Part 13
--No me explico bien. Quiero decir que de qué...
--¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada... sólo sabemos cosas triviales.
--¡Oh!, ¡qué médicos!
--Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.
--¿Esto qué es?
--Parece una meningitis fulminante.
--¿Y qué es eso?
--Cualquier cosa.... ¡La muerte!
--¿Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin enfermedad?... ¿Señor Golfín, qué es esto?
--¿Lo sé yo acaso?
--¿No es usted médico?
--De los ojos, no de las pasiones.
--¡De las pasiones!--exclamó hablando con la moribunda--. Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?
--Pregúntelo usted a su futuro esposo.
Florentina se quedó absorta, estupefacta.
--¡Infeliz!--exclamó con ahogado sollozo--. ¿Puede el dolor moral matar de esta manera?
--Cuando yo la recogí en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre espantosa.
--Pero eso no basta ¡ay!, no basta.
--Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que sí.
--Si parece que ha recibido una puñalada.
--Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto!, lo cual es como un asesinato.
--¡Oh!, ¡qué horroroso misterio.
--No, misterio no--gritó Teodoro con cierto espanto--es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!
--¡Oh!, ¡qué misterio!--repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado de su ánimo.
--Misterio no, no--volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante--es la realidad pura, la desaparición súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos... ¡la muerte!
--Y todo por....
--¡Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en mi cerebro con letras de fuego.
--Todo por unos ojos.... ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?... ¡casi sin dar tiempo a ensayar un remedio!
--No sé--replicó Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando aquel libro humano de caracteres oscuros, en los cuales la vista científica no podía descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la vida.
--¡No sabe!--dijo Florentina con desesperación--. Entonces ¿para qué es médico?
--No sé, no sé, no sé--exclamó Teodoro, golpeándose el cráneo melenudo con su zarpa de león--. Sí, una cosa sé, y es que no sabemos más que fenómenos superficiales. Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más.
Después fijó los suyos con atención profunda en aquello que fluctuaba entre persona y cadáver, y con acento de amargura exclamó:
--¡Alma! ¿qué pasa en ti?
Florentina se echó a llorar.
--¡El alma--murmuró, inclinando su cabeza sobre el pecho--ya ha volado!
--No--dijo Teodoro, tocando a la Nela--. Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.
--¡Dios mío!...--exclamó la de Penáguilas, empezando una oración.
--¡Oh!, ¡desgraciado espíritu!--murmuró Golfín--. Es evidente que estaba muy mal alojado....
Los dos la observaron muy de cerca.
--Sus labios se mueven--gritó Florentina.
--Habla.
Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres palabras.
--¿Qué ha dicho?
--¿Qué ha dicho?
Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.
Después sus labios no se movieron más. Estaban entreabiertos y se veía la fila de blancos dientecillos. Teodoro se inclinó, y besando la frente de la Nela, dijo así con firme acento:
--Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.
Florentina se echó a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:
--Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.
-XXII-
Adiós
¡Cosa rara, inaudita! La Nela que nunca había tenido cama, ni ropa, ni zapatos, ni sustento, ni consideración, ni familia, ni nada propio, ni siquiera nombre, tuvo un magnífico sepulcro que causó no pocas envidias entre los vivos de Socartes. Esta magnificencia póstuma fue la más grande ironía que se ha visto en aquellas tierras calaminíferas. La señorita Florentina, consecuente con sus sentimientos generosos, quiso atenuar la pena de no haber podido socorrer en vida a la Nela, con la satisfacción de honrar sus pobres despojos después de la muerte. Algún positivista empedernido, criticona por esto; pero nosotros vemos en tan desusado hecho una prueba más de la delicadeza de su alma.
Cuando la enterraron, los curiosos que fueron a verla ¡esto sí que es inaudito y raro! la encontraron casi bonita; al menos así lo decían. Fue la única vez que recibió adulaciones.
Los funerales se celebraron con pompa, y los clérigos de Villamojada abrieron tamaña boca al ver que se les daba dinero por echar responsos a la hija de la Canela. Era estupendo, fenomenal que un ser cuya importancia social había sido casi semejante a la de los insectos, fuera causa de encender muchas luces, de tender muchos paños y de poner roncos a sochantres y sacristanes. Esto, a fuerza de ser extraño, rayaba en lo chistoso. No se habló de otra cosa en seis meses.
