Marta y María: novela de costumbres

Part 17

Chapter 173,987 wordsPublic domain

Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a par de un cariño fervoroso a las santas instituciones así perseguidas, profunda aversión a sus perseguidores y a los impíos que gobernaban contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento impresionable, sintió impulsos vehementes de seguir el ejemplo de Judith, haciendo expiar a algún malvado tan horribles sacrilegios. Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jesús para deshacerlos y convertirlos en polvo. Cuando estos ímpetus crueles la cogían, quedábale siempre una eterna compasión por las inocentes víctimas de las iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al reinado de Jesús y María sobre todas las potestades de la tierra. Sintió que en su corazón nacía un algo que la impulsaba hacia la vida activa, persuadiéndola a que dejase por algún tiempo las dulzuras de la contemplación por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el encanto de la soledad por el tumulto; escuchó, como la esposa del sagrado Cantar, una voz que le decía: _«Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza está llena de rocío y mi cabellera mojada por las gotas de la noche.»_ Vio claramente que su Jesús padecía por las injusticias de los hombres y que demandaba su concurso, que le pedía una nueva prueba de amor arrancándola al bienestar que disfrutaba y arrojándola en medio de los huracanes del mundo.

Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que surgían delante de ella al primer paso que intentara dar, las persecuciones de que sería objeto y lo extravagante que parecería su conducta aun a las personas que la amaban. Comprendió su debilidad, tuvo miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondió como la esposa: _«He quitado ya mi túnica; ¿cómo ponérmela otra vez? He lavado mis pies; ¿cómo mancharlos nuevamente?»_ Largo tiempo estuvo luchando consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y convencerse de que ella no serviría de nada a la causa del Señor, pero fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente la voz haciéndole presente que no debía preocuparse de si su concurso serviría o no serviría, sino más bien de la voluntad con que lo prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder encargando la consecución de grandes empresas a una humilde y flaca criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la ínclita Juana de Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vírgenes que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.

Un suceso de poca monta vino a decidir a María. Su tío Rodrigo, marqués de Revollar, que era uno de los magnates más importantes de la corte del Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones que mantenía con los partidarios de la monarquía católica en Nieva, le escribió desde Bayona preguntándole si se prestaría a servir de intermediario de la correspondencia entre él y don César Pardo, presidente de la junta carlista. María se apresuró a responder que tendría en ello mucho gusto, y desde entonces empezó a recibir con frecuencia cartas de su tío, dentro de las cuales venían otras para don César, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiración carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partían las órdenes. Y sin saber cómo, viose comprometida, sin que de ello le pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo escuchaba en boca de don César y de otros, de volver a Jesús a su santo trono y arrojar de él a la soberbia y la herejía. Lejos, pues, de sentir temor ni pesar por esto, crecieron sus ánimos con el peligro que corría, lo cual fue para ella señal evidente de que el favor del cielo la acompañaba, y enfrascose cada vez más en la empresa de los conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirviéndoles con celo y entusiasmo en todo lo que podía. Cuando la intentona armada de don César, ella fue quien bordó el estandarte y los corazones de franela que los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores sentían hacia ella grandísimo respeto por la fama de santidad de que gozaba, y le profesaban profundo cariño por el entusiasmo con que había abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir opinión, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, había tal fuego y al mismo tiempo tanta discreción en sus palabras, que los conjurados vieron en la hermosa joven un ángel enviado por Dios para sostener su fe y hacerles persistir en sus grandes propósitos.

Después del fracaso de don César, los carlistas de Nieva quedaron bastante abatidos, María derramó muchas lágrimas y pidió a Dios con fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y perseguidos a la sazón. Y, en efecto, Dios, compadecido, permitió que don César y la mayor parte de los jóvenes que con él fueron desterrados a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de incógnito a su patria, ocultándose en las casas de los amigos fieles y valerosos. Entonces, los partidarios de la tradición cobraron algunos bríos y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto determinado. El objeto no apareció hasta después de algún tiempo en que el bravo y obstinado don César les insinuó la idea de dar un golpe de mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar ventajosamente contra la escasa tropa que había en la provincia. El golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas de Nieva. Al principio pareció a todos desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la idea, fueron viéndolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a término. Hallándose en tal estado las cosas, una tarde se presentó María en la casa donde don César se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la joven le dijo debió ser tan importante y halagüeño, que el viejo cabecilla le dijo con voz conmovida, apretándole la mano y dándole un beso en la frente:

--Hija mía, usted va a ser nuestra salvación. Dios quiere poner en unas manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y ¡quién sabe si también el triunfo de la causa!

