Marta y María: novela de costumbres
Part 8
María no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la alentasen en las devociones, nada le decían en contra, y cada día le otorgaban mayores muestras de cariño, pues a ello les invitaba la creciente dulzura y afabilidad de su carácter. Su madre la adoraba con pasión loca y aplaudía ciegamente todos sus actos de piedad. No se cansaba de alabar la virtud y el talento de su primogénita. Los criados, y muy particularmente Genoveva, hacían coro también a estas alabanzas difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido para los efectos de su salvación tener un padre bárbaro y tirano que la mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no la dejase vivir, pues ninguna santa se había librado de padecer persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que leía. Dolíase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba, pensando en que nada sufría por el Dios que nos redimió con su sangre. Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba por la imaginación semejante cosa.
Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificábase con ayunos y penitencias, ejecutando siempre lo que más le disgustaba. Le repugnaba algún manjar de la mesa; pues se imponía la penitencia de comerlo, dejando, en cambio, otros que le placían extremadamente. Llegó hasta echar en algunos acíbar, a imitación de lo que hacía San Nicolás de Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de notarlo tenía por seguro que no se lo consentiría.
Traía siempre un medallón al cuello con el retrato de su novio. Un día que éste consiguió hablar un momento a solas con ella, le dijo:
--Oye, Ricardo; si no te enfadas, te diría una cosa.
--¿Qué es?--se apresuró a preguntar el joven con el sobresalto de quien teme siempre alguna desgracia.
--Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo diré. He quitado tu retrato del medallón.
La fisonomía de Ricardo expresó el asombro.
--Y lo peor es que lo he sustituido con otro...
La expresión de asombro se trocó en dolorida, de tal modo, que María, al contemplar aquel rostro contraído y rebosando de aflicción, no pudo menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro tiempo salían a cada instante de su boca y que poco a poco habían ido cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegría de donde se escapaban.
--¡Dios mío, qué cara has puesto!... Espera; para que sufras más voy a mostrarte tu sustituto.
Y, quitando el medallón del cuello, se lo presentó. Tenía la efigie de Jesús coronado de espinas. Ricardo sonrió entre satisfecho y molesto.
--Ahora, bésalo.
El joven obedeció al punto posando los labios sobre la imagen del Señor y un poco también sobre los dedos rosados que la apretaban. María se escapó corriendo.
Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra virtud, que es, por decirlo así, el fundamento de nuestra religión y el timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud de la caridad. Bastábale a nuestra joven su excelente corazón y el ejemplo de sus padres para aliviar siempre que podía las miserias del prójimo; pero añadíase a esto tener presente a la continua los increíbles esfuerzos de abnegación y caridad llevados a cabo por las santas que con más fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de Turingia, que mereció el nombre de _Madre de los pobres_. Así que, mostrábase compasiva hacia todos los miserables, y no perdía ocasión de remediar sus necesidades con mano próvida. Todo el dinero que su padre le daba empleábalo en hacer limosnas. Visitaba, en compañía de Genoveva, las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no sólo con dinero, sino también con palabras de consuelo, atento que no sólo de pan vive el hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto algunos pordioseros a su cuarto y les lavó los pies con el mayor esmero. Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e íntima alegría que jamás había experimentado anteriormente. Tomó la costumbre de no despedir sin limosna a ningún pobre que se la pidiese, pues, además de dictárselo así su corazón, tenía la multitud de casos en que Nuestro Señor o la Virgen se habían aparecido bajo la forma de pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriñar el semblante de los pobres con cierta emoción. Mas como su peculio no bastase para atender a tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre valiéndose de mil ardides inocentes; un día pidiéndole para una sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura, etcétera. Tanto fue lo que abusó, no obstante, que don Mariano sospechó la verdad y señaló un límite a sus larguezas. Su hija le hubiera arruinado con la mayor inocencia.
Arrastrada por su ardiente caridad, quiso también probarse en cuidar enfermos, sobre todo aquellos que padecían enfermedades repugnantes. Supo que cerca de su casa una mujer padecía de llagas en el pecho, y tomó la resolución de ir todas las mañanas a curárselas, lo cual puso en práctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo añadir a ella lo que había leído en la historia de Santa Catalina, esto es, queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror que se le apoderó, que le dio un vahído, se puso muy mala y fue necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no atribuyó, como era justo, su fracaso a la debilidad de estómago, sino a falta de virtud, y se aplicó con creciente afán a mejorar su vida.
Genoveva era en todos esos ejercicios de piedad, más bien compañera y confidente íntimo que su doncella. Ayudábala sin comprender en muchos casos adónde iba a parar, persuadida enteramente a que no iría por mal camino, pues tenía fe ciega en la discreción de su señorita. Más que cariño era una especie de idolatría la que le profesaba, donde se mezclaba la admiración de su belleza, el respeto de su talento y el orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. María no había logrado infundir en ella el entusiasmo místico de que se sentía poseída, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia supina la ponía a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero había conseguido con sus actos y pláticas religiosas despertar en ella el fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e ignorantes.
