claro en los demás.

Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde siempre ejercí sobre él.

En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, que experimentamos al sentirnos llevar?...

--¡Ya nos vamos, Cabal!--me gritó El Barítono.

--Sí, viejo--repuse--; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos en Francia.

Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, exclamó:

--¿No te alegras?

--Sí, que me alegro; ¡mucho!...

En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas a su contento, y hasta me descubrió su esperanza--completamente irrealizable--de rodar algún día sobre los caminos franceses.

--Y si me encuentran viejo--suspiró--que me envíen a un taller de reparaciones y me conviertan en “tercera”.

--¿Serías capaz--interrumpí enojado--de degradarte hasta ese extremo?

--Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.

Después se quedó triste.

--Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?

--¿Síntoma de qué?...

--Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... ¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...

No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.

--¡Los Pirineos!--grita El Barítono.

--Sí--repito emocionado--. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...

Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes--vayan o vengan--han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de “patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.

Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.

A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al Barítono y a mí, y les oímos hablar:

--¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?--preguntó alguien.

--Sí--repuso otra voz--, y hay que desengancharlos.

Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí el elegido.

--Nos separan, Cabal--gimió mi compañero.

--Sí, hermano--repuse conmovido--y no imaginas cuánto voy a echarte de menos...

Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.

--En este momento--exclamó El Barítono--envejecemos un poco los dos: separarse es morir...

--O disponerse a vivir otra vez--interrumpí animoso--; ¡y más vale creer esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!

El repuso, magnífico y sacerdotal:

--Que la felicidad marche contigo.

Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la tierra.

XXIV

Si yo tuviese tiempo y memoria--y paciencia también--para trasladar al papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.

El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La Triste--cualquiera de mis antiguas dueñas--atrafagada y jadeante, nos arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación neblinosa--aroma de humedad--que desdibuja las lejanías norteñas, el profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.

Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos enteros de mi vida.

Dentro de mí oigo gritar:

“--¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, Asturias y Galicia!...”

Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a otro.

O bien:

“--¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao, Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”

Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.

La voz evocadora grita:

--“¡Buenos quesos de Burgos!...”

Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.

--“¡Puñales y navajas de Albacete!...”

Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión verde de la región valenciana, que va acercándose.

--“¡Tortas de Alcázar!...”

Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.

--“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”

Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el brocal de un pozo casi seco...

Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y gozó una vez.

La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el “expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la “serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus manejadores apodan La Quisquillosa, por ser--al igual de los caballos blandos de boca--muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro “primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la misma edad. El _dining-car_ es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la Nueva.

La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta: viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.

En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.

Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón; Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid; Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales--El Pilar y La Seo--vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe, que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...

A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú, rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo; la única cierta...

Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza en la Vida...

En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña, o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla. En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca... pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un espada.

En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de conocerles, y me eché a discurrir:

“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...”

Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados de tener algo que contarse.

La mujer decía:

--Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...

--Es de suponer.

--Y que regará el jardín conforme la expliqué...

--Sí, sí, lo regará; no te atormentes.

Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos instantes:

--Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.

--Si recibió tu telegrama...

Ella recelaba siempre; él creía.

--¿Por qué no había de recibirlo?...

Después de un silencio, la mujer exclamó:

--¡Pobre hijo mío!...

El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:

--Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al campo...

De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los periódicos publicaban telegramas.

--¡Pobre mujer y pobre hombre!--pensé.

Les observaba con una atención en la que había más misericordia que curiosidad.

--Afortunadamente--seguí discurriendo--, los hombres, junto a la idea de “patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...

De pronto--¡oh, dragados increíbles de la memoria!--reconocí en mis huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... ¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...

--¿Es posible--exclamé--que él haya dedicado entera su vida a ella, y ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...

Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... ¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como uniformados, sin otra alegría que su amor--que no era “el amor”, sino una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica--. Perdieron su humilde vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir--aroma de las almas--se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...

Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:

--¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya llegamos.

Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.

--Cosas más graves--repuso--he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, de mi vida podría sacarse una novela.