Chapter 33
Era un recuerdo de su lejana juventud de contrabandista, cuando se acostaba en la cubierta de su barca manejando el timón y la vela bajo los tiros de los vigilantes del resguardo. Temía por la vida de su capitán, mientras él continuaba de pie, ofreciéndose á los disparos de los enemigos.
Ferragut marchó de un lado á otro, maldiciendo su falta de medios para responder á la agresión. «¡No le ocurriría otra vez!... ¡No se divertirían más dándole caza!»
Un segundo proyectil abrió otra brecha en la popa... «¡Mientras no sea en las máquinas!», pensaba el capitán. Después de esto, el _Mare nostrum_ no sufrió más destrozos. Los disparos siguientes fueron levantando columnas de agua en la estela que dejaba el vapor. Cada vez surgían más lejanos estos fantasmas blancos. El buque salió de la zona del cañón enemigo, que seguía tirando y tirando inútilmente. Al fin cesaron los disparos y el submarino se borró del campo de visión de los anteojos, hasta sumergirse enteramente, cansado de una persecución inútil.
--¡No me ocurrirá más!--volvió á repetir el capitán--. ¡No me atacarán otra vez impunemente!
Luego pensó que este submarino había marchado contra él sabiendo quién era. Llevaba pintado en los costados de su buque los colores de España. Al primer cañonazo, el tercer oficial había izado la bandera, sin que cesasen por esto los disparos. Querían echarle á pique sin intimación alguna, «sin dejar rastro». Pensó que Freya, en relación con los directores de la campaña submarina, podía haber denunciado su viaje.
--¡Ah... _tal_! ¡Si te encuentro otra vez!...
Tuvo que descansar en Marsella varias semanas mientras reparaban las averías del vapor.
Como Tòni carecía de ocupación durante esta inmovilidad forzosa, le acompañó muchas veces en sus paseos. Gustaban de sentarse en la terraza de un café de la Cannebière para comentar las diferencias pintorescas de la muchedumbre cosmopolita.
--Mira: gentes de nuestro país--dijo el capitán una tarde.
Y señaló á tres hombres de mar confundidos en la corriente de uniformes diversos y tipos de distintas razas que pasaba rozando las mesas del café.
Los había reconocido por sus gorras de seda con visera, sus chaquetas azules y su obesidad grave de marineros mediterráneos que han conseguido cierto bienestar. Debían ser patrones de barca.
Como si la mirada y el gesto de Ferragut les hubiesen avisado con misteriosa sensación, los tres volvieron los ojos, fijándolos en el capitán. Luego empezaron á discutir entre ellos con una vehemencia que hacía adivinar sus palabras.
«¡Es él!...» «¡No es!...» Aquellos hombres le conocían, pero dudaban al verle.
Se alejaron con marcada indecisión, volviendo repetidas veces el rostro para examinarle una vez más. A los pocos minutos regresó uno de ellos, el más viejo, aproximándose con timidez á la mesa.
--¿Es usted, y perdone, el capitán Ferragut?...
Hizo esta pregunta en valenciano, al mismo tiempo que se llevaba la diestra á su gorra para quitársela. Ulises detuvo el saludo y le ofreció una silla. El era Ferragut: ¿qué deseaba?...
Se negó á sentarse. Quería decirle dos «razones» aparte, con cierto secreto... Cuando el capitán hubo presentado á su segundo como hombre de toda confianza, entonces se sentó. Los dos compañeros, rompiendo la humana corriente, habían retrocedido también y estaban en el borde de la acera, volviendo sus espaldas al café.
Era un patrón de barca: no se había equivocado Ferragut. Hablaba lentamente, como si le preocupase la revelación final, á la que servía de exordio todo lo que estaba diciendo.
--Los tiempos no son malos. Se gana dinero en el mar: más que nunca. Yo soy de Valencia. Hemos venido tres barcas de allá con vino y arroz. Viaje bueno, pero hay que navegar pegados á la costa, siguiendo la curva de los golfos, sin atreverse á pasar de cabo á cabo por miedo á los submarinos... Yo he encontrado á un submarino.
Ulises adivinó que las últimas palabras del patrón contenían el móvil que le había hecho aproximarse, venciendo su timidez.
