Marta y María: novela de costumbres
Part 13
EN LA FALÚA DE ELORZA.--Yo soy muy viejo, don Máximo, pero cuento que mis hijas han de ver esta ría perfectamente canalizada. La cantidad de agua que penetra por la boca del puerto es capaz de producir, si no estuviese diseminada, un fondo suficiente para los buques de más calado. La cuestión es encauzarla. ¿Y cómo se consigue esto? Pues ha de ser forzosamente por medio de dos escolleras paralelas que arranquen en la misma barra y vengan a parar a Nieva. El agua, lo mismo en el flujo que en el reflujo, pasará entre ellas con mayor velocidad trabajando sobre el fondo hasta profundizarlo. Poco a poco el espacio comprendido entre el canal y las orillas irá quedando en seco y podrá sanearse fácilmente. Una vez saneados estos grandes espacios, no dudo que por ellos se ha de extender la población de Nieva a orillas del hermoso canal, que se verá surcado constantemente por toda clase de embarcaciones. La moderna villa fundada en una planicie tan dilatada tendrá seguramente sus calles trazadas a cordel como las de las ciudades americanas y magníficos muelles. Pero el verdadero puerto no puede ser aquí, sino en el surgidero de los arenales... Muy pronto pasaremos por delante de él... Es un sitio abrigado y extenso donde puede maniobrar una escuadra entera... Hoy tiene poca profundidad, lo sé perfectamente, pero el fondo es de arena y sabe usted que con las máquinas poderosas de dragar que hay ahora en muy poco tiempo se le puede dar dos o tres metros más de calado... Entonces Nieva será el puerto más importante del Cantábrico. La mayor parte de nuestros productos mineros se exportarán por él, porque la dársena de Sarrió es muy chica y no hay posibilidad de darle más amplitud. En vez de ir a los puertos franceses a pasar el verano, los españoles vendrán a estas hermosas provincias del Norte, abandonadas hoy por falta de vías de comunicación... ¿Qué Biarritz se puede comparar en el verano a estos sitios frescos y deliciosos? ¿Qué playa de Arcachón puede sostener la competencia con las nuestras de Miramar y las Huelgas?...
A BORDO DE LA SANIDAD.--Hoy he dormido perfectamente después de una porción de noches que llevo sin pegar apenas los ojos--dijo la señorita de Mory a su amiga Rosario que estaba sentada a su lado--. No sé qué tengo hace algún tiempo... Me siento nerviosa... Me duele la cabeza al levantarme de la cama... Yo creo que necesito refrescarme.
--Tal vez necesite usted refrescar el corazón, señorita--se aventuró a decir Isidorito con el rostro espantosamente contraído por una sonrisa.
--No sabía yo que se despachasen también en la botica refrescos para el corazón--repuso la joven con gesto desdeñoso, dirigiendo sus palabras a Rosario.
--¡Oh! no, señorita; en la botica no. El corazón no se cura con los preparados de la terapéutica ordinaria ni con ninguna fórmula de la farmacopea, porque tiene, aparte de su naturaleza física semejante a la de las demás vísceras, otra naturaleza puramente espiritual en el uso corriente de la conversación, que no puede ser influida sino por medicamentos morales. Al decir que tal vez necesitase usted refrescar el corazón quería indicar que acaso convendría que usted desterrase de él ciertas preocupaciones de carácter amoroso que algunas veces lo suelen alterar.
--No tengo esas preocupaciones que usted dice, ni pienso en tenerlas, por ahora, Dios mediante--respondió la señorita con el mismo gesto desabrido y dirigiéndose siempre a Rosario.
--No puede usted afirmar eso de un modo tan categórico.
--¿Pues?
--Porque en la edad que usted tiene es muy difícil, por no decir imposible, sondar las profundidades del espíritu y escudriñar todos sus pliegues. Frecuentemente las impresiones se introducen en nuestra alma de un modo subrepticio, sin que nos demos cuenta de ello; empiezan siendo vagas y fugitivas y por lo mismo pasan inadvertidas; pero lentamente van tomando cuerpo, haciéndose fuertes, y concluyen por apoderarse de la persona y gobernarla a su talante. Entonces pasan a la categoría de pasiones.
--Pues yo sé perfectamente lo que siento y lo que no siento.
--¡Oh! no, señorita; permítame usted que le diga que no lo puede saber.
--¡Hombre, tiene gracia! ¿No he de saber yo lo que siento?... Pues entonces lo sabrá usted...
--Quizá lo sepa mejor. La observación de sí mismo, según todos los filósofos y moralistas, es más difícil que la de los demás, y son pocos los que logran conocerse bien. Por otra parte, la juventud es irreflexiva de suyo y, sobre todo, las mujeres no saben darse cuenta cabal de sus inclinaciones y de las vagas emociones que cruzan por su corazón.
