María Luisa, Leyenda Histórica
Part 6
"A cada paso recibía pruebas flagrantes de que María Luisa no procuraba cumplir las condiciones que le puse y sobre las que había insistido muchas veces con ruegos y hasta con lágrimas."
"Alegando una ocupación me retiré de aquel baile para ir á soportar otros golpes no menos dolorosos."
LXI.
"Por casualidad encontré al Doctor con quien ya no quería curarse María Luisa y le ofrecí acompañarlo para poder preguntarle capciosamente, si ya no visitaba enfermos por el barrio donde tenía yo mi jardín, porque hacía tiempo que no lo veía pasar."
"--En efecto,--me contestó:--mi clientela no es de aquel rumbo; en días pasados curaba yo por allí á una joven, que no era muy apta para seguir el método único que pudiera sanarla. Entre las mujeres hay enfermedades que no pueden curarse mientras estén casadas."
"Este aviso inesperado me llevó al colmo de la admiración. ¡María era vista por un doctor en medicina como mujer casada!"
"Cuando entré á mi casa, ya ni me causó impresión la lectura de una carta de Carolina, en la que me decía con una modestia digna de ella, que sabiendo tenía yo á quien querer, me libraba de mi palabra y se despedía de mí para siempre, porque iba á marchar con mi tío á su hacienda mientras podía entrar en un convento."
"Entonces comprendí que todo lo había perdido, hasta el honor."
"Padre, los hombres cuando aman como yo he amado se vuelven ciegos, sordos é imbéciles."
"A pesar de todo hacía esfuerzos para disculpar á María y dispuse inmediatamente mi viaje á esta ciudad porque me sofocaba la atmósfera de México."
"Ya estaba concluida la venta de mis propiedades y remitido á Ud. su valor; solamente las casas de María quedaron á su disposición para que las poseyera desde Oaxaca y pudieran serle útiles en cualquiera evento de la suerte."
LXII.
"A mi apoderado dejé una casa pequeña para que cuando le diese aviso, la entregara á Mariano, el único sirviente que me quedaba; también remití un libramiento de mil pesos al viejo Sebastián Gutiérrez, mi criado de la niñez, que vivía en Michoacán solo y enfermo."
"La casa de mi habitación y el jardín fueron vendidos al Sr. López, que convino en recibirlos basta que definitivamente dejara yo la capital."
"Llegada la hora, ocupé un asiento en la diligencia que sale diariamente para Puebla."
"El frío de la mañana y los tumbos del coche despertaron á tres pasajeros que ya estaban colocados en la testera cuando yo subí."
"Al amanecer pude verlos bien y me parecieron unos jóvenes de familias decentes, que se hallaban enardecidos y despeinados como si hubieran pasado una noche de orgía."
"En los coches de posta, lo mismo que en los buques, Ud. habrá visto que muy pronto se familiarizan los compañeros de viaje."
"Pues bien, aquellos sugetos me hablaron con cierta llaneza que á la verdad me disgustó porque yo no sabía quiénes eran."
"En el acto me contaron que uno de ellos era de Puebla y los otros iban á pasar con él las fiestas de Navidad."
"Los tres hablaban sin parar, salpimentando su conversación con las palabras más ríspidas del idioma; yo apenas les contestaba, porque desde luego comprendí que eran vagos de oficio y viciosos de profesión."
"A cada golpe de la diligencia lanzaban imprecaciones terribles y cuando nos detuvimos en una venta para tomar el desayuno que les ofrecí, volvieron al coche provistos de una botella con aguardiente, asegurando que aquello era un gran remedio para los contratiempos del camino."
"Uno de ellos, el de Puebla, alto, pálido y delgado, á quien los otros daban el nombre de _Pancho_, hablaba de política, de literatura y reuniones aristocráticas."
"Los otros, según su propio dicho, eran tahures y además, muy prácticos para conquistar corazones de niñas y bolsillos de tontos."
"Aquellos tres hombres que manejaban á la perfección el dialecto de la canalla, comenzaron á contar sus hazañas en pleitos y amores, maltratando reputaciones y publicando con descaro las miserias de la sociedad lo mismo que sus propias debilidades."
LXIII.
