María Luisa, Leyenda Histórica
Part 7
Mas todo era en vano; D. Carlos, insensible á los discursos del Padre José, con el corazón frío y lastimado, guardaba silencio y sólo algunas veces, alzando su frente melancólica, respondía con estos conceptos, ya repetidos ó modificados según la intensidad de su abatimiento:--La experiencia es inútil para dirigir las pasiones. ¿De qué sirve remover las cenizas de un corazón que no puede revivir? Me estremezco sintiendo hasta qué grado de miseria puede bajar el espíritu del hombre cuando pospone el pensamiento de la divinidad al profano amor de la criatura. Yo creí que calmado el dolor vendría la indiferencia, después el olvido y el descanso; pero el amor es más grande que la muerte. A veces creo que el cielo me ha quitado la razón. De nada me ha servido acogerme á la sombra del claustro. Cuando la vida ya no tiene vaguedad no hay porvenir. La fuerza del deber y la voz de la conciencia no consiguen más que prolongar las agonías de mi alma. Estoy pasando días inútiles sobre la tierra. Mi corazón fundido en lágrimas oculta un inquieto fuego que me devora y devoraría todo lo que amo y todo lo que aborrezco. Quisiera beber hasta el fondo en la copa del olvido y no sé qué hacer ni Ud. podría decírmelo porque eso es el secreto de Dios.
Como el Padre José había conseguido la paz del corazón á costa de infortunios, no perdonaba medios para curar á D. Carlos; pensó, de acuerdo con el médico, llevarlo fuera de la ciudad, porque respirando el aire puro del campo y viendo nuevos horizontes, era de esperar que serían menos frecuentes las agitaciones de su alma.
Para el efecto preparó una estratagema piadosa y comprometedora.
Era costumbre en aquel convento enviar á los pueblos cercanos, en ciertas épocas del año, una comisión formada de dos miembros de la comunidad para conseguir limosnas que ayudaban á sostener los gastos del culto.
En días señalados partían los colectores á sus expediciones; uno de ellos, el más respetable, iba en una mula y el otro á pié; ambos llevaban rosarios, cruces y reliquias para corresponder á los donantes; á pocos días volvían con la mula cargada de comestibles y algún dinero, dispuestos á emprender un nuevo viaje.
III.
Aquella comisión era nombrada por el Guardián y desde que lo fué el ilustrado Padre José, agregó á la colección de rosarios algunos libros de lectura y doctrina para los niños.
En ese año, con gran sorpresa de toda la comunidad, el buen Guardián se nombró á sí mismo invitando á D. Carlos para que lo acompañara.
El enfermo bajó la frente y obedeció.
Cuando los colectores salieron de la ciudad, ninguno de los dos pensó en hacer uso de la mula, lo cual hubiera sido imposible porque iba cargada con un fardo que contenía, sin contar con las reliquias, una regular cantidad de ropas, libros y medicamentos, así como también algún dinero puesto por D. Carlos, á quien parecía precisarle que se agotara su capital en obras de beneficencia.
El prelado iba por delante dirigiendo la carga y á veces leía en su breviario; D. Carlos tras él meditaba y sufría.
Era la primavera, el sol de la mañana brillaba sobre la frente de los viajeros, las montañas cubiertas de verdor, los campos sembrados con plantas de diversos climas y los caminos guarnecidos por doble hilera de árboles frutales, ofrecían sombra, frescura, mirajes y armonías.
IV.
El bondadoso padre se afanaba por levantar las fuerzas de D. Carlos con el ejercicio del camino, los buenos alimentos y la contemplación de la naturaleza.
Como el objeto de aquel viaje consistía en impartir la caridad más que en solicitarla, dispusieron apartarse de los caminos nacionales y de los lugares muy concurridos para visitar solamente las pequeñas poblaciones y las cabañas de los pobres donde son más notables las necesidades y se pueden curar mejor los dolores del pueblo.
Cuando veían en la orilla del camino algún mendigo pidiendo limosna, le daban un pan y un vestido; pero si estaba enfermo lo conducían al pueblo inmediato para que fuese curado á sus expensas.