--Mire usted; las mujeres son como Dios las crió, y los hombres también.
--No lo dudo; pero Dios las ha criado así, con una capacidad sensitiva (si vale expresarse de esta suerte) más viva y delicada que la de los hombres. Se puede decir que han nacido exclusivamente para el amor y que el amor debe llenar su existencia. El amor y las consecuencias que de él se desprenden constituyen el primer fin de la unión conyugal o sea del matrimonio. Tal es lo que se encuentra establecido en todas las legislaciones y muy particularmente en la canónica, que es la fuente más pura de todas ellas. La mujer, por consiguiente, obra más bien impulsada por la fantasía y el sentimiento, que por la razón...
--¡Jesús, cuántas cosas sabe Isidorito de las pobres mujeres!--exclamó la señorita de Mory en tono entre irritado y burlón.
El fiscal municipal quedó un poco acortado, pero al cabo prosiguió diciendo sin dejar la seudosonrisa que le atormentaba la cara:
--Siendo, por tanto, el amor el móvil más poderoso, por no decir el único, de la vida de la mujer, nada tiene de particular que haya supuesto que una joven como usted se encuentre agitada por ese sentimiento omnipotente y pague tributo a lo que constituye una ley indeclinable de la vida. Vea usted ahora cómo no andaba descaminado al afirmar que tal vez necesitase usted refrescar el corazón o, lo que es igual, aligerarlo de alguna impresión demasiado punzante.
--¡Ay Dios, qué pesado!--dijo la señorita de Mory en voz baja; y en alta voz repuso--: Pues se equivoca usted de medio a medio, Isidorito; nada me pincha ni me punza por ahora.
--Permítame usted que lo dude.
--Es usted muy dueño de dudarlo, pero le aseguro que lo sé de muy buena tinta.
--De todos modos, en buena lógica, por más que usted asegure lo contrario, no hay posibilidad de sostener una afirmación semejante. No sólo la razón y el buen sentido se oponen a ello, sino que de la observación más superficial de los hechos resulta: primero, que el amor es un sentimiento natural y constante en las jóvenes; segundo, que en usted no existen motivos para sustraerse a él, y tercero, que el hecho de dormir poco y agitadamente hace muy verosímil la suposición de que usted se encuentra enamorada.
La señorita de Mory se encogió de hombros, hizo una mueca desdeñosa con los labios y sin dignarse responder entabló conversación con su amiga Rosario.
Isidorito había triunfado, como siempre, de su contrario. Porque para el joven fiscal la mujer con quien hablara era su contrario y se creía en el caso de envolverla en los pliegues de su lógica y estrecharla de cerca hasta que la rendía lo mismo que a un litigante rebelde. De este modo pensaba captarse la admiración y el respeto del sexo femenino. Mas el sexo femenino (dicho sea en su desdoro) no sólo no admiraba a Isidorito por su lógica contundente, por su formalidad y por sus vastos conocimientos jurídicos, sino que le miraba con marcada ojeriza y huía su conversación cual si se tratase de un ruido enfadoso.
La señorita de Mory, con quien había sostenido controversias reñidísimas sobre la naturaleza del amor y la amistad, las dulzuras del recuerdo, las amarguras del olvido, la simpatía y todo lo demás referente al corazón, en las cuales siempre salía, por de contado, victorioso, había llegado a aborrecerle de muerte. Así que nuestro sensato joven se hallaba a más de cien leguas de los tres mil duros de renta de la graciosa heredera cuando creía estar tocándolos ya con la punta de los dedos. Su formalidad jamás desmentida, su elocuencia reposada y serena, sus levitas prolongadas, sus ideas de orden y su jurisprudencia se habían estrellado contra una prevención tan cruel como injustificada.
EN LA FALÚA DE LAS DE CIUDAD.--¡María Julia, Consuelo, mirad qué _bonito hace_ el agua metiendo la mano dentro!
--¡Lindísimo!
--Se va usted a mojar el vestido, Amparo.
--¡Mire usted qué penachitos blancos tan monos salen por entre los dedos, Suárez!
--Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido.
--Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya está bien... Mire usted, mire usted...
--Todavía me parece que se moja... Levántela usted un poquito más...
--¿Más?
--Sí.
--¡Pero me voy a descubrir todo el brazo!
--¡Qué importa!
--Tiene usted razón; el tiempo no está para constiparse. Ahora me parece que ya queda bien... ¡Huy, qué fría está el agua!... ¡En la mano no se nota, pero en los brazos!... Mire usted, mire usted cómo salta... Poniendo la palma de la mano contra la corriente se sube por el brazo arriba... ¿No ve usted qué hermosa y transparente está hoy?...
