María Luisa, Leyenda Histórica
Part 10
El alto funcionario que buscaba al Guardián era un joven abogado, correcto y elegante, que había sido educado por el mismo Padre José.
Estimábanse ambos cordialmente, el Licenciado respetaba á su maestro y siempre oía su voz como la de un oráculo.
Aquel día, sentados el uno frente al otro, tuvieron la siguiente conversación.
XLVII.
--Padre, hoy estamos de plácemes y yo me congratulo más, porque traigo para Ud. una buena noticia.
--Ciertamente debemos felicitarnos porque ya cesó el derramamiento de sangre y la peste va desapareciendo.
--Hay más todavía; el Señor Gobernador me manda participe á Ud., que acaba de salir el decreto de expulsión para los súbditos españoles; razones de alta política y necesidades de la situación han obligado á dar este paso; pero dice Su Excelencia, que como Ud. es más mexicano que español y por sus servicios hechos á la patria tiene títulos gloriosos y derechos á la gratitud nacional, será Ud. una excepción, pudiendo permanecer con nosotros.
--¿Y á qué otras personas exceptúa ese mandato?
--A ninguna, Padre, pero el Señor Gobernador quiere tener con Ud. solamente, una distinción, una......
--Una tolerancia.
--Sí, Padre.
--Siendo así, puedes manifestar á Su Excelencia que mi alma le agradece su bondadosa distinción; pero que con la mano en la conciencia rehuso ese favor. Muy doloroso me será dejar este país, porque aquí he hallado la paz del corazón y veo á todos ustedes como hermanos y como hijos, respeto la razón de estado que haya tenido el Gobierno para dictar esa determinación y tal vez los pequeños servicios que durante mi juventud presté á la causa de la libertad pudieran clamar en mi favor; pero yo no debo renegar de mi nacionalidad ni el decreto de que me hablas puede hacer mención de mi persona. Tú sabes que los efectos de una ley sólo se suspenden con otra; si yo aceptara esa tolerancia, comprometería ciertamente la honra del jefe del Estado.
--El Gobernador puede......
--Los gobernantes no pueden lo que no deben hacer. Por otra parte, hay en Oaxaca muchos españoles, que ajenos á la política, merecen toda consideración y yo no debo anteponerme á esas honorabilísimas personas. ¿Qué dirían del Gobierno y de mí los que me vieran permanecer tranquilo mientras mis hermanos caminaban al destierro? ¿Cómo vería correr las lágrimas de la viuda y de los huérfanos, disfrutando yo las comodidades del claustro?
XLVIII.
El venerable prelado calló unos instantes como reflexionando en lo que iba á decir; luego añadió con noble dignidad:
--¿Los que nos llamamos liberales y tanto hemos defendido la igualdad política del derecho hemos de practicar la desigualdad en los hechos? Para la administración que acaba de constituirse á costa de tanta sangre, no es decoroso barrenar las leyes el mismo día que las promulga. Eso sería herir el derecho ajeno y entronizar el absolutismo bajo el dosel de la república; yo creo que un gobierno prudente deberá estudiar mucho sus determinaciones antes de sancionarlas, porque los excesos de la libertad conducen al despotismo; pero en el ejercicio de su deber, le es deshonroso inclinarse ante las consideraciones de amistad y los respetos humanos.
--Sin embargo, Padre...... ¿Cómo podría Ud. caminar?...... Su salud y su edad no se lo permitirán, y además, si va Ud. á España...... sábese allí que combatió en las filas de la insurrección......
--No tengas cuidado, verdad es que ya me inclino al sepulcro; pero Dios me dará fuerzas. No sé si el gobierno de mi patria me habrá borrado de la lista de los proscritos; mas ahora pienso dirigirme á Guatemala, donde tengo hermanos que me darán un rincón para clamar á Dios y servir á los hombres; mañana partiré. No olvides manifestar al Señor Gobernador mi agradecimiento. Tú, sigue siendo bueno y acuérdate de mí.
XLIX.
