María Luisa, Leyenda Histórica

Part 2

Chapter 23,975 wordsPublic domain

"El hombre es un viajero que camina de dolor en dolor...... vive como las flores y pasa como las sombras..... sus días están contados en el libro de la eternidad y no le es permitido extinguir el aliento de la vida."

Pasando al otro lado volvió á leer:

"¡Cuán penoso es el sendero del error!...... ¡Qué obscuridad en la noche de la duda!...... Las pasiones mal dirigidas hacen verter muchas lágrimas y dejan para siempre un rastro de fuego en el corazón. El pobre corazón humano, mezcla de oro y de escoria, fué formado para el amor purísimo del cielo; pero con frecuencia se mancha con el fango de la tierra...... La barca del pescador se pierde en el mar si se ocultan los luceros y el alma tropieza en los arrecifes del mundo cuando se olvida de Dios y de sus leyes......"

El fresco ambiente que llegaba del jardín, los aromas esparcidos por las flores, el suave chispear de las antorchas, el misionero rezando cargado de días y de experiencia y el joven lleno de vida y de pasiones, que apuraba las agonías del alma, ofrecían una escena de conmovedora sublimidad.

XIII.

D. Carlos continuaba con la cabeza inclinada y los brazos cruzados en actitud de contener las palpitaciones de su corazón; mas repentinamente se arrodilló cubriéndose el rostro con las manos.

Había escuchado al Padre, que alzando el cáliz, decía muy conmovido:

"Esta Víctima, tan pura como el inocente Abel, yo la ofrezco por mi vida...... por mi madre...... por la salvación de mi alma......"

Después de un intervalo de recogimiento y adoración profunda, el celebrante rezó el _Padre nuestro_, mas cuando dijo: _perdónanos como nosotros perdonamos_, alzó D. Carlos su ardorosa frente y con acento de febril resolución gritó:--No, Padre, yo no perdono...... me es imposible perdonar......

El Padre leyó una vez más en el libro de la sabiduría:

"¿Qué importan las injusticias de los hombres, si es tan corta la noche de la vida, que de un momento á otro hemos de contemplar el sol eterno de la eterna justicia?"

"El más sabio, el más justo, el más santo de los hombres, el Hijo de Dios, vino á la tierra para sufrir y perdonar...... Amó á los pobres, curó á los ciegos, sanó á los enfermos y resucitó á los muertos...... pero los ciegos, los enfermos y los ingratos exclamaron: _¡Que muera!_ Y fué crucificado...... Mas en el instante supremo del martirio, le dijo á su Padre: _Perdónalos_......... Y murió por culpas nuestras."

Al oir estas sublimes palabras, D. Carlos hacía esfuerzos para contener su llanto y pronunciaba frases incomprensibles, exhalando sordos gemidos.

Por fin se resolvió á perdonar, á esperar y pedir......

Oró con la devoción del creyente y el fervor del náufrago.

Pronto se sintió menos fatigado, porque la oración es el alimento del espíritu y hay muchos dolores que sólo se calman con el bálsamo de la plegaria.

El Padre había vuelto á cubrir el cáliz y contemplando cariñosamente á su amigo, le dijo:

--Adiós; he cumplido mi palabra y dejo á Ud. muy bien acompañado.

El joven abrazó al bondadoso anciano contestándole:--No, Padre, no me deje Ud. solo... Está hundido mi corazón en un abismo de pasiones...... Me quedo en el convento, pero...... necesito decirle todo lo que sufro y depositar en su seno mi pasado y mi dolor.

--En el seno de Dios que todo lo sabe y todo lo perdona,--repuso el Padre con acento convulsivo abrazándole también.

Una ráfaga de viento apagó las velas y la celda quedó en completa obscuridad.

XIV.

Cerca del amanecer salió el Padre José con dirección á la calle y pronto regresó acompañado por el médico del monasterio.

Una fiebre violenta estaba devorando el cerebro de D. Carlos.

Tendido en la cama, con la mirada vaga, el rostro enardecido y sin conocer á las personas que le asistían, era presa de repetidas convulsiones.

Todo aquel día estuvo diciendo palabras incoherentes y quejándose de dolores en la cabeza y frío en el corazón.