Una noche, después de recogida la familia y los criados, se hallaban ambas en el gabinete de la torre. María leía a la luz del quinqué de bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecíales muchas veces pasar de esta manera una o dos horas antes de acostarse, pues la señorita estaba acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.
No parecía tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha interior con algún pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio, aquella noche estaba más embebida en la calceta que nunca, entreverando, sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones más o menos filosóficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las manos, lo mismo que cuando se dormita.
Por último, la señorita decidiose a romper el silencio.
--Genoveva, ¿quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?--dijo alargándole el libro.
--Con mil amores, señorita.
--Mira, ahí donde dice: _Cuando su marido_...
Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la interrumpió María, diciéndole:
--No, no; lee en voz alta.
Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:
_«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como valerosa guerrera del amor del Señor..._»
--Basta, no leas más: ¿qué te parece?
--Ya he leído muchas veces esto mismo.
--Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo parecido?--se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a proferir una cosa que le ha preocupado mucho.
Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.
--¿No entiendes?
--No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con el rostro encendido de rubor:
--Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
--¿Qué oficio?
--Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
--¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa como esa en la cabeza?
--Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
--No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...
--¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías un remordimiento?
--Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate, aunque sea para su bien?
--Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es verdad que no lo harás?
--¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!
--¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.
--No..., no..., no me pida eso.
--Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...
María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa volubilidad:
--Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves... Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace falta...
Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas, unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos. Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario. Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas, soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido movimiento despojose de ella.
--Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.
En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia, todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:
--¡Que no sepa papá esto!
Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un poco avergonzada.
--No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?--preguntó sonriendo.
La doncella no acertó más que a decir:
--¡Señorita, por Dios!...
--Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.
De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha, le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy quedo al oído en tono jovial:
--Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.
Un violento temblor se apoderó de su cuerpo al decir estas palabras; pero un temblor delicioso que le penetró hasta los huesos. Luego, tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde estaba la imagen del Salvador.
--Aquí ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Señor.
La voz se le anudaba en la garganta. Estaba pálida. Postrose, en efecto, humildemente ante la imagen, persignose rápidamente, cruzó las manos sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa dulce, le dijo:
--Ya puedes empezar.
--¡Señorita, por Dios!...--tornó a exclamar Genoveva toda confusa.
Por los ojos de la señorita pasó un relámpago de cólera que se apagó al instante; pero le dijo en tono un poco irritado:
--¿Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeció, descargando las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la señorita.
Y en verdad que parecía sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de hermosura y elegancia. María no poseía aún, ni era de presumir que poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un escultor. Pero esto mismo constituía atractivo más poderoso para los que gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espíritu, y anteponen a la hermosura clásica de la forma la delicadeza y la elegancia. Los brazos eran finos y frágiles, como los de un niño, pero admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la gacela, se unía a los hombros por una línea fugitiva y ondulante, cuya suprema gracia sólo se encuentra en las vírgenes de Rafael.
Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero María se irritó; quiso que fuesen más fuertes.
--No, así no; con más fuerza... Pero espera un instante; déjame quitar estas joyas, que son ridículas en este momento.
Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó los pendientes de las orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a los pies de Jesús. También Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia, depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasar por otro camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosa ama. El quinqué despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeño gabinete de una claridad discreta. Sólo al reflejarse en las joyas que yacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír su voz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera de misterio y recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de un placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vez que cruzaban por él las correas de las disciplinas con un dolor no exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latir en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso de la emoción que la embargaba. De vez en cuando sus labios, pálidos y trémulos, decían en voz baja:
--¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en su cándida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instante en que el bárbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre. Genoveva no pudo contenerse; tiró las disciplinas muy lejos y se arrojó llorando a abrazar a su señorita, cubriéndola de caricias y pidiéndole, por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer semejante atrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy poco la flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos ascéticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
--Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
--Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo a mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
--Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte conocido...
--En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
--Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
--Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera; sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y aun las _fantasías_, _réveries_ y _nocturnos_ que María tocaba en el piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba, avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
--¿Martita, estás enfadada aún?
--Sí que lo estoy--repuso entre severa y risueña--y escape usted pronto, señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la escoba.
--¿Pero de veras estás enfadada?
--De veras lo estoy.
--Pues bien, te pido perdón humildemente--dijo poniéndose de rodillas--. Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.
--Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los pantalones...
--Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería, mientras no me perdones.
--¡Qué payaso eres, Ricardo!
--Muchas gracias.
--¿Quieres alzarte, criatura?
--No, mientras no me perdones.
--Has de ser formal, Ricardo.
--Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?
--Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente, exclamó:
--¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me entiendes...
--¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
--Lo seré con el tiempo; no te apures.
--Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
--¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
--Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
--María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
--No fue más que a misa; pronto vendrá.
--¡Ya, ya!--exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y silencioso.
Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su futuro hermano.
--¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...
Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada vaga y perdida en las casas de la vecindad.
No tardó en presentarse otra vez Marta.
--Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.
Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.
--¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?
--¡Pues no faltaba más!