Marta y María: novela de costumbres

Part 22

Chapter 223,939 wordsPublic domain

Al fin apareció. Venía igualmente escoltada por dos monjas. El traje de novicia la hacía un poco más vieja. Sin embargo, estaba hermosa, ¡muy hermosa!, porque lo era realmente aquella santa y extraordinaria criatura. La gente la devoraba con los ojos y se repetía en voz baja: «¡Viene sonriendo, viene sonriendo!»

¡Ah, sí, la nueva esposa de Jesucristo sonreía, esperando el dulce premio de su sacrificio! Pero el anciano que en el mismo instante paseaba solitario por uno de los salones de la casa de Elorza..., ¡ése no sonreía! Y el joven que a la misma hora se hallaba cruzado de brazos, con la cabeza inclinada sobre el pecho, frente a un retrato de mujer, ¿acaso sonreía?... No, no; tampoco sonreía.

El prelado vino a la reja y dijo a la novicia:

--Ya no te llamarás María Magdalena, sino María Juana de Jesús.

La novicia fue a postrarse delante de la abadesa, y besó con respeto el crucifijo de su rosario. Después fue abrazando una por una a sus nuevas compañeras. Mientras duró esta escena, muchas de las señoras del concurso vertían lágrimas.

El obispo dijo la misa solemne, y al concluir, todas las religiosas, incluso María, comulgaron. Don Serapio apenas cerraba boca. El órgano chilló, silbó y roncó con más brío que nunca, estimulado quizá por la competencia. Parecía que don Serapio y él habían trabado un pugilato tremendo, un duelo a muerte, cuyas estrepitosas consecuencias recaían sobre las orejas de los fieles. Pero el órgano se reía con todo descaro del fabricante. Cuando se hallaba más extasiado, dejando resbalar por la garganta alguna complicada _fioritura_ o _fermata_, un mugido horrísono se la estropeaba sin piedad, dejándole perdido y anegado para un buen rato. Volvía a sacar la cabeza el fabricante con una nota tierna y de efecto seguro... ¡Zas!, el órgano, como una fiera encarnizada, caía sobre ella y la desbarataba. Así estuvo jugando mucho tiempo, hasta que, harto de divertirse y embriagado por el triunfo, soltó de improviso y simultáneamente todas sus voces, que clamaron en el silencio de la iglesia con grito monstruoso e insufrible. El fabricante quedó asfixiado en aquel bramido diabólico y no volvió a aparecer.

Reinaron algunos instantes de silencio, que fue turbado por cierto triste chirrido. Era la cortina del coro que se extendía. Ya no se vio más. Las luces comenzaron a apagarse y la gente a desfilar a toda prisa. Las amigas íntimas se fueron al locutorio a dar la enhorabuena a María.

El locutorio era una pieza cuadrada y bastante obscura, cortada por una doble reja de hierro. La novicia apareció acompañada de la superiora..., ¿sonriendo tal vez?... Sí, sonriendo.

--¡Qué ejemplo nos has dado de valor y de virtud, María!--le dijo una.

La joven alzó los hombros, en ademán de arrojar de sí la gloria que le echaban encima.

--¡No dejes de pedir por nosotras!

--Sí, pediré, querida... Nosotras--añadió con un poco de énfasis--tenemos la obligación de pedir por los que se quedan en el mundo.

--¡Si supieras cómo lloraban los criados hace un momento!

--¡Pobre gente!... Les quiero yo mucho a todos.

--Aquí tienes a Marta, que quiere despedirse.

--Acércate, Marta... ¿Te vas conformando ya?...

--¡Qué remedio tengo, María!--repuso la niña pugnando por reprimir los sollozos.

--No, hermana mía; es necesario que te resignes con gusto, agradecida al Señor, por el favor que me ha dispensado... Serás buena siempre, ¿no es verdad?... Consuela a papá... No olvides aquellas oraciones que te he dado, ni dejes de leer los libros que te dije... Ven a oír misa todos los días... Procura siempre ser formal y humilde...