Por la noche cayó en un profundo letargo.

Unicamente daba señales de vida por las tristes quejas que salían de su pecho lacerado y el lúgubre chispear de su mirada moribunda.

El médico había dicho que el caso era grave y mandó que sólo estuvieran en la pieza los que tenían obligación de ver al enfermo.

El bondadoso Guardián se encargó de atenderle y no se apartaba de su lado sino breves instantes.

Después de siete días la gravedad no cesaba y la demencia era completa.

El desorden de sus palabras denotaba que las ideas pasaban por su cerebro en rápida tormenta, provocando las alucinaciones del vértigo.

A veces con violencia frenética procuraba incorporarse dando gritos de pasión ó lamentos de agonía.

Ya suplicaba que le dieran la muerte, ya se cubría con las ropas de su lecho, como si le persiguieran ó llamaba personas que no eran conocidas por las que le rodeaban.

Una mañana, después de haber pasado el Padre José toda la noche prodigando consuelos y atenciones á su desdichado huésped, salió de la celda diciendo en voz baja:--María Luisa...... María Luisa......

Todo ese día permaneció el médico á la cabecera del moribundo y al retirarse, sin haber recetado cosa de importancia, dijo al Guardián:--Si acaso amanece con vida, pueden trasladarlo á otra pieza menos estrecha y me da Ud. aviso. Yo veo esto imposible.

XV.

Al día siguiente se fumigó la celda, se pintaron de nuevo las paredes y ordenó el prelado que no se hablara más de la enfermedad ni de la presencia de D. Carlos en el convento, dando por motivo el temor de que la autoridad mandara sacarlo de allí para evitar el contagio.

Pronto se supo en México el fallecimiento del Magistrado Carlos Félix de Miranda.

Aquella sociedad sintió mucho la desaparición del hombre probo é ilustrado; el Supremo Tribunal suspendió sus trabajos por tres días y algún periódico enlutó sus columnas dando los detalles del suceso muy variados con el material de su inventiva.

Poco después, como no tenía familia, ya nadie hablaba del finado; su sirviente también, poseyendo la finca que le había cedido, muy pronto lo olvidó.

SEGUNDA PARTE.

I.

D. Carlos no murió.

En la noche que el médico desesperó de su curación, la fiebre hizo crisis presentando los síntomas de un alivio repentino.

El enfermo abrió los ojos y viendo á su lado al Padre José, le dijo resueltamente:--Creo que he dormido y he soñado mucho. Antes no sabía qué camino tomar en el desierto de mi vida...... pero ya estoy decidido..... Quiero huir de mis pasiones y de mis errores...... Hay infortunios que nos separan del resto de los hombres..... Como si hubiese muerto, desearía ser olvidado de cuantos me han conocido, ya que sólo me quedan recuerdos y lágrimas para todos los días del porvenir.

Después de un rato de calma, volvió á decir con doloroso sentimiento:

--Me quedo aquí, según lo he prometido. El hombre nuevo pide á Ud. un asilo en este lugar adonde no llegan las olas que se azotan en la sociedad...... Solamente necesito un poco de paz para mi corazón. Ruego á Ud., Padre, haga lo posible para que no sea conocida mi permanencia en el convento, á lo menos de personas extrañas. Yo procuraré que pronto llegue á México la noticia de mi muerte.

Volvió á callar y después de algunos instantes, prosiguió con voz apenas perceptible:

--Ojalá que á la sombra de la muerte y bajo el peso del olvido, llegue yo á ser bueno......

--Para serlo, hijo mío,--repuso el anciano--es necesario llevar la cruz hasta la cumbre de la estéril montaña de la vida; en el otro lado se halla la tierra de promisión.

II.

Volvió á caer el enfermo en un sueño letárgico que lo tuvo insensible durante algunas horas, pero ya sin señales de fiebre.

La naturaleza enérgica de la juventud había triunfado de la muerte.

Cumpliendo sus deseos y las prescripciones del médico, se le trasladó á una casa deshabitada que se comunicaba con el convento por el lado del jardín.

Allí pasó su convalecencia que fué corta y en cuanto pudo escribir, mandó algunas cartas á México, firmadas por personas desconocidas, que daban la noticia de su fallecimiento.