"Nada hay tan despreciable como el cínico que para vergüenza de la especie humana, inventando hechos infames y repitiendo epigramas punzantes, parece complacerse con recoger las basuras de la sociedad y después de hartarse con ellas arroja los restos á la cara del que tiene delante."
"Aquellos corazones gangrenados no sabían lo que es amar ni sentir los instintos del honor."
"Cuando llegaron al capítulo de las mujeres casadas, yo no pude contenerme y con expresión un tanto airada, les dije:"
"--Hombres, eso es inicuo; las mujeres por sí no son tan malas, nosotros somos el origen de sus faltas; si resisten las calumniamos y si sucumben las envilecemos. Todos deberíamos procurar la regeneración de la mujer caída, siquiera disculpando lo que no podemos remediar."
"--Las mujeres tienen instintos depravados.--exclamó uno de aquellos libertinos."
"--La mujer--repliqué yo--tiene hambre y sed de justicia."
"El de Puebla me interrumpió bostezando:"
"Licenciado: todo eso es quimera, teoría, ilusión. Si Ud. pudiese hacernos el milagro de resucitar reputaciones de mujeres perdidas, aunque fuera en pocos ejemplares, yo le daría el título de _abogado de imposibles_; pero no se canse Ud.; _La cabra tira al monte_."
"--Y si quiere una muestra; voy á dársela:--dijo otro de aquellos deslenguados:--¿Conoce Ud. _á la mora_?"
"--No, Señor,--le contesté amostazado y con el fuerte acento del que dice, cállese Ud."
"Aquel truhán encendido por el aguardiente que acababa de agotar y sin fijarse en mi semblante, me habló de esta manera:"
"--Esa muchacha que ha dado tanta guerra, es alta, morena y de provocador atractivo; pero muy desordenada; en un baile de candil, donde la encontré hace poco, me contaron que un compañero de Ud., abogado muy rico, á quien yo no conozco, tuvo la feliz ocurrencia de recoger á la hipócrita cortesana; le compró casas, la tiene con gran lujo y ya está recibiendo el premio de su simplicidad."
"--Ese Señor ha de llamarse Juan.--insinuó el otro tahúr."
"--Y apellidarse Lanas.--añadió el de Puebla."
"--Pues bien,--agregó el primero:--ese abogado Juan Lanas ó Juan Tonto, tiene á _la mora_ como si fuera una gran cosa; dicen que la quiere de veras y la visita pocas veces; pero mientras él estudia las Siete Partidas ó baila en los salones de la aristocracia ella se marcha á las fiestas de los pueblos muy bien acompañada, concurre á los bailes públicos y forma en su casa reuniones que no son muy católicas; por supuesto que todo es á costa del Sr. D. Juan. No hace mucho tiempo que la visitaba con frecuencia un capitán de artillería y ahora pasa con ella largas horas un joven panadero que vive frente á su casa; es casi un niño; puedo apostar á que fué conquistado por ella; el muchacho, aunque guapo, es muy bisoño. ¿No le parece á Ud. que eso es una infamia imperdonable?"
"Yo sentí que me ahogaba, pero era preciso disimular."
LXIV.
"El hombre aquel concluyó:--Puede Ud. preguntarle todo esto al médico que la visita cuando se declara enferma...... y si no...... aquí está Pancho que da noticia de aquel magnífico lecho de marfil, adornado con una imagen de la Virgen para mengua de Murillo que la pintó y del mentecato que la pagaría muy cara."
"El Pancho hizo una señal de afirmación; yo al oir nombrar el casto lecho de mi madre, creí hundirme en el fondo del carruaje como en un abismo y dejé caer la cabeza con la pesadumbre de aquella verdad tan espantosa como tardía."
"Experimenté náuseas y dolores insufribles que despertaron por un momento la compasión de aquellos hombres."
"Les dije que el movimiento del coche me había mareado y dispuse regresar en el acto."
"Habiéndose detenido la diligencia en una posta, bajé seguido de Mariano y me despedí de aquellos fatales compañeros."
"Al partir el carruaje asomó la cabeza por la portezuela el que se llamaba Pancho y haciéndome con la mano una señal de despedida, me dijo:--Si ve Ud. al Sr. Lanas, dele memorias mías."
