María Luisa, Leyenda Histórica
Part 9
En aquella época de hierro y de sangre la nación mexicana cometió grandes locuras porque no sabía qué hacer ni de qué asirse, careciendo de la experiencia que la vieja Europa llegó á conseguir después de muchos siglos de combate.
Aun no había sonado la hora en que de las llamas y los escombros de aquellos incendios surgieran hombres extraordinarios como el coloso de Paso del Norte, que grabó en la frente de los reyes el sagrado lema de que "El respeto al derecho ajeno es la paz."
Tampoco brillaba en la escena política el bizarro caudillo que hoy protege los destinos de su patria, el Edipo mexicano nacido bajo el cielo de Antequera y predestinado para destruir la esfinge de la revolución.
En aquel año funesto una parte del Estado de Oaxaca desconoció al gobierno de la Capital.
Los promovedores de aquella borrasca civil clamaban contra el Presidente de la República, protestando que ya no era posible soportar el peso de su autocrática tiranía, y aquel magistrado, no queriendo perder tan bello territorio, movió sus tropas con el propósito de sofocar lo que él llamaba desenfrenada rebelión.
XXXII.
Las fuerzas expedicionarias, ufanas con la esperanza que se inspira á sí mismo un cuerpo disciplinado cuando cae sobre una provincia rebelde, ocuparon la parte baja de la ciudad y tendieron su línea de operaciones en las calles que la dividen de Oriente á Occidente, abriendo fosos y alzando barricadas.
Al mismo tiempo sus enemigos encerrados en el inexpugnable convento de Santo Domingo, con su fama de valientes y haciéndose la ilusión de marchar en triunfo á la Capital, estaban resueltos á todo.
Las avanzadas se aproximaron al grado de poder insultarse arrojando alaridos de fiera; las piezas de artillería se pusieron frente á frente y empezó el combate de hermano contra hermano.
Un fuego nutrido de fusilería resonaba sin cesar por todas partes infestando el aire, y los cañonazos disparados de Santo Domingo enviaban muy lejos la destrucción y la muerte.
Al mismo tiempo el cólera continuaba diezmando la población.
El soldado que no rodaba al golpe de la metralla caía herido por la peste.
La mujer hambrienta que se había salvado del cólera é iba buscando el pan de sus hijos, debería morir atravesada por una bala fratricida.
Por un resto admirable de humanidad en ambos partidos, convinieron aquellos asesinos disciplinados, en no hacer fuego sobre los indefensos transeuntes que corrían buscando á los médicos; éstos, para distinguirse, iban á caballo de día, y de noche portaban una linterna.
Sin embargo de aquellas precauciones, no faltaron víctimas del deber y de la caridad; varias veces los cadáveres llevados al panteón recibieron balazos á través de su féretro, como si no hubiera sido certero el golpe que la muerte les había dado en el corazón.
XXXIII.
El Padre José y su noble compañero, llegaron á convertir el monasterio en casa de asilo y hospital de sangre.
A riesgo de ser traspasados por las balas, recogían heridos, enterraban muertos é iban á todas partes donde había rastro de sangre ó lamentos de agonía.
Ellos no eran adictos á partido alguno, miraban á los jefes como ministros de la cólera de Dios y á los soldados como ciegos instrumentos de justo castigo.
En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran respetados y queridos por las dos facciones; tenían paso franco en las trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad del corazón humano aun entre las hordas de salvajes.
Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.
El veterano de la Independencia creía ver la sombra de Morelos horrorizándose con tantos desastres y el joven abogado sentía desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.
Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su genio diplomático, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban en los dos partidos, se dirigieron á sus jefes para proponerles una suspensión de hostilidades, en la cual se procuraría el avenimiento más honroso para ellos y benéfico á la población.
Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y á la vez ya no querían más derramamiento de sangre.
XXXIV.
Por una y otra parte hubo consejos de guerra, para los que fueron invitados el sacerdote y el jurisconsulto.
Uno les hablaba de la paz, la prosperidad y la honra de la nación, conviniendo en que sería necesaria una reforma en las costumbres y las leyes; el otro pedía libertades, progresos, decretos generosos é instituciones benéficas.
Probaron que la política debe consistir en hacer á los pueblos dichosos y pidieron en nombre de la patria moribunda, que se suspendiese la guerra mientras podía redactarse una constitución general fundada en los principios del progreso y la justicia, que aboliendo los fueros, los privilegios y las antiguas preocupaciones detuviera el terrible huracán de la demagogia.
Aquel proyecto de libertades y derechos iguales para todos, de impulso al trabajo y respeto al pensamiento ajeno, alentaría el patriotismo desfallecido, dándole á México crédito, prosperidad y orden social.