En algunos lugares que veían mujeres infelices cargadas de familia, inmediatamente les daban cartas para que sus hijos fuesen recibidos y educados en el convento; mas si entre aquellas criaturas encontraban alguna que llevara el nombre de María, experimentaba D. Carlos estremecimientos invencibles y tomaba datos de la familia y el lugar á que pertenecía, para dotarla y tenerla bajo su protección.
Aquellos agentes de la caridad disfrazados de frailes mendicantes, llegaban á las habitaciones de los labradores, se detenían en la puerta invocando el nombre de Dios y la paz entre los hombres y presentaban en silencio una alcancía que las mujeres besaban con veneración.
Después de recibir los respetos del pobre y el óbolo de la viuda, dejándoles en cambio, libros, cruces y bendiciones, continuaban su marcha; pero cuando bajo aquel techo de paja veían algún pobre viejo ó un recién nacido, regresaba D. Carlos á manifestar, que si algo había dejado él ó su compañero lo cedían en provecho del más necesitado, y se retiraba con presteza.
Eso quería decir que intencionalmente habían puesto alguna cantidad de monedas en la cuna del inocente ó en el lecho del anciano.
V.
Al medio día se alojaban al pié de un árbol ó bajo alguna de esas enramadas portátiles donde se reunen los trabajadores del campo á comer y pasar la siesta; allí gustaban el banquete de la hospitalidad que aquellas pobres gentes les ofrecían con insistencia.
Terminada la comida, el Padre les leía el libro de las bienaventuranzas y D. Carlos les hacía regalos que los dejaban admirados.
Un momento después, los dos amigos desaparecían en el próximo bosque ó en un desfiladero dejando la paz y la instrucción en el alma de sus huéspedes como aquellos misteriosos caminantes que habiendo comido en la tienda de Abraham, le anunciaron la felicidad de sus descendientes.
Al caer la tarde iban á pedir un albergue á la choza del guardamonte, situada en la cumbre de una colina ó á la cabaña del pastor, que humeaba en medio de las florestas.
En todas partes hallaban cariños, atenciones y desventuras humanas.
El padre de familia se descubría la cabeza con respeto ante los misioneros y desocupaba su habitación para cedérsela, ofreciéndoles la mejor estera que tenía; las mujeres preparaban la cena y los niños se lavaban la cara para ir á besar la mano del venerable religioso que los acariciaba con paternal dulzura.
Mientras cenaban, el anciano sacerdote sentado á la luz del hogar, en medio de la familia, oía sus quejas, alentaba sus esperanzas y les contaba las historias de Ruth y de Tobías.
Cuando ya la lumbre iba extinguiéndose y los niños estaban dormidos en el regazo de sus madres, ofrecía un libro ó un vestido al jefe de la casa, y á su esposa dinero y consejos para la familia.
Por último, les daba su bendición y se retiraba para hablar con Dios en la montaña ó para buscar á D. Carlos que pocas veces figuraba en aquellas escenas porque, saciado de amargura, prefería vagar en los bosques ó permanecer inmóvil á orillas de un torrente siguiendo el profundo curso de sus sueños.
VI.
Antes del amanecer, los dos viajeros dejaban aquel hospitalario techo, bien así como esas parejas de aves acuáticas, que por las tardes del estío llegan á las granjas, pasan la noche anunciando con sus cantos la abundancia de las cosechas y al salir el sol alzan su vuelo para no volver jamás.
Cuando tenían necesidad de pasar por algún pueblo de importancia se dirigían á la iglesia donde el piadoso ministro bautizaba á los niños aconsejando la paz y la fraternidad mientras D. Carlos andaba en busca de los enfermos y los pobres.
Su salida tenían que hacerla furtivamente para no escuchar las aclamaciones de la gratitud é impedir que los detuvieran con súplicas y lágrimas.
La fama de su amable indulgencia, sus medicinas y beneficios de toda especie, circuló por muchos pueblos de indígenas.
Los enfermos iban á esperarlos por donde tenían que pasar, los dueños de las fincas inmediatas les ofrecían sus carruajes, las madres alzaban en brazos á sus hijos para que los conocieran y todos los consideraban como mensajeros de la Providencia.