¡Ah!, no; Martita no procuraría, no procuraría. Cuando se nace honrada y humilde no hay necesidad de procurarlo. Podía estar tranquila sobre este asunto la esposa del Señor.

El estrecho cuarto donde las dos monjas se hallaban cerca de la reja parecía, por lo feo y obscuro, un calabozo. Sus túnicas resaltaban como dos manchas blancas detrás del negro enrejado.

Las amigas dirigían todas, alternativamente o a la vez, la palabra a María con cierta mezcla de admiración, de lástima, de curiosidad y cariño. Lo que más dominaba era la curiosidad. Se le hacían mil preguntas impertinentes y muchos encargos ridículos de oraciones, medallas, etcétera. Algunos pollos de los antiguos tertulianos de la casa de Elorza se habían deslizado en la concurrencia y contemplaban con grandes ojos abiertos y pasmados a la nueva religiosa, sin atreverse a dirigirle la palabra. Pero ella se mostraba serena y amable y les llamaba por sus nombres con cierta condescendencia protectora, dándoles recuerdos para sus familias. El más osado fue el ceremonioso mancebo del pelo por la frente, quien, abriéndose paso y llegando muy sofocado a la reja, dijo a la novicia, dándole ya su nuevo nombre:

--Hermana Juana, tengo que pedirle un favor..., que me envíe como recuerdo un poquito de azahar de la corona que llevaba...

--Si la madre consiente...--murmuró María dirigiendo la vista a la superiora.

Ésta hizo una seña con la cabeza y el ramito de azahar fue liberal y graciosamente otorgado.

En aquel instante entró la hermana Luisa, aquella monja castigada por su vanidad, y se puso de rodillas; pero ni el más leve soplo de rubor pasó por su rostro. La costumbre de ejecutar tales actos los priva de todo mérito.

Siguió la conversación versando sobre fiestas, novenas que se preparaban, la marcha del vicario que iba nombrado canónigo de la catedral, la persona que le sustituiría, etcétera. Insensiblemente todas fueron bajando el tono de la voz hasta convertirse en un cuchicheo monótono y triste. Más que de enhorabuena parecía una visita de pésame. Continuábase alabando el valor de María y su virtud. ¡Ay Dios mío, el considerar que está una encerrada para siempre y llevando una vida de tanto trabajo!...

La superiora, mirando para ella, exclamaba con cierta sonrisilla no muy tranquilizadora:

--¡Pobrecita!, ¡pobrecita!

Mas la joven, volviéndose con uno de esos arranques graciosos tan propios de su carácter, respondía:

--¡Riquita!, ¡riquita! digo yo, madre.

Poco a poco los muchachos se habían ido acercando a las muchachas, y sin respetar lo sagrado del recinto ni hacer caso de las cruces severas colgadas de los muros, comenzaban a decirse cositas más o menos picarescas al oído:--¿Cuándo sigue usted el ejemplo, Fulanita? La verdad es que si todas ustedes hiciesen lo mismo, ¡qué sería de nosotros!--Pues no dejaría usted de estar linda con el hábito.--Oiga usted, Amparito, si usted se metiese monja, yo quisiera ser vicario.--Pues yo quisiera que usted fuese un poco más formal, Suárez.--¡Cuántos ratos de compañía había de hacerle!... Lo peor es la reja... ¿No se quita la reja para el vicario?...--Calle usted, malvado; mire que es pecado hablar así en este sitio.

Rosarito y su novio se habían apoderado de un rincón y se comían con los ojos, diciéndose sólo de vez en cuando alguna palabra insignificante que la inflexión de la voz y el temblor de los labios hacían subir a la categoría de sentencia sublime. Sólo las viejas y algunas chicas que no habían logrado emparejarse, seguían charlando con las monjas. Al fin, la superiora se levantó de la silla y María siguió su ejemplo.

XVI

EL SUEÑO DEL MARQUÉS DE PEÑALTA

El traslado del joven teniente de artillería Ricardo de Peñalta no acababa de llegar. Se había solicitado quince días antes de la toma de hábito de la señorita de Elorza. Era ya pasado un mes desde la ruidosa ceremonia... y nada. Los personajes influyentes que nuestro amigo tenía en Madrid a su devoción, no se habían dado mucha prisa esta vez a satisfacer sus deseos.