--Hablando con franqueza le diré--murmuró el ingeniero al oído de Amparo--que en este momento me llama más la atención su lindo brazo.
--Si no se calla usted, pícaro, le sacudo el agua en la cara--manifestó la niña en medio de castas contorsiones.
--Aunque usted me echase a la ría lo seguiría diciendo... Yo soy artista ante todo, ya lo sabe usted... Nada hay tan hermoso como la forma humana... cuando es hermosa; y ese brazo sostiene la competencia con los más acabados modelos del arte escultórico.
--Vamos, no sea usted bromista... Mi brazo es como otro brazo cualquiera... Lo que hay es que ya voy sintiendo frío en él... ¡Caramba con el agua! ¡Parecía tan templadita al principio!... ¡Y cómo se va enfriando poco a poco hasta que se le mete a una por los huesos!...
--Sáquelo usted, sáquelo usted... Vamos a secarlo.
Y Amparito lo sacó, en efecto, del agua, y lo entregó inocentemente al ingeniero, que se puso a secarlo con el pañuelo, prodigándole cuidados exquisitos y diciendo al mismo tiempo:
--¡Pero qué brazo tan precioso tiene usted, Amparito!... ¡Qué blancura!... ¡Qué cutis delicado!... ¡Y qué bien torneado sobre todo!... El brazo de la mujer ha de ser así..., redondo y fino, como el de la Venus de Médicis... La disminución hacia la muñeca debe ser gradual y proporcionada... La verdad es que si el resto del cuerpo corresponde al brazo, es usted una de las mujeres mejor formadas que un artista puede apetecer para modelo... Las mujeres bien hechas son ahora bastante escasas. A esto se debe la decadencia de la escultura, según los críticos. Si hubiera muchas como usted, no podrían decir eso, seguramente... ¡Qué brazo, qué brazo tan lindo!... No puede usted figurarse el placer que siento al tener una obra tal de arte entre las manos...
El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la niña, lo manoseaba tanto, que el señor de Ciudad, que contemplaba la operación desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono colérico:
--Amparo, ¿quieres bajarte esa manga?... ¡Chicuela más tonta!...
La niña se ruborizó y bajó la manga. El ingeniero, no pudiendo desenvolver sus teorías artísticas con el modelo a la vista, renunció por algún tiempo al uso de la palabra.
Las falúas estaban ya delante de los Arenales. El sol había conseguido hacer algunos agujeros en el toldo nubloso y amenazaba desgarrarlo por completo en plazo más o menos breve. El manojo de rayos que por estos agujeros caía sobre los montecillos de arena, hacíalos brillar como enormes pepitas de oro derramando sus resplandores sobre toda la extensión de la sábana de agua. A veces, cuando los rayos del sol fenecían momentáneamente por la interposición de alguna nube, los resplandores se apagaban y la arena tomaba los matices grises y dorados de las telas amarillas de seda. Los viajeros convinieron todos en que aquellos arenales daban una idea bastante aproximada de los desiertos de África, y don Mariano expresó la opinión de que sería muy fácil fijar la arena por medio del esparto y otras plantas adecuadas y convertirlos pronto en magníficos bosques de pinos.
El valle, que en la mitad del camino se abría adquiriendo mayor amplitud, tornaba a cerrarse al llegar al Moral. Las aguas se mostraban más inquietas, revelando la proximidad del mar. Las colinas que protegían el pueblecillo con sus faldas pedregosas y sus cimas desnudas y tristes, también lo anunciaban. Empezaba a sentirse el hálito del monstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ría y escuchábase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entrañas. Las falúas tropezaban aquí y allá con algunos pañuelos de espuma que venían rodando sobre el agua como jirones desgarrados del manto de algún dios que hubiese combatido toda la noche con los monstruos del océano.
Llegaron al Moral. Don Mariano les tenía preparado un suculento refrigerio dentro de un vasto almacén que allí poseía, y la numerosa comitiva demostró una vez más que los aires del mar son el más excelente aperitivo para todos los estómagos. Cuando hubieron dado buena cuenta de él y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para continuar su excursión. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto, por donde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobre una eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas para aprovechar el viento fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once de la mañana. El toldo nubloso se había replegado enteramente sobre el horizonte, mostrando al descubierto un hermoso cielo diáfano y azul, donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.
