María Luisa, Leyenda Histórica
Part 1
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Nota del Transcriptor:
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
MARÍA LUISA.
LEYENDA HISTÓRICA
por
ANDRÉS PORTILLO.
Oaxaca. Imprenta de Lorenzo San-German. Avenida Independencia, núm. 50. 1896.
_Hidalgo, Julio de 1899._
_¡Hay tantos verdugos del idioma!............ ¡Llegan á nuestras manos día á día tantos sacrilegios literarios! Confieso ingénuamente que cuando tuve entre las mías un ejemplar de la "María Luisa" del Sr. D. Andrés Portillo, lo abrí con desaliento, con esa dejadez melancólica que infunde en nuestro espíritu nostálgico de algo bello, el spleen de la eterna vulgaridad que nos envuelve._
_Yo no tenía el honor de conocer al Sr. Portillo; sus producciones, sus facultades, ¡hasta su nombre! eran enteramente extraños para mí. Pero una cosa me consolaba: las dimensiones del librito, que eran bien reducidas, y no sería muy largo el tiempo que se perdiera en su lectura,......... si es que se perdía._
_!Al mal paso darle prisa!--me dije ¡y comencé á recorrer las primeras páginas!_
_Vamos, el estilo no es enfático......... ¿eh?......... esta cláusula es fluída......... la frase se desencadena con naturalidad......... la palabra es correcta y los períodos......... reconozcamos que los períodos tienen cierto aire de distinción, esa elegante sencillez que promete feliz epílogo. ¡Continuemos!_
_Y sin sentirlo, como no se sienten en la soledad, como se deslizan las horas en que dejamos el pensamiento volar en alas de sus recuerdos dulces, se deslizaron para mí estos capítulos. ¡El interés crece! ¡se ha empeñado la acción! Veo en estas líneas las huellas de algunas lágrimas._
_El autor nos conduce dentro de las sombrías arcadas de un monasterio, cuya quietud turba el estruendo del combate y cuyos muros ilumina el relámpago siniestro de la artillería._
_¡Hermoso contraste! Parécenme aquellos los magistrales y bruscos tonos de luz y sombra de la "Cena de Emaus," de Zurbarán._
_Pero allí debe tener patético desenlace lo que fuera al nacer tierno idilio de la adolescencia._
_Y por cierto que el epílogo está lleno de interesante originalidad: una granada destrozando en obscura noche la bóveda del templo, cava en el pavimento el fúnebre y primero y último lecho de amor de dos amantes infortunados._
_Pero no............ no quiero referiros el argumento de "María Luisa," porque abdicaría de su interés, sin que pusiera á vuestra vista los elementos que decoran sus interesantes escenas._
_Ya las naves de un templo y el imponente sociego de un claustro; ya la lujuriosa naturaleza meridional, con sus arrogantes cordilleras, sus solemnes desiertos, sus selvas sombrías y sus diamantinos cielos._
_Ya la estrecha celda en la que, entre los dulcísimos y consoladores salmos del cristianismo y la luz temblorosa de los cirios, descuella, como lucero de esperanza, en las borrascas del espíritu la ideal imagen de la Madre del Redentor del Mundo._
_Pero............ no quiero continuar, os lo repito. Leed la obrita que puede penetrar desde el gabinete de un filósofo hasta el casto retrete de una virgen. Leedla, que es sana y no dañará vuestro espíritu como tantas otras de que se ruborizaría la biblioteca de un templo de Lupercio, y que sin embargo, con cien trompetas recomienda la prensa._
_Y entre tanto, reciba el elegante escritor oaxaqueño, D. Andrés Portillo, nuestras humildes pero cinceras felicitaciones._
TOMÁS DOMÍNGUEZ YILANES.
PRIMERA PARTE.
I.
Era joven aún este siglo XIX que hoy contemplamos anciano y moribundo, tan lleno de glorias y cargado de responsabilidades.
México había derramado su oro y su sangre por espacio de once años para librarse de la dominación española y lanzábase á la vida independiente con la vaguedad del hombre que acaba de tener un sueño penoso.
