Marta y María: novela de costumbres

Part 23

Chapter 232,078 wordsPublic domain

Se hallaba en uno de esos momentos de postración en que todo se ve de color negro y se experimenta cierto amargo deleite en ello; momento en que (si vale la frase) el espíritu se revuelca con voluptuosidad en la tristeza, procurando acrecentarla con recuerdos y cálculos infaustos. Dejó caer la cabeza sobre el almohadón del sofá y cerró los ojos con ademán de meditar. ¡Había meditado ya tanto, tanto, desde hacía algunas horas! Sus nervios habían estado en tensión harto tiempo y empezaba a sentirse acometido de una languidez muy próxima al desmayo. Levantó un poco la cabeza para convencerse de que aun podía moverse y echó una mirada a Martita, que seguía en la misma actitud; pero no tardó en dejarla caer nuevamente. Parecía que le sujetaban contra su voluntad y le tenían allí reclinado, sin permitirle menear un dedo. Todavía estuvo algún tiempo con los ojos abiertos, aunque le pesaban como si fuesen de plomo los párpados. Al cabo los cerró y se durmió. Esto es, no es fácil decir si se durmió o se quedó solamente traspuesto. Lo cierto es que el marqués de Peñalta, de aquel modo extendido con los ojos cerrados, no parecía despierto y ofrecía un semblante tan pálido, tan ojeroso, tan abatido, que inspiraba lástima.

En el espacio de algunos minutos se pueden soñar muchas y diversas cosas. Todos han experimentado este fenómeno. Ricardo aun no había perdido enteramente la noción de la realidad cuando se encontró en una estancia semejante a la en que estaba positivamente. Había, sin embargo, la diferencia de que la nueva tenía en los balcones rejas de hierro muy espesas a manera de celosía, y uno de sus muros era también enrejado, al través del cual se veían allá en el fondo altares dorados, imágenes de santos, lámparas suspendidas del techo, en fin, una verdadera iglesia. Mirando atentamente desde el sofá, observó que en la iglesia penetraba una gran muchedumbre que producía sordo y desagradable ruido, hasta que se llenó por completo, y no pudo entrar más gente. Entonces empezó a oír los acordes del órgano que tocaba los valses de la reina de Escocia, lo cual le hizo sospechar que el organista era fray Saturnino, el capellán de San Felipe. Después, por encima de las cabezas, vio asomar los picos dorados de una mitra. Cesó el órgano y escuchó la voz gangosa de un predicador que pronunció largo sermón, aunque no pudo entender una palabra de lo que decía. Concluido el sermón, oyose un cántico suave que le hizo estremecerse de gozo: era la preciosa voz de María que entonaba con más dulzura que nunca el aria de _Traviata: «Gran Dio, morir si giovine...»_ Cuando terminó, sonaron prolongados aplausos en la iglesia. Después, toda la gente se apretó contra el altar mayor dejando libres las cercanías del enrejado. Allá pasaba algo, porque oyó claramente algunas voces que decían: «Ahora le echa la bendición..., ahora..., ahora...»

Y en el mismo instante apareció en la puerta de la estancia don Máximo que le dijo: «--¿Qué hace usted ahí tumbado? ¿No sabe usted que María se está casando?--¿Con quién se casa?--Con Jesucristo; venga usted a ver la ceremonia.» Quiso levantarse, pero no pudo. Entonces el médico le dijo: «--Bien, ya que usted no puede moverse, voy a la iglesia a ver si consigo que la gente se aparte un poco para que usted vea desde ahí.» Y en efecto, al poco rato observó que la muchedumbre dejaba un bastante ancho pasillo frente al enrejado, y entonces vio a lo lejos, sobre las escaleras del altar mayor, la figura arrogante de María en traje de desposada. A su lado estaba otra figurilla menuda de hombre que la tenía cogida de la mano. El obispo les estaba echando la bendición. ¡Más cuál sería su asombro cuando aquel hombrecillo dio la vuelta! ¡Qué Jesucristo ni qué calabazas! El que se casaba con María era ni más ni menos que Manolito López, aquel chiquillo tan insolente y antipático. Se quedó como quien ve visiones. ¡Sería posible que una chica tan hermosa y discreta se uniera a este mocoso y le dejase a él, que al fin y al cabo era un hombre, entregado a la desesperación! La verdad es que había motivo para graves y dolorosas reflexiones. Pero cuando más enfrascado estaba en ellas, he aquí que entra en la sala la misma María en hábito de monja bernarda, y dirigiéndose a él le dice sonriendo dulcemente: «--¿Estás triste porque me caso?--¡Pues no he de estarlo!--Tonto (manifestó la joven acercándose más), aunque me haya casado con Jesucristo, lo mismo te sigo amando.» Entonces Ricardo se puso a suspirar y gemir. «--No, María, tú no me quieres, tú quieres a Manolito López.--Vamos, Ricardo mío, no digas disparates, ¡cómo he de querer yo a ese chiquillo!--¿No acabas de casarte con él?--Se me figura que estás soñando; no dices más que desatinos... Despierta, hombre, despierta... o espera un poquito, yo te voy a despertar..., ¡pero mira de qué modo tan dulce!...» Y, en efecto, la hermosa monja se acercó todavía más y le tomó el rostro entre sus delicadas manos con ademán cariñoso. Después fue aproximando el suyo lentamente y le dio un tierno y prolongado beso en la frente.