Desde entonces consagró sus días al estudio, al trabajo y la beneficencia.

Deseoso aún de libertad no quiso profesar, pero vestido con el tosco hábito de la Orden, se ocultó en aquella casa solitaria.

Unicamente lo veían en el convento cuando la campana llamaba á la oración, cuando había trabajos humildes que desempeñar ó algún enfermo que socorrer; mas siempre escondiendo su abatida frente bajo la capilla del monje.

III.

Los religiosos que no ignoraban quién era su nuevo compañero, le llamaban _el Padre Félix_ y pasaban á su lado con respetuosa consideración, admirando la caída de aquella grande alma y el triunfo del arrepentimiento.

Muchas veces lo veían pasar largas horas rezando en el coro y otras, barriendo los claustros ó regando el jardín.

Algunas ocasiones lo sorprendieron en el campanario arrojando monedas á los pobres.

Casi siempre andaba solo, silencioso y oprimido bajo el peso de sufrimientos ignorados de todos excepto del Guardián que lo veía como si fuera su hijo y cuando estuvo convaleciendo, lo acompañaba dándole el brazo para que hiciera ejercicio en el jardín.

La vejez y la experiencia sostenían á la juventud y la desgracia.

La hoguera que habían apagado los años, apagaba con sus cenizas á la hoguera encendida por las pasiones.

Una tarde bajaron al jardín más temprano de lo acostumbrado.

Largas hileras de álamos y abetos, pintorescos cuadros de flores y hortaliza, toldos de caprichosas enredaderas, grandes árboles frutales que fueron plantados cuando se levantó el monasterio, una fuente monumental derramando el agua con estrépito en un estanque inmediato y todo esto rodeado por el muro que circuía el convento, formaba el pequeño vergel que los padres denominaban _la huerta_.

Era día de recreo y el Padre José pudo permanecer más tiempo con su hijo adoptivo.

Cerca de la fuente sentáronse al pié de un álamo cuyas hojas plateadas, sacudidas por el viento, caían formando una alfombra que parecía de rosas blancas.

IV.

Estaba la tarde tibia y serena, los rayos del sol abrillantaban las tapias de piedra doradas por los siglos; la fuente gemía sin cesar; un aire ligeramente perfumado agitaba las copas de los árboles y el luminoso espejo del estanque.

El joven inclinó su frente pensativa y cerró los ojos cual si tratara de impedir que se le escapasen las lágrimas.

El Guardián, respetando el silencio de su amigo, pasaba repetidas veces la mano sobre su opulenta barba y movía los labios como si murmurara una oración.

Aquel cuadro, que hoy solamente pudiéramos contemplar entre los maronitas del Líbano, recordaba el pasaje de "Los Mártires" de Chateaubriand, cuando Eudoro refirió la historia de su juventud al sacerdote de Homero, en la ribera del Alfeo.--¿Está Ud. cansado?--Dijo el Padre á D. Carlos, que contestó vivamente:--Cansado no, pero sí cargado con la deuda de gratitud y de respeto que no puedo pagar á Ud. La causa principal de mis desdichas y mi resolución de morir, siquiera para el mundo, no le son desconocidas; más todavía, me avergüenzo ante Ud. por haber querido perder mi eternidad en un arrebato de culpable delirio.

Después de unos instantes de silencio, continuó:--Para que me compadezca...... y también como tributo de confianza, voy á contar á Ud. detalladamente los acontecimientos de mi vida si quiere permitírmelo.

--Con mucho agrado escucharé su narración.--Respondió el Padre cruzando los brazos entre las mangas de su hábito y añadió después de una breve pausa:--La vida del hombre es un arroyo fugitivo que se lleva las efímeras flores de sus ilusiones y las ramas secas de sus desengaños...... Aunque se haya doblado el cabo de las tempestades y se viva tantos años como yo, los recuerdos de afectos perdidos y goces pasados, ya sean propios ó ajenos, traen al corazón perfumes de dulzura y enseñanzas provechosas.

V.

