Marta y María: novela de costumbres
Part 16
y tú eres, esperanza, quien me anuncia que amante corresponde a mi pasión, y sólo tu dulzura es quien mitiga mi tormento cruel y mi aflicción._
Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las inefables dulzuras de una nueva estrofa, más apasionada tal vez y más patética que las anteriores, cuando la señorita de Delgado apoyaba lánguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la cabeza más lánguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo duelo, acaeció en la casa de los señores de Elorza uno de esos sucesos terribles y extraños, más terribles aun por lo inopinados, a tal punto sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda consternación, sin haber podido intervenir en ella.
Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro pálido de un criado que exclamó dirigiéndose a su amo:
--¡Señor, señor!
--¿Qué ocurre?--preguntó don Mariano con el acento enérgico que emplean los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.
--¡Los soldados están ahí!
--¿Y qué tengo yo que ver con los soldados, majadero?--replicó con voz colérica.
--¡Es... que vienen a prenderle!
--No es verdad--gritó una voz desde el pasillo.
Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrás del criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabán abrochado y llevando en la mano bastón con borlas.
Por detrás de ellos se veían los roses y los fusiles de algunos soldados. El hombre del bastón, que era al parecer quien había hablado, avanzó dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero, preguntó a don Mariano con tono áspero:
--¿Es usted don Mariano Elorza?
La mirada del anciano caballero centelleó de indignación.
--Ante todo, quítese usted el sombrero.
El hombre del bastón, un poco cortado por la actitud del caballero y las miradas del concurso, se quitó el sombrero.
--Ahora, ¿qué se le ofrece a usted?
--¿Es usted don Mariano Elorza?
--No; soy el excelentísimo señor don Mariano de Elorza.
--Es lo mismo.
--No es lo mismo.
--Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doña María.
Toda la energía del señor de Elorza se desvaneció de golpe como una sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Quedó algunos momentos extático y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Después, recobrándose súbito, se lanzó sobre el hombre del bastón y sacudiéndole fuertemente por la solapa, le dijo con voz de trueno:
--¿Y quién es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?
--Soy el jefe de orden público de la provincia, y le advierto que si usted intenta la menor resistencia, haré uso de la fuerza que traigo.
--¿Está usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a prender?
--Sí, señor, traigo orden de prender a la señorita doña María Elorza. Ruego a usted que me la entregue sin pérdida de tiempo.
--Aquí está--dijo María saliendo del hueco del balcón y avanzando hacia el jefe de los esbirros.
--¡Pero eso no puede ser!--rugió de nuevo don Mariano deteniendo a su hija--. ¡Este hombre está loco o viene equivocado!
--¿Está usted dispuesta a seguirme?--preguntó el comisario a la joven.
--Sí, señor--contestó ésta con firmeza.
--Pues vamos.
Don Mariano se llevó las manos al rostro y exclamó con un grito de dolor:
--¡Hija mía de mi alma! ¿Qué has hecho?
--Nada que pueda deshonrarme ni deshonrarte--replicó la niña levantando su rostro hermoso y altivo y saliendo precipitadamente del salón.
Don Mariano fue detenido por todos sus amigos que le habían rodeado; pero viéndose inmediatamente solo, porque todos, advertidos por un grito de Marta, acudieron a socorrer a doña Gertrudis, presa de un síncope, se arrojó también como un relámpago fuera de la sala.
XII
ANTECEDENTES
Algún tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de Ricardo y María, que se habían ido desvaneciendo gradualmente como las notas de una hermosa melodía, hasta el punto de no saber el mismo Ricardo si realmente existían o se habían extinguido por completo, si aun era el amante de la primogénita de Elorza, o si no tenía sobre su corazón otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado amigo; estos amores, decimos, habían cobrado, sin que nadie supiese a qué atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz próxima a morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando como antes, en un ángulo de la sala, larguísimos ratos, abstraídos de cuanto les rodeaba, habitando en ese rincón del cielo que los amantes encuentran tan fácilmente lo mismo en la soledad que entre la muchedumbre. A la sorpresa sucedía la complacencia en los amigos, y a la complacencia las hipótesis sobre la mayor o menor proximidad de la época del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que habían operado tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiñando el ojo al decirlo, sostenían que de los tres enemigos del alma la carne era el más temible, y que Dios había dicho: «crescite et multiplicamini», y que era tontería oponerse a las leyes de la naturaleza. Las señoras manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se podía muy bien servir a Dios y que no eran las más flojas penitencias las que imponían el cuidado de los hijos, su educación y el gobierno de la casa.
Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas habían cambiado sin saber por qué, y que señoras y caballeros se alegraban de ello, esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un día agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se traslucía en los ojos cada vez que los dirigía hacia la gentil pareja, y mil hermosos ensueños, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos rubios y traviesos como lo había sido su hija, venían por la noche a acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doña Gertrudis, como de costumbre, encontraba muy bien la conducta de María. He aquí ahora cómo se había efectuado el suceso.
Cierta mañana, en que el joven marqués de Peñalta se despertó más temprano que otras veces, observando por el balcón de su cuarto que el cielo estaba limpio (contra su costumbre inveterada), le vino en apetito el dar un paseo por los alrededores de la villa, y pensando y haciendo se vistió rápidamente y se echó a la calle en busca de aire puro. Mas antes de salir del casco de la villa y cruzando por delante de la casa de Elorza, tropezó casualmente con María, que iba hacia la iglesia con su doncella. Le dio un salto el corazón y un poco turbado se detuvo a saludarla. La niña le abocó con aquel gesto alegre y travieso, lleno a un mismo tiempo de malicia y de candor, que por ser peculiar de su carácter, no había podido vencer con ningún esfuerzo.
--Tú te habrás levantado temprano, por supuesto, para oír misa.
--¡Oh!, no--repuso Ricardo sonriendo--; salía a dar un paseo por el campo, que debe de estar muy hermoso.
--Bien, pues hoy no hay paseo; te secuestro y te llevo conmigo a misa--dijo la niña en tono resuelto y con cierta inflexión de voz adorable. Y acompañando el hecho al dicho le tomó por la mano y le llevó cogido de esta guisa unos cuantos pasos.
¡Venturoso Ricardo; qué otra cosa mejor podía apetecer en aquel momento que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los primeros momentos; embargole la emoción y una lágrima se deslizó por su rostro honrado y varonil.
--¡Oh, María, si supieses qué feliz me haces!--le dijo en voz baja y temblorosa--. Si tú quisieras llevarme, ¿adónde no iría yo contigo? Tú no puedes comprender lo que ansío que me hables, que me sonrías, que me dirijas. Busco con afán los medios de agradarte y no los encuentro. Dime con qué puedo complacerte, con qué puedo deshacer el hielo que seca nuestros amores. Y lo buscaré aunque sea a costa de mi vida. Si no te quisiera más que a ningún otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo bendito de mi madre, ¡cuánto tiempo hace que hubiera huido de ti para siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que llegue a concluir con mi dignidad--añadió sordamente.
La joven le miró fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cariño, y repuso con jovialidad:
--Por lo pronto, para complacerme, vendrás a misa conmigo, ¿no es verdad?
--Sí, querida mía.
--¿Vendrás mañana también y todos los demás días?
--Sí, hermosa; no deseo otra cosa.
--¡No sabes lo que me alegro, Ricardo!
--¿De veras?
--Sí; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que en todo lo demás debemos pensar en nuestra salvación y en hacer el mayor bien que podamos en este mundo.
El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de cariño que su amada dejaba caer sobre sus labios.
Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas más arraigadas y nuestros juicios más firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra época, que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las prácticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos más dulces aún, que le miraban con elocuente expresión, se despojó súbitamente de sus opiniones anticlericales, transformándose en un decidido campeón del altar y en un fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial. Pensó con alegría que lo que su novia ejecutaba, después de todo, nada tenía de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un noble y elevado espíritu; que esta misma piedad era la prenda más segura de su felicidad conyugal, pues la guardaría de las vanidades a que otras mujeres se entregan después de casadas; que nada tenía de particular que la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus ideas acerca de la salvación eterna, y que en este concepto él había hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hiriéndola en lo más vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluyó por resolver que él era un bárbaro incapaz de sacramentos ni de entender los misterios adorables que puede encerrar un corazón consagrado a Dios, y María una santa que le había sufrido con demasiada paciencia. Penetrado en parte de esta idea y en parte infinitamente más grande de la emoción que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento conmovido:
--Escucha, María..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un incrédulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prácticas religiosas, pero también debes saber que éste es un vicio frecuente en los jóvenes y particularmente entre los militares... Por lo demás, te lo digo con toda la sinceridad de mi alma, jamás me ha abandonado la fe que mi santa madre me inculcó en la niñez. Aun suenan en mis oídos sus consejos y aun podría repetir sin equivocarme la multitud de oraciones que me hacía decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme... Esto no se puede olvidar, María..., ¡sería un infame si lo olvidase!... Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados... ¿Cómo quieres que no sea para mí dulce la religión viniendo siempre predicada por los seres a quienes más he querido y respetado en mi vida?... Sí, hermosa mía, soy religioso por nacimiento y por convicción, y espero serlo aún más fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que haga en este punto y lo haré... Dime lo que quieres que piense y lo pensaré... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...
--Así, así te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mío, porque entonces no tiene mérito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos que en este mundo se establecen, ¿qué valen en comparación del que existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres mucho, quiéreme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo es pecado fijar nuestra atención y nuestro amor en ninguna criatura.
La emoción y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fría con estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron apoderados de su corazón hasta que llegaron al pórtico de la iglesia. Allí María le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreció con la punta de los dedos.
--Ahora te quedarás debajo del coro a oír la misa; yo me voy a poner cerca del altar. ¡Cuidado que mires para mí una sola vez! Ya comprendes que eso sería profanar el templo y en tal caso más vale que no entres.
--No, no te miraré aunque me cueste mucho trabajo.
--Dame tu palabra de que lo harás así.
--Te la doy.
--Bien, pues, adiós..., hasta luego... Espérame a la salida.
Cuando ya se había alejado unos pasos se volvió para decirle, bajando cuanto pudo la voz:
--Cuidado que cumplas eso... Y que estés con devoción, ¿eh?
Ricardo hizo señal afirmativa mientras se dibujaba en sus labios una sonrisa feliz.
Desde entonces el marqués de Peñalta acompañó todas las mañanas a misa a la primogénita de los Elorza, separándose de ella a la puerta de la iglesia y volviendo a juntarse a la salida. María mostraba recibir mucho placer de este acompañamiento. En cuanto a Ricardo, no es necesario encarecer la dicha que de repente cayó sobre él con el cambio efectuado en la conducta de su novia.
Poco a poco la influencia de ésta empezó a pesar de tal suerte sobre su espíritu que en poco tiempo, como ya él mismo lo había anunciado, se modificaron notablemente sus ideas y no sólo sus ideas sino también sus hábitos y manera de vivir. Se hizo más circunspecto de genio y mesurado de palabras, más apacible y más religioso. Atento a dar gusto a su novia, que le solicitaba a la continua con súplicas y consejos, comenzó a abandonar las diversiones ruidosas y hasta la compañía de los demás oficiales de la Fábrica. Se retiraba temprano a casa, frecuentaba las iglesias y paseaba muchas tardes con algún clérigo; se hizo socio de varias cofradías piadosas, entre ellas de la de San Vicente de Paul, visitando a los pobres en compañía de los _beatos_ de la villa y gastando no poco dinero en donativos para el culto. Por último, después de muchos y sentidos ruegos, hizo confesión general con fray Ignacio, el confesor de María.
Por más que parezca extraño, debemos declarar que Ricardo, lejos de sentir en esta nueva vida repugnancia o malestar halló profundos y misteriosos placeres, que hasta entonces jamás había gustado. El aparato del culto católico, en el cual había fijado poco la atención, empezó a fascinarle; el dulce recogimiento del templo, a la caída de la tarde, cuando se puebla de sombras y de murmullos, le infundía suave desasosiego, cierta ansia especial de un nosequé elevado y arcano; los olores del incienso y de la cera eran para él como grato beleño que le adormecían arrastrándole a regiones gloriosas de dicha inmortal; los actos de caridad frecuentes le producían un dejo agradable y grande bienestar que acrecía su fe; la humillación del sacramento de la penitencia, que al principio tanto le repugnaba, llegó a ser un manantial de goces que él mismo no sabía de dónde procedían ni de qué modo embargaban su alma.