¡Oh, caso portentoso! Ricardo observó, con pasmo, que al tiempo de hacerle la caricia, el rostro de María se había trocado súbitamente por el de Marta. Sí; eran sus ojos negros y rasgados, sus mejillas frescas y sonrosadas, sus negros cabellos cayendo en rizos por la frente. Pero aquel rostro ofrecía una expresión tan triste y dolorida, que no pudo menos de gritar:--¡Marta, Marta!, ¿qué tienes?...--Y el mismo grito que dio le hizo despertar.

Marta seguía al lado del balcón, en la sillita baja, absorta al parecer en su tarea. Y, no obstante, el joven, aunque ya despierto, estaba convencido de que había lanzado un grito. Todo lo que había pasado era un sueño, pero, a su parecer, ni el grito ni los labios tibios y húmedos que sintió posarse en su frente eran imaginarios: no podía convencerse de eso.

¿Qué era aquello? ¿Qué había pasado?

Estuvo algunos instantes contemplando a Martita mientras coordinaba torpemente las ideas. Al fin, se decidió a dirigirle la palabra.

La niña levantó el rostro, que estaba encendido y turbado.

--¿No acabo de dar un grito?

Martita se turbó y encendió aún más, y apenas pudo responder con voz temblorosa:

--No..., yo no he oído nada.

Ricardo la miró fijamente y con asombro. ¿Por qué se ruborizaba aquella chica?

--Estaba soñando, pero juraría que he dado un grito... y juraría también, ¡qué cosa tan extraña!, que tú me has dado un beso.

Marta, al escuchar estas palabras, pasó repentinamente del color rojo al amarillo, dando señales de una profunda consternación. Sus manos trémulas no pudieron sostener la obra de croché y la dejaron caer sobre el regazo. Al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Ricardo con tal expresión de miedo, de ternura, de súplica, de congoja, que éste sintió un fuerte estremecimiento, semejante al que produce una descarga eléctrica.

¡Era la misma mirada! ¡La misma que acababa de ver en sueños!

Sintiose inundado por una gran claridad, por una luz divina. En aquel instante supremo todo lo vio, todo lo comprendió. Disipose el polvo con que su loca pasión por María le había cegado hasta entonces y se encontró de frente con la escena del jardín, cuando Marta se mostraba tan ofendida de que le besase las manos... Y la vio y la comprendió. El raro desmayo que siguió a esta escena, también lo vio y también lo comprendió. Fue después con la imaginación a la playa de la isla. El sol derramando torrentes de luz sobre la arena; las olas azules y blancas ciñendo una peña donde los jóvenes estuvieron sentados largo rato; el sollozo que rompió el silencio del túnel; después, una niña que cae al agua y un joven que se arroja por ella y la salva. «Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!...» También vio, también comprendió. Después, repentino y asombroso alejamiento; unos ojos que no le miraban, unos labios que no le hablaban, unas manos que no le estrechaban...

¡Ah, sí, todo lo vio, todo lo comprendió!

Levantose bruscamente del sofá y acercando el rostro al de Marta, le dijo en voz dulce y cariñosa, pero con inocente petulancia:

--No lo niegues, Martita, tú acabas de darme un beso.

