Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 13
--No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o, lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.
--Así debe ser--repuso El Majo.
Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.
Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures--aunque muy distintos entre sí--conservan la sangre de los iberos primitivos; los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona--años después lo comprobé por mí mismo--sólo se habla catalán; en los de Valencia, valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el “plano moral” de media Península.
El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía--la vieja Vandalia--son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en nuestro espíritu por obra de aquella costumbre--reflejo de nuestro egoísmo--que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la filantropía. “A nuestro interlocutor--piensa--debo entretenerle, consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una pirueta, y así, del dolor secular--dolor de raza--de todos los andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de Andalucía.
Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa--a veces corrosiva--de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no bien la conversación se enciende.
La noche a que antes me refería--la de mi primer viaje a Sevilla--era una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el “galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante hablaban a gritos:
--¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?--decía él.
--A una gorda, sería.
--Se equivoca usted: a una flaca.
--¡Jesús, qué mal gusto!
--A Pilar Gil.
--No me diga usted dónde la pellizcó.
--Donde me pareció que tenía más carne.
--De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.
--¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...
El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz a su departamento; ella resistía y coqueteaba:
--Véngase usted aquí, criatura...
--¿Hay algún asiento desocupado?
--¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?
--¿Entonces, qué?
--Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.
--No me convienen.
--¿Iba usted a tener mucho calor?
--Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...
--No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.
Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos rancios:
--¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...
--Hombre... ¡qué sé yo!...
--Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?
--Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la que te llevas.
--¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...
--¿Dónde ibas a comprarla?
--Yo preguntaría dónde la venden buena.
--Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a engañarte...
En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el sombrero.
--¡No gastéis los aplausos--repetía el empresario--; no los gastéis, que luego os harán falta!...
Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, decían “adiós”.
Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:
--¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
La actriz se asomó:
--¿Qué quiere usted?...
--Hacerla una pregunta.
--Diga.
--¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...
Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a gritar:
--¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:
--¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...
--¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de esta estación?...
Algunos de mis inquilinos habían pasado al _dining-car_, pero la mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.
Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:
--Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta estación?...
Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor gracia parecía tener.
--¿Qué tal máquina llevamos?--pregunté al Negro.
--Superiorísima--contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole--; cuatro años hace que ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...
Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un “jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y empezaba a clarear.
La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro Domecq”, repetía inútilmente:
--¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor impropio de esta estación?...
XVIII
Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus planicies estériles, sus ríos sin agua--aquellos mismos que hace siglos prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios arruinados--, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco gobernable.
Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de conocer, y mi memoria.
En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas--tierras de sal--de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para Granada y Almería. Pasan luego--y sólo he de citar las villas principales--Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las siete torres--diez veces centenarias--del castillo de Bujalance, construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos Córdoba, triste, augusta y hermética--según el público decir--como un altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...
Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde pasábamos.
--Pertenecemos--decía mi compañero--a un país milagroso; y lo califico así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto, la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo, a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos obligó a inmovilidad.
Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:
--En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor. ¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...
--El cacique--interrumpí--descendiente caricaturesco del señor feudal, es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras muchas partes.
--Sí--replicó El Negro--, el caciquismo es dolencia muy española; mas no puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas. Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí, los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo para ellos y, desde luego, más teatral.
Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio, los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el mundo--discurre--me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el “más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo, llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias, representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...
Platicando en este tono, en el que había más melancolía que apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los dos--pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego--, prestaba escolta.
Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo; pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el “prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y--por lo mismo--al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo muy serio.
Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras antes de dejarlas hablar.
IDA: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre triste como un adiós.
DON ALFONSO: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.
“EL OTRO SEÑOR”--nunca oí su nombre--: la misma edad de don Alfonso. “Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una doble expresión muy frecuente, porque la bondad--entre los humanos--suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...
Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un servidor del _dining-car_, que repite ante la puertecilla de cada departamento:
--Señores: la “primera mesa” va a empezar...
DON ALFONSO.--(_Levantándose_.) Autorícenme ustedes a marcharme. (_A ella_.) ¿Te envío un té?
IDA.--(_Dulcemente_.) No, gracias.
DON ALFONSO.--(_Obsequioso_.) Un té, bien azucarado... y con unas pastitas...
IDA.--Me haría daño; ¿no lo sabes? (_Mirándole amorosamente_.) Come bien tú; come por los dos...
Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”--que también así podemos designarle--quedan solos en su departamento. En torno suyo, sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita ser justificado.
EL.--En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.
IDA.--Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (_Dirige a mis dos lámparas una mirada despectiva, que me ofende._)
EL.--¿La gusta a usted leer?
IDA.--Según... (_Pausa breve._) Los libros amenos no abundan. Es tan difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.
EL.--(_Con acento seguro._) ¿Verdad que son muy raros los hombres interesantes?
IDA.--Dos por mil.
EL.--Exagera usted.
IDA.--¿Le parecen pocos?
EL.--Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, porque lo ignoran todo.
Los dos sonríen.
IDA.--Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!
EL.--Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.
Ida suspira.