El mar se desplegó ante los ojos de nuestros viajeros como una mancha azul, enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celeste para recoger su luz y su armonía. Sobre esta mancha azul la madeja luminosa del sol hacía brillar otra de plata poblada de luces trémulas y chispeantes que se extendía en línea recta hacia el Occidente. En cada una de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos del astro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse y confundirse con las demás en cabrilleo incesante semejaba la ebullición monstruosa y fantástica de los tesoros ocultos en el fondo del océano. Los viajeros siguieron con la vista aquella línea argentada sin desplegar los labios por un buen espacio, gustando la impresión profundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el alma. Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvaídos y confusos por el exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ría, a unas cinco millas de la costa. En torno de ella percibíanse grandes jirones de espuma que crecían y menguaban alternativamente ciñéndola de un blanco cinturón de encaje. El viento soplaba recio, pero franco y benigno, porque tenía espacio donde extenderse. Las tres falúas con las velas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras tantas gaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos gemían en los agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo el soplo de la brisa, inclinando las embarcaciones harto más de lo que desearan las señoras. El agua al dejar paso se rompía, produciendo un garganteo flautado que sonaba en la proa, deslizándose después por ambos costados con rumor de sedería que se despliega.
Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto marítimo, y sujetando el sombrero con una mano y accionando dramáticamente con la otra, cantó:
Dichoso aquel que tiene su casa a flote y a quien el mar le mece su camarote.
La voz indefinible del fabricante de conservas tuvo el honor de unirse al eterno concierto de los mares, como uno de tantos ruidos de olas que chocan o piedras que se arrastran. El viento no quiso encargarse de llevarla a veinte varas de distancia siquiera.
Las falúas al resbalar sobre la espalda turgente de las olas subían y bajaban con movimiento blando y perezoso, que agradó en un principio a los pasajeros. Se dejaban columpiar dulcemente; cerraban los ojos con sonrisa voluptuosa y feliz, entregándose de nuevo a los sueños vagos y poéticos que la brisa del mar despertaba en su mente. ¡Quién había de decir, ¡ay!, que los que tan gratamente soñaban y se mecían en un mundo risueño de fantasmas vaporosos y doradas ilusiones se habían de ver a los pocos minutos con la cabeza tristemente inclinada sobre el mar, el cuello apoyado en el carel como si fuese un tajo, el rostro lívido y los ojos fijos en el agua, cual si tratasen de escrutar los arcanos del océano! ¡Oh terrible instabilidad de las cosas humanas!
¿Pero qué pasaba en la falúa de la Sanidad para que diese la vuelta y se apartase de sus compañeras? Un suceso imprevisto y muy enojoso ciertamente. A Isidorito le había hecho daño el almuerzo. Al poco rato de salir del Moral empezó a quedarse pálido y silencioso, sin que nadie lo echase de ver, hasta que la palidez subió tanto de punto que realmente parecía un cadáver. Entonces se creyó que era mareo y le mandaron meter los dedos en la boca; pero el fiscal municipal, harto bien al corriente de la tragedia que en aquel momento se representaba en su estómago, no quiso hacerlo y suplicó humildemente que si era posible diesen la vuelta y lo dejasen en tierra. Todos quedaron estupefactos ante aquella proposición, y la falúa prosiguió su rauda marcha, como si no la hubiese oído. Mas al cabo de un rato, Isidorito la formuló de un modo más enérgico y los marineros se vieron precisados a contestar que, aunque no imposible, el tocar en tierra otra vez les haría perder una hora de tiempo. Pasó otro rato. Isidorito se levantó de improviso con el rostro desencajado y extendiendo su diestra hacia la tierra, exclamó con voz poderosa y angustiada:--¡Vuelta, vuelta por Dios, o me arrojo al agua!--Entonces la falúa, no queriendo ser cómplice de un suicidio, giró sobre sí misma, dejó caer la vela, y echando los remos al agua, comenzó a caminar lo más velozmente que pudo al punto más cercano de la costa. Hay datos, no obstante, para creer que el distinguido jurisconsulto no llegó a tierra con suficiente oportunidad. La señorita de Mory se creyó bastante vengada de las muchas molestias que su inflexible lógica le había ocasionado.
X
SIGUE LA EXCURSIÓN
En tanto el océano, indiferente a las risas y a las angustias de aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el incendio del sol en toda su intensidad, gozando este placer augusto con el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del universo.
Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaban al término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por fin, no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron subir por estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, para encontrarse al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este nombre. Era un islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad de don Mariano de Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en cuando y traer de allá todos los años algunos centenares de huevos de gaviota. Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte vestida de tojo, donde las liebres y los conejos tenían su guarida. Por casi todos lados ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la batía incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades de las rocas que la circundaban. Don Mariano había edificado en el centro una casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a poco algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien amueblada y circuída de un jardincito donde crecían de mala gana algunos árboles de adorno.
Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual. Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo estuvo arreglado, don Mariano lo notificó por medio de sus criados, y unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó sentar a tanta gente; pero al fin se consiguió gracias a la actividad del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.