El nuevo plan cuyo primer artículo daba una amnistía general, debería ser enviado al Presidente de la República para que lo sometiera á la discusión de un congreso nacional convocado al efecto, y entre tanto, los cuerpos beligerantes conservarían sus puestos.
Aquella solución no podía ser más benéfica y consoladora; pero no parecía sino que un espíritu de vértigo habíase apoderado de todos los corazones.
El egoísmo, esa eterna dolencia del espíritu humano, ha sofocado muchas veces el sentimiento de la patria.
La sociedad de aquel tiempo pasaba por una época de turbulencia y de pasión en que no era practicable más ley que la despótica voluntad de los fuertes.
Aunque la iniciativa de D. Carlos fué acogida con entusiasmo por los políticos de buena fe y por los militares honrados, que con gusto depusieron sus armas ante la magistratura del talento, entre sitiados y sitiadores se hallaban muchos hombres de secta y de partido, espíritus mezquinos y corazones ambiciosos, esclavos de su interés personal, quienes no queriendo hundirse en su antigua nulidad y aspirando á un premio por la sangre derramada, se opusieron á todo con declamaciones y razonamientos sin lógica y sin ejemplo.
XXXV.
Funcionarios improvisados que no querían perder sus empleos, sargentos de un día y generales del día siguiente, traficantes de mezquina política y sanguinaria codicia, intimidaron á los jefes, alucinaron á la tropa con la promesa del saqueo y todo arreglo se hizo imposible.
Declaradas inútiles las negociaciones, alzóse otra vez la bandera de la muerte y tronó el cañón de las barricadas.
El Padre José y su ilustrado colaborador volvieron á tomar las vendas de los heridos y el libro de los agonizantes.
Aquellos hombres abnegados que sin particular interés pusieron la mano entre la boca de los fusiles y la vida de los ciudadanos, se habían adelantado medio siglo con sus ideas.
No era la tolerancia, la transacción, ni el olvido del pasado lo que podía pedirse por entonces.
En el momento supremo de una revolución, el que trata de adelantarse es arrebatado por la avalancha y el que se atrasa tiene que hundirse en el surco que aquella forma cuando resbala por la montaña.
El premio que alcanzaron los generosos mediadores fué la maledicencia de algunos partidarios encarnizados.
Gibelinos para los güelfos y güelfos para los gibelinos, éstos llamaron retrógrado y fanático al Padre José, y muchos de los otros, impío á D. Carlos de Miranda. ¡Fanático el que hablaba en nombre de la humanidad! ¡Retrógrado al que había derramado su sangre por la libertad de un pueblo extraño! ¡Impío el que curaba las heridas de sus enemigos!
Así es el mundo.
Una noche se advirtió que habían cesado los fuegos, sólo se oía el alerta de los centinelas y el ruido del carro de la muerte que pasaba cargado de cadáveres; de tiempo en tiempo, un cañonazo disparado de Santo Domingo recordaba que no había terminado la carnicería.
XXXVI.
El Padre Guardián se había ocultado para rezar en una capilla que se abría en la iglesia, junto al presbiterio.
Repentinamente oyó los golpes continuos del bastón de Sebastián que lo buscaba.
El viejo limosnero había sanado del cólera, pero estaba muy débil todavía y sólo se ocupaba en pasar recados al Guardián.
--Padre, Padre, le dijo acercándose, acaban de contarme que ya están levantando el campo las tropas de México; asomado al postigo he visto pasar grupos de soldados en desorden; unas mujeres iban compadeciendo á los heridos que han quedado abandonados en el cuartel.
--Vamos á traerlos.--dijo con viveza el religioso levantándose y ambos salieron de la capilla.
--Lo había yo dicho.--murmuraba suavemente el Padre José.--En esa horrible lucha de las ideas y los cañones, era preciso que triunfaran las ideas.
En aquel momento se oyó á lo lejos una fuerte detonación, luego el ruido espeluznante que producen las granadas al pasar como si una gran serpiente corriera silbando por los aires, y después una luz rápida y fosfórica inundó la iglesia.
El edificio se estremeció, los cristales de las ventanas y las estatuas de los altares cayeron en pedazos, una nube de polvo y de humo se alzó del suelo y las lámparas se apagaron.
Era que había entrado una granada por la linterna de la capilla y cayendo en el mismo punto de donde se había levantado el Padre José, hundióse en el pavimento; al estallar hizo una excavación en forma de sepulcro.
Sebastián huyó aterrado y D. Carlos llegó á reunirse con el Padre, que sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde había corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la sepultura.