"En cuanto me ví solo mandé pedir un coche á la finca que está cerca de aquel lugar y es propiedad de un amigo mío."
"¿Qué haría? ¿Para qué regresaba? Yo no podía saberlo."
"La idea del suicidio apareció en mi mente acalorada como un recurso salvador."
"Luego dispuse ir á matar á María, matar al otro y después matarme yo; pero al mismo tiempo reflexionaba en el oprobio que caería sobre mi nombre, y más que todo, en los derechos del honor y los deberes de la conciencia."
"¡Yo que había colmado á María Luisa de respetos, de confianza y de dinero, consagrándole mi amor de niño, mis ilusiones de hombre y mi vida entera, despertaba de repente burlado, vendido, vilipendiado, con el honor puesto en ridículo y mi juventud perdida para siempre! ¿Quién pudiera creerlo?"
LXV.
"En un momento de lucidez pensé que yo tenía la culpa de todo y me hice estas preguntas:--¿Con el lujo y la vaguedad de una vida ociosa semejante á la que tienen las odaliscas de un serrallo es como se prepara á una mujer pura ó no, para que llegue á ser buena esposa y buena madre? ¿Por qué no tuve á María Luisa oculta y respetada en mi casa desde el día que la saqué de la cárcel?"
"Yo infatuado con una honradez convencional é interesada, quise volver ángel á una mujer pública con el solo poder de mi riqueza y mi mandato."
"Los hijos de Adán cometemos diariamente la misma imprudencia de nuestro primer padre, acusando á la mujer porque obedece á la serpiente de la seducción, sin atender á que cuando lucha con tan poderoso enemigo la dejamos sola para que se defienda, no más con su inocencia y su debilidad."
"Ud., Padre, que dirige los corazones é ilustra las conciencias en la cátedra de la sabiduría y en el tribunal de Dios, dígale á la sociedad, que para ser buena tiene que ser justa."
"La madre forma el corazón del hombre, pero el hombre, ante todo, debe cuidar la educación de su hija."
"En esta época de transición en que vivimos, mucho se habla de ciencias y progresos, de libertad individual y derechos comunes, pero poco se piensa en los deberes domésticos y las obligaciones morales del pueblo."
"Descuidamos á la hija y á la hermana, entregándolas desde muy temprano en los colegios á manos extrañas sin haber cimentado su educación, y luego las presentamos al mundo, procurando verlas embellecidas más con alhajas que con virtudes, para que realicen un enlace fecundo en comodidades materiales."
"A la esposa, que se adquiere ó casi se compra como mueble de lujo, al principio se le adora, luego se le engaña, y al fin se abandona para que rece en la iglesia ó sufra en el hogar."
"¡Oh! Y á la infeliz que se atasca en el lodazal de la perdición, en lugar de tenderla una mano compasiva, se la desprecia como el calzado inútil ó la vil baraja que ya sirvió para el alimento del vicio."
"Y después los sabios, los filósofos, los maridos burlados y los insensatos como mis compañeros de viaje, dicen magistralmente:--Las mujeres tienen instintos depravados."
LXVI.
"Todo esto discurría yo tendido al pié de un árbol, con el corazón despedazado, cuando llegó el carruaje."
"Monté violentamente y tomando las riendas agitaba los caballos como si quisiera volver á México en alas del relámpago."
"Tuve impulsos de precipitar el coche á una barranca, pero me detuvo la consideración de que también perecerían el conductor y Mariano, quien, temiendo tal vez una catástrofe, me arrebató las riendas; yo se las abandoné inconscientemente."
"El camino era largo y llegué á México á las diez de la noche."
"En la puerta del jardín despedí al cochero y ordené á Mariano fuese á la casa, para esperarme hasta nuevo aviso."
"Como siempre guardaba una llave, no me fué difícil entrar sin ser visto."
"Hacía mucho frío y el jardín resonaba con esos murmullos de la noche que no sé de dónde salen."
"La luna casi oculta entre las nubes derramaba una claridad débil é indecisa."
"Los espacios de luz y sombra cambiados sin cesar con la oscilación de los árboles agitados por el viento, hacían figuras que me parecieron esqueletos colgados de las ramas y animales que saltaban y desaparecían."
