María Luisa, Leyenda Histórica

Part 8

Chapter 83,987 wordsPublic domain

"Pasado un rato llegó el hombro aquel y después de correr el pasador, se dirigió á la escalera en medio de la obscuridad con la firmeza del que sabe por donde anda."

"Yo me quité los zapatos para no hacer ruido y subí tras él tocando los escalones con las manos porque nada veía."

"Cuando llegó á empujar la puerta de la sala ya íbamos casi juntos y no me había sentido; la puerta se abrió y pude ver á María sentada en un sillón cerca del piano."

"El joven se precipitó hacia ella que iba á pararse tendiéndole los brazos; entonces le dí tal puñalada por la espalda que lo arrojé sobre María; ella cayó en el sillón dando un grito, él rodó muerto á sus piés y yo corrí persuadido de que á los dos había traspasado el puñal."

"Con la llave que había quedado puesta por dentro, cerré la puerta de la calle y me oculté tras de los escombros de la casa donde trabajaba; pero luego sentí mucho miedo y corrí para la mía."

"Por supuesto que nada dormí porque me parecía que ya me buscaba la justicia."

"En cuanto amaneció me dirigí á la obra hipócritamente y subí á los andamios para ver lo que sucedía en la otra casa; mas todo se hallaba en silencio."

"Poco después miré con gran sorpresa, que salió al balcón la madre del joven que yo había matado."

"Me figuré que habiendo quedado herido, estaría curándolo su mamá; pero la Señora se divertía muy tranquila con los que pasaban por la calle y su semblante no denotaba cuidado alguno."

XVII.

"No pudiendo ya sufrir la curiosidad que me agitaba y el viento frío de la mañana, dejé mi trabajo y entré á la panadería con pretexto de comprar pan."

"--¿Ya sabe Ud. lo que pasa, maestro Sebastián?--me dijo el dependiente."

"--¿Qué, ha pasado algo?--le pregunté mirándome la ropa, pues en aquel momento advertí que pudiera tener alguna mancha de sangre."

"El muchacho me contestó:--Que la maldita mujer, esa que vive enfrente, hacía tiempo que llevaba relaciones con el hijo del patrón y anoche lo asesinó; pero ya se la llevaron á la cárcel. Ud. dirá: cerca de la media noche salió al balcón diciendo á gritos que había entrado un hombre para robar y matar á todos; pero eso no es cierto; las criadas han declarado que nadie pudo entrar porque habían cerrado con llave. Ya la esposa del maestro está en posesión de la casa; dice que se la tomará en pago de los daños y perjuicios."

"El pan que yo comía se me detuvo tanto en la garganta que ya no pude hablar y salí de la tienda."

"Como tenía frío y miedo, fuí á tomar un vaso de aguardiente y seguí trabajando."

"Estaba yo poniendo la última piedra de la cornisa superior; desde allí pudo ver á la señora panadera entrar y salir al balcón y andar por las piezas como si estuviera en su casa."

"De repente bajó y parada en la puerta de la panadería, empezó á decir muchas maldiciones contra María Luisa."

"A todas sus conocidas que pasaban las detenía para contarles lo que llamaba _el caso_, las invitaba á que viesen la casa que ya consideraba suya, ponderándoles el valor de sus muebles y decía manoteando: --Afortunadamente me ha quedado una buena finca porque para eso tiene uno hijos."

XVIII.

"Indignado contra la infame á quien más preocupaban los espejos y candiles que la muerte de su hijo, me ví tentado de aplastarla tirándole un trozo de cornisa, pues precisamente la puerta de su tienda quedaba al pié de un andamio."

"En esos momentos sentí que la bebida ya estaba descomponiéndome y al voltearme para oir mejor lo que decía la panadera, puse un pié en el vacío y caí sobre aquella mujer, sin hacerle gran daño por pura casualidad."

"Al verme tirado dijo gritando:--¡Jesús me valga! ¡Otro muerto! ¡Hoy es el juicio final!"

--¡Justicia de Dios!--Murmuró el Padre José moviendo la cabeza.