--No fué en este viaje ni en el anterior--continuó el hombre de mar--. Me encontré con él dos días antes de la última Navidad. Yo, en invierno, me dedico á la pesca: soy propietario de una pareja de barcas del _bòu_... Estábamos cerca de las islas Columbretas, cuando de pronto vimos aparecer un submarino cerca de nosotros. Los alemanes no nos hicieron daño; lo único enojoso fué que tuvimos que entregarles una parte de nuestra pesca por lo que quisieron darnos. Luego me ordenaron que saltase á la cubierta del submarino para responder al comandante. Era un joven que hablaba el castellano como yo lo he oído hablar allá en las Américas, cuando de chico navegaba en un bergantín.
Se detuvo el patrón, algo cohibido, como si dudase en seguir su relato.
--¿Y qué dijo el alemán?--preguntó Ferragut para incitarle á continuar.
--Al enterarse de que yo era valenciano, me dijo si lo conocía á usted. Me preguntó por su vapor, queriendo saber si navegaba frente á la costa española. Yo le contesté que la conocía de nombre nada más, y él, entonces...
El capitán le animó con su sonrisa al ver que vacilaba de nuevo.
--Le habló mal de mí, ¿no es cierto?
--Sí, señor; muy mal, con palabras muy feas. Dijo que tenía una cuenta que arreglar con usted y que deseaba ser el primero en encontrarle. Según dió á entender, los otros submarinos también le buscan... Sin duda es una orden.
Se cruzó una larga mirada entre Ferragut y su segundo. Mientras tanto, el patrón seguía sus explicaciones.
Los dos amigos que le esperaban á pocos pasos habían visto muchas veces al capitán en Barcelona y en Valencia. Uno de ellos lo había reconocido inmediatamente; otro dudaba que fuese él; y por deber de conciencia, el viejo patrón volvía atrás para darle este aviso.
--Entre paisanos debemos ayudarnos... ¡Los tiempos son malos!
Al verle de pie, sus dos camaradas se aproximaron sonriendo á Ferragut, «¿Qué deseaban tomar?» Les invitó á sentarse en torno de su mesa; pero tenían prisa: iban á ver al consignatario de sus barcas.
--Ya lo sabe, capitán--dijo el patrón al despedirse--. Esos demonios le buscan para jugarle una mala pasada. Usted sabrá por qué... ¡Mucho ojo!
En el resto de la tarde hablaron poco Ferragut y Tòni. Los dos tenían en el cerebro iguales pensamientos, pero evitaban su exteriorización por un pudor de hombres enérgicos, temiendo que fuesen interpretados como preocupaciones del miedo.
Al cerrar la noche, cuando se retiraban al vapor, el piloto se atrevió á romper este silencio.
--¿Por qué no abandonas la navegación?... Eres rico; además, te darán por tu buque lo que pidas. Hoy se pagan los barcos como si fuesen de oro.
Ulises levantó los hombros. No pensaba en el dinero: ¿de qué podía servirle?... El resto de su vida deseaba pasarlo en el mar, dando ayuda á los enemigos de sus enemigos. Tenía una venganza que cumplir; viviendo en tierra abandonaba esta venganza y sentiría con más intensidad el recuerdo de su hijo.
El segundo calló unos instantes.
--¡Son tantos los enemigos!...--dijo luego con desaliento--. ¡Somos nosotros tan poca cosa!... Por unos cuantos metros no nos han echado á pique en el último viaje. Lo que no ha sido ahora será cualquier día... _Ellos_ han jurado acabar contigo; y son muchos... y son de guerra. ¿Qué podemos nosotros, pobres marinos de paz?...
Tòni no añadió nada, pero sus ideas silenciosas fueron adivinadas por Ulises.
Pensaba en su familia, que vivía allá en la Marina una existencia de continua ansiedad viéndole á bordo de un buque acechado por irresistibles amenazas. Pensaba también en las esposas y las madres de todos los hombres de la tripulación, que sufrían idénticas angustias. Y Tòni se preguntaba por primera vez si el capitán Ferragut tenía derecho á arrastrarlos á todos á una muerte segura, por su testarudez vengativa y loca.
«No, no tengo derecho», se dijo Ulises mentalmente.
Pero al mismo tiempo, el segundo, arrepentido de sus anteriores reflexiones, afirmaba en voz alta, con una sencillez heroica:
--Si te aconsejo que te retires, es por tu bien; no creas que es por miedo... Yo te seguiré mientras navegues. Alguna vez he de morir, y mejor es que sea en el mar. Únicamente me preocupa la suerte de mi mujer y mis hijos.