Se ensayaban todas las formas de gobierno, se convocaban congresos nacionales, se defendían principios y contraprincipios y había de una parte, quienes suspiraban por el régimen colonial, y de otra, quienes aplaudían las doctrinas más atrevidas de la revolución francesa.
Pero al mismo tiempo la luz se derramaba en las inteligencias, la escuela se abría para el campesino y el obrero y la ley daba iguales derechos á los mendigos y los poderosos.
Dijérase que amanecía en el horizonte de un porvenir halagador.
Y las claridades de aquel risueño crepúsculo, llevaban gérmenes preciosos para la libertad y para el progreso á todos los Departamentos de la Nación.
II.
Oaxaca era en aquella época el país del dinero y de la grana, que había proporcionado á España, durante mucho tiempo, tesoros para sus hijos y púrpura para sus reyes.
La ciudad capital, situada cerca de la Sierra Madre, al pié de una verde colina, recibió de los españoles el nombre de Antequera en memoria de una de las más bellas poblaciones de Andalucía.
Uníala con México un camino largo y estrecho por donde remitía sus valiosas producciones, recibiendo en cambio los géneros de Europa y con alguna frecuencia, grandes cantidades de plata acuñada.
En Oaxaca no había entonces jardines públicos, ni teatros, ni periódicos, ni alumbrado en las calles; el carácter pacífico de sus habitantes no necesitaba de estas cosas.
No eran conocidos los hoteles porque había poquísimos viajeros; los próceres enviados de la Capital para servir empleos en el Gobierno, así como algunos extranjeros que deseaban conocer el árbol gigantesco del Tule y las legendarias ruinas de Mitla, eran alojados en casas particulares ó en los conventos, cuya supresión aun no se presentía.
La política era un misterio apenas conocido por pocos iniciados.
Pero ya el pueblo, sin abandonar el depósito de sus buenas costumbres y adorables tradiciones, daba indicios de su genio guerrero que más tarde hizo milagros de valor y patriotismo.
Ya había visitado á Oaxaca el gran Morelos y habían nacido en este país afortunado los hombres extraordinarios que algún día debieran ponerse frente á frente de los soberanos europeos, pidiendo para México un puesto de honor entre las naciones ilustradas.
III.
Era el día 21 de Diciembre de 18.........
A la hora en que se oculta la última estrella en el cielo y la brisa del crepúsculo viene á despertar á las aves y á besar á las flores, un repique á vuelo estalló en las torres de los numerosos templos de la ciudad, dejándose oir entre aquel confuso y agradable ruido, la voz sonora de la campana mayor del reloj de la Catedral, que por una tradicional costumbre, solamente una vez al año agitaba su martillo con violencia, celebrando la fiesta de Navidad.
Toda la mañana de aquel día hubo grande animación en las calles y plazas de la regocijada ciudad. Los criados vestidos de limpio, que conducían de una casa á otra los obsequios de la Pascua ó iban á los mercados en busca de comestibles para la _noche buena_; los chiquillos que corrían á comprar dulces, juguetes y adornos para el imprescindible _Nacimiento_; las señoras, que cubiertas de bordados pañuelones multicoloros, salían y entraban á las iglesias y las tiendas y los vendedores de diversas clases de objetos, impidiendo el paso en las entradas de los portales, formaban un abigarrado conjunto que daba idea de lo que era y lo que hacía el pueblo oaxaqueño en la víspera de sus solemnes festividades.
Los templos se hallaban engalanados con gran lujo de cirios, cortinas y adornos de metales preciosos.
En casi todas las casas se hablaba de _la misa de media noche_ y se arreglaba el baile de Navidad, en el que tomaban parte solamente las personas mayores del sexo femenino, por exigirlo así las costumbres de la época.
Y aun en las viviendas más humildes había preparado un plato más para la mesa, un regalo para el hijo y una flor para la imagen protectora de la familia.
Pero donde había más trabajo y agitación era en el convento de.........
Allí no solamente se adornaban los altares, también se barrían los claustros, se desempolvaban la biblioteca y el refectorio y bajo la dirección del mismo Padre Guardián, se preparaba cómodo alojamiento para un huésped distinguido que debería llegar de un momento á otro.