"Yo no perdí completamente los sentidos,--continuó Sebastián,--miraba y oía sin poder hablar ni moverme y soportaba fuertes dolores en un brazo y una pierna."

"Ya ve Ud., Padre, que Dios me castigó tan pronto como lo merecía."

"Mientras bajaban mis compañeros á socorrerme, pasó una señora que me conocía y habló por mí á la panadera diciendo:--¡Pobre maestro Sebastián! ¿No quiere Ud. que lo llevemos á su casa mientras vienen por él?"

"¡No lo permita Dios!--Contestó la mala mujer apretándose la cabeza,--si acaba de morir mi hijo y no quiero estorbos en mi casa nueva. ¿No ve Ud. que se mancharían las alfombras?"

"Inmediatamente me condujeron al hospital."

"Allí por desgracia, ví el cadáver del joven que había matado; estaba en el corredor, tendido sobre una mesa de piedra muy limpia y para más tormento mío, me colocaron en una sala cuya puerta se abría frente á la piedra, por lo que no dejaba yo de ver al muerto."

XIX.

"Pronto llegó el médico seguido de varios estudiantes, que sin hacer aprecio de mis quejidos, rodearon al cadáver y le introdujeron un fierro en la herida; hablaron muchas palabras de medicina y dijeron que el puñal de María Luisa debería ser más que un sable."

"Después platicaron iniquidades de aquella pobre mujer y refirieron otros hechos de su mala conducta que yo no sabía."

"Respecto al muerto aseguraron, que á pesar de ser criollo, estaba bien formado y que había sido un tonto."

"Después de hacer pedazos al muerto y cuestionar sobre cada intestino y cada ojo que le sacaban, lo pusieron en una tabla para llevarlo al panteón, sin que su familia se viera por allí."

"Yo había recobrado el habla, pero volví á perderla cuando aquellos señores llegaron á martirizarme; todos me apretaban el brazo roto; unos decían que sería preciso cortarlo y otros que no."

"Ya tenían puestos junto á mí muchos fierros, que me horrorizaron porque algunos eran como mi puñal, cuando sonó una campana y se fueron diciendo que volverían después de cátedra."

"Tres meses viví en el hospital desesperándome con mis dolores y oyendo diariamente que iban á cortarme las piernas y un brazo."

"Mi consuelo único era el dueño de la casa donde había trabajado, que me remitía un peso cada semana."

"Los remordimientos me hacían padecer más que la enfermedad; todas las noches creía ver al muerto sentado en mi cama y la sombra de D. Carlos que pasaba junto á mí reprochando mi maldad."

El mendigo se vió precisado á suspender su narración para secar el llanto que involuntariamente derramaba y luego prosiguió:

"Por fin se contentaron los doctores con dejarme la pierna encogida y el brazo seco."

XX.

"Luego que salí del hospital, fuí á dar las gracias á mi protector, diciéndole que ya no recibiría lo que me daba porque tenía con qué vivir, lo cual no era cierto, pero me avergonzaba de aceptar aquel socorro, pues no me había inutilizado en su servicio, sino por la embriaguez y la malignidad."

"Solo, enfermo y mutilado, no me quedó más recurso que tomar este oficio de limosnero en que voy acabando mi pobre vida."

"Al encontrarme entre los grupos de mendigos que ciertos días se apiñaban en las puertas de los ricos, recordaba la época en que mi amo era un niño y yo iba con él á repartir la limosna."

"Entonces me entristecía mucho, deseando con todo mi corazón llegar á Oaxaca, siquiera para ver á D. Carlos y morir."

"A efecto de obtener lo que debiera gastar en el viaje, me resolví á pedir mucho, comer poco y guardar todo lo que me dieran en monedas."

"Sentía frío y temblor de cuerpo cuando pasaba por la casa de María y de pronto no quise tomar informes de su situación; mas para poder dar á D. Carlos alguna noticia, si me la pedía, me atreví á preguntar en la cárcel por la prisionera, diciendo ser su tío."