Un momento después los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la contraseña.
La noche estaba fría y silenciosa, el aire parecía repetir las quejas de los heridos y al mismo tiempo se oían rumores como de tropa que marchaba.
A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban á lo lejos, se hubiera dicho que la ciudad estaba en la más profunda calma.
XXXVII.
El cuartel distaba mucho del convento y tuvieron que detenerse varias veces para ser reconocidos por algunas guerrillas que protegían la marcha de los fugitivos y evadirse de otros soldados ebrios que decían blasfemias, disparando sus armas al aire.
En el zaguán del cuartel tropezaron con algunos cuerpos muertos que habían sido arrastrados allí por falta de tiempo para sepultarlos.
El silencio reinaba en aquel edificio abandonado, un hedor de sangre y de pólvora infestaba las obscuras galerías cuyas paredes húmedas ofrecían, á varios trechos, rótulos infamatorios escritos con carbón.
Leños, municiones y fusiles rotos, estaban esparcidos por el suelo y del fondo de un corredor salían murmullos y gemidos.
Al entrar en la pieza obscura donde se oían aquellos lamentos, D. Carlos que llevaba el farol, distinguió en el suelo un bulto informe cubierto con una jerga sucia y agujereada; era el cadáver de un sargento joven, rubio y grueso que acababa de morir; tenía las manos ensangrentadas y en su rostro quedaba impreso el último gesto de la agonía.
D. Carlos se inclinó sobre el cadáver para tocarle la frente y cerciorarse de que no le quedaba un resto de vida, mientras el Padre se había dirigido al fondo de la pieza porque le pareció escuchar un quejido.--Venga Ud. con la luz,--dijo á D. Carlos--aquí está una mujer agonizando.
En aquel suelo húmedo, sobre una estera inmunda, teniendo por almohada un rollo de harapos, estaba tendida una joven luchando con las convulsiones del cólera.
Pálida y bella, casi desnuda, con el pelo destrenzado y la cabeza vuelta hacia atrás, lanzaba por todas partes miradas moribundas.
Parecía una flor marchita en la mañana de su vida, una paloma muerta y pisoteada en el fango.
XXXVIII.
D. Carlos aproximó la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un estremecimiento, lanzó un grito de terror y cubriéndose el rostro con las manos exclamó:--¡Dios mío! ¡El muerto! y quedó desmayada.
A la vez D. Carlos tiró el farol gritando:--¡María Luisa! ¡María Luisa!
La pieza estaba completamente obscura.
En el arrebato del momento, el amante de María se arrojó sobre ella para estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo diciéndole con voz terrible:
--Valor, amigo mío, lo que aquí precisa es un médico, vaya Ud. á traerlo porque esta mujer se muere.
El joven obedeció maquinalmente, corrió como un loco en las tinieblas pisando los cadáveres tendidos en el corredor y se lanzó á la calle.
A esa hora las tropas de Santo Domingo bajaban haciendo fuego sobre las trincheras para posesionarse con precaución de la plaza desocupada.
D. Carlos se dirigía precipitadamente á la casa de su médico y cuando algún centinela le gritaba:--¿Quién vive?--ó le marcaba el alto, él respondía con penoso acento:--¡Un médico! ¡Un médico!--y continuaba su carrera.
Hubo un momento en que no escuchó la voz de unos soldados que lo llamaban y sólo se apercibió de ello al sentir en el rostro varios golpes de piedras y tierra desprendidas de la pared por una bala que le habían disparado.
El plomo desvió su dirección quizás porque la muerte se compadeció de tan inmenso dolor.
XXXIX.
Entre tanto el Padre José había encendido el farol y la enferma volvió de su paroxismo.
Aquel prudente anciano, que sabía demasiado la historia de María Luisa, pudo penetrar en las tinieblas de su corazón para consolarla y sostenerla.
Ella pensó que á la última hora de su vida se aparecía la sombra de D. Carlos acusándola ante Dios y ante los hombres.
Bañada en lágrimas contó al Padre cómo había rodado de abismo en abismo y cómo fué tan ingrata con aquel hombre virtuoso que tanto la había querido y perdonado, hasta quedar esclava del sargento que yacía muerto cerca de ella.
Después de un rato de angustiosa fatiga, el enfriamiento del cólera se apoderó de su corazón y con acento suplicante dijo:--Padre, le ruego que por caridad, llame á el alma de Carlos y en mi nombre, pídale perdón.
Al punto dejó caer su lánguida cabeza como la flor que rueda por el suelo cuando un vil gusano ha llegado á morder su tallo vacilante.
Su agonía fué tranquila y momentánea.