El capitán siguió marchando silenciosamente, y al llegar al buque habló con brevedad. «Pensaba hacer algo que tal vez gustase á todos. Antes de una semana habría decidido su porvenir.»
Los días siguientes los pasó en tierra. Dos veces volvió con unos señores que examinaron el vapor minuciosamente, bajando á las máquinas y á las bodegas. Algunos de estos visitantes parecían expertos en las cosas del mar.
«Quiere vender el barco», se dijo Tòni.
Y el piloto empezó á arrepentirse de sus consejos. ¡Abandonar el _Mare nostrum_, que era el mejor de todos los buques en que había servido!... Se acusó de cobardía, creyendo que era él quien había impulsado al capitán á tomar esta decisión. ¿Qué iban á hacer en tierra los dos cuando el vapor fuese de otros?... ¿No tendría él que embarcarse en un buque inferior, corriendo los mismos riesgos?...
Estaba decidido á deshacer su obra, á aconsejar de nuevo á Ferragut, declarando que sus ideas eran las más acertadas y que debían seguir viviendo como hasta el presente, cuando el capitán dió la orden de partir. Aún no estaban terminadas del todo las reparaciones.
--Vamos á Brest--dijo lacónicamente--. Es el último viaje.
Y el vapor salió sin carga, como si fuese á cumplir una misión especial.
¡El último viaje!... Tòni admiró su barco como si lo viese bajo una nueva luz, descubriéndole bellezas nunca sospechadas, lamentando como un enamorado la rapidez con que transcurrían los días y se aproximaba el momento doloroso de la separación.
Nunca había sido el piloto tan activo en su vigilancia. Sus supersticiones de navegante le infundían cierto pavor. Por lo mismo que era el último viaje, les podía ocurrir algo malo. Pasó en el puente días enteros, examinando el mar, temiendo la aparición de un periscopio, variando el rumbo de acuerdo con el capitán, en busca de las aguas más solitarias, donde los submarinos no podían esperar caza alguna.
Respiró al entrar por uno de los tres pasos del semicírculo de escollos que cierra la rada de Brest. Cuando quedaron anclados en este pedazo de mar gris, brumoso y poco seguro, rodeado de negras montañas, Tòni esperó con ansiedad el resultado de los viajes que el capitán hacía á tierra.
En todo el curso de la navegación, Ferragut no se había prestado á confidencias. El piloto sólo sabía que este viaje á Brest era el último. ¿Quién iba á ser el nuevo dueño del _Mare nostrum_?
Una tarde lluviosa, Ulises, al volver al buque, dió orden de que buscasen al segundo, mientras sacudía su impermeable en la entrada de las cámaras.
La rada estaba obscura, con olas espumosas, cortas y gruesas, que saltaban como carneros. Los acorazados echaban humo por sus triples chimeneas, prontos á hacer frente al mal tiempo con las máquinas encendidas.
El vapor, anclado en el puerto comercial, danzaba inquieto, tirando de sus amarras con lúgubre quejido. Todos los baques cercanos se movían igualmente, lo mismo que si estuviesen en alta mar.
Tòni entró en la gran cámara, y al ver el rostro de su capitán adivinó que había llegado el momento de conocer la verdad. Ulises le habló rehuyendo su mirada, deseando evitar con el laconismo de su lenguaje todo motivo de emoción.
Había vendido el buque á los franceses: un negocio rápido y magnífico... ¡Quién le hubiese dicho al comprar _Mare nostrum_ que algún día le darían por él una cantidad tan enorme!... En ningún país se encontraban barcos á la venta. Los inválidos del mar amarrados en los puertos como hierro viejo obtenían precios fabulosos. Buques encallados y olvidados en costas remotas eran puestos á flote por empresas que ganaban millones con esta resurrección. Otros sumergidos en los mares tropicales se veían devueltos á la superficie después de una permanencia de diez años debajo del agua, reanudando sus viajes. Todos los meses surgía un astillero nuevo, pero la guerra mundial no encontraba nunca bastantes naves para el transporte de los víveres y los instrumentos de muerte.
Sin regateo alguno habían dado á Ferragut el precio de venta que él exigía: mil quinientos francos por tonelada: cuatro millones y medio por el buque. Y á esto había que añadir cerca de dos millones que llevaba ganados con sus viajes desde el principio de la guerra.