Ellos á su vez, tenían que ocultarse en las selvas y en los barrancos para no ser llevados en triunfo.
Perseguidos así por las solicitudes de la miseria y las bendiciones del agradecimiento, D. Carlos sufría mucho porque en lugar del reposo y el olvido que se propuso encontrar en la soledad, se veía cargado de atenciones y aturdido por el bullicio de los que le rodeaban sin cesar.
VII.
El Guardián compadeciendo á su amigo y calculando que aquella situación produciría malas consecuencias para la salud y el crédito de ambos, un día llegó á decir á D. Carlos:--Ya no es posible la vida que llevamos; la ocupación de instruir al pueblo es el ejercicio más noble de la vida y la caridad es un oficio de ángeles; pero amigo mío, por cuanto el corazón del hombre está formado con tierra deleznable donde germinan los gusanos del pecado, el bien que vamos haciendo, quizás pudiera engendrar envidias ajenas y soberbias propias. Huyamos de aquí para ocultarnos entre las cuatro paredes de nuestra casa, que serán un baluarte contra la tentación.
Caminando de noche por sendas extraviadas volvieron á su convento.
El día que llegaron fatigados y cubiertos de polvo, á todos extrañó que no hubieran cumplido su misión porque no presentaban las importantes limosnas que otros padres habían llevado en iguales casos y aun la mula que debería cargarlas, la regalaron á un caminante porque vieron morir de cansancio á su caballo.
Pero D. Carlos tuvo cuidado de que apareciera en la colecturía del monasterio una gruesa cantidad de dinero como producto de la expedición.
Poco tiempo después, observando el Padre José que si bien D. Carlos no sanaba, por lo menos el mal había detenido sus progresos, dispuso hacer otra excursión por lugares en donde no fueran conocidos; pero ese viaje no tuvo efecto á causa de varios sucesos inesperados.
VIII.
Una tarde se había colocado el celoso Guardián en el confesionario para oir á varias señoras que lo esperaban, cuando entró en la iglesia un viejo inválido, tembloroso y macilento como si saliera de un hospital.
Iba cubierto de harapos, apoyándose difícilmente en una gruesa caña con la que golpeaba el suelo á cada paso.
Sus ojos dirigían miradas recelosas por todas partes, la barba le temblaba y su frente parecía inclinarse bajo el peso de una maldición.
Llegando al confesionario, se dejó caer de rodillas y exclamó:--¡Padre, Padre, yo quiero confesarme porque me muero de dolor y desesperación! Pero antes necesito hablar á solas con Ud. por fuera de la iglesia, para decirle muchas cosas y llorar...... y dar de gritos......
El Padre, condolido de aquel septuagenario que apenas podía hincarse, lo levantó diciéndole con persuasiva benevolencia:--Calma, hermano, calma; para todo hay remedio si confiamos en Dios.--Tomándolo del brazo, lo condujo á un rincón del atrio, en donde había unas grandes piedras y lo invitó á sentarse á su lado.
El viejo mendigo, luego que pudo calmar su agitación, habló sin más preámbulos:--Yo me llamo Sebastián Gutiérrez, fuí criado de D. Carlos Miranda cuando él era niño; ahora que estoy seguro de que vive desgraciado y enfermo en este convento, vengo á suplicar á Ud. me permita verlo, pues mi amo se encuentra así por causa de una mujer que......--Basta,--dijo el Padre José interrumpiéndole:--Todo lo sé y como no puedo negar que aquí se oculta el Sr. D. Carlos, manifiesto á Ud. que tiene la resolución de no ver más que á las personas de la casa y no quiere saber cosa alguna que pueda recordarle sus desgracias.
IX.
Después de unos instantes de silencio, en que Sebastián temblaba y palidecía, el Guardián tomando con una mano su venerable barba, añadió:--Si Ud. tiene algo que confiarme respecto á su propia conciencia......
--Sí, Padre, mi conciencia me pesa y me acusa,--clamó Sebastián con los ojos llenos de lágrimas,--Ud. puede saber lo que le habrá contado mi amo, pero no lo que ha pasado después. Yo no he sido bueno como él; queriendo vengarlo cometí un crimen y no se borra todavía de mis manos la sangre que derramé; por eso vengo á pedir á D. Carlos me perdone y me permita servirlo durante la poca vida que me queda: si Ud. no puede permitirme que le hable, déjeme siquiera que lo vea de lejos y que viva cerca de él, aquí, en la calle........ Impóngame un castigo, mándeme á la cárcel, pero escúcheme.