El Padre no quiso decirle que D. Carlos existía; poniendo entre sus manos un pequeño crucifijo, pronunció en su oído palabras de salvación.
La pobre mujer volvió á balbucear el nombre de D. Carlos y murió.
XL.
El infatigable Guardián salía de aquella sala en busca de otros moribundos cuando llegó D. Carlos con el médico; mientras éste se dirigía al salón de los heridos, el Padre fué á encontrar á su amigo, le señaló el cielo y lo abrazó exclamando:--¡Es la voluntad de Dios!
--¡Murió!--dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.
Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el cuartel abandonado.
Apenas se oía en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas aves nocturnas atraídas por el olor de la sangre, y las quejas lamentables que salían del obscuro departamento de los heridos como de un antro de dolores.
Callado, inmóvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y el corazón aterido, permanecía D. Carlos mirando el cadáver como si se dejara llevar por un sueño que le presentase todos los recuerdos de su vida, desde cuando María Luisa era niña y le pedía socorro, hasta el día en que la dejó seguir su propio destino.
Aquel techo negro que parecía tapizado de cortinas fúnebres, aquel cuerpo inanimado, rígido, casi desnudo y bello todavía, semejando una de esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros antiguos; un amante desolado llorando á sus piés, otro cadáver más allá en la actitud de la desesperación y el sacerdote orando á la luz de la moribunda lámpara, formaban un cuadro tristísimo y solemne.
XLI.
El Padre José, respetando el dolor de D. Carlos, se retiró á seguir su oración en la obscuridad; de tiempo en tiempo alzaba la voz para repetir alguna de estas lamentaciones del libro de Job:
"¡Dios mío! Tú sólo sabes los límites del infinito y eres dueño de la vida y de la muerte...... Tú me la diste y tú me la quitaste...... Bendito sea tu santo nombre."
Habiendo dado el sabio religioso algunos consejos á su amigo, refiriéndose á María Luisa terminó:--Era una mujer de grandes pasiones.
--¡Era un ángel que Lucifer arrastró al mundo y el mundo le cortó las alas!--replicó D. Carlos con desesperación.
A pesar de las huellas que deja el cólera en el semblante de sus víctimas, en los labios de la muerta parecía vagar una sonrisa; sus manos apretaban con fuerza el crucifijo; diríase que su pecho palpitaba al contacto de aquella prenda de redención.
Mas en su mejilla se advertía una cicatriz honda y obscura, era el estigma indeleble, que como un cauterio imprime el vicio con sus besos de fuego.
Después de unos instantes de angustioso silencio, D. Carlos alzó la frente diciendo con amarga expresión:
--Padre: ¿Ahora qué hacemos?
--Vamos á darle una sepultura digna de su postrer arrepentimiento,--contestó el anciano envolviendo el cadáver en su propia capa.
Entonces D. Carlos, ardiendo todavía en aquella pasión que lo había subyugado siempre, se arrojó sobre el cuerpo de María, lo abrazó por primera vez, como si quisiera deshacerlo ó inspirarle nueva vida y poniéndolo sobre su hombro derecho, salió de aquel triste lugar precedido por el Padre que llevaba el farol.
XLII.
Las calles estaban desiertas, el aire gemía tristemente y las estrellas temblaban en el firmamento que revestido de un azul obscuro y profundo, parecía un gran sudario salpicado de lágrimas.
El convoy fúnebre, compuesto de la desgracia, la virtud y la muerte, pasaba silencioso entre las sombras.
El Padre iba por delante diciendo en voz baja los salmos penitenciales y alumbrando á su amigo que apenas podía caminar con aquella carga tan pesada y tan querida.
María Luisa gravitaba sobre D. Carlos aun después de la muerte.
Su mejilla dura y helada tocaba el cuello ardiente del joven y su hermosa cabellera movida por el viento, acariciaba el rostro de D. Carlos, como para enjugar su llanto en señal de póstuma é inútil gratitud.
Él caminaba oprimiendo sobre su corazón el cuerpo de María Luisa y el Padre á veces detenía su marcha para alumbrar mejor y contemplaba con asombro aquel tardío himeneo de la muerte con el infortunio.
Cuando llegaron al convento, el Guardián abrió la iglesia con una llave que siempre llevaba y D. Carlos corrió á depositar el cadáver de su amada en la capilla de la Virgen que lo había salvado del suicidio, quedando mudo é inmóvil reclinado en el altar.
XLIII.
El Padre salió de la capilla y regresando luego con la pala y el azadón del jardinero, acabó de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas horas antes había estallado la granada.