La mañana en que tomó la comunión le dijo su novia al salir de la iglesia:
--Hoy me has causado el mayor placer de mi vida, Ricardo.
El joven marqués sonrió beatamente y repuso en voz baja:
--¿Me quieres más ahora?
--No quiero responderte--replicó la niña con una mueca graciosa--. Después de comulgar no se debe hablar de ciertas cosas... Esperemos a mañana.
Esperaron efectivamente a mañana, y entonces María le dijo sin rebozo que aquella conducta virtuosa le incitaba a amarle cada vez más, y que no desmayase en seguirla si quería verse siempre amado. En nada menos que en eso pensaba Ricardo, quien se hallaba tan a su placer con el nuevo estado de cosas, que por ninguna ventaja de este mundo consintiera en variarlo. Así, pues, siguió cada día con más decisión por la senda que su novia le trazaba, sin hacer caso de las bromas que los compañeros le daban en la Fábrica, pues que en otros sitios, como no fuese en su casa, en la de don Mariano o en la iglesia, era difícil echarle la vista encima.
--¡Me has convertido en un beato!--le decía a veces a su ídolo a modo de cariñosa reconvención.
--¿Y qué; te pesa, pícaro?
--No, querida, no; me alegro en el alma, porque así he conquistado tu amor...
--¿Nada más que por eso?
--¡Eso es otra cosa!
Digamos ahora (aunque el lector no dejaría de advertirlo) que la fantasía y aun la inteligencia de María eran superiores a las del joven marqués de Peñalta, y que en tal supuesto y teniendo presente el profundo cariño que éste la profesaba, no tenía mucho de sorprendente que defiriese a su parecer y a sus consejos en puntos en que otros hombres de más instrucción e ingenio ceden con frecuencia a sus madres y esposas. María, a más de su viva imaginación, estimulada y enardecida por la continua lectura, poseía un don especialísimo para persuadir. Su palabra era siempre fácil y pintoresca, ejercitándose con predilección en convencer a sus amigos cuando trataba de arrancar de ellos algún dinero para los pobres o para el culto de las iglesias. La rara volubilidad con que pasaba repentinamente de lo grave y patético a lo jocoso, y mezclaba en una súplica ardiente la sal de un dicho oportuno, la hacía irresistible. Las cofradías y sociedades devotas de Nieva no tenían en su seno otro cofrade más activo ni más poderoso, y contaban con ella en los trances difíciles como con un ángel tutelar que sabría sacarles del atolladero. Como es de suponer, no poco contribuía a mantener esta gran consideración, además de las preciosas cualidades morales y físicas de la joven, la circunstancia de ser hija del caballero más opulento y respetado de la villa.