--Hable Ud., hable Ud.--repuso el Padre cruzando los brazos é inclinándose para oir al mendigo, cuya voz espiraba en el fondo de su pecho lastimado.
Sebastián exhalando un hondo lamento se expresó de esta manera:
"Cuando yo vine de mi tierra fuí á servir á la casa de su padre de D. Carlos, que me quiso mucho y decía que, aunque tonto, era yo muy honrado y me confiaba su dinero lo mismo que su hijo para que los cuidara."
"El día que fusilaron á mi buen Señor porque había sido General de los insurgentes, lloré por él como por mi padre y me quedé pasando trabajos con el niño; pero después la Señora me pagó muy bien; por eso D. Carlos me quería y yo también lo amaba como si fuera mi hijo, lo cuidaba mucho y cuando se fué á Europa quiso llevarme, pero no se lo permitieron."
"El niño mi amo tenía un tío muy malo y una novia muy bonita que se llamaba María Luisa."
Al pronunciar Sebastián estas últimas palabras se dirigieron ambos ancianos una mirada de inteligencia y de tristeza.
X.
El mendigo siguió hablando con más calma:
"Mientras D. Carlos estudiaba en Madrid, murió la Señora su mamá y pronto supimos que ya él se había casado y no regresaría."
"María Luisa y yo, que tanto llorábamos por la Señora y su hijo, éramos mal vistos por el tío D. Juan, quien un día me despidió de la casa por haber defendido el honor de aquella pobre muchacha."
"No pudiendo yo ir á España en busca de mi amo, como eran mis deseos, hice contrato de servir á un maestro de obras, que me llevó á Michoacán y con él aprendí el oficio de albañil."
"Allí pasé algunos años y cuando ya me sentía rendido por el trabajo y los pesares, me llamó un Señor á quien le había construido una casa y me dió mil pesos diciéndome que me los mandaba D. Carlos."
"Hasta entonces supe que mi buen amo se hallaba en México y no se había casado."
"Al verme dueño de aquella cantidad dije para mí:--¿De qué me servirá tanto dinero habiendo encontrado á D. Carlos? Voy á devolvérselo y me quedaré en su casa siquiera de portero; él me mantendrá en los últimos días de mi vejez."
"¡Ay Padre! Sólo han pasado seis meses desde el día que tomé camino para México llevando mis sesenta onzas de oro."
"Desde entonces he sufrido muchas penalidades; todavía no era cojo, ni manco, ni tan viejo como estoy ahora."
"Sin pensar en que muy pronto debería pedir limosna de puerta en puerta, entraba en la Capital muy contento porque pronto iba á ver á mi amo, cuando unos salteadores me quitaron el dinero y me dieron muchos palos."
XI.
"Desnudo y lastimado llegué á la casa de D. Carlos con la esperanza de hallar recursos y consuelos; pero en el zaguán sentí que las fuerzas me faltaban y caí al suelo escuchando á un criado que me dijo:--Esta casa es de D. José López, su antiguo dueño D. Carlos ha muerto en Oaxaca."
"En cuanto volví en mí, pensé que estaba soñando, pero seguro de la realidad, quise luego venir para ver el lugar donde había muerto mi amo y pasar cerca de su sepultura los días que me quedaban de vida; mas no tenía con que hacer un viaje tan largo por lo cual comencé á trabajar como simple jornalero."
"A pocos días supe que un Señor de Guatemala volvía para su tierra y necesitaba un criado; luego fuí á ofrecerle mis servicios que aceptó, prometiendo pagarme bien y dejarme en Oaxaca."
"La noche anterior á nuestra partida me llevó á su casa para que lo despertase temprano y luego mandó que me dieran de cenar."
"Mucho gusto y dolor tuve al mismo tiempo, mirando que la cocinera de aquella casa era la misma Josefa que servía en la de D. Carlos cuando me corrió su tío."
