Marta y María: novela de costumbres
Part 3
--¡Oh, por Dios! Es demasiado sentimental, y estas señoras no están ahora por el romanticismo...
--Al contrario, don Serapio--exclamó una de las señoritas de Delgado--, las mujeres, en esta época de interés y de cálculo, somos las que debemos rendir culto al sentimiento y al corazón.
--¡Siempre tan linda como discreta!--manifestó el cantante inclinándose hasta el suelo.
Comenzó a preludiar el piano. Don Serapio, antes de emitir nota alguna, arqueó repetidas veces las cejas y estiró cuanto pudo el cuello en señal de asentimiento. Pasaba de los cincuenta, aunque las pomadas, tinturas y cosméticos le diesen aspecto de joven a cierta distancia. De cerca, sus bigotes engomados a la perfección no bastaban a compensar las patas de gallo y arrugas de todo linaje que le cruzaban el rostro. Era fabricante de conservas alimenticias y solterón empedernido, no porque dejase de honrar al bello sexo y tenerle en gran estima, sino porque pensaba que el matrimonio era la muerte del amor y sus ilusiones. No había hombre más azucarado y mantecoso en conversación con las damas, ni jamás tuvo galán un surtido más numeroso de requiebros para soltarles. En casi todos ellos jugaba mucho papel _el fuego de la pasión, la pérdida del albedrío, el aliento perfumado, los latidos del corazón_ y otras cuantas lindezas análogas, todas trasnochadas. Esto en cuanto a las señoras. En cuanto a las doncellas de labor y cocineras, no paraban aquí los galanteos de don Serapio. Se le consideraba como uno de los más terribles y dañinos seductores de este género; y era cosa bien sabida en Nieva que más de una vez y más de dos habían ido a la fábrica con algún tierno infante entre los brazos a armarle un escándalo mayúsculo, que él se había apresurado a conjurar con los rellenos de su gaveta. Ordinariamente hacía una vida arreglada, levantándose muy de mañana, yendo a la fábrica a despachar las cuentas y a inspeccionar el condimento de los pescados y mariscos y viniendo a eso de las cinco de la tarde a jabonarse y vestirse para emprender su paseo o sus visitas que no eran pocas, y que terminaban siempre a las once de la noche. La única lectura que le agradaba, las novelas de crímenes.
La voz de don Serapio era poquita, pero desagradable, como decía un joven humorista de los que se arrimaban a las puertas. Nunca pudo averiguarse si era tenor, barítono o bajo. En cambio, cantaba con un sentimiento capaz de derretir a las piedras, del cual podía juzgarse por los movimientos infinitos de sus cejas y por la expresión de desconsuelo que tomaba su fisonomía así que se hallaba frente al piano. Nadie vio un rostro tan arqueado, estirado y compungido. La romanza _Lontano a te_, más que ninguna otra, tenía el privilegio de despertar su sensibilidad y dar a sus ojos expresión extremadamente amarga.
Mientras el fabricante de conservas expresaba en italiano el dolor de hallarse lejos de su amada, la hija mayor de los señores de la casa seguía conversando en el paraje más retirado de la sala con un joven de fisonomía abierta y simpática, moreno, de ojos negros y bigote naciente.
--Enrique no entendió bien mi encargo--decía el joven--. Yo le pedía que me remitiese un aderezo de valor y lo que me manda es medio aderezo vulgarísimo hasta más no poder; tanto, que pienso devolvérselo mañana mismo sin mostrártelo siquiera.
--No te moleste más; es igual uno u otro.
--¡Cómo ha de ser igual! ¿De cuándo acá, señorita, se ha vuelto usted tan indiferente en asuntos de tocador? Estoy seguro de que si te trajese el dichoso aderezo reirías en grande.
--No lo creas.
--¿Te figuras acaso que no me acuerdo de la burla que has hecho del sombrero que tu tía Carmen te regaló hace pocos días?
--Hice mal en burlarme; pero tú haces también mal en echármelo en cara. La verdad es que, en resumidas cuentas, lo mismo da un sombrero o un aderezo que otro.