"El alcaide me dijo que había salido en libertad, pero estaba muy enferma; entonces una de las presas oyendo mis preguntas, gritó tras de la reja:--¿Quién? ¿_La matona_? Buena alhaja de sobrina tiene Ud.; después que quiso darse importancia con nosotras, porque somos pobres, como todo se paga en esta vida, cuando se le acabó su riqueza y tuvo tal enfermedad que ni se puede decir, nos pedía por amor de Dios que le pasáramos un vaso de agua."

"Yo estaba confundido y el alcaide agregó:--En efecto, se fué muy enferma y pobre, pues una de sus casas la dejó á la familia del difunto para que retirara su acusación y la otra tuvo que venderla para pagar las costas del juicio. Además, ella dijo que lo restante se lo tomó no sé quién; el caso es que ahora tiene que andar pidiendo limosna."

XXI.

"Al salir de allí rogué á Dios no permitiera que llegase á ver á María, considerándome responsable de tanta desgracia; mas no tardé mucho en hallarla porque siendo ambos limosneros debíamos encontrarnos en el mismo camino."

"Cierto día, entrando en una de las casas donde me socorrían, la ví que llegaba cojeando."

"Estaba muy negra, sucia, encalvecida y más inválida que yo; tenía los ojos hundidos, demasiado salientes los huesos de la cara y á cada paso que daba repetía una queja ó una maldición."

"En la frente y á un lado de la boca mostraba unas llagas muy feas como si le saliera por el rostro la lepra de su alma corrompida."

"Con el rebozo hecho pedazos y llevando en el brazo un canasto también roto, exhalaba un aire pestilente al grado de que los mismos mendigos huían de ella y la llamaban por sus antecedentes _La matona_."

"Despreciada por las mismas gentes despreciables, era tan infeliz, que yo aborreciéndola, llegué á sentir compasión al verla que apenas podía recoger lo necesario para vivir."

"Un día busqué al señor que me había favorecido en el hospital y volví á pedirle el peso de cada semana, diciéndole que había otro más desgraciado que yo á quien quería socorrer. Aquella limosna se la enviaba á la pobre María con otro mendigo porque yo no quise mirarla de cerca."

XXII.

"Cuando la veía sentada en la puerta de una iglesia ó en la esquina de un portal, causando asco y sufriendo que todos huyeran de su lado, se me figuraba una de esas viejas aves de rapiña que después de haber chupado la sangre de animales incautos, viven abandonadas sobre una roca y se mueren de hambre en los muladares."

--¡Castigo del cielo!--Exclamó el Padre, y el mutilado tomando aliento, concluyó:

"Como María es joven y solamente por los pesares y la enfermedad estaba consumida, muy pronto se reparó cuando ya tuvo algo con que alimentarse y vestirse."

"Al poco tiempo noté que sus llagas desaparecieron, se le compuso el color, le creció el cabello y dejó de pedir limosna."

"Ya no quise saber más de aquella pobre mujer y me disponía para venir á buscar á D. Carlos, cuando una tarde al pasar por la taberna que hay frente al cuartel de caballería, oí la voz de María Luisa y me detuve."

"La desdichada disputaba con un soldado borracho que la decía insolencias é intentaba pegarle forcejeando con otros que se lo impedían."

"Luego conocí que aquel hombre tenía para ella derechos de marido ó de verdugo, porque cuando se calmó, le dijo María:--Vámonos á mi casa para que no estés aquí escandalizando.--Y salió con él tomándole el brazo."

"Lo que llamaba su casa era una accesoria que no distaba del cuartel. Sentado yo en la banqueta, no lejos de la puerta, tuve por última desgracia que oir ruidos de llanto y golpes, que salían de aquel cuarto; luego se abrió la puerta y el soldado bárbaro salió á la calle arrastrando de las trenzas á la infeliz, que daba gritos y golpeaba el suelo con la frente."

"Entonces ocurrieron algunos hombres de la pulquería y del cuartel."

"Un jefe mandó al soldado á la cárcel y unos borrachos cargaron con María Luisa en dirección al hospital."