"Luego me conoció y me dijo llorando:--¿Qué le parece á Ud. de la muerte del niño?--y en seguida me dió cuenta de todo lo que había pasado mientras yo viví en Michoacán, comunicándome que María Luisa y los otros criados fueron despedidos, la Srita. Carolina entró en un colegio y nadie volvió á tener noticia de D. Carlos hasta después de algunos años que regresó de Madrid hecho un caballero. Cuando encontró á María Luisa, viéndola que se había desgraciado y andaba en mala vida, la recogió, la puso en una casa muy buena, la dió mucho dinero y la tenía como si fuera su hermana.--No me lo crea Ud., tío Sebastián,--añadió la Josefa en voz baja:--esto que voy á decirle lo he oído en el mercado cuando hago mis compras; unos cuentan que ya estaba D. Carlos para casarse con María, otros que se había casado en secreto con ella; el caso fué, que una noche la encontró con un hombre y al día siguiente se fué para Oaxaca donde murió, pero algunos han dicho que se mató en el camino. El mozo de su jardín y el sereno de la esquina cuentan que aquella noche anduvo corriendo en la calle, sin sombrero, como si estuviera loco y yo he oído decir al Señor de esta casa, que D. Carlos se metió á fraile, disgustado por una inconsecuencia que le hicieron en el Gobierno, pero la verdad sólo Dios la sabe."
XII.
"Cuando Josefa me decía todo ésto, sentí que me temblaban las piernas y se me movía el pelo de la cabeza."
"¡D. Carlos tan bueno y tan decente, burlado por una mujer canalla, se había muerto de pesar ó se había matado de vergüenza y hasta en la plaza se contaba su deshonra!"
"En el acto juré matar á María Luisa y á cuantos tuvieran la culpa de lo sucedido; pero ya tenía yo el compromiso de caminar al día siguiente y pensé que sería mejor venir á Oaxaca para persuadirme de que D. Carlos ya no existía ó hablar con él si era verdad que se hallaba en un convento como dijo aquel Señor."
"En esa noche nada pude dormir; después el camino me pareció muy largo y sólo pensaba en la venganza."
"Cuando me ví en esta ciudad, dejé al Señor de Guatemala y me dirigí al Panteón para buscar el sepulcro de D. Carlos, pero no lo hallé."
El viejo mendigo calló unos instantes para tomar aliento, porque le faltaba la respiración.
Las lágrimas le caían mojando sus harapos; llevándose la mano á la frente como para evocar recuerdos y detener la anarquía de sus ideas, continuó:
"El guarda del campo santo me dijo que sin duda mi amo había sido enterrado en alguna iglesia. Yo no me conformé y volví al día siguiente, pero como no sé leer, fuí antes á una escuela donde pagué porque me pusieran en un papel, repetido con diversas formas de letra, el nombre de D. Carlos Félix de Miranda."
"Varios días pasé cotejando las letras de mi papel con las de todos los sepulcros y nada conseguí; después anduve registrando los suelos de las iglesias, pero también sin resultado alguno."
"Fuí al curato, pagué porque me leyeran el libro donde apuntan á todos los que se mueren y tampoco estaba el nombre que yo pedía."
"No quise ni pensar en que mi amo estuviera enterrado fuera de la iglesia y sin lápida como sepultan á los que se matan."
XIII.
"Acordándome de lo que sabía Josefa, recorrí los conventos y como á los pobres todo les cuesta, seguí pagando á jardineros y sacristanes para que me dijeran los nombres de los religiosos."
"Cuando vine á revisar los sepulcros de esta iglesia y entré al convento, fuí recibido bien, pero al preguntar á un lego por el Sr. D. Carlos, me dijo que había prohibición de dar noticias de lo que pasaba en la casa y me ordenó que saliera."
"Desde aquel día mi corazón empezó á decirme que aquí estaba D. Carlos."
"Siguiendo á visitar conventos y buscar sepulcros, andaba yo como si estuviera loco y sentía envidia al ver muchas gentes que llegaban á la iglesia, se arrodillaban y muy pronto salían consoladas."