¿Pero por qué este muchacho tenía tales deseos de alejarse de Nieva? Dicho sea en honor de la verdad, Ricardo cuando pidió el traslado sentía ganas vehementes de perder de vista para siempre aquellos lugares, donde tan feliz había sido y donde iba a ser tan desgraciado; mas ahora, después de transcurrido un mes, se habían calmado un tanto sus congojas y andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante, seguía muy abatido. Toda la villa lo advertía.

Desde el día en que le hizo aquella horrible proposición, que no podía recordar sin sentirse inflamado de cólera, comprendió que no sería dueño jamás del corazón de María. Una voz secreta e implacable se lo estaba diciendo sin cesar al oído. Así que no le causó gran sorpresa la carta en que se le notificaba la entrada en el convento. Hacía ya algún tiempo que corría este rumor en la población. Sin embargo, no pudo sustraerse, por más que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que postró todas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasión más o menos fundada de que la mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado por un hecho material y tangible. Ni aun le quedaba el derecho de encolerizarse y desahogar su rabia apellidándola pérfida, traidora, como acontece en la mayoría de los casos. Como cristiano sincero que era, le tocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo decía), aquella piadosa sustitución de afectos terrenales, aunque nobles, por otros divinos y sublimes. María no era culpable de nada, absolutamente de nada. Su conducta, digna de elogios; y advertía que la villa entera los tributaba espontáneos y calurosos. Quizá en esta idea encontraba el joven marqués el único consuelo posible. Porque lo cierto era que la hermosa joven no le había dejado por ningún otro hombre, sino por seguir el áspero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente debió necesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestro marqués un poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismo tiempo en los esfuerzos que la nueva esposa de Jesús haría para arrancar las raíces de afecto tan sólido y antiguo.

Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, más o menos consoladores, sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste y cruel. Aunque procurase todos los medios para alejar de sí tal idea, no podía menos de pensar muy a menudo que María jamás le había profesado un amor sincero y vehemente como el suyo; que había sido su novia por compromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en que ambos se encontraban en Nieva; que tal vez ella se había engañado a sí misma, pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le hubiese venido la idea de meterse en conspiraciones ridículas ni mucho menos en proponerle odiosas traiciones; que María era una joven de mucho talento y gran imaginación, a propósito para brillar en el mundo o para acometer cualquier empresa religiosa o profana, con tal que fuese elevada, pero incapaz, tal vez por lo mismo, de la ternura de sentimientos, de la constancia, de la abnegación modesta y obscura que deben poseer las buenas esposas y madres. En fin, Ricardo presumía que su amada tenía más cabeza que corazón, o él no sabía lo que se pescaba.

Y poco a poco y a impulso de estas dudas que andaban cerca de ser certezas, nació en su espíritu cierto desvío del amoroso recuerdo que le embargaba. Cuando pensaba en la María de otros tiempos, tan alegre, tan gentil, tan bulliciosa, solía enternecerse y derramaba lágrimas. Cuando el pensamiento se enderezaba al día en que, escondido detrás de las cortinas, la vio cruzar impasible y sonriente por delante de su casa sin dirigir siquiera una mirada a los balcones, se llenaba su corazón de amargura no exenta de rencor. Y cuando la veía en la imaginación en hábito de monja bernarda, por entero olvidada de aquellas dulces escenas que habían sido el encanto de su vida, despreciándolas tal vez, y aborreciéndolas cual si fueran delitos, nuestro joven--¡que Dios le perdone el pecado!--llegaba a mirar con ojeriza a la esposa de Jesucristo. Estas dudas que sin cesar le asaltaban eran para su pasión un verdadero cauterio, doloroso y cruel como todos, pero de muy saludables efectos.