El joven funcionario, conmovido ante la generosidad y el valor de aquella noble alma, insistió y suplicó en vano, hasta que bajando la frente con respeto, se despidió del religioso después de compararlo con aquel filósofo de Atenas, que llenó de bendiciones y consuelos al portador de la cicuta enviada por sus enemigos.
Era el 24 de Junio, hacía seis meses que el activo Guardián había removido y aliñado el convento para recibir á D. Carlos Félix de Miranda, y ese día, dijérase que hacía otro tanto para dejar los restos de su amigo abandonados en un rincón de la iglesia.
Preparaba su marcha y la recepción del nuevo Guardián, adornando el convento é inventariando libros, papeles, imágenes y vasos sagrados.
Concluido todo esto, se retiró á la casa que había servido á D. Carlos, huyendo de la multitud de personas que iban á procurar impedir su viaje ó á despedirse ofreciéndole ropas, monedas y lágrimas.
Antes de que amaneciera el día siguiente, tomó el bastón de peregrino con que hacía veinte años había llegado al monasterio pidiendo asilo como extranjero suplicante y entró á la iglesia llevando bajo el brazo un pequeño bulto que contenía su breviario, su pasaporte y sus cilicios.
Allí encontró á Sebastián que había velado sobre la sepultura de D. Carlos.
L.
Arrodillado el anciano religioso ante el altar de aquella Virgen que tanto amaba y de quien había recibido consuelos y milagros, se despidió de ella y oró por sus hermanos, por su patria, por la paz de México y por el alma de D. Carlos.
Luego dirigiéndose al viejo inválido, le dijo suavemente:
--Levántate, porque ya nos vamos.
--¿A dónde, Padre?--Murmuró Sebastián poniéndose en pié.
--Al destierro.--Contestó el prelado;--Tú también eres hijo de España y todos debemos obedecer á Dios y á los que gobiernan en su nombre.
Pero yo soy gallego,--insinuó Sebastián vivamente impresionado y añadió en el acto como para dar más peso á su respuesta:--¿Y cómo dejaremos á D. Carlos?
--D. Carlos ya no necesita de nosotros.--Dijo el Padre haciéndole seña de que lo siguiera, y ambos dejaron el templo.
Temiendo ser vistos y detenidos por el pueblo, que según se sabía, estaba dispuesto á impedir la partida de su bienhechor, salieron por la puerta del campo y hacia el Sur de la ciudad tomaron un camino sólo frecuentado por los pastores y los contrabandistas, en la falda del Monte Albán.
El Padre caminaba por delante rezando en voz baja; Sebastián cojeando lloraba y le seguía.
La aurora los sorprendió al llegar á la cumbre de una colina, donde la vereda desciende con dirección al Valle Grande.
Allí existe todavía una triste acacia que abre sus ramas horizontalmente, como para ofrecer al viajero la única sombra que puede hallar en ese lado de la montaña.
En aquel punto se pararon ambos de repente y volvieron la vista hacia la ciudad.
Habían oído la campana de su convento llamando á la oración.
La brisa de la mañana movía ligeramente la barba del Padre José y refrescaba la frente ardorosa de su compañero.
LI.
El cielo empezaba á teñirse de un color anaranjado, la suave luz del crepúsculo dibujaba en líneas indecisas á través de una niebla ligera, el panorama de la ciudad con sus jardines, sus casas blancas y sus torres encarnadas.
Las aves al despertar hacían salir armoniosos murmullos de las copas de los árboles.
El río de Atoyac, brillante y perezoso, parecía una serpiente de plata durmiendo á los piés de la vieja ciudad, y en el fondo de aquel cuadro, el monte azul de San Felipe ocultaba sus altas crestas entre nubes de aljofarada filigrana.
El Padre permaneció un momento sereno y pensativo.
Sebastián temblaba cubriéndose el rostro con las manos.
El uno dirigía la última mirada á la tierra de la hospitalidad; el otro ya no quería ver más el lugar donde quedaba la mitad de su corazón.
De repente dijo el Padre al inválido con voz emocionada:
--Hermano: Adelante...... No tengas cuidado, en todas partes hallaremos á Dios y su Providencia.
Y continuaron su camino en busca de una nueva patria.
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Nota del Transcriptor:
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