"Corriendo en línea recta para llegar cuanto antes á la escalera que terminaba en la puerta de mi cuarto, ví aproximárseme un enorme fantasma, le acometí sin miedo y me lastimé una mano, porque no era otra cosa que el tronco de un árbol; continuando sin ver á dónde pisaba me hundí en un caño cenagoso que conducía el riego."
LXVII.
"Al subir la escalera oí una música suave y deliciosa que no me era desconocida y dije como si hablara con alguno: ciertamente soy un mentecato como me llamaron esta mañana; María Luisa está tranquila, encerrada tocando su piano y tal vez acordándose de mí cuando yo vengo á celarla y herirla sólo por el dicho de un calumniador."
"Pensé volver al coche inmediatamente, pero temí ya no encontrarlo y sintiéndome fatigado, entré á descansar en el cuarto."
"Allí era más perceptible el sonido del piano y pronto me llamó la atención el aria que oía, porque tan fácil para María Luisa, era ejecutada con torpeza ó enfado."
"No pude resistir la curiosidad de ver por el conducto de la llave lo que pasaba en la otra casa."
"Esa llave siempre la tenía puesta en la cerradura y no quise quitarla, por no hacer ruido, conformándome con ver lo que pudiera por el pequeño resquicio que dejaba."
"Por aquella puerta, como he dicho antes, entraba yo al pasillo en cuyo fondo había una para la sala y á un lado la otra que daba acceso á la alcoba."
"Cuando me incliné para observar por aquel conducto, el piano ya no sonaba."
"Aunque la puerta de la sala no estaba cerrada, sólo pude alcanzar con la vista un corto radio que abarcaba el lugar de la mesa redonda situada frente al piano."
LXVIII.
"Sobre aquella mesa, en palmatoria de metal blanco, ardía una vela de esperma y á su lado estaba una bandeja pequeña."
"Discurrí aplicar el oído cerca de la llave y pude percibir la voz limpia y sonora de María Luisa, que hablaba un poco agitada; pero no entendí lo que decía."
"El viento al pasar por aquel agujero, causaba un extraño rumor que me impedía oir bien; sin embargo, me pareció que aquel ruido se confundía con el eco de otra voz lenta, ronca é insistente que alternaba con la de María."
"Era sin disputa una voz de hombre."
"Miré otra vez y entonces apareció cerca de la palmatoria la mano temblante, mórbida y pequeña de María Luisa, que colocaba en la bandeja una copa vacía; inmediatamente otra mano más grande, más obscura, casi negra, fué á poner otra copa y luego colmó de vino las dos."
"El piano volvió á sonar con precipitado desorden y yo volví á poner el oído."
"Estaba temblando de piés á cabeza, la espina dorsal me dolía mucho por estar inclinado y mis mandíbulas chocaban fuertemente sin poderlo remediar."
"Entonces me tapé la boca con la mano y contuve la respiración para escuchar mejor."
"Los acentos de aquel hombre resonaban en la sala é iban á caer en mi oído como golpes de martillo."
LXIX.
"Oyendo y mirando alternativamente, llegó un momento en que percibí que María, esforzándose por hablar con una voz armoniosa y suplicante, clamaba:--No, No.--Y á pesar de todo estaba yo sintiendo que la amaba irresistiblemente."
"Trascurrido un largo rato en el que padecí todos los vértigos del infierno, la vela desapareció de la mesa."
"Mis ojos se cubrieron con un velo de sangre, á través del cual miré á la ingrata que risueña, despeinada, y en estado de completa ebriedad, se dirigía con negligente paso á su alcoba y tras ella, llevando la vela, el joven panadero aquel de quien tanto había yo desconfiado."
"Al llegar junto á María, la tomó del talle para sostenerla y ella luego le puso la mano en el hombro con voluptuosa languidez."
"Ante la evidencia de los hechos me sentí aterrado, las sienes me latían violentamente y queriendo ver más todavía, me aproximé tanto al horrible agujero, que toqué la llave con la frente haciendo ruido como si quisiese abrir la puerta."
