Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 14
EL.--Yo, también soy un gran desengañado. (_Corta pausa._) El mundo es monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (_Otro silencio discreto._) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a contentarme con él.
IDA.--¿Lo halló usted?
EL.--Todavía no. (_Mirándola expresivamente a los ojos._) O, quizás, sí... ¡No lo sé!...
IDA.--¿Busca usted aún?
EL.--Siempre.
IDA.--Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (_Con un temblor, casi imperceptible, en la voz._) Yo... ¡ya no busco!
EL.--Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.
IDA.--Tal vez... (_Mueve la cabeza._) Pero, ¿a qué afanarnos en crear ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... ¡Como en la vida!
EL.--(_Fervoroso._) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos derrota... ¡volvamos a luchar!
Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.
IDA.--¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?
EL.--(_Interrumpiéndola vehemente._) ¡Sí, amor!
IDA.--El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?
EL.--Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (_Animándose._) ¡Ah, si la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...
IDA.--¡Qué locura! Amar es esclavizarse.
EL.--Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del aburrimiento?
IDA.--¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que acarrea un amor?... (_Risueña._) Oiga usted a los hombres...
EL.--(_Exaltándose._) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.
Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan discreteando, pero en voz más confidencial.
EL.--(_Con un nuevo ardor en el acento._) El mundo objetivo no existe realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un poquito cruel. (_Un silencio que empleará en recoger ideas._) ¿Conoce usted la admirable película de Pietro Fosco, _El fuego_?...
Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, parecen aniñarse con la curiosidad.
EL.--Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la interesan. “--Iré a tu casa--le anuncia--para conocerte mejor.” A la noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase más enamorada del pintor. “--Tienes mucho talento--repite--; un extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “--A tu madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “--¿Y mi novia?”--interroga suplicante. “--Sacrifícala también: es indispensable que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “--¿Cuánto tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “--Ocho horas, señora.” “--¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “--¿Qué haré--replica EL--si no puede alumbrar mejor?” “--Te engañas. Hay en tu lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. ¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...
IDA.--(_Temblando._) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se me han quedado frías.
EL.--Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida una hoguera?...
IDA.--No lo sé.
EL.--Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un instante si basta a enseñárnoslo todo. (_Misterioso y profético._) Y es llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.
IDA.--No me atrevo...
Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.
EL.--“Rompa usted su lámpara”. (_Sombrío._)
IDA.--¿Y después?
EL.--No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene “después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (_Pausa._)
IDA.--(_Con curiosidad pueril._) ¿Cómo termina el pintor su aventura?
EL.--Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo pajaritas de papel. (_Transición._) Pero, ¿qué importa, si antes de caer en la idiotez fué famoso, rico y amado?...
El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:
--Buenas noches.
Ida lanza un pequeño grito.
DON ALFONSO.--¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...
IDA.--Como no te sentimos llegar... (_Recobrándose._) Nuestro amigo me contaba el argumento de una película.
DON ALFONSO.--En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un momento a visitarla; ¿quieres?...
IDA.--(_Levantándose._) Sí, sí; hiciste muy bien.
DON ALFONSO.--(_A su amigo._) Estaremos de vuelta antes de que usted se marche a cenar.
EL SEÑOR DEL CLAVEL ENCARNADO.--Muy bien... (_Saluda._)
El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a la vez, tal que dos saetas, en el corazón.
XIX
Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y Feria--célebres en el mundo--llevaban a Sevilla. A diario los trenes de todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos informábamos del tráfico.
--¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...
--Lleno--respondía una voz.
--¿Y el “correo”?...
--Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario añadirle dos “terceras”.
Todos los trenes caminaban así, incluso los “mixtos” flemáticos, a quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás. Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba, pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor bullicioso--algo plebeyo--de nuestros huéspedes, se transmitía a nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola--y sobre todo en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca--parecía una calle de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés, empecé a hablar un poquito andaluz...
El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó. Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro, tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España, nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”--decían los periódicos de aquella mañana--se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey, a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar problemas y a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.
El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó al redondel.
Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros, que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán “un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.
“El teatro--reflexionaba yo--debe de ser algo así...”
El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto hablaban las muchedumbres de su arte, como de los dos millones de pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste, les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda, jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le cohibiese...
Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo grupo de viajeros--más de treinta--que no hallaban asiento y buscaban al jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”. Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a España.
--¡Qué país!--vociferaban--; ¡esto sólo sucede aquí!...
El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:
--¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta mil duros!...
Uno decía:
--¡Da vergüenza ser español!
Y varios, a la vez:
--¡Sí, señor; da vergüenza!...
Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:
--¡Pues, los inventa usted!
Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los cuarenta mil duros”, exclamó:
--¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía le doy un tiro!
Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:
--¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!
El jefe replicó mesurado:
--No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su servicio no le complacen, es que no pueden.
Todos rugían:
--¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos salir el tren!...
--¡La máquina--gritó el jefe para que todos le oyesen--no puede arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No puedo hacer más!...
Los manifestantes replicaron:
--¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...
El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, reaccionó:
--¡Atrás todo el mundo!--ordenó de súbito--; ¡retírense ustedes... o me veré obligado a llamar a la guardia civil!
Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. El jefe repitió, avanzando:
--Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!
La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una humildad de rebaño. Yo pensaba: “--¡Cómo le hubiese gustado al pobre Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.
--¡Viva Manuel!--gritó una voz desde el andén.
Muchas voces acaloradas repitieron:
--¡¡Viva!!...
Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.
El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia produjo en el _dining-car_ debió de ser extraordinaria, porque al regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, todas las tonalidades del cobre.
Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.
El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura del tobillo.
--Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y que el público se impacientaba.
Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.
A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:
--¿Qué hace ahora El Meñique?...
Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:
--Está hablando de las corridas de Sevilla...
Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una ráfaga de buen aire.
Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron hablar más que de caballos y de cortijos.
Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar al Meñique.
--¿Volverás pronto?--le preguntó su mujer.
--En seguida.
Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.
--Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...
“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, una mirada de portero. Indagó:
--¿Usted le conoce?
--No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede presentarme...
Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y sonrió jactancioso.
--¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.
Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:
--Esperaré...
Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.
--¿Podrá ser ahora?--murmuró lo más gentilmente que le fué posible--; porque... como mi familia me aguarda...
Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!
--¡Ahora mismo!--exclamó--. ¡No se apure usted!...
Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al torero:
--Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...
Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.
--Celebro verle a usted tan bueno, amigo--dijo.
--Muchas gracias, igualmente--repuso, visiblemente turbado, el señor “del frondoso bigote”.
No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía haber más que admiradores.
El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:
--Si quiere usted descansar un rato...