"¿Para qué deseaba yo más venganza? Había visto á la desgraciada bajar de sus salones á los calabozos, luego comer de limosna, después vivir en un cuartel y al fin caminar para el hospital."

XXIII.

"Me alejé de allí como si estuviera loco; no sabiendo qué hacer, tomé el camino de Oaxaca."

"Y aquí estoy, Padre, con mis dolores y mis remordimientos. Ahora, Ud. castígueme ó avísele á la justicia; pero que no lo sepa D. Carlos; ya he pensado que no soy digno de llegar á su presencia; sólo quiero verlo de lejos y morir donde él está. Ud. que es bueno pídale á Dios que me perdone."

Estas últimas palabras las pronunció Sebastián hincado, gimiendo y bajando la frente hasta tocar las rodillas del anciano prelado.

Después de largo rato en que hablaron con voz muy baja, dijo el Padre al afligido pordiosero:--Vaya Ud. en paz; yo creo que no estará lejos el día que pueda permitirle abrazar á D. Carlos; entre tanto quedará Ud. bajo la protección del convento.

El pobre inválido se levantó sereno y consolado, como el paralítico de la Piscina cuando escuchó la voz del cielo que le dijo: _Levántate y anda_.

Desde aquel día quedó Sebastián como mandadero del monasterio; pero sin poder pasar adentro, comunicándose únicamente con el Padre José.

D. Carlos apenas se dejaba ver por el claustro, pasaba como una sombra, su acento sólo se oía en la iglesia cuando exhalaba plegarias y quejidos arrancados de la profundidad de su tristeza.

Vivía más retraído que nunca, pensando solamente cómo distribuiría su fortuna en provecho de los necesitados.

Esta idea pudo realizarse con oportunidad durante las plagas que asolaron á Oaxaca por aquel tiempo.

XXIV.

Un día llegó Sebastián muy agitado y dijo al Padre José palideciendo:--El cólera está en México, acaban de contármelo.

--Ya era tiempo.--contestó el Guardián con su habitual serenidad.

Y no pasaron muchos días sin que llegara el azote de Dios á las fronteras de Oaxaca.

Según los datos adquiridos por un sabio de aquella época, la peste salió de la India Oriental á principios del siglo y empleó diez y seis años para recorrer una extensión de cinco mil kilómetros de Norte á Sur y catorce mil seiscientos de Oriente á Poniente, invadiendo con sus horrores mil cuatrocientas poblaciones y arrebatando cuarenta millones de individuos.

Como un conquistador irritado, atravesando mares y montañas, llegó á México el mensajero de la muerte, armado con su terrible guadaña y seguido por un ejército invisible de microbios devoradores.

El cielo se cubrió con nubes color de plomo, la atmósfera saturada de gases mortíferos estaba tibia y amarga, el hombre inclinó la frente con pánica tristeza bajo tan inmenso castigo y la eternidad abrió sus puertas para recibir á las víctimas.

El cólera-morbo, como chispa eléctrica, pasaba de un pueblo á otro haciendo destrozos; terrible mónstruo arrojado sobre un rebaño indefenso, atropellaba, hería, devoraba y desaparecía, para volver acaso más hambriento.

En ocasiones acometía sólo al más cobarde olvidando al valiente ó pasaba sin dañar á los pequeños llevándose á los poderosos; cuando parecía saciarse y adormecerse, despertaba repentinamente para matar al que había dejado herido.

XXV.

Cuando el cólera se apareció en la infeliz Antequera, por todas partes se veían semblantes pálidos y puertas cerradas.

Los cobardes y los creyentes iban temblando á la casa del médico y á la casa de Dios, mientras que los espíritus fuertes se ocultaban en las suyas para temblar también.

Las campanas tocaban á muerto con triste clamoreo.

El Viático era llevado de puerta en puerta; muchas casas quedaron deshabitadas, en otras sólo se oía rezar el oficio de agonizantes y en las bocacalles reuníanse los cortejos fúnebres para seguir el camino del panteón.