"En el acto María dió un grito de espanto, el hombre se estremeció, dejó caer la vela y todo quedó en la más negra obscuridad."
"Entonces yo me erguí con penoso esfuerzo y no pudiendo continuar en pié, caí hacia atrás causando tal ruido, que sin duda lo percibieron aquellos desdichados."
"¡Ay Padre! Sólo Dios sabe lo que sufrí en aquel lugar."
Aquí desfalleció la voz de D. Carlos, mas reponiéndose á pocos instantes, continuó:
"No puedo decir cuánto tiempo estuve allí caído."
"Sólo recuerdo que en aquella hora de crisis de mi vida, hablé mucho en voz alta, lloré, lancé gritos de náufrago y suspiros de agonizante."
LXX.
"Cuando pude darme cuenta de mí mismo, ya estaba en la calle vagando al acaso."
"Es seguro que dejé abierta la puerta de mi cuarto y también la del jardín, porque después no encontré las llaves en mi bolsillo."
"Por única fortuna, en medio de la demente perturbación de mis sentidos, había tenido buen juicio para salir de aquel malhadado lugar."
"Aunque hacía mucho frío, yo experimentaba los ardores de la insolación y el sudor de mi frente rodaba mezclado con mis lágrimas."
"Presa de una febril exaltación y no sabiendo por qué calles andaba, de repente corría queriendo huir de mí mismo y luego me paraba como buscando alguna cosa que hubiese perdido."
"Como estaba la noche obscura y mi alma rodeada de tinieblas, ignoraba por dónde iba y me parecía que mis piés no tocaban el suelo."
"En una esquina tropecé con el sereno que dormía y cayendo sobre su linterna la hice pedazos."
"En el acto se levantó el soñoliento velador acometiéndome con su sable, pero al conocerme murmuró:--Dispense Ud."
"Yo sin contestarle seguí andando apresuradamente."
LXXI.
"Después no sé por qué calle miré abrirse y cerrarse luego la puerta de una pulquería de donde salieron varios hombres."
"A poco andar noté que uno de ellos me seguía; yo me detuve para que se acercara y él me pidió un socorro.--No tengo, le dije con enfado y seguí andando; mas él insistió diciéndome que no había comido; entonces recordé que yo tampoco había probado alimento alguno desde la noche anterior y continué mi camino; pero como aquel hombre no me dejaba, le dí tan fuerte golpe sobre la frente, que cayó al suelo lejos de mí."
"En el acto se me acercaron sus compañeros y la ronda que casualmente pasaba por allí."
"El jefe de la policía se puso á mis órdenes, yo señalando al herido mandé que fuera conducido á la cárcel."
"¡Un día, como juez, torcí la ley á favor de María Luisa y aquella noche, como Ministro, vulneré la justicia en mi propia causa mandando encarcelar á un infeliz después de haberlo ensangrentado! ¿Y todo por qué......? Porque estaba loco."
"Quiso Dios que me arrepintiera de mi ferocidad; en el momento llamando á los guardas, dispuso que dejaran libre á mi pobre víctima y le mandé algún dinero."
LXXII.
"Después de mucho andar y desandar, fatigado por la fiebre y el delirio, me senté en una puerta temblando de frío y entonces advertí que no tenía sombrero, por haberlo tirado cuando caí junto al sereno."
"Abrumado por ideas insensatas y padeciendo una especie de agonía, pedí la muerte, llamé al abismo y lamenté no tener con qué matarme."
"Desde luego mi evocación desesperada no me pareció tan inútil, porque interrumpiendo el silencio de aquella triste noche, resonaron cerca de mí fuertes golpes de martillos y rechinos de cerrojos; acto continuo se abrió una gran puerta frente al lugar donde yo estaba, dejando ver el interior de una casa como antro infernal donde vagaban sombras siniestras en torno de una hoguera y corrían hombres feroces profiriendo maldiciones, arrastrando cadenas y llevando por todas partes hachones incendiarios."
"Una hilera de gigantescos é inquietos animales se dibujaba en la pared no lejos de las llamas, y en el fondo del gran patio un mónstruo desmesurado, negro con grandes ojos de fuego, me veía sin moverse."
LXXIII.