D. Carlos fijó la vista en el suelo y habló de esta manera:

"Era yo un niño de seis años cuando comencé á sentir el peso del funesto destino que me ha perseguido toda la vida...... Mas no acuso á la Providencia; mi extraño carácter ó la fatalidad de los acontecimientos han hundido á mi espíritu en este abismo de dudas y desengaños donde Ud. lo encontró."

"Corto fué para mí el tiempo en que la niñez pasa encantada y escondida en la ignorancia de los dolores del alma."

"Yo apenas pude saborear la vaguedad deliciosa y fugitiva de la adolescencia."

"Muy pronto ví convertidos en áridos espectros esos fantasmas de ventura, esas imágenes risueñas que acarician á la juventud."

"Mi Padre, originario de Michoacán, heredó del suyo una fortuna considerable, que unida á la de su esposa, le permitía vivir en la Capital con grandes comodidades."

"Era bien reputado como médico porque recibió el título en España, pero sólo ejercía su profesión en favor de los pobres."

"Habiendo hecho sus estudios preparatorios en Valladolid, bajo la dirección del inolvidable cura Hidalgo, le amaba con un afecto lleno de admiración y cuando aquel hombre extraordinario emprendió la famosa guerra de independencia, mi padre que había presenciado en Europa los prodigios de la libertad, corrió á buscar á su maestro para ofrecerle la fortuna y la vida."

VI.

"Recuerdo que una noche al acostarme, cuando mi madre me había puesto á rezar, medio desnudo y arrodillado en la cama, llegó mi padre vestido con traje de camino y tomando mi cabeza entre sus manos, me besó la frente con ternura y tristeza; después abrazó á mi madre y partió."

"Aquella despedida debería ser la última."

"Yo le pregunté por qué nos dejaba y no quiso contestarme."

"Luego los criados me dijeron que había ido á una de sus haciendas, mas no lo creí porque nunca emprendía sus viajes por la noche."

"Poco tiempo después llegó á México la noticia de la batalla de Las Cruces, en la que los insurgentes obtuvieron aquel triunfo glorioso, cuyo resultado hubiera sido la libertad de la Nación, si el vencedor hubiese marchado inmediatamente sobre la Capital."

"Mas por una de las funestas emergencias de la guerra, los realistas, antes de ser vencidos, pudieron aprehender á varios insurgentes que se habían introducido demasiado en sus líneas y con gran lujo de fuerza y de odio los llevaron á México para disimular su derrota."

"Entre aquellos desdichados se hallaba mi padre."

"Entonces tuve otra noche fatal."

"Desperté oyendo en los corredores pasos precipitados, ruido de armas y llanto de mi madre."

"Al llamarla sobrecogido de terror y dando gritos, una mano muy dura me tapó la boca y nada pude ver, porque me envolvieron todo en las ropas de la cama, me cargaron y corrieron."

VII.

"Pensé que soportaba una pesadilla, pero pronto me sentí realmente sofocado por falta de aire."

"Después de correr mucho, fuí desenvuelto y me ví en la casa de mi tío Juan, hermano de mi madre, atendido por criados extraños y al lado de Carolina, mi prima, que tan pequeña como yo, también estaba llorando."

"Al día siguiente supe que mi madre estaba en la cárcel, mi casa convertida en cuartel y que á mi padre lo habían fusilado."

"No quise creer tanta desdicha y hacía esfuerzos para persuadirme de que me engañaban, porque es tan débil, tan miserable la condición humana, que con el mismo afán busca ilusiones increíbles y se resiste á soportar el peso de la espantosa verdad."

"Mas luego me convencí de que ya era yo huérfano, proscrito y desheredado."

"Mi padre no existía, su infeliz viuda expiaba en los calabozos el crimen de haber sido esposa de un hombre que se inmoló por su patria y nuestros bienes todos habían sido confiscados en provecho del rey."

VIII.

"Mucho tiempo viví de limosna en la casa de mi tío con el criado Sebastián que no quiso separarse de mí."

"Desatendido cual un mueble inútil y aun gravoso, porque con frecuencia me enfermaba, tuve una vida ociosa y solitaria."

"Mis días eran tristes y mis noches llenas de fantasmas."

"¡Cuántas veces lloré como un niño, serví como un criado y sufrí como un hombre!"