Tres golpes de una campanilla y el eco de una voz imperiosa que gritaba: _El carro_, anunciaban á los pobres el penoso deber de abandonar en un inmundo carretón los cadáveres de sus padres ó de sus hijos para que fuesen arrojados y confundidos en la fosa común de los coléricos.

Las boticas y las iglesias estaban llenas de gente y la voz del púlpito recordaba el juicio de Dios.

Los viciosos se arrepentían, los deudores pagaban y los infieles pedían perdón.

Los padres de familia como generales en día de batalla, veían caer á su lado y morir uno á uno todos sus hijos, hasta que rodaban ellos mismos heridos mortalmente.

Dos amigos se aplazaban en la noche para verse al día siguiente y antes del amanecer estaban en la eternidad.

Los médicos iban y venían pudiendo trabajosamente acudir á los llamamientos de todas partes y los agentes de policía eran pocos para contar las víctimas.

El primer caso de cólera que se supo en el monasterio fué el de Sebastián, que albergado en la casa de un amigo del Padre José, pudo salvarse, aunque su enfermedad fué muy larga por haber sido también atacado de fiebre á causa de sus alucinaciones y remordimientos.

XXVI.

Desde luego el anciano Guardián dejó su autoridad en manos de otro Padre, y D. Carlos, aunque cansado y enfermo, consumó un sacrificio más, resolviéndose á salir de su retiro con riesgo de que conociera el mundo su existencia y sus desgracias.

Los dos amigos organizaron un plan de servicio y protección á los coléricos.

El departamento más amplio del monasterio, quedó convertido en hospital y una botica recibió los fondos suficientes para despachar las medicinas que pidiesen los pobres.

Sin temor al contagio, el joven y el anciano andaban día y noche por los barrios más distantes visitando á los infelices apestados.

El Padre llevaba un libro, y su compañero una caja con medicinas; el primero daba consuelos y esperanzas; el segundo remedios y monedas; el uno hablaba de Dios y de la eternidad y el otro prometía á los moribundos recoger á sus padres decrépitos y á sus hijos abandonados.

El religioso era visto por el pueblo como enviado de la Providencia, y _el Padre Félix_, como todos le llamaban, fué declarado un médico excelente.

El nuevo hospital se llenaba con los enfermos que recogían sus activos fundadores y los que iban de todas partes, resultando sorprendentes las curaciones debidas á los cuidados y los gastos que se prodigaban.

Los pobres, los huérfanos, los enfermos y los miedosos que aun no estaban atacados de la peste, ocurrían en grupos al convento como lugar de refugio.

XXVII.

A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el mal inevitable, pero sí para decir una palabra consoladora en el umbral de la tumba.

Así trascurrieron algunas semanas y el cólera seguía, pero la cólera del cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su expiación otra pena más, que no fué tan grande pero igualmente aterradora.

Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vértigo de sangre y de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado á la descontenta humanidad, desde los tiempos de Caín y de sus hijos.

Un cañonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un día lluvioso, anunció que había llegado la hora de la matanza.

Cerrábanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres corrían para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban generala, los empleados civiles y militares se dirigían al fuerte de Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados vacíos.

Sólo se oía el ruido de las armas de algún ayudante de órdenes, que pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducían al campo santo el ataúd de algún colérico, no de otro modo que si huyera la muerte de la muerte misma.

Poco después dejóse ver desde las azoteas el ejército sitiador, que compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de colores con escamas de acero.

XXVIII.

Las revoluciones que no tienen por objeto libertar á un pueblo, son abortos de la falsa política y el malestar de la sociedad.

En su infancia las naciones lo mismo que los individuos, cometen lamentables locuras; detestan hoy lo que adoraron ayer y vuelven á pedirlo para después abandonarlo.

Como resultado de las desgracias inseparables á la emancipación de los pueblos, se forman partidos poderosos é intransigentes, que de más ó menos buena fe defienden sus principios con encarnizamiento, y de la terrible contienda entre las ideas y las pasiones, á veces resultan inocentes las víctimas é inocentes los verdugos, pero casi siempre se menoscaban las costumbres ó la integridad nacional.