No dejó por un instante de frecuentar la casa de Elorza como antes; acaso más que antes. Había allí dos seres a quienes compadecer y que le compadecían. Además era un hábito el pasar algunas horas del día entre aquellas cuatro paredes, y no sólo hábito, sino deber de reconocimiento por el cariño que se le dispensaba, y no sólo deber, sino también, ¿por qué no hemos de decirlo?, también gusto, mucho gusto, pues no podía dejar de tenerlo en hacer compañía a un caballero tan cumplido como don Mariano, que le había dado pruebas de amarle como a hijo, y a una niña tan buena y hermosa como Marta, a quien quería como hermana. El dolor había estrechado aún más el parentesco de sus corazones. A medida que el recuerdo de María se iba haciendo menos grato, hallaba más dulce el cariño de aquella familia y se agarraba a él como a la última tabla, en el naufragio de sus esperanzas. Si dejaba escapar esta tabla, quedaría solo. ¡Solo, solo! Esta palabra le traía a la imaginación la horrible noche pasada en el tren cuando vino a Nieva después de la muerte de su madre. El destino cruel volvía a pronunciarla en sus oídos cuando menos lo pensaba. Al fin, mientras permaneciese en Nieva, no sonaba tan triste y desconsoladora, porque todo lo que veía y tocaba en su casa le hablaba de la ternura de su madre, cuando tropezaba en la de Elorza le recordaba el amor de María; pero ¿y después?... ¿Qué le dirían los campos yermos de Castilla por donde la rauda locomotora le haría cruzar? ¿De qué le hablaría la indiferente muchedumbre en las calles de Madrid?... Por eso, Ricardo temía ya, más que deseaba, el traslado que con tanta precipitación había pedido.

Todos los días al entrar en casa de Elorza le preguntaba Martita:

--¿Ha llegado eso, Ricardo?

A las pocas veces repuso entre risueño y enfadado:

--¿Acaso tienes ganas de que me vaya, Martita?

--¡Oh, no!...--dejó escapar la niña con una inflexión de voz que valía por un poema.

Pero Ricardo no acertó a leerlo. Estos náufragos del amor, estos hombres heridos de un desengaño, no saben leer más poemas que el suyo.

Después de la muerte de su madre, en cuya enfermedad tanto le ayudó y consoló Ricardo, Marta volvió a tratarle con la misma confianza y cariño que antes, un poco entibiados desde hacía algún tiempo. La hija menor de don Mariano había atravesado por una terrible crisis, que nadie sospechó siquiera en la casa. Mientras duró se hizo un poco arisca en el trato, más inquieta, más seria y reservada. Pero al fin su espíritu firme y su temperamento sano y equilibrado salieron vencedores. La muerte de doña Gertrudis, que era una desgracia más grande y positiva que todas las demás, contribuyó no poco a calmar las inquietudes y desórdenes de su corazón. Volvió a ser la misma Marta tranquila, serena y cariñosa de antes, atenta siempre a desembarazar de obstáculos el camino de los otros aunque el suyo estuviese cerrado por un muro infranqueable. ¡Dichosos los que en la vida tropiezan con estos seres benditos que fundan su felicidad en la ajena, que ofrecen las flores y se quedan con las espinas!

Ricardo pasaba largas horas en casa de Elorza. Las tardes, sobre todo, las dedicaba enteras a don Mariano y su hija, saliendo con ellos de paseo cuando hacía buen tiempo, y permaneciendo en casa cuando llovía. Algunas veces iba también por la mañana y entonces don Mariano solía invitarle a comer. Mientras Ricardo rehusaba y el caballero insistía, Marta no despegaba los labios, pero se advertía en su rostro la zozobra y en los ojos suplicantes el vivo deseo de retenerle. Cuando al fin aceptaba, ¡era de ver la alegría de la niña y la solicitud con que todo lo preparaba, entrando y saliendo en la cocina infinitas veces, improvisando los platos que sabía más del gusto del joven marqués y poniendo en movimiento a la servidumbre! El _beefsteak_ a la inglesa, porque Ricardo se había acostumbrado allá por Madrid a comerlo un poco crudo; el pescado frío, el arroz suelto, la raja de limón (Ricardo echaba limón a casi todos los manjares), la mostaza inglesa, las aceitunas, etc., etc. Pero donde Marta ponía los cinco sentidos era en el café. Ricardo era un árabe, un sibarita en materia de café. Por eso la niña concedía un cuidado más atento y vigilante a la confección de este líquido que un químico analizando cualquier metal precioso. Mientras iba y venía disponiéndolo todo, el joven no cesaba de bromearla en el mismo tono cariñoso de los primeros tiempos, y eso que Marta, aunque de corto todavía, era ya una verdadera mujer, y no de las menos lindas, como hemos tenido ocasión de decir. Había crecido poco, no obstante.