--Corriente; dale expresiones. Te conozco bien y no me dejo engañar. El aderezo se devolverá y en su lugar vendrá otro a mi gusto y al tuyo... Dejemos el aderezo... Algo tenía que decirte y ya no me acuerdo... ¡Ah, sí! Es necesario que escribamos a tu tío Rodrigo, pues según la carta que de él recibí hoy, no sabe todavía el día en que nos casamos. Creo que debemos escribirle los dos en una misma carta, ¿no te parece?
--Como tú quieras.
--Bien, pues mañana, antes de comer, pasaré por aquí y lo haremos.
Ambos callaron algunos instantes y atendieron al canto de don Serapio, que se lamentaba cada vez con acento más patético de la soledad y tristeza en que su dueño le tenía. Una de las señoritas de Delgado se llevó el pañuelo a los ojos, declarando en voz baja a los que estaban cerca que desde hacía poco tiempo se le saltaban las lágrimas por cualquier cosa.
--¡Qué majadero es este don Serapio! Con tanto mover la frente se le va a correr hacia atrás el peluquín.
--No seas malo, Ricardo; ten un poco de caridad y déjale al pobre que goce sin ofender a Dios ni al prójimo.
--No, lo que es por mí ya puede cantar hasta que reviente... Pero observo, niña, que te has vuelto muy moralista de algún tiempo a esta parte. ¿Tratas de hacerle competencia al cura de la parroquia?
--Lo que trato es de que no seas murmurador. Si me quieres tanto como dices, no debían ofenderte mis consejos.
--No me ofenden; todo lo contrario, los escucho siempre con gusto y los sigo... cuando puedo. Ya conoces mi genio y sabes que no puedo menos de hablar en broma. En fin, tiempo te queda para sermonearme a tu gusto, ¿verdad? No sólo tiempo sino espacio también. Puedes ir echándome sermones desde Nieva hasta Madrid, después de Madrid hasta París, y desde París a Milán, y desde Milán a Venecia, y después hasta Roma y Nápoles, y otra vez de vuelta por Ginebra, Bruselas, París y Madrid hasta casa. ¡Con qué gusto iré escuchando a un predicador tan monísimo por todos esos países extranjeros! ¿Qué te parece el itinerario de nuestro viaje?
--Bien.
--¡Bien, bien! Eso no es decir nada. ¡No parece sino que el asunto no te interesa tanto como a mí! Yo no lo declaro definitivo mientras tú no hagas en él las modificaciones que creas convenientes o lo varíes por entero si te place. El mismo interés tengo en ir a París y Roma que a Berlín o a Londres. ¡Figúrate lo que me importará, yendo contigo, viajar por un lado o por otro!
--Lo que tú determines estará bien.
--Dejémonos de cuentos: ¿te gusta el viaje que te propongo, sí o no?
--Ya te he dicho que sí.
--Pero, hija, ¿qué tienes? En toda la noche no he podido hacerte sonreír una vez siquiera, ni pronunciar más que las palabras estrictamente necesarias. ¿A qué viene esa gravedad? ¿Estás enfadada conmigo?
--¿Por qué había de estarlo?
--Eso pregunto yo, ¿por qué? Lo cierto es que lo estás, pues de otro modo no tiene explicación el tono displicente con que me respondes hace rato.
--Es una suspicacia tuya. Te respondo como siempre.
Ricardo contempló en silencio a su novia, que separó la vista fijándola en don Serapio.
--Podrá ser; pero no lo veo claro. Si realmente estuvieses enfadada, harías mal en no decirme el motivo, para reparar mi falta, si por ventura la hubiese cometido. La conciencia no me acusa de nada...
--Te digo que no estoy enfadada: ¡no seas pesado!
María pronunció estas palabras con evidente sequedad y sin apartar la vista del cantante. Ricardo la contempló otra vez largamente.
--Bueno, bueno..., más vale así... Yo creía, sin embargo...
Ambos guardaron silencio buen espacio. Ricardo lo rompió diciendo:
--Cuando acabe don Serapio te van a hacer cantar a ti; estoy seguro... Todos ganarán en ello menos yo...
--¿Pues?
--Por dos razones: la primera porque todo lo que gozo oyéndote cuando estamos en familia, me disgusta cuando cantas en público; la segunda porque vas a separarte de mí.