IV.
Amable por su genio y su virtud y dotado de cualidades eminentes, era el Padre José un anciano alto y robusto, español de origen, pero mexicano por sus sentimientos.
Su barba encanecida y su frente maltratada por los años, como también por los pesares, contrastaban con la viveza de su mirada y el tinte nacarado de sus labios entreabiertos siempre para decir palabras de tolerancia y de cariño.
A pesar de su habitual moderación, frecuentemente se descubrían bajo el humilde sayal del misionero, la franqueza del marino y la noble gallardía del militar retirado.
Toda su existencia fué una lucha constante.
Cuando joven combatió con el mar para sostener á una madre anciana, luego peleó contra Napoleón en defensa de su patria; después llegó á México acompañando al General Mina para proteger á un pueblo abatido; muy pronto, enfermo y sentenciado á muerte, vino á Oaxaca con un nombre supuesto y como maestro de escuela, luchó por la civilización hasta que, por último, se ocultó en el claustro para batallar con sus propias pasiones.
Poseedor de virtudes antiguas é ideas modernas, era indulgente con todos y severo consigo mismo.
Su modesta sabiduría, sus ideas liberales, las mejoras que hizo en el convento y las polémicas que mantuvo sobre materias religiosas lo convirtieron en el personaje más notable del clero.
La sociedad estaba dividida en opiniones respecto á su persona: los enemigos del progreso le tenían por hereje, los hombres ilustrados y virtuosos le llamaban "el Maestro," los pobres le decían "el Padre" y sus compañeros de religión más de una vez quisieron elevarlo á la primera dignidad de su Orden, pero él sólo aceptó el puesto de Guardián.
Aquel día, llegada la hora de comer, se colocó en medio de sus hermanos después de bendecir la mesa, pero en seguida salió rápidamente á la portería, de donde le anunciaron la llegada del viajero que aguardaba.
V.
En la puerta del convento se había detenido una litera, de la que saltó con violencia un joven alto y moreno, de cabellera negra y agradable apostura, vestido con bata de indiana color de paja y cubierto por un sombrero de ancha falda.
Aun estaba despidiéndose de los conductores de la litera cuando se vió en los brazos del Padre que lo saludó con la franqueza y el cariño de un antiguo amigo é inmediatamente lo condujo al refectorio.
D. Carlos Félix de Miranda, era un rico propietario mexicano, abogado notable y además Ministro de la Corte de Justicia de la Nación. Las líneas aristocráticas de su rostro, su tez morena y sus grandes ojos negros presentaban el tipo de esa raza belicosa, noble y bella, formada en México por la unión de la sangre azteca y española, cuyos hijos bien pudieran llamarse los árabes de América.
Aquel joven magistrado había conocido á Oaxaca en el año anterior y prendado de su cielo y de su clima, ofreció al Padre José volver pronto á establecerse no lejos de la ciudad en una finca del valle; al efecto, habíale remitido con anticipación varias cantidades de dinero.
VI.
Desde luego notó el buen Padre que su amigo había cambiado mucho en los doce meses que dejó de verle.
Ya no era el joven alegre cuya conversación animadísima revelaba un espíritu ilustrado y un corazón generoso.
En sus palabras áridas y sus ojos anegados en sombras de tristeza, encontraba los síntomas de un pesar oculto; mas no se atrevió á inquirir la causa de su situación.
Los otros comensales, menos prudentes que su jefe, le dirigían preguntas que D. Carlos contestaba con monosílabos, al mismo tiempo que adusto y cabizbajo, apenas probaba de los platos que le ofrecían.
Estrechado por un religioso para que le diera informes respecto á su malestar, le contestó con acento melancólico:--Sí, Padre, me hallo enfermo.........--y volviéndose al Guardián, concluyó en voz baja:--enfermo del alma.