--¡Anda, taponcito! ¿Cuándo acabas de estirar?--le decía Ricardo, reteniéndola por una de sus trenzas, cuando cruzaba por delante de él. La niña sonreía, encogiéndose de hombros, y proseguía su camino.

Desde el día en que se enfadó, Martita no volvió a preguntarle por el traslado; pero todos al entrar en casa le dirigían una mirada penetrante y ansiosa, queriendo leer en su rostro alguna noticia. Como no la había, la niña se tranquilizaba, tornando a la obra, que rara vez dejaba de tener en las manos. Ricardo tampoco hablaba para nada de partir. O no se acordaba de su petición, o afectaba no acordarse, o no quería acordarse. Tal vez hubiese de todo un poco. El marqués de Peñalta había pasado desde el desconsuelo a la melancolía, y de aquí iba paulatinamente dejándose ir a las sensaciones dulces. Aquella habitación, donde Marta cosía, inspiraba ideas risueñas de amable sosiego y felicidad.

Una mañana, como si fuera la cosa más natural del mundo, como si la noticia no desgarrase el corazón de nadie, como si se tratara de algo baladí y de poco momento, Ricardo entró en casa de Elorza, diciendo:

--Esta noche me ha llegado al fin el traslado para Valencia.

¡Ciego, ciego! ¿No ves la palidez de esa niña? ¿No observas el estremecimiento doloroso que corre por su cuerpo? ¡Mira que va a caer! ¡Corre, corre a sostenerla!...

Nada; no echó nada de ver el joven marqués. Él también estaba un poco pálido. El tono indiferente con que comunicó su noticia era pura comedia, porque aquella noche había dado vueltas en la cama hasta fatigarse, y las luces de la aurora le sorprendieron sin conseguir pegar los ojos.

Don Mariano hizo un gesto de disgusto, exclamando:

--¡Vaya por Dios, hijo, vaya por Dios!... Siento que te nos marches ahora... En fin, si es tu gusto...

Ricardo guardó un silencio sombrío. De buena gana hubiese exclamado: «¡Qué ha de ser mi gusto! ¡Mi gusto sería pedir la absoluta en este momento, y quedarme aquí para siempre y vivir tranquilamente al lado de ustedes; ¡de ustedes, que son las personas a quienes más amo en este mundo!» Pero tuvo la flaqueza de callarse, y estas flaquezas suelen costar muy caras en la vida.

--¿Y cuándo piensas irte?--preguntó el caballero.

--Mañana mismo. Necesito detenerme en Madrid algunos días para arreglar ciertos asuntos. A Valencia llegaré el diez del que viene.

--¿Vas a algún regimiento?

--Al primero montado.

--¡Ah!

Y guardaron silencio. La tristeza les dominaba a todos, asfixiando la conversación, que otras veces solía ser muy animada, aunque versara sobre menudencias domésticas. Don Mariano la entabló de nuevo en tono triste y distraído.

--¿Has estado ya alguna vez en Valencia?

--Sí, señor; he pasado allí un mes hace algunos años.

--Es muy bonito aquello, ¿verdad?

--Sí, muy bonito.

--Muchas naranjas, ¿eh?

--Muchas.

--Creo que es una población alegre.

--Eso no; a mí me ha parecido muy triste.

--Pues hombre, yo creía...

