Memorias de un vagón de ferrocarril

Part 11

Chapter 113,693 wordsPublic domain

Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a Valladolid, y a dos recién casados de los cuales--y a su tiempo debido--volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único “departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban maliciosamente esperar de ellos.

De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud--no habría cumplido los veinte años--interesaron mi atención; era insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este hombre--meditaba yo--que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser admirados.

--La humanidad--pensaba yo--va bien cubierta: de mentiras se viste por dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...

Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, después de un día de agitación calenturienta.

--¡Qué bien estamos ahora!--exclamó él.

Digna, confirmó:

--¡Muy bien!...

Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían los párpados.

El preguntó:

--¿Lástima de noche, verdad?

Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, delicadamente, fingió no advertir.

--¿Por qué?--dijo--; ¿no estamos juntos?

No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:

--¿Me quieres?--indagó.

Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:

--¿No lo sabes?...

Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó desconcertado:

--¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...

Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi abrazados, dormían los dos.

Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo compañero, que se disponía a marchar.

--¿Te han dicho la hecatombe?--gritó.

--¿Cuál?--repuse inquieto.

--La del “rápido” de Gijón.

--No.

--Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.

La noticia--divulgada al siguiente día por la Prensa--me causó un efecto desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No supe qué responder; empecé a temblar...

--¿Te acuerdas--prosiguió el viejo vagón--del miedo que el pobre Doña Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?

--Sí, que me acuerdo.

--Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había tal: era un presentimiento.

XVI

Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.

Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa a todo el convoy.

Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de hombros.

--Son mudos--pensé.

Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.

--Sí--respondió--; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y aun creo que ha viajado conmigo.

Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un poco a mí. “Un mudo--reflexionaba yo--es el tránsito entre los que sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y adornaba su rostro de mejillas nacarinas--como de efebo--con una barbita recortada “en punta”.

Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas egoístas:

--¡Un mudo!--rezongaban todos--; ¡bah; que se fastidie!...

Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de buen pergeño.

--¡Otro mudo!--pensé asombrado--: ¡también es casualidad! ¡Nunca había visto mudos y, de repente, conozco tres!...

Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se importunan mutuamente en los viajes.

--¿Dónde va usted?

--A La Coruña.

--Lo celebro mucho: yo, también.

--Hay demasiado público; vamos a descansar mal.

--Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?

--Muy poco: de madrugada, únicamente.

--Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los párpados...

Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...

Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los dos mudos, exclama campechano:

--¡Salud, don Andrés!...

El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y responde:

--¡Don Juan, usted por aquí!...

Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una puerta...

--¿Va usted bien colocado?--inquiere don Juan.

--No--replica don Andrés--; he tenido la desgracia de ir a caer junto a un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...

Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:

--¿Pero usted no es mudo?...

Don Andrés también rie:

--¡No!--exclama un tanto despectivamente--; poco a poco: ¡yo, qué he de ser mudo!...

A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:

--¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!

Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue retador:

--En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se lo tolero!...

El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las explicaciones pacifistas.

--Yo--dice don Andrés--sé hablar magistralmente con las manos, y a la estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.

--Y yo--interrumpió el joven embigotado--, que también conozco perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.

--¡Y yo creí que usted era mudo!--exclamó don Andrés.

--¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué pueden conversar dos personas que no se conocen?...

Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.

En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena--los dolores pesan más que los años--le oprimiese.

Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, Raquel preguntó:

--¿Qué tienes?...

El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de superioridad compasiva, tal vez un poquito--¡oh, muy poco!--de ironía, porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.

Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:

--¿Qué tienes?... Háblame...

A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.

--¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?--murmuró--. ¿La crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente desgraciado. ¿Comprendes esto?

Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el bronce de su cara y le aceraba los ojos:

--En _El anillo de los Nibelungos_--¿te acuerdas?... lo vimos juntos--Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.

Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...

--¿A qué seguir?--exclamó--; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...

Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.

El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.

--Algo esconde que no sabré nunca--meditaba--; es decir, hay en ella algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: “Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... ¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas estuviesen juntas...

Prosiguió su indagatoria:

--No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada, para entregarse así. El amor--ya lo dije antes--es ceguera, y en el cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...

Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de rumbo. De pronto le pareció--¡cuántas veces le había parecido lo mismo!--que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, en fin...

--Lo que muchos inferiores realizan por instinto--continuaba discurriendo don Rodrigo--lo consigue Raquel con su superior inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia crear un amor...

No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza de Raquel, y se quedó dormido.

Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su amada no fuese a despedirle.

--Estará enferma--pensé.

El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.

Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.

Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en responder.

--No sé--dijo--lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los dos, uno acaba mal.

--¿Por qué?

--Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las infidelidades no tienen importancia, acaso porque--allá en lo más íntimo--creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más gente que los ferrocarriles.

Tras unos momentos de silencio, añadió:

--Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te has manchado de sangre alguna vez?

--Sí.

--¿Por fuera o por dentro?

--Por dentro y por fuera.

Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi “expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.

--Lo más grave, lo que decide de tu sino--replicó reposadamente Dos-Caras--, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te ensangrentaste las ruedas?

--Probablemente menos de ocho años.

--¡Temprano se acercó la muerte a ti!...

Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, agregó, sibilino:

--La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una _jettatura_ de drama. Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...

Concluyó:

--Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has comunicado tu maleficio.

Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque--pensé--no concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don profético, había hablado bien.