Digamos asimismo que en la época en que estos sucesos se efectuaban, el clero y las tendencias religiosas de nuestro pueblo padecían cierta persecución por parte del gobierno, depositado a la sazón en manos de los liberales más extremados y más conocidos por sus ideas heréticas. Esto, como era de esperar, había excitado vivamente las conciencias timoratas, encendiendo en las provincias del Norte, más religiosas de suyo y más apegadas a nuestra tradición, una obstinada y sangrienta guerra civil que amenazaba concluir con el orden político establecido y de paso con nuestra riqueza y prestigio. Todas las personas más o menos piadosas y amantes de nuestras tradiciones católicas, todo el que detestaba la persecución que la Iglesia padecía y ansiaba el reinado de Jesús en la tierra por mediación de sus ministros, estaba pendiente de tal guerra formidable donde se debatían, no sólo los derechos más o menos respetables de un pretendiente al trono, sino también los más caros y augustos intereses de la religión. Los que frecuentaban las iglesias y se relacionaban con el clero ligábanse tácitamente contra los herejes del poder, acogiendo con alegría y comunicándose velozmente las noticias favorables a la causa monárquico-católica, y llenos de zozobra y tristeza las adversas. En las casas de los hacendados más ricos, en las sacristías y en las trastiendas de algún comerciante absolutista leíase en secreto el _Cuartel Real_, diario oficial del Pretendiente, que llegaba de vez en cuando entre las piezas de _cretona_ o los paquetes de macarrones. Celebrábanse con gran pompa funciones de desagravio a la Virgen por las impiedades vertidas en el Congreso de los Diputados, funciones que en alguna ocasión terminaron violentamente por la intervención del populacho. Crecía la devoción al culto, sobre todo al de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y mucha gente piadosa iba en peregrinación al santuario de Lourdes, contando de regreso a sus amigos las buenas disposiciones y la sólida organización que tenían las huestes católicas en las provincias vascas. Algunos jóvenes de las familias más conocidas de Nieva habían desaparecido de la noche a la mañana, dándose por seguro que habían ido a engrosarlas. De esto a la conspiración franca y resuelta hay poco que andar, y en Nieva se anduvo lo que hacía falta para llegar a la conspiración.
Actuaba dentro de la villa una junta carlista, que celebraba sus sesiones con cierto misterio y sostenía relaciones estrechas con la junta central, a la que obedecía, y frecuente correspondencia con el ejército del Pretendiente. Como en el país, aunque no de tanta monta como en las provincias vascas, existían bastantes elementos al servicio de la causa católico-monárquica, que bien aprovechados podían dar por resultado, si no una guerra formal, al menos alguna agitación conveniente, la junta de Nieva, instigada por la de la capital, decidiose, después de mucha vacilación y no pocas discusiones, a levantar una partida dentro del territorio. Los preparativos fueron largos. Comenzaron a principios del invierno y no terminaron hasta los comienzos de la primavera. Fueron noticias circunstanciadas a Bayona, vinieron órdenes y planes de conducta, hubo infinitos cabildeos, mezcláronse algunas mujeres, salieron subrepticiamente fusiles de la Fábrica, sustraídos por algunos operarios carlistas; hízose acopio de boinas blancas y polainas; por último, cierta noche salieron al campo como unos treinta jóvenes, en su mayoría estudiantes y seminaristas, a cuyo frente se puso el presidente de la junta, don César Pardo, a quien hemos tenido el honor de conocer al final del capítulo tercero de esta narración. Pasaban de trescientos los juramentados para salir aquella noche, mas sólo acudió aquel puñado de valientes, y don César, dando prueba de lo que era, esto es, de caballero firme y bizarro, no tuvo inconveniente en acaudillarlos, esperando arrastrar con su ejemplo a los tímidos. Dirigiéronse a la montaña por el valle de Cañedo, pero al día siguiente una docena de guardias civiles, que salió inmediatamente en su persecución, los sorprendió en el momento de estar acampados comiendo, y sin que pudiesen hacer resistencia los trajo para la villa amarrados. La gente que tuvo noticia del suceso acudió en gran número a esperarlos a la carretera, y violes desfilar hacia la cárcel, tristes, pero dignos y severos, mostrando en sus ojos altivos que, a no haber sido víctimas de una sorpresa, hubiera corrido la sangre en abundancia.
La primogénita de la casa de Elorza, ardentísima devota del culto religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su espíritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del campo de la virtud evangélica, aspirando siempre a una perfección mayor y celosa propagadora de la fe y la piedad, no podía menos de participar de la indignación que ardía en los pechos de las personas con quienes más se relacionaba. A sus oídos llegaba muy aumentado el ruido de los excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las hojas periódicas de la capital, aunque ella jamás osaba leerlas. Los confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el triunfo de la Iglesia y la confusión y arrepentimiento de sus enemigos; las amigas y compañeras de cofradía la solicitaban para que hiciese con ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le pidieron limosna para algún sacerdote que yacía en la miseria, y otras veces para las infelices monjas de algún convento arrojadas de él cruelmente para transformarlo en cuartel.