¡Triste destino el de aquella mujer excepcional, que después de haber pasado su vida en la constante anarquía de las pasiones, hubo de hallar un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolución!
En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneración pusieron ambos el cadáver en su lecho de tierra.
D. Carlos colocó en el rostro de María su pañuelo mojado con lágrimas.
La tierra cubrió aquella fatal belleza; su amante cayó de rodillas murmurando una oración y el Padre se retiró.
Al punto una fuerte ráfaga de viento entró por las vidrieras rotas y apagó la lámpara del altar.
El desdichado joven, como si temiera que le robasen los despojos de su amor que había ocultado en el secreto de la tumba, no quiso salir de la capilla.
Detenido por una fuerza sobrenatural, permaneció allí veinticuatro horas en vigilia solitaria y dolorosa.
Sus recuerdos y sus pensamientos chocaban y se confundían en aquella tumba, como los restos del buque despedazado se adhieren á la roca donde los lleva la tempestad.
XLIV.
Al anochecer del día siguiente, el Padre José compadecido de tanto dolor y temiendo que la debilitada existencia de D. Carlos se agotara con el sufrimiento, quiso ir á pedirle ó mandarle, si era necesario, que se retirase á descansar; pero hasta la media noche sus múltiples atenciones le permitieron dirigirse á la capilla.
Después de orar un momento, fué adonde se hallaba D. Carlos postrado con la frente sobre la tierra y los brazos extendidos.
Inútilmente le habló, le tocó el hombro y le movió la cabeza creyendo que dormía; D. Carlos Félix de Miranda, por fin gozaba de la eterna paz, había muerto de dolor abrazando el sepulcro de aquella mujer tan querida, tan ingrata y tan funesta.
Él lo había dicho: la vida de María era su vida.
El anciano sacerdote que debería tener un cuerpo de hierro para resistir tantas fatigas y un corazón de oro para padecer y amar como él sufría y amaba, tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendió al pié del altar y dió gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre hombre que ya no podía vivir con una llaga tan grande abierta en el corazón.
Luego se dirigió al pórtico de la iglesia donde Sebastián dormía y lo despertó.
El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no podía dormir bien, por lo que se levantó muy asustado murmurando:
--Mande mi padre.
--Sebastián,--le dijo el religioso con triste acento:--ahora ya puedo permitirte que veas y abraces á tu amo,--y lo invitó á entrar en el templo.
El mendigo lo siguió aturdido.
XLV.
Aquel gallego de corazón duro, envejecido en el indiferentismo de la vida material, aquel asesino que sabía matar á sangre fría, dió un grito de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irguió con desesperado esfuerzo y soltó su bastón diciendo:--¡Mi amo! ¡Mi padre! ¡Mi hijo!--luego llorando se dejó caer y besó los piés del cadáver.
Pasado un breve rato, dijo el Guardián:--Es preciso darle un sepulcro ignorado como él me lo pidió.
Con los útiles que en la noche anterior habían quedado tras de un altar, cavaron una sepultura junto á la de María Luisa.
Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre José le quitó del cuello la medalla que María le había dado cuando era niña y la entregó al mendigo, que la besó llorando.
Por último, tomó el padre la mano del cadáver, la estrechó fuertemente é invocando el espíritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retiró.
Sebastián cubrió la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que arrojaba, iba mezclada con su llanto.
Al otro día ofreció el Padre José un sacrificio ante los sepulcros de aquella pareja infortunada y cuando se proponía descansar de tantas impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.
XLVI.
Aquel religioso septuagenario, que como el Apóstol de Corinto, había sido varias veces proscrito, encarcelado, herido y sentenciado á muerte, así como también querido y venerado por ciudades enteras, aun debía soportar un golpe más en castigo de ajenos delitos.
Pero la paz inmaculada de su conciencia no se alteraba con las ingratitudes ni las aclamaciones ni los golpes de fortuna.
En tantos años de pruebas y combates adquirió una filosofía profunda y elevada; todos los sobresaltos de su vida los consideraba dirigidos por la mano de Dios.
Si se hubiese ilustrado entre los sabios de la antigua Grecia, sin duda hubiera sido jefe de una escuela fatalista.
En la Edad Media, no de otro modo que Pedro el Ermitaño, hubiera podido con su fe y su valor arrojar á medio mundo sobre el otro; pero en los tiempos de positivismo, de negaciones y de dudas en que vivió, sólo era un pobre fraile que curaba enfermos y enterraba muertos, un héroe olvidado que como el santo poeta de la Arabia, luchaba con amigos y enemigos, diciendo tranquilamente á la hora de las grandes vicisitudes: "Ha de llegar el día de la compensación y aunque hubiere muerto viviré."