Pero repentinamente, haciendo esfuerzos para mostrarse agradecido y complaciente por las atenciones con que lo distinguían, dijo para sí:--¿qué culpa tienen estos buenos padres de lo que yo padezco?--y les dirigió la palabra en tono festivo, contándoles algunos episodios de su viaje, mezclados con anécdotas y epigramas, que agradaron mucho á la comunidad.
VII.
En aquella época de turbulencias sociales, la conversación de casi todas las reuniones versaba sobre los temblores de tierra y los cambios de Gobierno.
El viajero procedente de la Capital tenía que dar cuenta minuciosa de los acontecimientos políticos más ó menos desastrosos que allá se repetían y de las fatigas soportadas en el camino durante quince días.
Para D. Carlos había en aquel monasterio un asunto más que tratar y aun discutir, muy grave ciertamente, y era el afán con que procuraban conquistarlo para que se hiciera fraile.
En otra ocasión se había excusado diciendo que su carácter parecía incompatible con las reglas monásticas y hablando cortésmente sobre las reformas que necesitaban los conventos.
El Padre José no tenía parte en aquellas discusiones; mas preocupado con la misteriosa enfermedad de su huésped, aquel día se permitió indicarle, que para ciertas dolencias no podría encontrarse mejor remedio que la paz y la soledad del claustro, terminando por invitarlo á que se quedara en el convento aunque no profesara.
D. Carlos, que por entonces sólo podía ocuparse de sus tristes ideas, continuó mintiendo y esforzándose por aparecer alegre, locuaz y aun descreído; dijo que la vida del claustro era fría, monótona é imposible para él y aseguró que solamente apetecía las distracciones y placeres que había venido á buscar en Oaxaca la víspera de Navidad.
--No obstante, yo me haría fraile--dijo con entusiasmo--si Udes. me proporcionasen aquí tertulias, banquetes, bailes......... aunque no fuera con frecuencia.
--Nadie puede resolver los problemas de la Providencia--contestó el anciano Guardián con acento de grave cortesía.--Si esa es la única condición, todo lo tendrá Ud. y en esta _noche buena_, por principio, le daremos un festín.
--¿Y habrá buen vino?
--Sí, señor.
--¿Concurrirán señoras?
--Quizás.
--Con una me conformo...... Vea Ud., Padre...... Si me proporcionaran en este retiro un departamento con balcones al jardín, una biblioteca de mi gusto y una compañera de quince años, le aseguro que ya no saldría de aquí.
--Todo se puede tener para el servicio y la gloria de Dios.
--¿Todo?
--Sí, D. Carlos, dándome Ud. su palabra...... yo le proporcionaré...... cuando Ud. guste......
--Hoy, si se puede.
--Sin duda, esta noche tendrá Ud. banquete, música.......
--¿Y la niña?
--También......
--¿A qué hora?
--A las doce.
--Convenido. ¿Es hermosa?
--Como los ángeles.
Al oir los otros padres tan atrevidas y poco edificantes afirmaciones de su venerable superior, unos se santiguaron creyendo que había perdido la razón, otros se dirigían miradas maliciosas y casi todos cesaron de comer.
VIII.
El Padre Guardián condujo á su amigo á la celda que le había preparado; era una pieza pequeña de los altos, con el suelo recién pintado de rojo y las paredes de blanco.
Frente á la puerta de entrada se abría un balcón para el jardín.
En un ángulo había un lecho modesto y en el otro una gran mesa con un pequeño crucifijo de metal; junto á varios libros un vaso con agua y útiles para escribir.
Algunas sillas de pino y un sillón tapizado de piel obscura, completaban el ajuar.
Sobre una de las sillas se había colocado la caja de madera con adornos chinescos, que contenía el equipaje de D. Carlos.
El anciano se despidió de su huésped y dándole una suave palmada en el hombro, le dijo:
--A las doce...... No lo olvide Ud.
El joven inclinó la cabeza y entró á la celda sin contestar.
IX.
Lento, mudo, cargado con el peso de inefables sufrimientos, fué á sentarse D. Carlos ante la mesa y permaneció con la frente apoyada entre ambas manos.
Algo terrible pasaba en su corazón.