--¡Estoy podrido de dinero!--dijo el capitán.
Y lo dijo tristemente, recordando con nostalgia los tiempos de paz, cuando sufría la preocupación de los negocios mediocres... pero vivía su hijo. ¿De qué iba á servirle esta riqueza que le asaltaba por todos lados como si pretendiese aplastarle con su peso?... Su esposa podría derramar el dinero á manos llenas en obras de caridad; podría dotar á sus sobrinas como si fuesen hijas de un prócer... ¡y nada más! Ni ella ni él consiguirían resucitar por un momento su pasado. Esta riqueza inútil sólo le proporcionaba cierta tranquilidad al pensar en el porvenir de la mujer que constituía toda su familia. Le era lícito en adelante disponer libremente de su existencia. Cinta, al morir él, iba á heredar millones.
Para evitarse la emoción de la despedida, habló á Tòni autoritariamente. Una carta del Atlántico estaba sobre la mesa, y con el índice fué marcando un rumbo á su piloto; pero este rumbo no era á través del mar, sino lejos de él, siguiendo el interior de las naciones costerizas.
--Mañana--dijo--vienen los franceses á posesionarse del vapor. Puedes irte cuando gustes, pero convendrá que sea lo más pronto posible...
Lo mismo que si diese una lección geográfica, explicó á Tòni su viaje de regreso. Este corre-mares se encogía tímidamente cuando le hablaban de itinerarios de ferrocarril y cambios de tren.
--Aquí está Brest... Sigues por esta línea á Burdeos; de Burdeos á la frontera; y una vez allí, tuerces á Barcelona ó te vas á Madrid, y de Madrid á Valencia.
El segundo contempló el mapa silenciosamente, rascándose la barba. Luego fué elevando sus ojos caninos, hasta fijarlos en Ulises.
--¿Y tú?--preguntó.
--Yo me quedo. El capitán del _Mare nostrum_ se ha vendido con su buque.
Tòni hizo un gesto doloroso. Creyó por un momento que Ferragut quería librarse de su presencia y estaba descontento de sus servicios. Pero el capitán se apresuró á darle explicaciones.
Por pertenecer el _Mare nostrum_ á un país neutral, no podía ser vendido á una de las naciones beligerantes mientras durasen las hostilidades. A causa de esto, él lo había enajenado de un modo que no hacía necesario el cambio de bandera. Ya no era su dueño, pero continuaba á bordo como capitán, y el vapor seguiría siendo español lo mismo que antes.
--¿Y por qué debo irme?--dijo Tòni con voz trémula, creyéndose víctima de una preterición.
--Vamos á navegar armados--contestó Ulises con energía--. Por eso he hecho la venta, más que por el dinero. Llevaremos un cañón á popa, telegrafía sin hilos, una tripulación de hombres de la reserva marítima, todo lo necesario para defenderse. Haremos nuestros viajes sin buscar al enemigo, llevando cargamentos lo mismo que antes; pero si el enemigo nos sale al paso, encontrará quien le conteste.
Estaba dispuesto á morir, si tal era su destino, pero agrediendo al que le atacase.
--¿Y no puedo ir yo también?--insistió el piloto.
--No; detrás de ti existe una familia que te necesita. Tú no eres de una nación en guerra, ni tienes nada que vengar... Yo soy el único de los antiguos tripulantes que permanece á bordo. Todos os vais. El capitán tiene una razón para exponer su vida y no quiere cargar con la responsabilidad de arrastraros á todos en su última aventura.
Tòni comprendió que era inútil insistir. Sus ojos se humedecieron... ¿Era posible que se despidiesen para siempre dentro de unas horas?... ¿No vería más á Ulises y á su buque, que se llevaban la mejor parte de su pasado?...
El capitán deseó terminar pronto esta entrevista para mantener su serenidad.
--Mañana á primera hora--dijo--llamarás á la gente. Ajusta las cuentas de todos. Cada uno debe recibir como gratificación extraordinaria la paga de un año entero. Quiero que guarden buena memoria del capitán Ferragut.
Intentó el piloto oponerse á esta generosidad por un resto del áspero interés que le habían inspirado siempre los negocios del buque, pero su superior no quiso dejarle seguir.
--¡Estoy podrido de dinero!--repitió como si se quejase--. Tengo más de lo que necesito... Puedo hacer locuras, si es mi gusto.
Luego miró por primera vez á su segundo frente á frente.