"Mi tío no me estimaba, era poco afable y demasiado económico; decía que sus múltiples negocios le impedían pensar en mi educación."

"Posteriormente supe que sus inclinaciones por el partido realista le obligaban á tratarme mal; no obstante, me dió el pan de la caridad y no lo he olvidado."

"Su hija Carolina era una niña rubia, con tez de azucena y ojos cariñosos que iluminaban un semblante lleno de tranquila sencillez; las líneas armónicas y esculturales de su rostro, prometían que llegada la juventud sería una belleza de primer orden."

"Sólo ella, que guardaba en su alma un tesoro de inocencia y de dulzura, condolida de mi orfandad inmensa, sostenía mis abatimientos y calmaba mis pesares cuando la permitían estar conmigo."

"Yo por mi parte, poseído siempre de una vaga tristeza, huía de su presencia como avergonzado por la situación en que la suerte me había puesto."

IX.

"Al cabo de dos años devolvieron á mi madre su libertad, y sus bienes muy menoscabados, quedando perdidos los que pertenecían á mi padre."

"Cuando fué á sacarme de la casa de mi tío, corrí hacía ella sintiendo una mezcla indefinible de dolor y de alegría y la abracé llorando."

"Su frente se había marchitado, su cabellera estaba encanecida, me veía con tristeza y caminaba lentamente como cansada de sufrir, pero no pronunciaba una queja contra sus verdugos."

"Como las rentas que le habían quedado aun eran cuantiosas, le permitieron desde luego, continuar sus obras de caridad y proporcionar á su hijo los maestros que necesitaba."

"No volvió á salir de su casa mas que para visitar enfermos y rezar en los templos."

"Yo principié á estudiar en una escuela de primeras letras, vigilado por el buen Sebastián."

"Era éste un español á quien sus cortas aptitudes no le permitieron dedicarse al comercio; un día lo recogió mi padre al encontrarlo muy pobre y enfermo. En casa le llamaban _el gallego_ y tenía fama de terco y tonto; pero como me quería y me cuidaba bien, se granjeó el el aprecio de la familia."

X.

"En la mañana de un viernes me llamó mi madre y haciéndome una de esas caricias que sólo las madres saben hacer, me entregó una pequeña bolsa con dinero, diciendo:--Recuerda que tu padre acostumbraba dar limosna todos los viernes á los pobres que venían........ Imitando los buenos ejemplos que te dejó, ve á repartir esto en memoria suya; Sebastián irá contigo."

"Bien recordaba yo que cada ocho días se llenaban el zaguán y el corredor de la casa con un sinnúmero de mendigos; á cierta hora, cuando ya el portero los tenía formados en línea, bajaba mi padre á darles algunas monedas de plata; yo iba las más veces con él y aunque no dejaba de mortificarme el aspecto de aquel conjunto de individuos mal vestidos y sucios, de ambos sexos y diversas edades, al fin quedaba satisfecho habiendo escuchado sus repetidas palabras de bendición."

"Aquel día volví á ver á los mismos ciegos, á los mismos inválidos y los ancianos encorvados que socorría mi padre."

"Algunos me saludaron diciendo mi nombre en diminutivo, otros lloraron al verme y algunas buenas mujeres dijeron cuando pasé junto á ellas:--¡Dios lo guarde!"

"Aquel cuadro de dolores y desventuras, me recordaba semanariamente la época no muy lejana en que yo también había comido de limosna, y deseaba tener más dinero para socorrer mejor á los infelices."

XI.

"Uno de tantos viernes me había divagado mirando á Sebastián, que molesto y aturdido trataba de alinear á varios mendigos que me asediaban, y al sentirme tocado en un brazo me volví con violencia diciendo:--No me robes--á una niña muy pequeña, de rostro moreno, harapienta y desgreñada, que había logrado introducir su manecita en la bolsa del dinero."

"Ella corrió avergonzada para ocultarse en el grupo de limosneros, mas yo tuve tiempo de ver que á pesar de su desaliño, tenía un semblante muy agradable."

"El óvalo de su rostro era recto y puro, tenía unos ojos audaces y una dentadura blanquísima y perfecta."