"Nada más á propósito para mi estado de locura, como aquella cueva misteriosa que me atraía de una manera irresistible."
"Penetré á ella con ardor demente y llegando cerca del mónstruo, me ví en la indefinible situación de los sonámbulos cuando al despertar, dudan de lo que ven confundiéndolo con lo que han soñado y les parece al mismo tiempo todo ilusión y todo realidad."
"Estaba yo en el patio de la Casa de Diligencias, donde varios cocheros, á la luz de una fogata, preparaban la salida del carruaje con grande algazara, porque un tronco de potros nuevos no quería sujetarse al tiro."
"En el instante formé mi plan, pagué un asiento y subí al vehículo que me había parecido un animal del infierno, el cual partió con furiosa rapidez."
"¡Ojalá--decía yo--que esos caballos brutos azoten la diligencia en una esquina y se acabe todo! Mas si esto no sucede, aun me queda el recurso de precipitarme desde lo alto de aquellas rocas acantiladas que se alzan en el camino de Tehuacán á Oaxaca, ó hundirme en un remanso del río de Quiotepec."
"Poco después me embargó un pesado sueño; pero concluyamos: en Puebla ya me aguardaba la litera que tuvo Ud. la bondad de remitirme."
"Con la sola esperanza de morir continué mi viaje, trayendo la desastrosa resolución de suicidarme en este lugar consagrado á la virtud, pues calculaba locamente que aquí á nadie comprometería, mientras que si lo efectuaba en el camino, podrían ser culpados de mi desaparición los inocentes conductores de la litera."
LXXIV.
"Ud. sabe lo demás, Padre mío, á Ud. debo la vida. Le ruego nuevamente que me perdone lo que hice y lo que haga, porque la calma que ahora siento, por desgracia, no es paz, es tregua solamente."
"Bajo este hábito protector aun se subleva mi corazón."
D. Carlos calló y después de unos instantes dijo con emoción profunda:
"Sí Padre. ¡Aquella mujer era mi vida y no puedo olvidarla porque no puedo morir!"
"Este amor insensato es un fuego deletéreo, un elemento corrosivo que me martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza ó agobiado por tenaz misantropía quiero huir de mí mismo y á veces pido y lloro en el templo como si me hubieran robado la última esperanza de mi salvación."
Su voz se ahogó en un sollozo y arrojándose en los brazos del anciano, apenas pudo decirle:--¿Que hago, Padre? ¿Qué hago?
El sabio Guardián que conocía maravillosamente el corazón humano, abrazó al pobre joven y permaneció en silencio esperando únicamente la acción de la Providencia.
Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar; alejándose trémulos y mudos, fueron á perderse como dos sombras á través de una calle de álamos que terminaba en la escalera del claustro.
TERCERA PARTE.
I.
El Padre José con sus atenciones y consejos había logrado salvar á su amigo de las garras de la muerte, pero muy pronto se persuadió de que no podría curarse la fiebre de su alma.
Ni el prestigio de la virtud, ni los consuelos de la religión eran bastantes para conjurar las tempestades que se alzaban en la conciencia de D. Carlos; su corazón estaba herido de muerte.
La persuasiva elocuencia de aquel anciano que leía en el fondo de las almas, se estrellaba en el loco excepticismo del joven esclavizado y consumido por la eterna melancolía de su pensamiento.
Se asombraba el Padre José de los estragos causados por aquel infortunio que destruía violentamente una existencia tan estimable.
Condolido de sus inmensos dolores, aprovechaba toda oportunidad para recordar al joven abogado, cómo había podido triunfar de sus pasiones oponiendo el perdón al agravio; haciéndole admirar la sublimidad de la virtud y el poder de los sacrificios que á veces no consuelan, pero siempre honran, terminaba de esta manera:--El amor es una quimera inagotable, que ha hecho derramar muchas lágrimas á la humanidad, ya como el ángel que abre las puertas de la gloria ó como una sierpe que se enrosca en el corazón. Nuestro deber principal es saber sufrir. El hombre ultraja pero el tiempo castiga y Dios perdona á todos, Él sólo sabe su hora providencial en que descansan los corazones oprimidos y nunca se olvida de recompensar al que ha satisfecho sus deberes.
II.