Memorias de un vagón de ferrocarril
Part 12
Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso--los ocupantes del convoy no llegarían a sesenta--y con un cielo transparente, magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.
Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:
--Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben reservarse los sitios mejores del convoy.
Me eché a reir.
--Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los terceras”--dije--habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría de nuestros inquilinos viajan de balde.
--Bien, sí--tartamudeó Dos-Caras--; pero eso no importa.
--Pienso como tú.
--No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. “Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia--especialmente en los tiempos actuales--no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...
Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude leer más, porque en su corazón no había más...
Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me libre... porque toda bala tiene algo de llave”...
Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...
--Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué necesitaba la libertad?...
De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:
“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te adoro. Raquel”.
Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En seguida reanudó su discurso:
--¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este absurdo?...
Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.
--¡Las había olvidado!--murmuró--; ¡oh, qué ligereza! Es necesario destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son sagradas... ¡porque son suyas!...
Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, volvía a subir... “--¿Por qué resiste tanto?--don Rodrigo pensaba--; ¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.
Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, a quien referí cuanto acababa de observar.
--¿Y crees tú--repuso--que matará a Raquel en la estación?
--Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.
--¡Con tal--gruñó--que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...
Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; sabíamos--porque las ruedas nos lo decían--que repechábamos, y nada más.
Dos-Caras me habló.
--¿Cabal, tienes miedo?
Respondí la verdad:
--Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...
--También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.
--¿Tú crees en brujerías?
--Creo--replicó--en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...
Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.
--¿Tienes miedo todavía?--pregunté a mi compañero.
--Más miedo que nunca--repuso--; pues cuando la locomotora silba tanto es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.
A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué buena señal.
--Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo--comentó Dos-Caras.
En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.
--¡Un tren!--grité--¡Viene un tren!...
--El de Villafranca--gimió Dos-Caras.
--¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...
No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.
--He salvado a Raquel--pensé.
XVII
Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el plano descendente de mi vida empezaba.
En los quince días que duró mi convalecencia, mis curanderos--carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, electricistas, tapiceros, etc.--infligiéronme crueles padecimientos. Las averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.
Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al sol. Mis camaradas me felicitaban.
--Sea enhorabuena--decían--; estás mejor que antes, más joven...
--¡Buen viaje, Cabal!--me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún no habían dado “de alta”.
Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba sobre mí. “La sangre llama a la sangre”--había asegurado el viejo compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte años, podía volver...
De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un “primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los “correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.
Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.
Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos. Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra inmovilidad parecía aún más trágica.
Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el lote figurábamos nosotros. Al reconocerme--y lo hizo con severa escrupulosidad--uno de aquellos caballeros exclamó:
--¡Este coche no parece malo!
El señor a quien dirigía la observación repuso:
--Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.
Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.
Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el aire es más seco.
--Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones levantinas--pensé--será cordial para mí como una estación de invierno.
Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana--y como para borrar mi pasado--, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer a mis compañeros de ruta.
A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le testimoniaban respeto.
Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente respondí a sus averiguaciones--pues nunca me gustó caminar de prisa en la amistad--; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña--callé que en un “correo”--y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la “novatada”; era algo de lo que--según muchas veces he oído contar--les sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.
--¡Buen chasco vais a llevaros!--meditaba yo.
Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me interrogó:
--¿De dónde eres tú?
--¿Y tú?--repliqué en el mismo tono insolente.
--De Zaragoza.
--Yo nací en Saint-Denis.
--¿San... qué?...
--Saint-Denis--repetí.
--Franchute, entonces...