"El viernes siguiente la encontré en la línea y notando que bajaba la vista al tenderme la mano, la dije:--¿Cómo te llamas?--María Luisa--murmuró con voz temblorosa pero muy dulce.--¿Y por qué pides limosna siendo tan chica?--repliqué.--Porque se murió mi madre--contestó tristemente y después de titubear unos momentos, prosiguió:--Mi tía que está enferma me ha dicho: anda á esa casa, allí hay un niño muy bueno que da bastante limosna."

"No pudo continuar la pequeña mendiga; sus ojos se llenaron de lágrimas y los míos también."

"Tal vez porque me había llamado bueno y caritativo, la dí algunas monedas más que á los otros y proseguí el reparto volviendo los ojos hacia el lugar donde había quedado inmóvil aquella niña infortunada."

XII.

"Desde aquel día María Luisa fué mi _pobre_ predilecta."

"Todo el dinero que mi madre me regalaba era para ella."

"Mi tío ya me veía con agrado y me obsequiaba un peso cuando iba á entregar el importe de sus rentas á mi madre; también ese peso lo daba yo á la niña mendiga el próximo viernes y algo más que hacía quedara sobrando en la bolsa, con detrimento de los otros pobres."

"Un viernes advertí que María Luisa no se hallaba entre los pordioseros y habiendo pasado algunas semanas sin que se presentara, pregunté por ella á otra niña también pequeña y desaliñada, pero no tan amable, la cual me contestó fríamente:--No sé."

"Luego me dirigí á un inválido, quien después de consultar á su memoria, me dijo:--Creo que se murió."

"En el acto una mujer que tenía varias cicatrices en la cara, murmuró dirigiéndose á otra:--Si se murió hizo bien, porque esa muchacha iba á tener mal fin."

"Aquel día subí á dar á mi madre cuentas de su encargo sin satisfacción alguna y me parecieron ingratos y repugnantes todos los limosneros."

XIII.

"Por algún tiempo no pude olvidar aquella cabellera mal rizada de la pobre María Luisa, aquellos ojos negros ardiendo y aquel pecho turgente que veía temblar á través de los harapos."

"El colegio adonde concurría, distaba poco de mi casa y nunca iba más lejos; pero una mañana, por comprar libros, tomé distinta calle."

"Al entrar en un portal, me sentí estrechado suavemente por unos brazos delgados que en el acto me soltaron y contemplé junto á mí á María Luisa, que vestida de limpio, animada y risueña me ofrecía una manzana y me señalaba la esquina del portal diciendo con encantadora sencillez:--Ya vendo fruta."

"En aquella esquina estaba una mujer sentada en medio de varios cestos llenos de frutas y adornados con ramas verdes."

"--¿Por qué no has ido á mi casa?--dije á la niña tomando la manzana.--Porque ya sanó mi tía,--me contestó algo turbada y reponiéndose añadió:--Con el dinero que Ud. me daba, compramos ese puesto de fruta."

"Sus ojos me veían con dulzura y sus mejillas se pintaron de rojo muy subido."

"Volvió á señalarme la esquina y corrió, al parecer avergonzada de su atrevimiento."

XIV.

"Desde entonces, todos los días al regresar de la escuela, tomaba yo el rumbo del portal."

"A larga distancia buscaba con la vista á María Luisa entre los canastos de fruta; la niña por su parte, se levantaba para distinguirme de los transeuntes é iba corriendo, me daba una fruta ó una flor y volvía precipitadamente á su puesto."

"Yo seguía mi camino volviendo muchas veces la cabeza para verla."

"Los domingos y otros días que no iba yo al colegio, la pobre niña me llevaba su obsequio y no atreviéndose á entrar en mi casa, lo ponía en manos de los criados."

"Mi madre, que llegó á tener noticia de aquellas ofrendas de gratitud hechas por una niña de siete años, protegió á su tía para que prosperara el comercio que había emprendido."

"Un día, pasando como de costumbre, por el portal, me dijo mi obsequiosa frutera con acento de tristeza:--Mañana no estaré aquí porque vamos á vender aguas frescas á la Soledad de Santa Cruz."

"Luego formé el proyecto de ir por allí á pesar de la distancia."

"Llegada la hora de abandonar la escuela, Sebastián se prestó á seguirme."