"Después de ocho días perdí la esperanza y me disponía para volver á México, preguntando en los pueblos del tránsito si había muerto D. Carlos en el camino; pero una tarde, al entrar en esto atrio, mire al pié del campanario un grupo de limosneros y muchachos que haciendo ruido, se agachaban y reñían.--A mí me tocó un real.--decía uno.--A mí una peseta.--contestaba el otro."
"Cuando llegue á la puerta del templo, sentí caer á mis piés un peso que recogió una pobre anciana, ésta empezó á disputar con otra que no había podido tomarlo y aquella me habló diciendo:--Ud. dirá, Señor, ésta quiere cogerse el peso habiéndolo tirado para mí un padre muy bueno que sale todos los viernes á dar limosna por el campanario."
"Antes de que acabara de hablar levanté la frente y miré que asomó la cabeza en el balcón de la torre y la ocultó luego el mismo D. Carlos."
"Entonces tuve placer y miedo creyendo que miraba á un muerto; sin saber qué haría, entré á la iglesia y me dejé caer al suelo como si estuviera ebrio."
XIV.
"¡Había encontrado á mi amo y no fué mentira lo que me contaron! ¡Era desdichado y por eso se ocultaba de todos, hasta de los pobres limosneros!"
"Sintiendo nuevamente grandes deseos de vengarlo, en esa misma noche me fuí para México."
"Luego que llegué ví á Josefa, quien me aseguró lo que antes había dicho; hablé también con el jardinero y el criado de D. Carlos; ambos me contaron cosas horribles."
"Así como el que quiere casarse pasa frecuentemente por la casa de su novia, yo hacía otro tanto con la de María Luisa."
"Ella vivía en una casa de altos muy bonita y cuando me vió pasar no pudo ó no quiso reconocerme."
"Desde luego procuré informarme de su vida, medí la altura de sus balcones y entablé amistad con sus criados, los cuales me dijeron que permanecía encerrada y tenía relaciones con el hijo del panadero dueño de la casa de enfrente."
"Pocas veces la veía y me alejaba de ella no tanto por temor de que me conociera, como por la repugnancia que me causaba."
"Siempre iba vestida de negro y cada vez la encontraba más pálida y enferma."
XV.
"Por fortuna, junto á la panadería y casi frente á los balcones de María Luisa, estaban construyendo una casa, en cuya obra me coloqué de segundo maestro."
"Como trabajaba diariamente sobre los andamios, podía ver con facilidad la casa de María, medir su altura y conocer los lugares por donde pudiera entrar á matarla."
"De noche continuaba pasando para ver quién entraba y salía de la casa, pero siempre veía la puerta cerrada."
"Discurrí conquistar la confianza del sereno encargado de cuidar la calle, quien, como era joven y paseador, me dejaba su capote y su linterna; yo hacía la guardia pasando y repasando por la calle ó fingiéndome dormido en la puerta de María Luisa."
"Disfrazado de aquel modo pude notar que á las once de la noche salía de su casa el panadero y cuando nadie pasaba, se dirigía á la de María Luisa, franqueando la puerta con su llave; casi siempre no salía de allí hasta poco antes del amanecer."
"Convencido de la verdad dejé de hacer mis guardias algunas noches, porque me dediqué á sacarle filo á un gran puñal que me vendieron en la mercería donde compraba herramienta para la obra."
"El extranjero á quien lo pedí me dijo:--¿Para qué quiere Ud. este cuchillo de monte, tío Sebastián?--Y yo creyendo que en la cara me había conocido mis intenciones, le contesté:--Para cortar dos cabezas de viga que ya estorban en los andamios.--Esto servirá mejor para cortar dos cabezas de gente.--replicó. Entonces salí corriendo de la tienda como si me hubiera robado el cuchillo."
"Después de algunas noches de trabajo, mi arma ya tenía filo por ambos lados y cortaba como navaja de barba; sentía yo por ella mucho cariño y la guardaba debajo de mi almohada mientras dormía."
"Por fin, una noche que salió la criada de María Luisa y no cerró la puerta, entré cautelosamente á la casa y me oculté tras de los macetones que había en el patio."
"Cuando dieron las diez sentí que bajaron á echar la llave y apagaron los faroles."
XVI.