Mare nostrum

Chapter 37

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Todo el resto del día marchó el _Mare nostrum_ casi pegado á la costa. El capitán conocía este mar como si fuese un lago de su propiedad. Llevó el vapor por fondos escasos, viéndose los escollos tan cerca de la superficie, que parecía un milagro que el buque no chocase en ellos. Sólo un par de metros quedaban entre la quilla y las rocas sumergidas. Luego, el agua dorada tomaba un tono obscuro, y el vapor seguía su avance sobre enormes profundidades.

El sol del otoño enrojecía las amarillentas montañas del litoral, secas y olorosas, cubiertas de hierbas de bravos perfumes que se esparcían á largas distancias. En todos los repliegues de la costa--pequeñas ensenadas, lechos de torrentes secos ó escotaduras entre dos cumbres--surgían blancas agrupaciones de caserío.

Ferragut contempló el pueblo de sus abuelos. Allí estaba Tòni; tal vez les veía pasar desde la puerta de su vivienda; tal vez reconocía el buque con sorpresa y emoción.

Un oficial francés, inmóvil junto á Ulises en el puente, admiró la belleza del día y del mar. Ni una nube en el cielo; todo era azul arriba y abajo, sin otra alteración que las franjas de espuma peinándose en los salientes de la costa y los inquietos oros del sol formando un ancho camino sobre las aguas. Un rebaño de delfines triscó en torno del buque como en los cortejos de las divinidades oceánicas.

--¡Si siempre estuviese así el mar--dijo el capitán--, qué delicia ser marino!

Los tripulantes veían desde la borda á las gentes de tierra correr y agruparse, atraídas por la novedad de un vapor que pasaba al alcance de sus voces. En todos los puntos salientes del litoral surgía una torre chata y rojiza, último vestigio de la guerra milenaria del Mediterráneo.

Acostumbrados á las rudas orillas del Océano y sus eternas rompientes, los marinos bretones admiraban esta navegación fácil casi tocando la costa, viendo á sus habitantes del tamaño de hormigas. Dirigido el buque por otro capitán, hubiese resultado peligroso navegar tan cerca. Pero Ferragut reía, haciendo indicaciones lúgubres á los oficiales que estaban en el puente, para que resaltase mejor su seguridad profesional. Indicaba los escollos ocultos en el fondo. Aquí se había perdido un trasatlántico italiano que iba á Buenos Aires... más allá un velero de cuatro palos había encallado, perdiendo su cargamento... El sabía por centímetros el agua que podía quedar entre los peñascos traidores y la quilla de su buque.

Buscó con predilección los fondos más inquietantes. Estaban en la zona peligrosa del Mediterráneo, donde los submarinos alemanes se mantenían á la espera de los convoyes franceses é ingleses que iban navegando al abrigo del litoral español. Los obstáculos de la costa sumergida eran para él la mejor defensa contra los invisibles ataques.

Fué esfumándose á sus espaldas el promontorio Ferrario, hasta no ser mas que una sombra en el horizonte. Desfiló ante el vapor toda la costa de la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de Alicante y el cabo de Santa Pola. A la caída de la tarde, el _Mare nostrum_ estaba frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera para doblarlo, dejando Cartagena á lo lejos. Desde aquí haría rumbo Sudoeste hasta el cabo de Gata, donde empieza á angostarse el Mediterráneo, formando el embudo del estrecho. Luego pasarían ante Almería y Málaga, llegando á Gibraltar al día siguiente.

--Aquí es donde esperan muchas veces los enemigos--dijo Ferragut á uno de los oficiales--. Si no tenemos un mal encuentro antes de la noche, habremos terminado perfectamente nuestro viaje.

El buque se había despegado del litoral; ya no se alcanzaba á distinguir la costa baja. Sólo á proa se mantenía visible el dorso saliente del cabo, emergiendo como una isla.

_Caragòl_ apareció con una bandeja en la que humeaban dos vasos de café. No quería ceder á ningún marmitón el honor de servir al capitán cuando estaba en el puente.

--¿Qué opina usted del viaje?--preguntó Ferragut alegremente antes de beber--. ¿Llegaremos bien?...

El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los alemanes pudiesen verle.

--No pasará nada; estoy seguro de ello... Tenemos quien vela por nosotros, y...

Se vió interrumpido en estas afirmaciones. La bandeja escapó de sus manos, y fué tambaleándose como un ebrio, hasta aplastar su abdomen contra la barandilla del puente. «¡Cristo del Grao!...»

A Ferragut también se le cayó el vaso que llevaba á su boca, y el oficial francés, sentado en un banco, casi se dobló sobre las rodillas. El timonel tuvo que agarrarse á la rueda con un crispamiento de sorpresa y de terror.

Todo el buque tembló de la quilla al extremo de los topes, de la proa al timón, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas invisibles acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.

El capitán quiso explicarse este accidente. «Hemos encallado--se dijo--; un escollo que no conozco; algo que no figura en las cartas...»

Pero aún no había transcurrido un segundo cuando algo vino á añadirse á este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut. El aire azul y luminoso se arrugó bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la proa se produjo una columna de humo, de gases en expansión, de vapores amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico un chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metálica, cuerdas inflamadas que se disolvían en ceniza.

Ulises ya no dudó. Acababan de recibir un torpedazo. Su mirada ansiosa se esparcía sobre las aguas.

--¡Allí!... ¡allí!--dijo tendiendo una mano.

Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve traza de un periscopio que nadie conseguía ver.

Bajó del puente, ó más bien, se dejó rodar por la escalerilla, corriendo hacia la popa.

--¡Allí!... ¡allí!

Los tres artilleros estaban junto al cañón, tranquilos y flemáticos, llevándose una mano á los ojos para ver mejor el punto casi invisible que les señalaba su capitán...

Ninguno de ellos reparó en la inclinación que empezaba á tomar la cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la recámara, mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeño bastón negro perdido en las ondulaciones del agua.

El buque volvió á sufrir otro choque tan rudo como el anterior. Todo él gimió con un estremecimiento agónico. Las planchas temblaban, perdiendo la cohesión que hacía de ellas una sola pieza. Los tornillos y bulones saltaron á impulsos del sacudimiento general. Un segundo cráter se abrió en mitad del buque, llevándose esta vez en el abanico de su explosión miembros humanos destrozados.

Adivinó el capitán que era inútil la resistencia. Sus pies parecían avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos: la tromba líquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y la cubierta, destrozando las mamparas metálicas, derribando los portones de seguridad, desordenando los objetos, arrastrándolo todo con la violencia de una inundación, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad llena de aire, flotante y ligera, iba á convertirse en un ataúd de agua y plomo, yéndose á fondo.

El cañón de popa lanzó el primer disparo. A Ferragut le pareció irónico su estampido. Nadie como él se daba cuenta del estado del buque.

--¡A los botes!--gritó--. ¡Todo el mundo á los botes!

Fué inclinándose el vapor de un modo alarmante, mientras los hombres obedecían esta orden sin perder su serenidad.

Una trepidación desesperada conmovió la cubierta. Eran las máquinas, que lanzaban estertores agónicos, al mismo tiempo que huía por la chimenea un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron á la luz con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La inundación había empezado á invadir sus dominios, rompiendo las compuertas de acero.

--¡A los botes!... ¡Al agua los botes!

El capitán repitió sus gritos de mando, ansioso de ver embarcada la tripulación, sin pensar por un momento en la propia seguridad.

No se le ocurrió que su suerte pudiera ser distinta á la de su buque. Además, oculto en el mar estaba el enemigo, que surgiría oportunamente para apreciar su obra... Tal vez buscase en las embarcaciones de salvamento al capitán Ferragut, queriendo llevárselo como un despojo de su triunfo... «¡No! Prefería renunciar á la existencia.»

Los marineros habían desamarrado dos botes y empezaban á descenderlos, cuando ocurrió algo repentino, brutal, con la rapidez anonadadora de los cataclismos de la Naturaleza.

Sonó una explosión inmensa, como si el mundo se abriese en pedazos, y Ferragut sintió que el piso se escapaba de sus pies. Miró en torno de él. La proa ya no existía: había desaparecido debajo del agua, y una ola mugidora iba avanzando sobre la cubierta, aplastándolo todo bajo su rodillo de espuma. En cambio la popa subía y subía, perdiendo su horizontalidad. Fué de pronto una cuesta, una ladera de montaña, en cuya cumbre se erguía como una veleta el mástil blanco del pabellón.

Para no caer, quiso agarrarse á una cuerda, á un madero, á cualquier objeto fijo; pero su movimiento fué inútil: se sintió arrastrado, volteado, golpeado en una obscuridad mugidora y giratoria. Un frío mortal paralizó sus miembros. Sus ojos cerrados vieron un cielo rojo, un cielo de sangre con estrellas negras. Los oídos le zumbaron con un glu-glu inmenso mientras su cuerpo daba cabriolas en la obscuridad. Su cerebro confuso imaginó que se había abierto un agujero infinito en el fondo del mar, que todas las aguas de los océanos se escapaban por él formando un gigantesco remolino, y que él volteaba en el centro de esta tempestad giratoria.

«Voy á morir... ¡Ya he muerto!», decía su pensamiento.

Y á pesar de que estaba resignado á morir, agitó las piernas desesperadamente, queriendo elevarse sobre las traidoras blanduras. En vez de seguir descendiendo, notó que subía, y al poco rato pudo abrir los ojos y respirar, avisado por el contacto atmosférico de que había llegado á la superficie.

No estaba seguro del tiempo que había pasado en el abismo. Minutos nada más, pues su respiración de nadador sólo podía alcanzar este límite... Por eso experimentó asombro al ver los grandes cambios realizados en un paréntesis tan breve.

Creyó que ya era de noche. Tal vez en las capas superiores de la atmósfera brillaban aún las últimas luces del sol, pero á ras del agua no había mas que una claridad crepuscular, un débil resplandor de bodega.

La superficie casi plana vista minutos antes desde lo alto del puente estaba movida ahora por amplias ondulaciones que le sumían en momentánea obscuridad. Cada una de ellas era una colina que se interponía ante sus ojos, dejando libre solamente un espacio de unos cuantos metros. Cuando se elevaba hasta sus cumbres podía abarcar con rápida visión el mar solitario, sin la gallarda montaña del buque y moteado de objetos obscuros. Estos objetos se deslizaban inertes ó se movían agitando un par de antenas negras. Tal vez imploraban socorro, pero el desierto húmedo absorbía los gritos más furiosos, convirtiéndolos en lejanos balidos.

Del _Mare nostrum_ no quedaba visible ni la boca de la chimenea ni una punta de mástil: todo se lo había tragado el abismo... Ferragut llegó á dudar si realmente había existido su buque alguna vez.

Nadó hacia un madero que flotaba cerca, apoyando los brazos en él. Era capaz de permanecer horas enteras en el mar, pero desnudo, á la vista de la costa, con la seguridad de volver á tierra firme cuando lo desease... Pero ahora tenía que sostenerse vestido; los zapatos tiraban de él cada vez con más fuerza, como si fuesen de hierro... ¡y agua por todos lados! ¡ni un buque en el horizonte que pudiese venir á socorrerle!... El telegrafista de á bordo, sorprendido por la rapidez de la catástrofe, no había podido lanzar la señal de auxilio.

Tuvo que defenderse de los restos del naufragio. Después de haber buscado el apoyo del madero como última salvación, evitó los toneles flotantes que rodaban á impulsos de la marejada y podían enviarle á fondo con uno de sus golpes.

De pronto surgió entre dos olas una especie de monstruo ciego, que avanzaba agitando las aguas furiosamente con los paletazos de sus nadaderas. Al estar cerca de él, vió que era un hombre; al alejarse, reconoció al tío _Caragòl_.

Nadaba lo mismo que los locos y los ebrios, con un esfuerzo sobrehumano que hacía salir fuera del agua la mitad de su cuerpo á cada uno de los braceos. Miraba ante él como si pudiese ver, como si tuviera una dirección fija, sin vacilar un instante, avanzando mar adentro cuando se imaginaba ir hacia la costa.

--¡Padre San Vicente!--mugía--. ¡Cristo del Grao!...

En vano le llamó el capitán. No podía oírle. Siguió nadando con toda la fuerza de su fe, repitiendo sus piadosas invocaciones entre bufidos ruidosos.

Un tonel remontó la cresta de una ola, rodando por la ladera contraria. La cabeza del ciego nadador se interpuso en su camino... Un choque. «¡Padre San Vicente!...» Y _Caragòl_ desapareció con la cabeza roja y la boca llena de sal.

Ferragut no quiso imitar esta natación. La tierra estaba muy lejos para los brazos de un hombre: imposible llegar á ella. Del vapor no había quedado un solo bote flotando sobre las aguas... Su única esperanza, remota y quimérica, era que un buque descubriese á los náufragos, salvándolos.

Esta ilusión casi se realizó al poco rato. Desde la cresta de una ola pudo ver un barco negro, largo y bajo de borda, sin chimenea ni mástiles, que navegaba lentamente por entre los restos de la catástrofe. Reconoció á un submarino. Las obscuras siluetas de varios hombres se destacaban sobre su lomo... Creyó oír gritos.

--¡Ferragut!... ¿Dónde está el capitán Ferragut?

«¡Ah, no!... Mejor era morir.» Y se mantuvo asido al madero, inclinando la cabeza como si estuviese ahogado.

Luego, al cerrar la noche, oyó otros gritos, pero eran de socorro, de angustia, de muerte. Aquellos salvadores sólo le buscaban á él, abandonando á los demás.

Perdió la noción del tiempo. Un frío agónico fué paralizando su organismo. Las manos ateridas y ganchudas se soltaban del madero, volviendo á agarrarse á él con esfuerzos supremos de voluntad.

Los otros náufragos habían tenido la precaución de ponerse sus chalecos flotantes al iniciarse el hundimiento. Iban á prolongar su agonía, gracias á ellos, por unas horas. Tal vez si llegaban hasta el amanecer podrían ser descubiertos por algún buque. ¡Pero él!...

De repente se acordó del _Tritón_... Su tío también había muerto en el mar: todos los más vigorosos de la familia venían á perderse en su seno. Durante siglos y siglos había sido la tumba de los Ferragut; por algo le llamaban «mar nuestro».

Pensó que las corrientes podían haber arrastrado su cadáver desde el otro promontorio al lugar en que flotaba él. Tal vez lo tenía debajo de sus pies... Una fuerza irresistible tiró de ellos: sus manos paralizadas se soltaron del madero.

--¡Tío!... ¡tío!

Lo gritó en su pensamiento con el mismo balido miedoso que cuando era pequeño y hacía las primeras nataciones. Pero sus manos angustiosas volvieron á encontrar el frío y débil sostén cuando buscaban aquella isla de duros músculos coronada por una cabeza hirsuta y sonriente.

Siguió en su tenaz flotación, luchando con el sopor que le aconsejaba soltar el apoyo flotante, dejarse ir á fondo, dormir... ¡dormir para siempre! Los zapatos y los pantalones continuaban tirando de él cada vez con mayor fuerza. Eran como una mortaja que se dilataba, ondulante y pesadísima, hasta tocar el fondo. Su desesperación le hizo levantar los ojos y mirar las estrellas... ¡Tan altas!... ¡Poder agarrarse á una de ellas así como sus manos se agarraban al madero!...

Creyó despertar al mismo tiempo que hacía instintivamente un movimiento de repulsión. Su cabeza se había hundido en el agua sin que él lo sintiese. Un líquido amargo empezaba á introducirse por su boca...

Realizó un penoso esfuerzo para mantenerse en posición vertical, mirando de nuevo el cielo... Ya no era azul obscuro: era de tinta negra, y todas las estrellas rojas como gotas de sangre.

Tuvo de pronto la certeza de que no estaba solo, y bajó los ojos... Sí; alguien estaba junto á él. ¡Era una mujer!...

Una mujer blanca como la nube, blanca como la vela, blanca como la espuma. Su cabellera verde estaba adornada con perlas y corales fosforescentes; su sonrisa altiva, de soberana, de diosa, venía á completar la majestad de esta diadema.

Tendió los brazos en torno de él, apretándolo contra sus pechos nutridores y eternamente virginales, contra su vientre de nacarada tersura, en el que se borraban las huellas de la maternidad con la misma rapidez que los círculos en el agua azul.

Una atmósfera densa y verdosa daba á su blancura un reflejo semejante al de la luz en las cuevas del mar...

Su boca pálida acabó por pegarse á la del náufrago con un beso imperioso. Y el agua de esta boca, subiendo al filo de los dientes, se desbordó en la suya con una inundación salada, interminable... Sintió hincharse su interior, como si toda la vida de la blanca aparición se liquidase, pasando á su cuerpo á través del beso impelente.

Ya no podía ver, ya no podía hablar. Sus ojos se habían cerrado para no abrirse nunca; un río de amarga sal rodaba por su garganta.

Sin embargo, la siguió contemplando, cada vez más apretada á él, más luminosa, con una expresión triste de amor en sus ojos glaucos... Y así fué descendiendo y descendiendo las infinitas capas del abismo, inerte, sin voluntad, mientras una voz gritaba dentro de su cráneo, como si acabase de reconocerla:

--¡Anfitrita!... ¡Anfitrita!

FIN

París.--Agosto-Diciembre 1917.