--No sé por qué te disgusta que cante en público. A mí es a quien disgusta... y mucho. Lo de la separación es una tontería, porque estamos juntos mucho más tiempo de lo que debiéramos.
--Es largo de explicar y difícil el porqué no me gusta que cantes en público. Lo de la separación, aunque lo juzgues tontería, es la pura verdad. Por más que estemos juntos algunas horas del día, aun me parece poco. Quisiera que lo estuviésemos todas. En un hombre que se va a casar dentro de mes y medio no creo que tenga mucho de particular este deseo...
Y bajando la voz, con acento apasionado, añadió:
--Ni me sacio ni me saciaré jamás de estar a tu lado, vida mía. En los años que llevo adorándote, ni un solo momento he sentido la sombra del hastío. Cuando estoy cerca de ti pienso que ni en el cielo estaría tan bien; cuando estoy lejos pienso que estaría mejor junto a ti. Esto es una garantía de que nunca nos cansaremos el uno al lado del otro, ¿no es verdad? Por mi parte te hago juramento de que si llegamos a viejos me gustará más estar a tu lado que tomando el sol... ¡Qué vida tan dichosa nos espera y cuánto tiempo hace que sueño con ella!... ¿Te acuerdas cuando un día, en la huerta de casa, teniendo tú ocho años y yo diez, mi pobre mamá nos hizo cogernos de la mano diciéndonos gravemente: «¿Queréis ser marido y mujer?... Pues daos un beso y cuidado con enfadarse más.» Desde entonces nunca pensé que podía casarme con otra mujer más que contigo.
María no respondió a este fervoroso discurso. Siguió mirando con fijeza extraña y como absorta en lejanos pensamientos al fabricante de conservas.
--¿Sabes una cosa?
--¿Qué?
--Que han venido también los estuches con tus vestidos, pero aun no los he abierto. Los dos tienen sobre la tapa tu cifra con corona de marquesa. Aunque te rías, no dejaré de decirte que me dio un salto el corazón al ver la corona. Me pareció que ya estábamos unidos, que no había que esperar estos mortales cuarenta y cinco días. No sé lo que daría por que hoy fuese el último de diciembre. Dime, feísima ¿no tienes deseos de llamarte la marquesa de Peñalta, de ser mía, mía para siempre?
María se levantó del diván y con gesto desdeñoso, sin mirar a su novio, repuso:
--Así, así.
Y fue a sentarse cerca de una de las infinitas señoritas de Ciudad. Ricardo permaneció algunos instantes clavado a la butaca sin mover siquiera un dedo. Después se levantó bruscamente y salió de la sala.
Don Serapio, al fin, terminó de llorar ausencias de su dama, asegurando en una última fermata que, si tal estado de cosas se prolongaba, moriría sin remisión. El pianista secundó este grito de dolor con una escala en octavas estrepitosas. Sonó un largo palmoteo y se dirigieron al cantante por parte de las damas sonrisas afectuosas de aprobación. La juventud de las puertas, siempre bromista, se empeñó en hacerle repetir la romanza; pero don Serapio tuvo bastante buen olfato para advertir que los aplausos juveniles no eran de buena ley, y se negó a complacerla.
Entonces el pollo del pelo por la frente dirigió a la asamblea la siguiente alocución:
--Señores, yo creo que ya es hora de que escuchemos a la gran artista... Todos esperamos con impaciencia que María nos proporcione... uno de esos momentos felices..., que otras veces nos ha proporcionado..., ¿verdad?
--Eso es: que cante María.
--Sí, cantará, porque es muy amable.
El orador fue a dar el brazo a la señorita de la casa y la trajo hasta el piano.
Cuando María quedó sola y en pie frente a la tertulia, produjo como siempre un estremecimiento de admiración: «¡Qué hermosa, qué hermosa!--¡Esta chica cada día es más bonita!--¡Qué gusto exquisito tiene para vestirse!--¡Parece una reina!» Estas y otras muchas frases laudatorias fueron las que se dijeron al oído los tertulios de los señores de Elorza.