Volvió a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oración largo rato, y después bajó a la habitación de su madre. No tardó Ricardo en llegar, como tenía por costumbre. Después de algunos momentos de conversación general, doña Gertrudis empezó a dormitar y los dos jóvenes se retiraron al hueco de un balcón a decirse los dulces secretos de todos los días, más dulces y más amables cuanto más se repiten. María estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo notó al instante.

--¿Qué tienes hoy?... Parece que estás agitada...

--Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a sucederme una desgracia.

--Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te debilitan mucho. Debieras suspenderlos, así como tantas horas de oración, por algún tiempo... Te están poniendo muy delgada.

--Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos días. No son los nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el cuerpo.

--¿Pero tienes acaso algún motivo de disgusto?...

--Tengo un presentimiento.

--¡Bah, quién hace caso de presentimientos!

María guardó silencio y Ricardo también. Era la hora del obscurecer. Ambos tenían la vista fija, al través de los cristales, en la gran plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se había retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran pedazo de cielo teñido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la villa discurrían por las calles evacuando los últimos negocios del día y gozando aquel suave crepúsculo, al que no estaban avezados. Los balcones del café de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que pasaban su errante mirada por los ámbitos de la plaza. En el balcón de la casa de enfrente, un niño de ojos azules y blonda y rizada cabellera se entretenía en arrojar con un canutillo pompas de jabón, que unos cuantos pilluelos desde abajo recibían con no poca algazara, deshaciéndolas con la gorra y el pañuelo.

Al cabo de un rato, María volviose hacia su novio, y posando en él una mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:

--Ricardo, ¿me quieres mucho?

--¿Cómo me preguntas eso?... ¿No lo sabes bien?

--Sí, sé que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre más y menos. Sólo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a ciertas pruebas; ¡quién sabe si podrá resistir a otras!

--El amor que te tengo--dijo el joven marqués apoyando la mano sobre el corazón--tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.

--¿A todas?

--A todas.

--¿Y si yo te pidiese la vida?

--¡Bah, bah!--repuso alzando los hombros con ademán desdeñoso--, eso sería pedir muy poco.

María sonrió con satisfacción, y después de una pausa preguntó tímidamente:

--¿Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendéis por honor?...--añadió corrigiéndose.

Ricardo se puso levemente pálido y tardó algún tiempo en contestar. Al fin dijo en voz más baja y con calma:

--El honor, querida mía, no nos pertenece; es un depósito que el cielo pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.

Un relámpago de indignación y desprecio pasó por los ojos de María al escuchar estas palabras.

--¿Y quién os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y por qué mezcláis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al infierno?...

Pero, calmándose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono dulce y persuasivo, añadió:

--Lo que el cielo confía al hombre al nacer nadie puede revelarlo más que la religión, y ésta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdición... Generalmente, lo que el mundo más aprecia y apetece va contra la ley de Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del cristiano consiste únicamente en servir a Dios y cumplir sus santos preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho es porque tenía necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y absoluta certeza... Voy a hacerte una confesión, después de la cual, si eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me ames más... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frívolas consideraciones mundanas, seguramente me amarás menos y quizá llegarás a huirme...

--¡Eso nunca!

--Aguarda un instante... Figúrate que tu novia, desechando y aun violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los límites que señala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una niña soltera, se mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en política... Y no sólo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella una parte activa. Figúrate que entra en una conspiración y trabaja con ahínco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su libertad para conseguirlo...

--¿Pero tú?

--Sí--dijo con resolución--; yo estoy unida con toda mi alma a una conspiración..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la causa de los buenos. ¡Bien sabe Dios que no me importa nada que gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna consideración terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la religión y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvación de muchas almas, veo todos los días al divino Jesús y su dulce nombre escarnecidos por los impíos que mandan casualmente en España, poniéndole una corona de espinas mil veces más dolorosa que la que llevó en Jerusalén... y siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... ¿Crees tú que debo posponer los sublimes intereses de la religión, la salud de mi alma y la gloria de Jesús al pueril temor de desagradar al mundo?

--Yo no sé nada--dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda meditación.

--¡Ves cómo tenía razón! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho mi secreto, ya no me quieres y no tardarás seguramente en alejarte de mí y dejarme abandonada.