La niña se llevó las manos a la cara y rompió a llorar perdidamente. Mil diversas emociones de temor, de arrepentimiento, de cariño, de duda, de alegría y ansiedad cruzaron en un segundo por el corazón del joven marqués, que dobló la rodilla exclamando con acento conmovido:

--¡Marta, por Dios, me perdones la necedad que acabo de decir!... ¡Soy un estúpido!... ¡Acababa de soñar unas cosas tan tristes, y de repente terminaron todas tan bien!... No me resignaba a dejar escapar así la felicidad... Una idea absurda me vino a la cabeza, inspirada por el mismo deseo de verla realizada... Pero no..., no..., yo no puedo ser ya feliz en la tierra... Nací para ser desgraciado... Afortunadamente moriré pronto, como mi padre... y como mi madre... Perdóname esta locura de un momento y no llores... ¿Quieres saber lo que soñaba?... Te lo voy a decir, porque será quizá la última vez que me veas... Soñaba..., soñaba, Marta, que me querías.

La niña separó un poco las manos, y dejó escapar con cierta entonación colérica, pero adorable, estas palabras, que fueron cortadas inmediatamente por los sollozos:

--¡Soñabas la verdad, ingrato!

El marqués de Peñalta, loco, perdido, queriendo salírsele el alma por la boca, la estrechó entre sus brazos, sin poder articular una palabra. Al fin, muy quedo, con la sublime incoherencia del corazón, como un murmullo de celestial armonía, dejó caer en el oído de su amiga el himno del amor.

Marta escuchaba. Trémula, confusa, escondía la cabeza en el pecho de su amado, soltando un raudal de lágrimas. Ricardo la apretaba cada vez más contra su corazón, sin cansarse de repetir la misma frase, ¡la frase más bella que Dios ha sugerido a los hombres! Una vez sola levantó la niña la cabeza para preguntar en voz baja y temblorosa:

--No te marcharás ya, ¿verdad?

¡Buena gana tenía Ricardo de marcharse en aquel momento! Por cuanto hubiera de precioso en la tierra y en el cielo, no se marcharía. Su espíritu no osaba traspasar siquiera los cristales del balcón, temeroso de perder la dicha en que se bañaba. No obstante, tuvo aliento bastante para separarse un segundo y salir a la puerta gritando:

--¡Don Mariano, don Mariano!

El señor de Elorza, sobresaltado, como se hallaba desde hacía algún tiempo, acudió presuroso temiendo alguna desgracia. El rostro de Ricardo, donde se traslucía la profunda emoción que le embargaba, no era a propósito para tranquilizar a nadie. ¿Qué ocurría? ¿Por qué le llamaban?

--Don Mariano--dijo el joven anudándosele la voz en la garganta--, tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija Marta.

¡Aquello era un escopetazo! ¿Pero cómo diablo?... ¿Se había vuelto loco?... ¿Qué era aquello, señor?... ¡Vamos a ver, vamos a ver!...

Nada; don Mariano no pudo decir nada, porque antes de que pudiera decir, hacer o pensar algo, ya tenía a su hija colgada del cuello llorando a lágrima viva. ¿Qué le restaba al noble caballero? Llorar también. Pues eso fue cabalmente lo que hizo, apretando a la hija de sus entrañas con un abrazo y estrechando con la otra mano la del marqués de Peñalta.

--Vosotros no me abandonaréis, ¿verdad, hijos míos?--dijo el anciano levantando su noble rostro varonil bañado en lágrimas.

Ricardo estrechó con más fuerza su mano. Marta apretó con más fuerza su cuello.

Hubo algunos instantes de silencio, durante los cuales todos los ángeles del cielo desfilaron por la salita que bañaba el sol de la mañana, posando sus ojos radiantes de alegría en aquel grupo interesante. Mas he aquí que Martita separa un poco el rostro de su padre, y sonriendo al través del llanto pregunta cándidamente a su amado:

--¿Comerás hoy con nosotros, Ricardo?

--Sí, preciosa mía--responde el joven marqués cayendo de rodillas y besando con efusión las manos de la niña--, comeré hoy, y mañana y pasado... y siempre...

Marta volvió a ocultar el rostro en el pecho paternal. ¡Tenía el corazón tan lleno de felicidad! Los tres lloraban en silencio.