Sin ser muy alta, tenía una estatura y porte majestuosos. Era delgada, flexible y elegante como las bellas damas del Renacimiento que los pintores italianos escogían para modelos. La línea de su cuello mórbido y lustroso recordaba las estatuas griegas. Este cuello servía de sostén a una cabeza rubia de rostro blanco, levemente sonrosado en las mejillas, fino, correcto, transparente, con labios rojos y ojos azules. Semejaba notablemente al de doña Gertrudis, pero tenía una expresión persuasiva e insinuante que jamás había mostrado el de aquella esclarecida señora, por más que otra cosa asegurase el poeta lírico de los acrósticos. En torno de sus ojos claros y brillantes se observaba un leve círculo morado que prestaba a su rostro cierta tintura poética.
--Ya verá usted, Suárez, qué modo de cantar tiene esta chica--dijo una señora.
--Lo celebraré, porque este señor don Serapio me había descompuesto los oídos para una temporada.
--¡Oh, María es una profesora!
--Lo que reconozco por ahora es que tiene una figura preciosa.
--¡Pues cuando usted la oiga!...
--Esa chica lo hace todo bien. ¡Si viera usted cómo dibuja!
--¿No tienen más hija que ésta los señores de Elorza?
--Y aquella otra niña que está sentada allí enfrente, que se llama Marta. Ha de ser muy linda también.
--En efecto, es bonita..., pero no tiene expresión alguna. Es una belleza vulgar, mientras que su hermana...
--Silencio, que ya empieza.
Guardose por la reunión un silencio que siempre había sido el ideal de don Serapio, irrealizable como todos los ideales. María cantó varios trozos de ópera que le fueron pidiendo, sin hacerse de rogar. Cuando terminó, los aplausos fueron tan vivos y prolongados que la hicieron ruborizarse.
Suárez manifestó a su tertulia de señoras que tenía una voz parecida a la de la Nantier Didier y que con poco tiempo de Conservatorio podría competir con las primeras contraltos.
Como cesaran las felicitaciones y las miradas de todos dejaron de estar fijas sobre ella, una sombra de tristeza se esparció por el hermoso semblante de María. Acercose a doña Gertrudis y le dijo al oído:
--Mamá, me duele muchísimo la cabeza.
--¡Ay, hija de mi alma, te compadezco! A mí se me está partiendo también de dolor.
--Quisiera irme a acostar.
--Pues ve, hija mía, ve; yo diré que te has sentido un poco indispuesta.
--Adiós, mamaíta. Que pases buena noche.
María besó a su madre en la frente, y poco a poco, procurando no ser notada, salió del salón por la puerta del comedor. Se detuvo en él a beber un vaso de agua azucarada y quedó un instante inmóvil con la mirada puesta en el vacío. La sombra de tristeza había obscurecido mucho más su semblante.
Salió del comedor y atravesó un largo pasillo bastante obscuro. Al final había una puerta de donde arrancaba una escalerilla interior. Apenas hubo subido cuatro o cinco peldaños, se sintió cogida fuertemente por el brazo y dejó escapar un grito de susto. Al volverse percibió con dificultad el rostro pálido y angustiado de su novio.
--¡Ricardo! ¿Qué haces aquí?
--Vi que salías del comedor y te he seguido.
--¿Para qué?
--Para oír otra vez de tus labios la palabra infame que me has dicho en el salón. ¿Crees, por ventura, que no vale la pena de repetirse? ¿Crees que puedo renunciar a todo un pasado de amor, a todo un porvenir de dicha, a todos los sueños gratos de mi vida sin llamarte infame, cien veces infame, mil veces infame, ahora aquí entre los dos, después en plena tertulia, después ante el mundo entero?... ¡Ven, ven, miserable!... ¡Ven, a que te lo llame delante de todo el mundo!...
Y Ricardo, pálido y trémulo como el jugador que pone junto a una carta las últimas monedas que le quedan, trataba de arrastrar a su novia hacia la sala, sujetándola fuertemente por la muñeca.
María inclinó la cabeza y no dijo una palabra. Se dejó arrastrar sin oponer resistencia, bajando los cuatro o cinco peldaños de la escalera. Mas al llegar al pasillo, Ricardo sintió en la mejilla un beso cálido que le hizo soltar su presa y retroceder con espanto. Inmediatamente los brazos de María se anudaron a su cuello y sintió en los labios la presión de otros labios.
--¡Ricardo mío, por Dios, no me martirices más!