La sorpresa y... dígase de una vez, la indignación de aquellas buenas muchedumbres llegaron a su colmo cuando vieron que por el camino adelante venían dos carros cargados con enormes piezas de piedra blanca y fina. ¡Ah! En el entendimiento de la Señana se verificaba una espantosa confusión de ideas, un verdadero cataclismo intelectual, un caos, al considerar que aquellas piedras blancas y finas eran el sepulcro de la Nela. Si ante la Señana volara un buey o discurriera su marido, ya no le llamaría la atención.
Revolvieron los libros parroquiales de Villamojada, porque era preciso que después de muerta tuviera un nombre fijo la que se había pasado sin él en vida, como lo prueba esta misma historia, donde se la nombra de distintos modos. Hallado aquel requisito indispensable para figurar en los archivos de la muerte, la magnífica piedra sepulcral que se ostentaba orgullosa en medio de las rústicas cruces del cementerio de Aldeacorba tenía grabados estos renglones:
R. I. P. MARÍA MANUELA TÉLLEZ RECLAMOLA EL CIELO EN 12 DE OCTUBRE DE 186...
Una guirnalda de flores primorosamente tallada en el mármol coronaba esta inscripción. Algunos meses después, cuando ya Florentina y Pablo Penáguilas se habían casado y cuando (dígase la verdad, porque la verdad es antes que todo)... cuando nadie en Aldeacorba de Suso se acordaba ya de la Nela, fueron viajando por aquellos países unos extranjeros de esos que llaman _turistas_, y luego que vieron el soberbio túmulo de mármol alzado en el cementerio por la piedad religiosa y el afecto sublime de una ejemplar mujer, se quedaron embobados de admiración, y sin más averiguaciones escribieron en su cartera de apuntes estas observaciones, que con el título de _Sketches from Cantabria_ publicó más tarde un periódico inglés.
«Lo que más sorprende en Aldeacorba es el espléndido sepulcro erigido en el cementerio, sobre la tumba de una ilustre joven, célebre en aquel país por su hermosura. _Doña Mariquita Manuela Téllez_ perteneció a una de las familias más nobles y acaudaladas de Cantabria, la familia de Téllez Girón y de Trastamara. De un carácter _espiritual_, poético y algo caprichoso, tuvo el antojo (_take a fancy_) de andar por los caminos tocando la guitarra y cantando odas de Calderón, y se vestía de andrajos para confundirse con la turba de mendigos, buscones, _trovadores_, toreros, frailes, hidalgos, gitanos y _muleteros_, que en las _kermesas_ forman esa abigarrada plebe española que subsiste y subsistirá siempre, independiente y pintoresca, a pesar de los _rails_ y de los periódicos que han empezado a introducirse en la península occidental. El _abad_ de Villamojada lloraba hablándonos de los caprichos, de las virtudes y de la belleza de la aristocrática ricahembra, la cual sabía presentarse en los saraos, fiestas y _cañas_ de Madrid con el porte (_deportment_) más aristocrático. Es incalculable el número de bellos _romanceros_, sonetos y madrigales compuestos en honor de esta gentil doncella por todos los poetas españoles.»
Bastome leer esto para comprender que los dignos _reporters_ habían visto visiones. Traté de averiguar la verdad, y de la verdad que averigüé resultó este libro.
Despidámonos para siempre de esta tumba, de la cual se ha hablado en _El Times_. Volvamos los ojos hacia otro lado, busquemos a otro ser, rebusquémosle, porque es tan chico que apenas se ve, es un insecto imperceptible, más pequeño sobre la faz del mundo que el _philloxera_ en la breve extensión de la viña. Al fin le vemos; allí está, pequeño, mezquino, atomístico. Pero tiene alientos y logrará ser grande. Oíd su historia, que es de las más interesantes....
Pues señor....
Pero no: este libro no le corresponde. Acoged bien el de Marianela y a su debido tiempo se os dará el de Celipín.
FIN DE «MARIANELA»
Madrid.--Enero de 1878.