Marta y María: novela de costumbres
Part 12
Marta calló y siguió su tarea poniendo en torno de la rosa y apoyados en las hojas de malva tres _pensamientos_ obscuros. Ricardo había cambiado también un poco desde la última vez que le vimos. Su rostro estaba levemente descaecido, y a la ordinaria expresión de alegría había sucedido otra como de fatiga, que a veces rayaba en triste y amarga. Indudablemente no había sido muy feliz en los últimos meses. Ya sabemos que no tenía motivos para serlo. La perpetua lucha que necesitaba sostener con los escrúpulos de María y el desvío sincero o fingido que observaba en ella constituían un disgusto sordo y continuado que le amargaba la existencia. Los breves ratos en que conseguía hablar con su adorada, en vez de dedicarlos a las dulces expansiones del amor, se pasaban ordinariamente en reyertas y reconvenciones o cuando menos en largos discursos suasorios de la una y la otra parte; Ricardo convenciendo a María de que sus prácticas piadosas eran una exageración incompatible con la naturaleza humana; María tratando de persuadir a Ricardo a que abandonase las frivolidades del mundo y emprendiese el camino de la virtud, que es el de la salvación.
Después que hubo contemplado silenciosamente por un momento la obra de Marta, le preguntó:
--¿Para quién es ese ramo?
--Para María, que quiere empezar esta tarde sus flores a la Virgen. Me ha pedido que le hiciese dos y ya tengo uno en casa.
Un relámpago de alegría pasó por los ojos del joven al oír el nombre de su amada y empezó a interesarse en el arreglo del ramillete. Marta notó perfectamente la alegría y el interés de su futuro hermano.
Entre los tres _pensamientos_ colocó tres claveles, uno rojo, otro de color de rosa y otro blanco. Después tomó algunas hojas de almoraduj y rosal, y ciñó con ellas el naciente ramo. En seguida colocó alrededor una faja de margaritas alternando los colores: encarnada, blanca, azul y jaspeada.
--Ahora debes poner más claveles--apuntó Ricardo con la osadía del ignorante.
--Cállate, Ricardo; no sabes lo que dices... Ahora se pone un relleno de almoraduj y malva para que las margaritas tengan donde apoyarse... Es necesario que las flores vayan sueltas y no se toquen unas a otras para que cada cual conserve su forma dentro del ramo... ¿Lo ves?... Ahora ya puede agregarse una faja de rosas sin temor de chafar las margaritas, una blanca, otra encarnada..., una blanca..., otra encarnada... Basta...
El hilo daba vueltas entre sus dedos, apretando suavemente las flores. El ramillete iba tomando una forma piramidal bien proporcionada. Ricardo, al dirigir la vista al cestillo, vio unos geranios de color rojo extremadamente vivo y exclamó:
--¡Oh qué geranios tan hermosos!... Este color tan vivo debe convenirte muy bien, Martita... Ponte uno en el pelo...
La niña, sin hacerse de rogar, cogió el que le presentaba y se lo colocó entre sus negros cabellos por encima de la oreja. Esta combinación tan vulgar de lo negro con lo encarnado que todas las niñas conocen se manifestó más armoniosa que otras veces por la intensidad excepcional tanto de lo obscuro como de lo rojo. El geranio, al trasladarse a aquel sitio, pareció haber cumplido su destino en la tierra, brillando más hermoso y satisfecho que nunca.
Ricardo contempló la cabeza de Marta con verdadera admiración, mientras por los labios y los ojos de ésta vagaba una inocente sonrisa de triunfo.
En torno de las rosas colocó en vez del relleno verde de almoraduj y malva otro de alelíes blancos y morados y en seguida una faja de geranios de todos colores, combinándolos graciosamente. Estaba hecho el ramillete. Para cerrarlo cogió algunos puñados de tomillo y los fue agregando a fin de que le sirviesen de apoyo. Las flores todas, artísticamente combinadas, aparecían sueltas, ostentando cada cual su propia forma perfectamente unidas al todo.
Marta levantó el ramo en alto, diciendo con orgullo infantil:
--¿No está bien?..., ¿no está bien?
--¡Admirable!..., ¡admirable!--prorrumpió Ricardo, y en el colmo del entusiasmo tomó el ramo, le dio una porción de vueltas y poniéndolo después en el cestillo cogió una mano de la niña y se la llevó a los labios.
Marta se puso tan encarnada como el geranio que llevaba en el pelo y la retiró velozmente. Ricardo, mirándola con sonrisa burlona, le dijo:
--¿Qué es eso, señorita? ¿Qué es eso? ¿Se avergüenza usted ya de que le besen una mano cuando no hace todavía cuatro meses que la besábamos todos en la mejilla?... No paso por ello... De ningún modo paso por ello...
Y tomándole a la fuerza las dos manos empezó a repartir besos en ellas a toda prisa sin darse punto de descanso hasta que creyó percibir algo raro sobre su cabeza y la levantó. Marta estaba llorando. La sorpresa del joven fue tan grande que soltó las manos sin decir palabra. La niña se tapó con ellas la cara y comenzó a sollozar con vivo sentimiento.
--Martita, ¿qué te pasa?... ¿Qué tienes?--le preguntó todo asustado, bajándose para verle el rostro.
--Nada, nada..., déjame.
--¿Pero por qué lloras?... ¿Te he lastimado?... ¿Te he ofendido?...
--No, no..., déjame, Ricardo..., déjame, por Dios.
Y levantándose del banco echó a correr en dirección de la casa, limpiándose los ojos. Ricardo la vio alejarse, cada vez más sorprendido, y permaneció algún tiempo en el banco tratando inútilmente de explicarse la conducta de la niña. Después se levantó y comenzó a pasear por la huerta. Al cabo de un rato se había olvidado enteramente del llanto de Marta. Otras memorias más punzantes vinieron a turbarle el ánimo y a embeber su atención. Una hora lo menos pasó dando vueltas por el parque meditando en ellas, cuando al cruzar por delante del banco donde estuviera sentado con la niña se fijó en que el ramo de ésta aun permanecía dentro del cesto, como lo había dejado, y ocurriéndosele que no estaba bien allí quiso llevarlo a casa. A la primera sirvienta con quien tropezó le preguntó dónde se hallaba la señorita.
--Me parece que debe de estar en la habitación de la señora.
Se encaminó hacia allá. A la puerta misma del cuarto de doña Gertrudis encontró a Marta, que salía de evacuar sin duda algún encargo de su madre. La niña, que aun llevaba el geranio rojo en el pelo, así que le vio dirigiole una sonrisa dulce, con señales de hallarse avergonzada.
--¿Estás enfadada todavía, Martita?--le preguntó en voz baja.
--Nunca lo estuve, Ricardo.
--¿Y aquel lloriqueo?...
--No sé yo misma lo que ha sido... Hace algunos días que no me encuentro bien... y sin saber por qué se me sueltan las lágrimas...
--Pues lo celebro en el alma, preciosa. No puedes figurarte lo que sentía haberte disgustado.
--¡Bah!...
--¡Y con qué sentimiento llorabas!... Creí que te pasaba algo grave de veras... ¿Has tenido algún disgusto hoy?
--No, no, no he tenido nada. Vuelvo en seguida... Hasta ahora.
El marqués de Peñalta entró en el cuarto de doña Gertrudis, donde se hallaban a la sazón conversando don Mariano y don Máximo, que no manifestaban de modo alguno en su rostro la zozobra angustiosa, la palidez y el espanto de los que presencian la agonía de un moribundo; lo cual irritaba de tal manera a doña Gertrudis, que casi se hubiera alegrado de morir en aquel momento sólo por darles un susto. Estaba, como siempre, arrellanada en su butaca, tapadas las piernas y los pies con una magnífica piel de cabra selvática, repartiendo miradas de amarga desolación entre el cielo raso y una copa de leche que tenía en la mano. De vez en cuando la acercaba a los labios y tragaba parte de su contenido alzando en seguida los ojos y exclamando interiormente: «¡Dios mío, que pase de mí este cáliz!» Tal vez que otra posábalos también con inefable serenidad en sus verdugos, expresándoles de una manera conmovedora que si Dios les perdonaba su crueldad, ella, por su parte, no tenía inconveniente en otorgarles un amplio y generoso perdón; aunque mucho dudaba que el Supremo Hacedor se lo concediera.
Ricardo fue a sentarse cerca de los verdugos sin ceremonia alguna, porque ya había tenido ocasión aquella mañana de disertar profundamente una buena hora sobre los nervios de doña Gertrudis. Ésta, haciéndose cargo de que quien alterna con delincuentes está muy expuesto a caer en el crimen, le comprendió de antemano en la omnímoda y liberal amnistía que tenía decretada a favor de sus malhechores.
--Yo no consentiría ni periódicos facciosos como _La Tradición_, ni autoridades que no obedeciesen puntual e incondicionalmente al Gobierno, don Máximo.
--Estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto; aun nos encontramos en un período de lucha y es menester apelar a procedimientos excepcionales. Pero no me negará usted que bajo un régimen normal, la libertad...
--¡Qué libertad ni qué calabazas!... Libertad para trabajar..., ésa es la única que nos hace falta... Caminos, puentes, fábricas, saneamientos de terrenos, ferrocarriles y puertos; eso es lo que pide nuestra desgraciada nación... La libertad que ustedes los progresistas ambicionan es la libertad de morirse de hambre... Cuando considero que si no hubiera sido por la _Gloriosa_ nuestro ferrocarril estaría ya a punto de terminarse, me acomete tal desesperación...
--Esto no es más que un sacudimiento pasajero, don Mariano... ¡Ya verá usted qué pronto luce el iris de paz!
--Sí, sí..., ¡ya escampa!... ¿Ha leído usted el artículo de entrada de _La Tradición_? (_La Tradición_ era un periódico que se publicaba en Nieva los jueves.) Pues cuando lo lea ya verá usted qué arcos iris nos preparan los partidarios del altar y del trono...
--¿Está muy fuerte?
--Poca cosa... Dice que todos los buenos católicos deben empuñar las armas, para exterminar la caterva de impíos y desalmados que hoy nos gobiernan...
En aquel momento entraba Marta en el gabinete. Al pasar por delante de Ricardo, éste la cogió de una mano y la obligó a sentarse sobre sus rodillas, haciéndole una muda caricia con los ojos, sin dejar de atender a la conversación. La niña se sentó sin resistencia y escuchó también en silencio.
--¿Pero de veras dice eso?--preguntó don Máximo.
--¡Y tan de veras!... Léalo usted y se edificará... Para mí, los carlistas de acá están meditando y aun fraguando algún golpe de mano. El comandante general descuida demasiado esta región y distrae todas las fuerzas en perseguir las partidas de la montaña... La Fábrica necesita siempre una fuerte guarnición por lo que pueda acaecer... ¡Pues apenas es presa codiciada por ellos!...
--Yo no creo que se atrevan nunca a intentar nada por ese lado. Y si no que lo diga el marqués...
Ricardo no oyó bien las últimas palabras de don Máximo porque estaba saludando con sonrisa apasionada a María, que entraba a la sazón. Después que se hubo sentado cerca de doña Gertrudis y cambiado con él algunas miradas, fue cuando se acordó de la pregunta que le dirigían.
--¿Qué decía usted, don Máximo?
--Que yo no creo que los carlistas intenten nada contra la Fábrica... Sería una empresa ridícula.
--¡Oh!, no tanto..., no tanto como usted se figura, don Máximo... Hoy por hoy con la escasa guarnición que tenemos no sería un imposible ni mucho menos el sorprenderla... ¡Cuántas veces he pensado, haciendo la guardia de noche, que treinta hombres decididos me podían poner en un apuro!... Si lograsen entrar, la cosa estaba resuelta, bien pueden ustedes creerlo...
--¿Lo oye usted, hombre inconvencible, lo oye usted?... Ya verá usted cómo nos hemos de acordar de Santa Bárbara después que caigan rayos y centellas... Pero escucha una cosa, Ricardo, ¿por qué no aprovecháis para la defensa de la Fábrica los últimos adelantos que se han hecho en la luz eléctrica?
--¿Cómo?
--A mí se me figura que colocando en distintos parajes de ella unos cuantos focos de luz eléctrica que el oficial de guardia pudiese encender con sólo apretar un botón, se podría evitar muy bien el peligro de una sorpresa; y si al mismo tiempo se colgasen una buena cantidad de campanas poderosas, movidas igualmente por la electricidad, que produjesen alarma instantánea en la población y despertasen a los obreros, que por lo común viven cerca... Martita, ¿qué tienes?--exclamó de improviso cortando el hilo del discurso.
Todos acudieron a ella. La niña, que continuaba sentada sobre las rodillas de Ricardo, se había ido poniendo pálida sin que nadie se hiciese cargo. Cuando don Mariano se fijó en ella, casualmente, estaba blanca como el papel.
--¿Qué te pasa, hija mía?
--¿Qué tienes, Martita?
--Me siento un poco mal. Dadme un vaso de agua. María corrió por ella. Don Máximo le tomó el pulso y dijo:
--No es más que un amago de vahído, que se cortará con el agua.
En efecto, después que la bebió y se hubo sentado en el sofá empezó a serenarse, y a los pocos minutos ya estaba completamente bien. Siguió la conversación.
IX
EXCURSIÓN AL MORAL Y A LA ISLA
Quince días por lo menos se habló de la excursión al Moral y a la Isla. Durante el invierno las jóvenes tertulianas de la casa de Elorza habían querido formar un capital, con los productos de la aduana y lotería, destinado a sufragar los gastos. Don Mariano las dejó formarlo, sonriendo bellacamente cada vez que le participaban el estado de la caja. Mas cuando llegó la época fijada para la excursión, a presencia de toda la tertulia tomó el puñado de plata del cajoncito donde se guardaba y se lo entregó al cura de Nieva para que lo repartiese entre los feligreses que más lo necesitaran.
--¿Pues qué--exclamó el noble caballero al mismo tiempo--; no es cien veces mejor dedicar este dinero a matar el hambre en algunos pobres, que a un pasatiempo frívolo y excusado?
--Es cierto, es cierto--dijeron las niñas poniendo una cara que no hacía, en verdad, recordar las puras satisfacciones de la virtud y las alegrías del justo.
Aquella noche se habló, se cantó y se bailó poco en la tertulia de Elorza. La virtud, severa por naturaleza, no gusta de manifestaciones ruidosas. Muchachos y muchachas expresaban la íntima y pura satisfacción que aquel sacrificio les había inspirado con una inefable serenidad que los tenía mudos y quietos la mayor parte del tiempo, cual si meditasen profundamente sobre algún texto del Evangelio.
Grande, pues, debió ser el disgusto que sintieron todos cuando don Mariano les dijo a última hora:
--Señoras y señores: el jueves, a las ocho de la mañana, agradecería a ustedes en el alma que diesen una vuelta por el muelle convenientemente provistos de sombrero, quitasol, abrigo, etcétera. Nada más fácil que a esa hora los marineros de mi falúa se empeñen en llevarnos al Moral, y como ustedes comprenden no sería cortés el desairarlos.
La tertulia deploró esta determinación que la privaba de sacrificarse por la fraternidad universal, con risa inextinguible, voces y movimientos desordenados:--«¡Qué don Mariano éste!--¡Siempre ha de tener esas bromas!--El jueves, el jueves, ¿qué tengo yo que hacer el jueves? ¡Ah, me parece que nada!--¿Llevaremos el impermeable? Yo creo que basta con el abrigo, etcétera.»
Y en efecto, el jueves a las ocho de la mañana, la falúa de don Mariano y la de la Sanidad, limpias y aderezadas como dos muchachas en día de romería, aguardaban impacientes a la gente cabeceando una al lado de otra en el atracadero del muelle. Cuatro marineros daban la última mano en cada una al arreglo del aparejo, dirigiendo de vez en cuando miradas escrutadoras ora a la ría, bien a las calles que desembocaban en el muelle. Los señores no aparecían y la marea ya había bajado dos pies y medio. Alguno de los marineros expresaba sus impresiones desagradables por la tardanza con un rugido no bastante _fashionable_. Últimamente apareció un grupo abigarrado de damas y caballeros, donde predominaban los sombreros de paja y las manteletas encarnadas, y el viejo lobo marino que acababa de jurar como un carretero, blasfemó otra vez de puro satisfecho y colocó una tabla entre el atracadero y la falúa para que pasase la gente. El primero que saltó fue don Mariano. La falúa se inclinó blandamente sobre un costado al recibir el peso de su amo, como si le hiciese una reverencia cariñosa. Las niñas todas, incluyendo por supuesto a las señoritas de Delgado, fueron saltando después, apoyadas en la atlética mano de don Mariano; los caballeros las siguieron. Una vez llena la primera falúa, pasose a cargar la segunda, que a su vez no tardó también en llenarse. En la primera iban, entre otras personas distinguidas, las dos señoritas de Delgado con su hermana la viuda, que iba autorizándolas con su presencia; las de Merino con su hermano Bonifacio, el más complaciente de todos los hermanos; tres o cuatro oficiales de la Fábrica, don Mariano, don Máximo, Martita y Ricardo. María no iba por impedírselo el hábito que había ofrecido con voto de no asistir a ninguna fiesta. Tampoco los achaques de doña Gertrudis la dejaban tomar parte en la excursión. En la segunda se hallaba ya bien acomodada nuestra amiga, la simpática y vivaracha señorita de Mory, escrutada de cerca por los ojos saltones del ilustrado Isidorito. También pudimos distinguir entre otras una jovencita muy linda llamada Rosario, con quien el pollo que está a su lado no había podido bailar la noche del sarao de Elorza a causa de la guerra que el pianista tenía declarada a las mazurcas. Los marineros iban ya a zafar los cables para emprender la marcha, cuando de una de las falúas salió una voz preguntando:
--¿Y las de Ciudad?
Faltaban las de Ciudad. Don Mariano y el médico de la Sanidad quedaron consternados al oír este nombre que envolvía un guarismo tan respetable. Antes de que pudieran salir de su consternación ya habían aparecido por una de las bocacalles del muelle las seis señoritas acompañadas por su papá, su mamá, el ingeniero Suárez y dos hermanitos de menor edad. En las falúas ya era imposible acomodar tanta gente: fue necesario buscar otra y tripularla con los primeros marineros que se hallaron, entre lo cual se perdió un tiempo precioso. Mas al fin, como todo se arregla en este mundo menos la muerte, las señoritas de Ciudad con sus adyacentes quedaron bien empaquetadas en una embarcación destinada a la pesca, y el patrón de la Sanidad pudo dar señal de marcha. Los doce remos de las falúas empezaron a caer acompasadamente en el agua con chapoteo lánguido, como brazos que se esperezan.
La superficie de la ría estaba tersa, inmóvil y brillante, como la de un espejo: la luz proyectaba sobre ella algunas extensas manchas argentadas hacia el centro y otras obscuras en los bordes. El cielo se presentaba velado por un levísimo toldo de nubes que hacían soberbia competencia a los quitasoles y sombreros de las señoras. Sólo una tenue brisa cargada con los acres olores de los pinos de la orilla venía a besar tímidamente la espalda turgente de las aguas y los cuellos no menos turgentes y frescos de las señoras. No era todavía una brisa legítimamente marinera sino mestiza, con las cualidades de mar y tierra.
Los remos cobraron al fin toda su agilidad y removieron airados con sus palmas el cristal de las aguas, produciendo en ellas remolinos fugaces y espumosos. Todos los semblantes expresaban la cándida alegría que comunica el movimiento y el espectáculo siempre nuevo y hermoso de la naturaleza. Las jóvenes inclinadas sobre el carel de la embarcación sumergían con deleite las manos en el agua, dejándola deslizarse con ruido entre sus blancos dedos ceñidos de sortijas, charlaban, gritaban, reían y se apostrofaban de una embarcación a otra. Los muchachos les salpicaban el rostro con los bastones y se inclinaban de repente sobre un costado para asustarlas, complaciéndose grandemente con sus gritos desesperados. Todo era ruido y algazara en la diminuta escuadrilla. Según avanzaba hacia El Moral, las cualidades marineras de la brisa fueron sobrepujando a las terrestres: se hizo más intensa, llegando hasta soplar con violencia en algunos parajes, cuando las falúas pasaban frente a alguna cañada formada por las colinas o lomas que cerraban la cuenca de la ría. Las cintas de los sombreros, los gallardetes de los palos de popa, los pañuelos y las corbatas comenzaron a tremolar vivamente. Los viajeros sintieron el dulce ensordecimiento que produce el viento agudo del mar, nutrido de sales. Algunos pajaritos acuáticos de poca importancia salieron de una de las orillas y pasaron volando sobre las falúas, lo cual fue causa para que don Serapio, en un rapto de entusiasmo marítimo, se pusiese en pie sobre la popa y agarrado al palo de la bandera entonase como un energúmeno la canción que empieza:
_Al ver en la inmensa llanura del mar Las aves marinas con rumbo hacia acá, siguiendo envidioso su vuelo fugaz,_ etcétera.
Si la ría pudiera ruborizarse no dejaría de hacerlo al oírse calificar tan hiperbólicamente de _inmensa llanura_, si no es que creyéndolo broma de mal género lo echase a mala parte y se enojase seriamente. De todos modos, el viento se encargó de vengarla arrebatando de improviso el sombrero del inspirado cantante y cortando el arroyuelo, por no decir el torrente, de su voz. La falúa que venía detrás lo recogió y lo entregó muy bien remojadito a su dueño, que no manifestó deseos por el momento de seguir apostrofando a las aves marinas.
La escuadrilla continuaba acercándose al puñado de casas de El Moral, que distaban de Nieva legua y media próximamente. La villa se iba alejando cada vez más de nuestros viajeros, ofreciendo a sus ojos un espectáculo hermoso. Estaba asentada en la misma falda de una montaña no muy elevada, guarnecida por todos lados de huertas frondosas y bosques de laurel y naranjo. Su blanco caserío parecía colocado en tal sitio por una mano de artista amiga de combinar los recursos de la naturaleza para producir la emoción estética, como diría un revistero de teatros. La blancura deslumbrante de la villa resaltaba sobre el verde obscuro de la montaña como un gran pedazo de nieve desprendido de la cúspide. La sábana argentada de la ría extendiéndose a sus pies esperaba inmóvil y sumisa que viniera a caer en su seno. Las suaves colinas vestidas de pinos que bordeaban las orillas y que nuestros viajeros iban dejando atrás una en pos de otra semejaban lomos erizados de animales monstruosos y fantásticos.
Las conversaciones de falúa a falúa fueron cesando. Las embarcaciones recobraron su autonomía viviendo para sí. Oigamos algo de lo que se charlaba en ellas.