Estas palabras, dichas al oído con acento apasionado, fueron acompañadas de una nube de caricias. El joven la estrechó fuertemente contra su pecho sin contestar, porque la emoción le tenía embargado. Cuando estuvo un poco más sereno, le preguntó con voz débil:
--¿Me quieres?
--Con toda mi alma.
--¿No fue más que un instante de mal humor?
--Nada más.
--¡Oh, qué rato tan amargo me has hecho pasar! Por todo el oro del mundo no lo pasaría otra vez.
--¿No quedas bien pagado, di?
--Sí, hermosa.
--Suelta. Me voy a acostar. ¡Tengo un dolor de cabeza tan fuerte!...
--Espera un poco... Déjame darte un beso en la frente... Ahora otro en los ojos... Ahora otro en los labios... Ahora en las manos...
--Adiós.
--Adiós.
--Suelta, Ricardo, suelta...
El joven la tenía sujeta aún por las manos, riendo de felicidad. María forcejeaba por desasirse, riendo también.
--Vamos, déjame marchar; no seas tonto.
--Porque no soy tonto no te dejo marchar.
--Mira que me duele la cabeza.
--Bien, pues te dejo.
--Hasta mañana. ¡Cuidado con bailar ahora!
--No tengas cuidado. Me voy a marchar en seguida. Hasta mañana.
María se escapó corriendo, Ricardo trató de alcanzarla otra vez saltando por la obscura escalera; pero no pudo. La joven le dio las buenas noches con una alegre carcajada desde arriba.
Al penetrar de nuevo en el salón, Ricardo sonreía como un bienaventurado. El brillo de la araña le trastornó un poco y se apresuró a sentarse.
El gabinete de María, al llegar a él su dueña, estaba sumido en las tinieblas. Buscó a tientas las cerillas y encendió una lámpara de bomba esmerilada. Estaba decorado con lujo y con un gusto que rara vez suele verse en los pueblos secundarios. Los muebles vestidos de raso azul; las cortinas y el papel de las paredes, del mismo color. En el hueco de dos ventanas había un armario de caoba con espejo de cuerpo entero. El tocador, abrumado bajo el peso de los frascos, arrimado a la pared opuesta. La alfombra era blanca con flores azules. El esmero exquisito con que todos los objetos se hallaban colocados en sus puestos, la elegancia y coquetería de los muebles y el perfume delicado que al entrar se percibía, bien claramente anunciaban el sexo y la calidad de la persona que lo habitaba.
Cuando María dio luz a la lámpara se encontraron sus ojos con los de una imagen del Redentor que ocupaba el centro de la mesa donde la luz ardía. Era de madera primorosamente tallada y pintada y con cierta expresión triste y apacible en el rostro que había sido la que moviera la joven a comprarla. Al tropezar con la mirada dulce pero glacial de la imagen, se apagó la sonrisa feliz que aun vagaba por sus labios, quedando inmóvil y hondamente pensativa. Poco a poco y a influjo sin duda de las ideas que la embargaron, su rostro perdió la expresión habitual y fue adquiriendo otra dolorida y humilde como la de una Magdalena. En aquel momento los acordes del piano subieron vibrando por la obscura escalera, señalando los primeros compases de un insinuante rigodón. Dejose caer de rodillas y dobló la cabeza. Al poco tiempo sollozaba. Sus labios se apretaron convulsos contra los desnudos pies del Salvador murmurando palabras ininteligibles.
Después de un largo rato alzó la cara bañada en lágrimas y exclamó con acento de dolor:
--¡Jesús mío, cuánta traición, cuánta traición!... ¡Qué mal os pago el amor que me tenéis!... ¡Castígame, Señor, para que pueda tener sosiego!
Levantose del suelo, tomó la lámpara en una mano y penetró en su alcoba. Era pequeñita y tibia como un nido y estaba adornada con profusión de estampas de Jesús y de la Virgen. El lecho, cubierto con pabellón de gasa, blanco y risueño como el altar de un bautizo. Dejó la luz sobre la mesa de noche y con semblante más tranquilo se desnudó en breves instantes.