En la noche de las revoluciones aparecen militares ávidos de gloria, y políticos sin experiencia que se precipitan desde la cumbre de las teorías, proclamando excelentes principios los cuales puestos en práctica suelen producir consecuencias funestas; entonces la civilización se atrasa y se empequeñecen los destinos de la patria.

Y más todavía; por una inevitable fatalidad, como esas rocas incandescentes que salen de los volcanes, surgen del caos revolucionario espíritus fogosos y extraviados, que ateos en política ó fanáticos en religión, destruyen las mismas instituciones por las que arriesgan su vida.

Ellos y no el pueblo son los que con afán turbulento hacen chocar las ideas contra los hechos y representan dramas salvajes de pasiones y miserias, en cuyo desenlace aparece la libertad salpicada de sangre y heridas mortalmente las creencias de los corazones.

XXIX.

En aquella época el ilustre poeta Lamartine pintaba el estado político y social de la Francia en estos términos:

"...... Al principio no fué más que un combate; bien pronto siguió una ruina; el polvo de esta lucha y de esta ruina lo ha obscurecido todo y no se ha sabido ni por qué, ni en qué terreno, ni bajo qué bandera se combatía. Se ha hecho fuego como en la obscuridad de la noche, contra los amigos y contra los hermanos; las reacciones han seguido á la acción; los excesos y los crímenes han mancillado á los partidos de todos colores; los hombres han abandonado con horror la causa que el crimen suponía servir y que la perdía como las pierde todas; se ha pasado de un exceso á otro y los movimientos tumultuosos no se han comprendido mejor que las vicisitudes de la batalla. Todo era confusión y desorden; todo era triunfo y derrota, entusiasmo y desaliento."

Esta era también la situación convulsiva y tumultuaria de México.

El pueblo que había obtenido su libertad improvisando héroes y ofreciendo mártires, ansioso de luz y de progreso, se levantó en actitud revolucionaria sin saber cómo constituirse.

Lleno de odio por lo antiguo y amor á lo desconocido, pidiendo derechos y olvidando deberes, llegó á los límites del despotismo después de haber desgarrado sus libertades.

XXX.

Los elementos sociales permanecían confundidos, todos los ciudadanos querían mandar y nadie obedecer.

Corazones mezquinos y cabezas extraviadas, conducían á las ciegas multitudes por falsos caminos en busca de ideales impracticables.

Adoptábanse todas las formas posibles é imposibles para dirigir al pueblo, desde el gobierno de hecho emanado de un motín, hasta el imperio absoluto y desde la constitución más liberal, hasta el reinado del terror.

Dos partidos iracundos se habían retado á muerte; uno queriendo cambiar el régimen estacionario del pasado, reclamaba derechos y reformas; el otro, cansado por una libertad tempestuosa, pedía un gobierno central, como el náufrago que se agarra de una tabla de su bajel despedazado.

Cuando uno de los contendientes poseía la Capital, dictaba leyes y hacía tratados internacionales, mientras el otro, merodeando en los Departamentos, asechaba tenazmente á su enemigo para derribarlo y ser derribado á su vez.

Por una parte la reacción conservadora y por otra el enciclopedismo revolucionario, dividieron largo tiempo la nación y deshonraron los dogmas políticos que defendían.

Entonces hasta los hombres pacíficos, las mujeres y los niños tenían un partido que proclamaban con energía, distinguiéndose por sus odios y aun por el color de sus vestidos.

XXXI.

Los dos bandos presenciaban indiferentes las agonías de la patria llevando sus disputas hasta el pié del altar, y por una monstruosa é increíble anomalía ¡Triste es decirlo! el uno en nombre de la religión asesinaba y el otro predicando el progreso retrocedía.

Mas no debemos culpar de un modo absoluto á los hombres de ayer, que por otra parte, muchos de ellos ofrecían talentos superiores y bien merecen el respeto de la generación actual.