De repente se paró, dió vueltas á largos pasos en toda la extensión del cuarto hablando palabras ininteligibles y volvió á sentarse con señales de fatiga y amarga melancolía.
Luego escribió velozmente algunas líneas en su cartera y volvió á pararse oprimiéndose la cabeza, como si quisiera detener sus ideas arrebatadas por el huracán del desvarío.
Irguiéndose con penoso esfuerzo, exclamó:--¡Llorar y sufrir!...... Esta es la vida...... ¿Para qué se vive? ¿De qué sirve el amor puro y honrado?......
Sentóse otra vez y estuvo más de una hora con la frente caída como si se inclinara bajo la enormidad de un gran suceso.
A veces lloraba con la sencillez de un niño y otras con el estrépito de un desesperado.
Su alma ya no podía soportar el combate de pasiones por largo tiempo sofocadas.
Cuando anocheció fué un criado á poner luz en la mesa y le preguntó si algo se le ofrecía; pero D. Carlos no dió señales de haberle oído.
X.
La noche adelantaba en silencio, apenas iluminada por pálidos luceros.
La fuente sollozaba en el fondo del jardín.
Algunas aves nocturnas se detenían graznando sobre las tapias.
Un viento helado agitaba las copas de los árboles y gemía lúgubremente al entrar por el balcón para mover la flama de la vela y la cabellera de D. Carlos.
La campana de la torre inmediata sonaba tan melancólica, tan lenta, como si repitiera el toque de agonías.
El pobre joven, no de otro modo que si huyera de la tempestad de su propia conciencia, repentinamente corrió hacia el balcón y se inclinó demasiado como para precipitarse al vacío, pero en el acto se retiró diciendo con profunda tristeza:--Está muy cerca el suelo.
Luego con firme pulso, pero deteniéndose á cada momento para reflexionar sobre lo que hacía, escribió dos cartas; una para el criado que había dejado en México cuidando su casa y la otra dirigida al Padre José.
La primera decía:
Mariano: Estoy enfermo. Cuando recibas esta carta ya no existiré. Ocurre á mi notario y él te dará los títulos de propiedad de la casa que te ofrecí por tus buenos servicios......
La otra carta estaba concebida en estos términos:
Padre: Hay infortunios superiores á las fuerzas humanas. El vacío del corazón, la ingratitud del mundo y el oprobio inmerecido no tienen remedio. Yo no he sido culpable hasta este momento, pero mi porvenir está vacío de esperanzas; la tierra me abandona y el cielo ya no me oye. Hay un abismo en mi pasado; tengo una enfermedad incurable en el corazón, que devora mi vida. El destino ha pronunciado su oráculo: soy desgraciado y necesito morir. No desconozco que hago mal, pero me es imposible retroceder. Perdóneme que haya venido á turbar con mis pasiones la calma de este retiro consagrado á la oración. Ruego á Ud. que mi cadáver se oculte en un rincón ignorado. El capital que tengo en su poder, cuya existencia sólo Ud. conoce, repártalo á los pobres sin mentar mi nombre. Querido y muy querido Padre, como último favor le pido que olvide para siempre á su infeliz amigo
CARLOS FÉLIX.
Concluida esta carta, la puso con la otra en un extremo de la mesa y vacilando como si caminara entre tinieblas, se dirigió á su caja de viaje, sacó una gran pistola de chispa y con febril violencia, se colocó la extremidad del cañón en el pecho, tirando del martillo que sonó ásperamente, pero el arma no dió fuego.
El desdichado intentó dispararse por segunda vez y todo fué inútil; el ambiente húmedo del camino había descompuesto la pólvora.
Entonces, con los cabellos en desorden y los ojos inyectados de sangre, volvió á dirigirse á la caja y apresuradamente, como si temiera perder la ocasión de morir, tomó un paquete de sales, vació una parte en el vaso de agua y mirando que los polvos no se disolvían, con la mano trémula y en movimiento giratorio, sacudió el vaso fuertemente y se llevó á los labios el veneno, mas en el acto volvió á ponerlo en la mesa porque había escuchado golpear suavemente la puerta y la voz del Padre José que le decía:--Señor Magistrado, aquí está la niña.
En el reloj del convento habían dado las doce.
XI.
El aturdido Magistrado corrió hasta la puerta extendiendo los brazos para impedir que se abriera, pero ya era tarde.
Un torrente de luz, de armonías y de perfumes inundó la estancia y una lluvia de rosas cubrió el pavimento mientras D. Carlos retrocedía lleno de asombro hasta chocar con la pared.
Colocada en el umbral de la puerta, estaba como celeste aparición, una virgen cándida, modesta y hermosísima, vestida de aljofaradas flores y coronada de diamantes.
Arquetipo del cielo, apocalíptica escultura, preciosa imagen de la Madre de Dios, con los brazos abiertos dirigiéndose al joven, parecía envolverlo en sus miradas y decirle:--Yo soy la virgen del amor sin límites. Venid á mí los que tenéis pesares y os aliviaré. Yo he sufrido mucho y sé consolar á los que lloran, mi amor es inmortal y mis caricias dan la gloria.
En aquella imagen hallábase algo superior á la belleza plástica.
Sus cabellos flotaban en ondas de oro salpicadas de perlas, sus ojos vertían raudales de luz celestial, su boca era una concha de nácar y su semblante iluminada por la luz prismática de la fulgente diadema, ofrecía todos los encantos de la mujer velados por la mística pureza de los ángeles.
Sobre su pecho y casi escondido entre las blondas de la túnica, mostraba un corazón de rubíes que parecía palpitar con amorosa trepidación.
A su lado el venerable sacerdote, revestido con sus ornamentos sagrados, tenía en la mano un cáliz de oro cubierto con blancas telas de seda; inspirado por un fuego divino, murmuraba palabras de misericordia.
Al compás de una música suave, cuyas notas remedaban suspiros y plegarias, salían del claustro inmediato voces melancólicas y dulces que clamaban: "Ruega por nosotros, María, madre de los huérfanos, ángel de los ángeles, consuelo de los desgraciados, reina del paraíso, salud de los enfermos."
--¡María! ¡María!--Exclamó D. Carlos con voz desgarradora y se dejó caer en el sillón poniéndose una mano en la boca como si temiera descubrir algún secreto misterioso.
La música cesó, los padres que habían llevado la estatua desde la iglesia, la colocaron sobre la mesa y pusieron á sus piés dos velas encendidas y un gran libro con broches de oro, retirándose inmediatamente.
Después de cerrar la puerta, el prelado dijo cariñosamente á su amigo:--Ya tiene Ud. á la virgen; ahora vamos al banquete.
D. Carlos no respondió; continuaba sentado pasándose á veces la mano sobre la frente como para desechar algún pensamiento que lo tiranizaba.
Su pecho se deprimía y se ensanchaba con precipitación y sus lágrimas rodaban hasta el suelo.
El momento era grande y solemne.
La mesa del suicida se había convertido en altar de la misericordia.
XII.
El sacerdote aproximándose á la mesa se inclinó profundamente, colocó el cáliz á los piés de la imagen y alzó los ojos al cielo exclamando con aire de inspiración:
"Llego ante el altar de Dios que me rejuvenece y me consuela........."
"Quiero bañar mi corazón en la fuente de la vida....."
"Alma mía...... ¿Por qué estás triste?......"
"Yo, pecador, me confieso y me arrepiento...... ¡Dios mío!...... Tened piedad de mí...... Por mi culpa, por mi culpa......"
--¡No, Padre, yo no tengo la culpa!--gritó D. Carlos parándose y volvió á sentarse arrepentido de haber hablado.
El Padre continuó:
"Gloria á Dios en el cielo y paz en el alma conturbada de la pobre humanidad......"
Luego fué á un lado del altar y después de examinar la carta que para él vió en la mesa, abrió el libro de los sellos de oro y leyó en voz grave, dirigiéndose á D. Carlos:
"No hay corazón que no tenga una herida oculta."
"La sed de felicidad que sin cesar está devorando á la familia de Adán, solamente se apaga con el llanto derramado en el seno de la religión."