Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 18
--Con la maestría de un viejo camarero--prosiguió contando El Barítono--don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los bordes.--“¡Señores--exclamó--: con este vino, rubio como las trenzas de María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de Francia!...”--“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:--“Gracias, hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un gran esfuerzo.--“¿Quieren ustedes más vino?--monologueaba--; ¿no?... ¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los ojos.--“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de vino le empapó la pechera.--“Gracias--continuó--, este frío hace bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.--“¡Se acabó el banquete!--exclamó--; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con mucho trabajo halló su reloj.--“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella estaba vacía.--“¿También tú has muerto?...”--exclamó. La inspeccionó al trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró al suelo.--“Vete--gruñó--, no te necesito; perdiste tu alegría; estás más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, me acompaña éste...--empuñó el frasco de la Ginebra--; ¿qué te habías figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de vino; la vida es una suma...--reía--: una suma de amores y de botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “--Yo también--barbotó--sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó un buen buche. “--Por los azotes que recibiste atado a la columna...” Otro buche. “--Por las tres caídas que sufriste en tu calle de Amargura...” Tercer buche. “--Por la corona de espinas que te pusieron...” Nuevo trago. “--Por la herida de tu costado...” Otro, y van cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “--Qué mal me encuentro--balbuceaba--, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...
El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.
--¡Cállate!--interrumpí.
--Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. ¡Maldita sea mi suerte!...
--Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero--le repliqué--; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón de ferrocarril, es extraordinario.
--Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!
--¿Qué hace?
--Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de vino. Parece una vasija rota...
Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...
“Será algún empleado de la Compañía”--pensé. El recuerdo de lo que el Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que aquel intruso estuviese borracho.
“Bien podía suceder--me dije--que fuese amigo del inspector, y éste le hubiese encerrado a dormir aquí.”
Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la máquina--hago hincapié en este detalle por ser esencial--; era delgado y de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños incidentes que a mi alrededor se producían.
Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:--“Fulano ha muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En cambio, nos dicen:--“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me digo:--“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:--“Ese señor debe de ser tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.
Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.
--Buenas noches--dijo al entrar.
El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el interventor.
--Si el caballero no está bien aquí--dijo--puede pasar a otro departamento: el coche va casi vacío.
El interpelado repuso:
--Muchas gracias.
--Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.
El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...
--Gracias--dijo--, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir bien.
El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.
--Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, puedo transportarlas yo mismo...
Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi huésped, irritado también, le replicó muy seco:
--Prefiero quedarme aquí.
El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.
--De este modo--explicó--podrán ustedes descansar, seguros de que nadie ha de molestarles...
Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la explicación que buscaba, volví a pensar:
“Serán amigos...”
Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un “ruta”--que prestaba servicio en otro coche--, o los dos, recorrían mi tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó aquel ir y venir insólito.
--Me espían--pensó.
Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas, habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”
Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le habían estrangulado.
Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó leer en un libro.
En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al hombre de la gorra’”--pensé.
Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque ahogándose, pudo balbucear:
--Señor... ¿el caballero que iba aquí?...
El interpelado repuso fríamente:
--No sé; salió hace un momento...
Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron sin contestar.
Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la vía.
Nunca la pobre Justicia supo más.
XXIII
Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez y el mucho uso, causan en los convoyes.
El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que finaron su vida de trabajo once coches--la mayoría de pasajeros--, diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del “correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y cinco minutos de la noche.
Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.
Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas jornadas.
Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, rodeado de desolación.
Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba--la _Sætabis_ romana--pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y una policromía de acuarela.
A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:
--¡Mira!...
Y yo, a mi vez, le replicaba:
--¡Mira!...
Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.
Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman “barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.
Corridos los primeros días--siempre expugnables a las emociones--, El Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta insensible adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se extingue en nosotros el interés de vivir...
No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora--este es su mejor calificativo--de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver. Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia, en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después de leerlo varias veces.
Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia--y especialmente a la Corte--la alegría de las calles, el alboroto de los teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbolizan los estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.
Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente, donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que--según le oí decir--sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas--pensaba--, mañana se separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul, desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón, sutibundo de libertad, no hubiese dolor.
La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre, que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su frente loca como agua lustral. Le recomiendan que escriba, que sea juicioso, que estudie mucho...
Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre--comprende--quien me las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que cualquier hombre.