La última palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:

--¿Y qué es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto reservaste hasta ahora?

--Ante todo perdóname que no te las haya confiado antes. Eran secretos que no me pertenecían... Además, recelaba que no pensarías como yo y levantarías algún obstáculo a mis planes... Pero hoy has variado mucho; eres más piadoso y amas el nombre de cristiano que posees. Por eso me decidí a abrirte enteramente mi alma y a poner en tus manos fieles y seguras la vida de muchos hombres generosos... Yo soy muy débil, Ricardo mío; no soy más que una pobre niña incapaz de luchar ni de resistir... ¡No me abandones..., por Dios, no me abandones!...

El joven presintió el peligro mucho más próximo y exclamó:

--¡Acabemos de una vez, María, y sepamos de qué se trata!

--Se trata de un gran merecimiento que puedes contraer para salvarte si abandonas las nefandas sugestiones del mundo y acudes al llamamiento del cielo... En esta villa existe un arma poderosa que en vez de servir a Dios, como todo el mundo debe servir, es un temible auxiliar del demonio. Esta arma es la Fábrica de fusiles... (María se detuvo un instante, y echando una mirada de temor a su amante, añadió con voz temblorosa): Tú puedes arrancar al demonio esta arma para ponerla en manos de Dios, entregando la Fábrica a los defensores de la religión, y...

Se detuvo otra vez mirando con espanto el rostro lívido y contraído del joven marqués, que agarrándola del brazo y sacudiéndola fuertemente rugió más que dijo:

--¿Quién te ha sugerido la idea de proponerme eso?... Respóndeme... ¿Quién ha sido el miserable, el vil y el canalla que te lo ha aconsejado?... ¡Quiero ir ahora mismo a arrancarle la lengua! Dímelo, dímelo, María... De ti no ha nacido ese pensamiento... Tú no has podido pensar que tu prometido, el marqués de Peñalta, el descendiente de tantos caballeros nobles, un militar pundonoroso y leal, pudiera escuchar con calma semejante proposición... Tú no has podido imaginar que el hombre que te adora sea un cobarde traidor a quien sus compañeros escupirían con razón en la cara... Sólo así te puedo perdonar las horribles palabras que acabas de proferir... Oye, por Dios, María... En este momento tengo la cabeza encendida y el corazón helado... Escucho dentro de mí una voz que me anuncia una gran desgracia. Pues bien, en este momento te digo que te quiero con toda mi alma..., hasta dar por ti la vida con gusto..., pero si el amor que te tengo se multiplicase por mil y no cupiese en este mundo, lo ahogaría, lo apagaría como se apaga una luz..., de un soplo, y me quedaría toda la vida en tinieblas antes que prestarme a tal villanía... ¡Qué digo!... Si el mismo Dios bajase a proponérmela y me amenazase con las penas eternas del infierno, la rechazaría... Preferiría condenarme con los leales a salvarme con los traidores.

María bajó consternada la cabeza. Al cabo de un rato pudo articular débilmente:

--No me entiendes, Ricardo, ni yo te entiendo tampoco. Para juzgar las cosas de este mundo nos colocamos en puntos de vista muy distintos. Tú miras por el cristal de las convenciones establecidas por los hombres y yo únicamente por la de la ley de Dios. Para ti el renombre de valiente, la fama de leal y de noble es lo primero. Para mí lo principal es la salvación del alma... Perdóname si te he ofendido, y que ese honor, al cual rindes tan fervoroso culto, te sirva para no acordarte de lo que hemos hablado.

Ricardo posó sobre la joven una mirada prolongada y triste. Acababa de hacerse cargo de que aquella mujer no podía ser suya; que en aquel corazón idolatrado, henchido de sentimientos misteriosos, quizá grandes y sublimes, pero incomprensibles para él, ocupaba lugar muy secundario. Una lágrima saltó a sus ojos y se deslizó temblorosa por sus mejillas.

--Tienes razón, María..., no te comprendo... Mi padre fue un hombre honrado, y tampoco te comprendería... Mi abuelo fue un militar que perdió la vida defendiendo a su patria, y tampoco te comprendería... Pero mi padre y mi abuelo se ofenderían, como yo me ofendo, de que alguno les recordase que debían guardar los secretos que se les confiaba.

Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al través de los cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche empezaban a ocultar. Los transeúntes se retiraban a sus casas con paso tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las viviendas. Los pilluelos, que recibían afanosos las pompas de jabón que el chico de la casa de enfrente les arrojaba, habían desaparecido, y aquél, harto de soplar por el canuto, concluyó por dejarlo en el suelo, así como la taza del agua, poniéndose a hacer muecas a Ricardo y María. Pero éstos, graves y rígidos, no le hicieron caso como otras veces, y el niño, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose también inmóvil mirándoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubín.

XIII

EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA

El comandante general que la vacilante república española tenía en la provincia de... era bastante bárbaro (dicho sea sin ánimo de inferirle agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo bárbaro que juzgue conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero que hizo, así que tuvo noticia por _un soplo_ de que los carlistas de Nieva preparaban una _algarada_ (así la llamaba él) e intentaban nada menos que apoderarse de la Fábrica de armas, fue llamar al comandante Ramírez y decirle:

--Necesito que antes de una hora salga usted con dos compañías y acompañado del inspector de policía para Nieva; y en cuanto llegue usted allá me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, ¿lo entiende usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van apuntados en ese papel.

--Está bien, mi general.

--Para custodiarlos no hace falta más que media compañía. Usted, con lo restante de la fuerza, se pone a las órdenes del coronel director hasta que yo disponga otra cosa.

--Está bien, mi general.

Cuando el comandante Ramírez, después de hacer su saludo, salía por la puerta del despacho, el brigadier volvió a llamarle.

--Oiga usted, Ramírez, ¿cómo le he dicho que trajese a los presos?

--Amarrados codo con codo, mi general.

--Perfectamente. Vaya usted con Dios.

La noche en que las dos compañías llegaron a Nieva era la señalada por los amigos de don César para dar el grito de guerra y apoderarse de la Fábrica. La conspiración estaba bien tramada. A la una de la madrugada debían reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas y uniformes. A las dos en punto marcharían todos hacia la Fábrica, cuya guardia, encomendada a la sazón al joven marqués de Peñalta, no pasaba de veinticinco hombres, y la atacarían ostensiblemente por las puertas, mientras otros escalarían por detrás las tapias. Una vez dentro, se apoderarían rápidamente de los fusiles construidaos, cargándolos sobre mulos, que también estaban preparados, pegarían fuego a los talleres y se saldrían a toda prisa de la población. Para cuando fuesen atacados contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de armas y municiones. Don César no dudaba del buen éxito de su atrevida empresa; pero el maldito _soplo_ tradicional en todas las conspiraciones habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo caballero.

A las once de la noche el comandante Ramírez y el inspector de policía tenían presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de los más caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y custodiados por media compañía, según las prevenciones del comandante general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de marcha. La única mujer que iba entre ellos era María. En vano don Mariano, con lágrimas en los ojos, suplicó al jefe de la fuerza que le permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramírez manifestó que sentía muchísimo no poder complacerle y que lo único que en su obsequio haría era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen calzado fuerte y ropa de abrigo, exponiéndose por ello a incurrir en las iras del general, que era... (Aquí el comandante Ramírez hizo uso del adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)

Al fin se dio la orden y el teniente emprendió la marcha con los presos. Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llovía en aquel momento, la noche estaba muy húmeda y el piso, según acusaban las polainas de los soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros, silenciosos, ocupaban los balcones, sacándose los ojos para ver cómo desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de mujer gritó desde un balcón:

--¡Infames, ya las pagaréis todas en el infierno!

Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infundía tristeza y miedo. Todos ellos sentían sobre sus roses una continua descarga de miradas de odio, que, a pesar de no merecer, recibían con la resignación del que está avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las últimas casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba guarnecido de altos álamos.

El cielo seguía negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra. Apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos y los de tal casa que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de los viajeros no producían el ruido seco que cuando caminaban por el empedrado de la villa, sino un chapoteo aún más triste. El teniente, que era un mancebo de veinte años, bastante simpático, dio la orden de colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Después se acercó a ellos, y, preguntándoles si se les ofrecía algo, disculpose con frases corteses de llevarlos atados; pero ya debían tener noticia de que el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrándose en un silencio digno. Al poco rato comenzó a llover fuertemente. Don Mariano, que no había cruzado la palabra con su hija, abrió el paraguas apresuradamente para taparla y la estrechó largo rato contra su corazón, murmurándole en el oído: