Marta y María: novela de costumbres

Part 11

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Sabía, no obstante, que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén repetíase diariamente en un sentido místico; que el divino Señor gozaba más entrando en el alma de sus escogidos que en la ingrata hija de Sión; que el amor era poderoso contra el dueño absoluto de todas las cosas y tenía placer en entregarse a quien se lo profesaba. Mas para ello era necesario amarle mucho, amarle de tal modo que se prefiriesen los dolores y tormentos venidos de su mano a los deleites más exquisitos de la tierra, amarle hasta desfallecer y morir en su presencia y caer rendida a sus pies bajo el imperio de su mirada; era necesario pasar largas horas buscándole en las profundidades del cielo, en el sosiego de la tarde, en la hermosura de las flores, de los pájaros y de todas las criaturas, al lado de los moribundos, en el centro de los dolores y penitencias; era necesario dejar correr las horas en extática oración, sintiendo resbalar las lágrimas y quemar las mejillas; era necesario obedecer a todos, ser la sierva humilde de todos, despegarse de todo lo criado, hasta de sus mismos padres, y aborrecerse a sí misma para ser la amada de Jesús. ¡Así, así le amaba ella! ¡Cuántas horas del día y de la noche había pasado pensando en Él! ¡Cuántas lágrimas había derramado por su causa! ¡Cuántas veces en el silencio de la noche había salido su alma _con ansias en amores inflamada_ como la Esposa del místico Cantar, en busca del Dueño de su corazón! Y cuando de esta manera le buscaba ardiendo en amoroso deseo, nunca dejaba de hallarle. En cierta ocasión, habiendo pasado todo el día curando a los enfermos del hospital, a la hora de acostarse sintió tan gran placer en su alma y en su cuerpo, que faltó poco para que se desmayase. Humillándose delante de alguno también percibía un dejo exquisito. Macerando su cuerpo con áspera disciplina, había sentido más deleite que jamás le había proporcionado el mundo con sus desabridos placeres. De esta suerte Jesús le empezaba a pagar subidamente el amor que le profesaba, transformando para ella en regalo lo que para otros era dolor y penitencia.

Esta última consideración penetró tan agudamente en su espíritu, que la hizo prorrumpir en un sinfín de gracias y bendiciones, que permanecieron encerradas en el corazón sin brotar a los labios. Sus labios estaban mudos, inmóviles como los de la esfinge, sin osar reproducir por medio de sonidos los inefables pensamientos que cruzaban por su mente. Escuchaba dentro de sí mil voces suaves que le hablaban, pero sin comprender lo que decían: sentíase suspendida por unos delicados brazos, que sin cesar la acariciaban y advertía cerca, aunque sin verla, como la presencia de un ser sobrenatural que la consolaba con su aliento. Entonces se persuadió de un modo repentino a que el Señor la amaba. Vio claramente con los ojos del espíritu que el esposo acudía ya a la voz de la esposa y no deseaba más que unirse a ella para enriquecerla y regalarla eternamente. Ya estaba cerca: lo sentía a su lado y se deshacía en ansias de verle; pero Él no se mostraba, no acababa de rendirse a sus tiernas y amorosas súplicas. Como el que muestra una golosina a un niño y se la oculta, y de nuevo se la enseña y torna a ocultársela para encenderle más el apetito, así el divino Esposo la tenía suspensa y embelesada, irritando más y más su deseo. La apasionada estrofa de San Juan de la Cruz acudió a su memoria:

¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero, No quieras enviarme De hoy ya más mensajero, Que no saben decirme lo que quiero.

Y mil veces la estuvo repitiendo en su interior con una sublime congoja en que le parecía que el alma quería salírsele por la boca. Pero su boca seguía muda. Quería gritar, romper en alabanzas de Jesús, desahogar los ímpetus fervorosos de su pecho, y no le era posible. Sentía una extraña opresión que la mataba con una muerte celestial que no trocara por cien vidas.

Un deseo punzante, ansioso, irresistible se apoderó súbito de su corazón. Jesús, el Rey de las almas, había otorgado a alguna favores que espantaban por los grandes e incomprensibles. A Santa Isabel, después de sus prodigiosos actos de caridad y penitencia, se le había aparecido y le dijo: «Isabel, si tú quieres ser mía, yo quiero ser tuyo también, y nunca separarme de ti». A Santa Catalina de Siena la venía frecuentemente a consolar a su celda, platicaba y paseaba con ella y muchas veces la ayudaba a rezar sus oraciones. A Santa Teresa la tomaba entre sus brazos, sin que pudiese desprenderse y la acariciaba y la besaba. ¡Si ella lograse un regalo parecido! Apenas nació en su mente este pensamiento atrevido se espantó de él y sintió tanta vergüenza que de buen grado se hubiera ocultado debajo de la tierra. ¡Oh, no, Dios mío! ¡Quién era ella para recibir una gracia semejante, otorgada solamente a las mártires de la caridad y a las seráficas vírgenes que brillan en el cielo como claros luceros! ¡Perdón, Jesús mío, perdón!

Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espíritu y continuó persiguiéndola sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo. Ella no era digna de tanta gloria, bien lo sabía, pero su deseo era hijo del amor que el divino Jesús le había infundido en el pecho; de suerte que no era ella, sino el mismo Jesús el autor de este deseo. Si no la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgar favores tan gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabeza idea tan disparatada. No, no pedía tanta gracia, tanto consuelo; le bastaba con lo que Jesús se dignase darle, con algunas migajitas de su amor inmortal. Se consideraría la más dichosa de las vírgenes del cielo si al cabo de largos años de oración y penitencia, de amarguras y tribulaciones, Jesús le consintiera poner los labios una sola vez en su divino rostro. ¿Oh Jesús mío, será pecado el pedir esto? ¿Podrá merecer jamás esta ruin criatura un gozo tan infinito?

Alzó los ojos. Jesús, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombras reflejando la última y triste claridad de la ventana, y su luenga túnica de infinitos pliegues, extendía las manos hacia ella, clavándole al mismo tiempo una mirada dulce y profunda. Corrió por sus venas una sensación de frío cual si se sintiera próxima a la muerte; pero al instante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar por todos los poros del cuerpo. Comprendía vagamente que se estaba efectuando un adorable misterio a su vista, y un santo temor la sobrecogió. El gabinete estaba envuelto en la sombra: las ventanas parecían grandes ojos opacos que miraban por sus muros. Un enternecimiento suave y lánguido apoderose de su ser y la inundó de felicidad. Desapareció el temor. Entraba en ella la certidumbre de ser querida por Jesús, de ser la amada de un Dios. La ternura, la admiración, la dicha rebosaban de su pecho y ya no pudo apartar los ojos de los del Señor, bebiendo en ellos el misterio e inefable deleite de la gloria.

El mismo deseo se presentó de nuevo en su mente. Esta vez lo formuló con palabras, cuyo aliento cálido resbaló por sus manos cruzadas delante de la boca.

--Jesús mío, ¿permitiréis a vuestra sierva poner los labios en vuestra divina persona?

Jesús se inclinó aún más. María sintió que los cabellos se le erizaban y el corazón quería salírsele del pecho. Jesús había hablado. Su voz penetró como una música en el alma de la joven, que se creyó muerta y trasladada al cielo.

Jesús había dicho:

--_Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven._

--¡Señor, yo no soy digna!--exclamó María con un grito de angustia y de dicha a la vez.

Jesús volvió a decir:

--_Toda eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha._

--¡Jesús mío, os amo sobre todas las cosas!

--_Paloma mía, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso_--replicó Jesús inclinándose todavía más.

Entonces la joven, arrebatada de gloria y entusiasmo, se abrazó a las rodillas del Señor y las inundó de lágrimas, diciendo entre sollozos, como la esposa del texto sagrado:

--_Mi alma se ha derretido cuando habló mi amado._

Y poco a poco sus brazos, anudados al cuerpo de Jesús, fueron subiendo hasta estrecharle el cuello. Faltole el aliento y sintió escapar su memoria, su imaginación y todas sus potencias, perdiéndose en una alegría inmensa y ansiosa, donde todo el ser se bañaba como en un éter purísimo. Acercó el rostro al del Señor; tocó con sus mejillas las del Amado, posó los labios en la blancura de su frente, en el fulgor de sus ojos, en el coral de sus labios.

Y en la sala de la torre, silenciosa, hundida en las tinieblas, sonó por largo tiempo un ruido de sollozos y besos comprimidos. Al cabo, un cuerpo humano, el cuerpo de la señorita de Elorza, privado de sentido, rodó pesadamente por el suelo. Genoveva, al entrar con luz, después de un rato, todavía la halló desmayada, con los ojos abiertos e inmóviles, reflejando en su rostro una celestial alegría.

VIII

COMO USTEDES GUSTEN

Llegó la primavera. Los vientos del N. E., a modo de escoba gigantesca manejada por la mano de algún dios aficionado a la limpieza, barrían a menudo el polvo y la ceniza del firmamento. Los marineros que salían de madrugada a la pesca, al poner el pie en el muelle veían muchas veces un gran pedazo de cielo azul sobre las casas lejanas del Moral, que se iba extendiendo lentamente hacia los cuatro puntos cardinales, dejando suspensas sobre el horizonte algunas levísimas rayas de niebla de color violeta semejando grandes cejas. La vasta sábana de la ría, en vez de los tristes y metálicos reflejos del invierno, dejaba escapar ahora hermosos destellos azules, y las cáscaras de nuez, llamadas barcos por mal nombre, cabeceaban impacientes en la dársena como otros potros preparados a salir. Mas por las tardes todavía el invierno reivindicaba sus derechos, ora esparciendo sobre la villa y la ría una espesa capa de niebla, que no tardaba en deshacerse en cierzo, ora haciendo correr por el cielo furiosamente negras y colosales nubes que iban a descargar su peso a lo interior. Algunos días no obstante, a la puesta del sol, un soplo de aire tibio llegaba de la parte de tierra, que advertía deliciosamente a los pacíficos habitantes de Nieva de la presencia en aquel partido judicial de la más amable y coqueta de las estaciones. Y este soplo de aire cargado de perfumes, subiendo por la nariz al cerebro de los vecinos más inclinados a la poesía y a las dulces expansiones del corazón, se portaba como enemigo declarado del sosiego de los espíritus femeninos y perturbador de la paz de las familias.

La villa dormía plácidamente como una sultana, recibiendo la caricia halagüeña de este soplo. Sin embargo, debajo de sus techos el sosiego era más aparente que real. Una gran parte del vecindario seguía durmiendo como antes a pierna suelta, pero otra no menos numerosa y estimable, sin saber a qué atribuirlo, despertaba varias veces en el curso de la noche y se pasaba en ocasiones una hora con la luz encendida leyendo los artículos de _El Tiempo_, sin lograr conciliar el sueño. Bebíase gran copia de vasos de agua; soñábanse cincuenta mil disparates, que al recordarlos por la mañana hacían sonreír con enternecimiento a los honrados moradores, y más de uno y más de dos atraparon una fluxión de pecho por habérseles caído la ropa de la cama. Despachábase en las dos boticas del pueblo una cantidad extraordinaria de cebada perlada; algunos rechazaban a la mesa el vino, con sorpresa de sus consortes; y dulcificábase extremadamente el carácter de los señoritos en el trato con las criadas. El librero de la calle de la Industria pedía a Madrid algunas novelas de Paul de Kock por encargo de sus parroquianos, y el profesor de piano hacía análoga reclamación a los editores de música, de varias romanzas sentimentales con títulos apasionados como _Vorrei morir_, _Tutto per te_, _Non posso vivere_ y otras de igual jaez, por empeño de sus discípulas. Las golondrinas comenzaban a instalarse en los corredores, y después de cortejarse unos cuantos días por el aire persiguiéndose con gritos descompasados y partiéndose solas las parejas a los sitios más escondidos de las huertas, sin respeto alguno al _qué dirán_ y a las buenas formas, celebraban sus bodas con la misma grosería, sin consultar la voluntad de los papás, ni suplicar dispensa cuando la necesitaban, ni proclamarse por conducto del párroco, ni encargar _trousseau_ a París, ni recibir un mal juego de café de los parientes, ni pasar papeletas impresas a los amigos y conocidos participando su efectuado enlace, ni siquiera insertar en _La Correspondencia de España_ un suelto diciendo: «Ayer, ante numerosa y escogida concurrencia, en la que figuraba lo más eminente de la nobleza, la política y la literatura, se verificó en casa de la desposada el anunciado matrimonio de la bellísima y distinguida golondrina doña Fulana de Tal con el acaudalado golondrino don Zutano de Cual. Después de servirse un espléndido _buffet_, los novios partieron a su rica posesión de los Robledales, en Aragón». Y quien habla de las golondrinas claro está que se refiere igualmente a toda la caterva de pájaros que habían sentado sus reales tanto en las huertas de Nieva como en los inmensos pinares que bordaban las orillas de su ría.

Entre las personas en quienes la influencia de este soplo primaveral se ejercitaba de un modo más señalado (dejando aparte, por supuesto, a la señorita de Delgado, con quien nadie se atrevería a mantener competencia en materia de sensaciones, sentimientos, emociones y todo lo referente a la vida del corazón) contábase nuestro conocido Manolito López. Su apreciable familia observaba con grata sorpresa, no sólo que el carácter del chico se dulcificaba a ojos vistas, sino también que crecían y se propagaban en él de un modo inusitado la inclinación al aseo y los hábitos de compostura. Esta loable inclinación manifestábase en todas las prendas de vestir que adornaban su persona, pero muy particularmente en el calzado. Un tarro de betún superior cada quince días no era bastante para el consumo de sus botas, gastando mucha parte de la mañana y de sus fuerzas físicas en ponerlas relucientes como un espejo, y aun así no estaba contento. Hubiera necesitado Manolito que el brillo del diamante brasileño y el de todos los de las coronas reales europeas, el de los mares y el de los astros viniera a refugiarse a ellas para quedar enteramente satisfecho. Después de dar la última mano de gato a sus cabellos, Manolito salía siempre en la amable compañía de sus botas charoladas a pasear por delante de la casa de Elorza, y calle arriba, calle abajo, allí se estaba todo el tiempo que le permitían sus ocupaciones y alguna parte también del que le prohibían. Los balcones de la casa permanecían por regla general herméticamente cerrados, pero Manolito, a juzgar por el gracioso contoneo que adoptaba al cruzar por delante, debía de sospechar que unos ojos fijos y enamorados le estaban siempre observando por detrás de las rendijas. Tal vez que otra los balcones se abrían, apareciendo en ellos la figura de Carmen, de Genoveva, de Adela o de algún otro sirviente, que le dirigían miradas no bastantemente respetuosas, atendiendo a la edad (quince años y tres meses) y al carácter de nuestro joven. De raro en raro solía aparecer también la linda cabeza de Marta, que paseaba sus ojos un instante por los contornos de la casa con expresión indiferente; la cual, dicho sea en honor de la verdad, no se trocaba en apasionada y halagüeña a la vista de Manolito, antes bien continuaba de la misma suerte, apagada y severa, como si nuestro joven no tuviese más personalidad que una columna de los soportales, o que el reloj del Ayuntamiento o el letrero del café de la Estrella o cualquiera de los objetos inanimados sobre los que se espaciaban los ojos de la niña. Manolito quedaba algunos momentos turbado, como si hallándose navegando por los mares del Polo viese de improviso llegar hacia él una enorme montaña de hielo, pero no tardaba en reponerse, exclamando para sus adentros: «¡Qué disimulada es esta chica!» Y aunque los balcones se cerrasen inmediatamente con chirrido desdeñoso y permaneciesen tapiados todo el día, Manolito no dejaba de pasear arriba y pasear abajo, atrincherado siempre en su convicción de que por los intersticios de las cortinas unos ojos extáticos y húmedos de amor le clavaban mil saetas apasionadas.

Pero donde la primavera ejercía un imperio más absoluto y hasta despótico (dejando siempre a salvo, por supuesto, el espíritu poético de la señorita de Delgado) era en la huerta de los señores de Elorza. Allí, sin consultar para nada la voluntad de las flexibles mimosas ni de las redondas acacias, ni de las imponentes catalpas, ni la de ningún otro árbol o arbusto, flor o legumbre, por respetable que fuese, comenzó a vestirlos todos de verde, matizando los trajes cuidadosamente, a éste dándole uno obscuro y profundo, a aquél claro y deslumbrante, al otro pálido y amarillento, haciendo con ellos una especie de mascarada risueña y original que lisonjeaba la vista de los que aun persisten en tener afición a las obras de la naturaleza. Sobre este traje brillaban como honoríficas condecoraciones algunas flores, amarillas, blancas, azules o encarnadas, prestas a embalsamar el ambiente con los suaves aromas que guardan en su corazón.

La huerta era extensa, como pocas, dilatándose desde la plaza, donde se alzaba la casa de don Mariano, hasta el muelle, por un lado, y por el otro hasta las últimas casas del pueblo. Y ora porque no fuese muy fácil cuidar esmeradamente tan gran pedazo de tierra, bien porque don Mariano no quisiera, como hombre de gusto, imponer su ley a la naturaleza, estableciendo en su finca un régimen tiránico de tijeras y líneas geométricas, lo cierto es que ofrecía toda ella el vigor desordenado, la exuberancia y la espontaneidad que no suele verse ya sino en las huertas provincianas gobernadas aún por un sistema español amplio y tolerante. Las calles, aunque tiradas a cordel, según prescribía la moda en el tiempo en que se abrieron, estaban ya torcidas, gracias a las invasiones o a las deficiencias de los setos de membrillo, boj y rosal. Los árboles cerraban en muchos parajes estas calles con bóveda espesa, prestándoles un tinte de amable misterio, que digan lo que quieran, es el hechizo mayor de los jardines, y apelamos al testimonio de todas las almas ardientes elevadas, particularmente a la de la señorita de Delgado.

Por detrás de los árboles y al través de los setos se veía algún fauno o sátiro de piedra, deteriorado, con grandes manchas verdes por las espaldas musculosas, arrojando agua por narices y boca; en esta agradable ocupación había pasado toda su vida. Las flores no tenían en el jardín de Elorza los monstruosos privilegios que suelen gozar en los flamantes parques modernos, sino que se habían establecido en un pie de igualdad con las modestas cuanto suculentas legumbres. Al lado de un grupo o _cesto_ de dalias crecía una esparraguera, y a la vista de un magnífico _macizo_ de _cannas índicas_ y _calladium_ prosperaba un bosque de alcachofas y un cuadro de berzas de la Alsacia. En una de las esquinas había un gran tendejón donde yacían hacinados muebles viejos de la casa, algunos coches estropeados, aperos de jardinería, etc., etc. Circundaba toda la huerta una tapia de bastante espesor y elevación por donde trepaban la yedra y la madreselva cautelosamente hasta asomar sus hojas por encima como pilluelos que entrasen a robar fruta y tratasen antes de espiar al jardinero. Sobre uno de los lienzos de la tapia se alzaban los palos de los barcos del muelle, que con sus numerosos cables, enlazándose y cruzándose en todos sentidos, semejaban de lejos arañas monstruosas. Una gran puerta enrejada de hierro ponía en comunicación a la huerta con el muelle.

La hija menor de los dueños de esta huerta se hallaba una mañana en ella cortando flores con las tijeras que pendían de su cintura y colocándolas después con mucha delicadeza en un cestillo de mimbre. Las iba eligiendo de un lado y de otro, parándose a veces a reflexionar delante de algunas, y dejándolas intactas para ir en seguida hacia otras y volver más tarde a las primeras, dando un sinfín de vueltas en todas direcciones con paso vacilante. Se hallaba tan embebida en las profundidades de alguna combinación referente al ramo de jardinería, que se dejaba tostar sin piedad por un magnífico sol iracundo y soberbio, como pocas veces solía estarlo. Desde la última vez que la vimos había experimentado en su figura algún leve cambio, no muy fácil de definir. Acababa de cumplir los catorce años. Su desarrollo físico, siempre exuberante y vigoroso, había dado una sacudida en los últimos tres meses, no estirándola y enflaqueciéndola a la par, como sucede generalmente con las niñas en esta edad, sino acabando de modelarla como un hermoso juguete. Marta iba a quedarse pequeñita. La naturaleza estaba dando los últimos toques a su figura, abultando la línea de su cadera, redondeando sus brazos, hinchando su seno virginal y perfilando la elipse de su rostro, sin acordarse para nada de otorgarle tres dedos más de estatura, que eran los que le hacían falta. Por eso un teniente de caballería andaluz, al hacerle un favor y un disfavor en el juego de prendas, le había dicho recientemente: «--Ez uzté mu bonita, pero ez uzté mu redondita». Y esto había servido para que los amigos de la casa la llamasen festivamente la _redondita_ y la mareasen a la continua con el «ez uzté mu bonita, etcétera». La expresión del rostro continuaba siendo tan plácida, tan grave y dulce como antes. No obstante, sus grandes ojos negros, serenos y límpidos, que, como hemos dicho, ofrecían cierta singular inmovilidad semejante a la de los que padecen de _gota serena_, adquirían un movimiento tan sosegado y tan dulce que una de las señoritas de Ciudad, la misma que la había presentado al ingeniero Suárez, no pudo menos de exclamar la noche anterior:

--¿No repara usted qué mirada tan suave tiene Martita?

--En efecto--repuso el ingeniero--, esa niña parece que acaricia con los ojos cuanto mira.

Al mismo tiempo propendían a quedársele húmedos, lo cual aumentaba aún más su brillo y su ternura. Vestía en aquel momento un traje morado obscuro extremadamente ceñido y plegado al cuerpo, y si bien, a petición suya, se los hacían ya un poco más largos, todavía al bajarse para cortar las flores enseñaba gran parte de unas espléndidas y bien torneadas pantorrillas, que corrían pareja con los brazos de marras.

Después que hubo cortado, a su juicio, las suficientes flores, fue a sentarse en un banco de piedra a la sombra, y poniendo el cesto a su lado y sacando un ovillo de hilo, se dispuso con gran calma a hacer un ramillete. Tomó primero una magnífica rosa blanca de las llamadas de té, le quitó todas las espinas y foliolos y ató en torno suyo una serie de hojas de malva. Al llegar a este punto de la operación apareció Ricardo. Marta levantó la cabeza al oír los pasos y la bajó rápidamente para continuar su obra.

--Te andaba buscando, Martita.

--¿Para?

--Para nada..., para verte... ¿Te parece poco?

--Si no es más, me parece poco, sí.

--¿Acaso no quieres que te vea?

--No digo eso..., pero como no hace aún veinticuatro horas que has estado en casa...

--De todos modos tenía ganas de verte.