Y tornaron a guardar silencio. Los corazones estaban apretados, y el acento indiferente de las palabras no bastaba a ocultarlo. Marta no había dicho una sola en todo el tiempo. Sentada en una silla baja, al lado del balcón, seguía atentamente la obra de croché que tenía en la mano. Ricardo estaba reclinado en el sofá cerca de don Mariano. Mil pensamientos melancólicos se cernían sobre las cabezas de los tres, y aquella risueña habitación, esclarecida por la pura y brillante luz de la mañana, se poblaba a su despecho de silencio y tristeza. Cuando el señor de Elorza volvió a dirigir la palabra a Ricardo, se traslucía su emoción en la voz levemente ronca y temblorosa.

--¿Y cómo has arreglado tu casa? ¿Despides a los criados?

--Menos a Pepe el jardinero y a César el portero...

--¿Has hecho el equipaje?

--No; tengo tiempo esta tarde y mañana.

--¿Y las visitas?

--Realmente, don Mariano, las únicas personas que trato con intimidad aquí son ustedes... Con otras tres o cuatro visitas he concluido. A los demás enviaré tarjetas... Lo que siento más es dejar sin concluir la reforma del jardín y los dos pabellones de las esquinas en cimientos...

--No te ocupes de eso, yo cuidaré..., yo cuidaré..., yo cuidaré...

No pudo decir más. Le ahogaba la emoción. Aquellos pabellones habían sido idea de María, cuando estaba concertada la boda. Este recuerdo trajo consigo otros muchos, todos dolorosos, en que se mezclaban su esposa, su hija y Ricardo, poniéndole ante los ojos las graves desdichas que en poco tiempo había experimentado. Levantose bruscamente y salió de la habitación.

Ricardo, conmovido igualmente y dominado por un gran abatimiento, quedó cabizbajo y silencioso. Marta continuaba atenta a su tarea, como si nada tuviese que partir con lo que estaba pasando. No levantó una sola vez la cabeza durante la conversación, ni aun cuando su padre dejó la estancia. Ricardo la contempló fijamente largo rato. La actitud impasible de la niña empezaba a mortificarle. Se le había figurado al presuntuoso que Martita iba a ponerse muy alterada al saber la noticia, porque siempre le había dado pruebas de cariño. Tenía ciega confianza en la bondad de su corazón y en la firmeza de sus afectos; pero al verla tan serena, moviendo entre sus dedos pequeños y sonrosados la aguja de marfil, sin preguntarle nada, sin pedirle que demorase el viaje por algunos días, sin decirle nada, sufría un nuevo y doloroso desengaño. Y se dejó arrastrar por la pendiente de los pensamientos sombríos a una filosofía desesperada y pesimista. «Pues señor--se dijo lacrimosamente--, hay que aceptar el mundo y la humanidad como son... ¡Esta niña que yo creía tan sensible!... ¡Qué le vamos a hacer!... En la mujer no existe más que un afecto verdadero... ¿Estará tal vez enamorada esta chica?...»

Ricardo no tenía por qué irritarse ante semejante idea. Pero lo cierto es que se irritó, y no poco. Procuró rechazarla como un absurdo y no logró más que hacerse cargo de que no sólo no sería absurdo, pero que ni aun tendría nada de particular. Abatido como se hallaba, la irritación cedió muy pronto lugar a la tristeza, una tristeza profunda y desconsoladora.

--¿A ti no te pesa que me vaya, Martita?--dijo mientras se dibujaba en su rostro cierta sonrisa melancólica.

--¡Si es tu gusto!...--respondió la niña sin levantar la cabeza.

¡Dale con el gusto! Ricardo no tenía ya ningún deseo de marcharse. Estaba furioso contra sí mismo por haberlo solicitado. De buena gana lo echaría todo a rodar... Pero no dijo una palabra de lo que pensaba.

Su tristeza y desconsuelo iban en aumento. Tenía ganas atroces de llorar. No se atrevía a dirigir la palabra a Marta, porque no se le conociese la emoción. Además, ¿por qué se la había de dirigir?... ¡Una chica tan insensible!