Después tomó una manta de viaje del ropero, se envolvió con ella, apagó la lámpara, hizo repetidas veces la señal de la cruz sobre la frente, sobre la boca y sobre el pecho, y se acostó en el suelo. El blanco lecho cubierto de seda y batista, tierno y perfumado y henchido de sensuales caricias, la estuvo reclamando en vano toda la noche. Así permaneció extendida sobre el pavimento hasta que la luz del día rayaba.
III
LA NOVENA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Rayaba apenas el día cuando nuestra joven se levantó bruscamente del suelo. Quedose inmóvil un instante con el oído atento; pero no percibió el sonido de las campanas de San Felipe, que creyó escuchar en sueños. Se había equivocado; todavía no eran las seis. Encendió la lámpara, y saliendo al gabinete se puso a orar humildemente postrada frente a la imagen de Jesús. Como no tenía puesta más que una fina camisa de batista, el frío la traspasó en seguida y empezó a tiritar; pero no quiso dejarse vencer y siguió orando hasta que sus dientes chocaron fuertemente unos contra otros. Sólo entonces se decidió a dejar la postura que había tomado y vestirse. Después abrió las cuatro ventanas del gabinete y apagó la luz.
Una escasísima claridad triste y fría invadió la habitación de la señorita de Elorza, prestando a los muebles un aspecto lúgubre que estaban lejos de tener ordinariamente. El frío de la mañana los penetraba también como a su dueño; yacían silenciosos y melancólicos, esperando, sin duda, que los rayos del sol mostraran su belleza y esplendor. Sólo en tal sitio que otro, al caer la luz sobre el barniz, producía un blanco reflejo que semejaba al ojo vidrioso y opaco de un moribundo. El gabinete se hallaba en una especie de torreón cuadrado que la casa tenía por la parte de atrás en uno de sus ángulos. Levantaba por encima de ella algunas varas y recibía luz por los cuatro lienzos de sus paredes. La torre no contenía más que dos habitaciones: la de María, compuesta de gabinete y alcoba, y la de su doncella Genoveva, que constaba de un solo cuarto. Eran las habitaciones más frías, pero también las más alegres de la casa. Las pocas veces que el sol se dignaba salir en Nieva, iba derecho a alojarse en ellas; las invadía sin miramientos como un huésped soberano, y se pasaba el día en su interior reflejándose en los espejos, matizando el raso de las sillas, estropeando el charol de los armarios y regalándose, en fin, de mil diversas formas. Todo esto, por supuesto, si Genoveva no había tenido la precaución de echar las cortinas a tiempo. Eran también las más silenciosas. Los ruidos de la casa no llegaban hasta ellas, y los de fuera, por la situación que ocupaban, era imposible que las turbaran. Solamente el viento, que casi nunca dejaba de soplar fuerte en la torre, producía ruidos extraños, sobre todo por la noche, suspirando unas veces, riñendo otras y lamentándose constantemente de que le tuviesen herméticamente cerradas las ventanas. Durante el día, ni se lamentaba ni reñía, contentándose con zumbar perpetuamente, pero con mucha discreción, como los caracoles de mar cuando se acercan al oído.
María se acercó rebujada en su chal y tiritando aún a una de las ventanas que daban a la huerta, cuyas tapias lindaban con el muelle. Desde aquella ventana se oteaba la ría entera de Nieva hasta El Moral, que era el sitio por donde comunicaba con el mar. No mediría más de una legua de largo; el ancho variaba extremadamente, según se la viese en baja o pleamar, en mareas vivas o muertas. Cuando las grandes mareas alcanzaría hasta media legua, lamiendo las faldas de las colinas cubiertas de pinos que a uno y otro lado cerraban la cuenca. En la hora de bajamar el agua se retiraba por completo, dejando apenas un hilo estrecho y retorcido que corría por el centro. Entre las colinas limítrofes y este canal quedaba por ambas orillas una extensa superficie gris de limo suelto, salpicado de charcos de agua donde los pilluelos del muelle gustaban de hundirse y revolcarse hasta que se embadurnaban asquerosamente para ir luego a lavarse arrojándose de cabeza en el canal. Por encima de las tapias de la huerta asomaban los palos de algunos barcos, que no llegarían a una docena, anclados en el muelle, los más de ellos pataches y quechemarines de escasísimo porte.