--En cuanto á ti--siguió diciendo--, he pensado lo que debes hacer... ¡Toma!
Le dió un sobre cerrado, y el piloto, maquinalmente, intentó abrirlo.
--No; no lo abras por ahora. Te enterarás de lo que contiene cuando estés en España. Ahí va encerrado el porvenir de los tuyos.
Miró Tòni con ojos asombrados el leve envoltorio de papel que tenía entre los dedos.
--Te conozco--continuó Ferragut--; protestarías al ver la cantidad. Para mí es insignificante, y á ti te parecería excesiva... No abras el sobre hasta que estés en nuestra tierra. En él encontrarás el nombre del Banco al que debes dirigirte. Quiero que seas el más rico de tu pueblo; que tus hijos se acuerden del capitán Ferragut cuando yo haya muerto.
El piloto hizo un gesto de protesta ante esta muerte posible, y al mismo tiempo se restregó los ojos como si sintiera en ellos un cosquilleo intolerable.
Ulises continuó sus instrucciones. Había vendido atropelladamente la casa de sus abuelos allá en la Marina, las viñas, toda la herencia del _Tritón_, cuando adquirió el _Mare nostrum_. Su deseo era que Tòni rescatase estos bienes, instalándose en el antiguo domicilio de los Ferragut.
--Tienes dinero de sobra para eso y mucho más. Yo carezco de hijos, y me gustará que los tuyos ocupen la casa que fué mía... Tal vez cuando llegue á viejo (si es que no me matan) iré á pasar los veranos con vosotros. ¡Animo, Tòni!... Aún pescaremos juntos, como pescaba mi tío el médico.
Pero el segundo no se reanimó con estas afirmaciones optimistas. Tenía los ojos hinchados por una humedad lacrimosa que hacía brillar sus córneas. Juraba entre dientes, protestando contra la próxima separación... ¡No verse más, después de tantos años de fraternidad!... ¡Cristo!...
El capitán tuvo miedo también á que saltasen sus lágrimas, y le ordenó que fuese á hacer las cuentas de los hombres á bordo.
Una hora después, Tòni volvía á entrar en la gran cámara, llevando en una mano la carta abierta. No había podido resistirse á la tentación de violar su secreto, temiendo que la generosidad de Ferragut resultase excesiva, inadmisible.
Protestó, tendiendo hacia Ulises el cheque extraído del sobre.
--¡No puedo aceptar!... ¡Es una locura!...
Había leído con espanto la cantidad consignada en el documento de crédito: primeramente en cifras, luego en letras. ¡Doscientas cincuenta mil pesetas!... ¡Cincuenta mil duros!
--Eso no es para mí--volvió á decir--. No lo merezco... ¿Qué puedo hacer con tanto dinero?
Fingió irritarse el capitán por su desobediencia.
--¡Guarda ese papel, bruto!... Ya me temía yo tus protestas... Es para tus hijos y para que tú descanses. No hablemos más, ó me enfado.
Luego, para vencer sus escrúpulos, abandonó el tono violento y dijo con tristeza:
--Carezco de herederos... No sé que hacer de mi fortuna inútil.
Y repitió una vez más, como una queja contra el destino:
--¡Estoy podrido de dinero!...
A la mañana siguiente, mientras Tòni ajustaba en su camarote las cuentas de los tripulantes, asombrados de la munificencia de esta despedida, el tío _Caragòl_ entró en el salón de popa, pidiendo hablar á Ferragut.
Se había puesto un viejo capote sobre sus ropas flácidas y escasas, más por decoro de la visita que porque realmente le hiciese sufrir el frío de Bretaña.
Despojó su esquilada cabeza del eterno sombrero de palma, fijando sus ojos rojizos en el capitán, que seguía escribiendo después de contestar á su saludo.
«¿Qué significaba cierta orden que había recibido de prepararse para dejar el buque dentro de unas horas?...» Debía ser una burla de Tòni, excelente sujeto, pero enemigo de las cosas santas, que gustaba de irritarle á causa de su piedad...
Ferragut abandonó la pluma, volviéndose hacia el cocinero, cuya suerte le había preocupado lo mismo que la del piloto.
--Tío _Caragòl_, nos hacemos viejos, y hay que pensar en el retiro... Voy á darle un papel; lo guardará lo mismo que si fuese una estampa bendita, y cuando lo presente en Valencia, le entregarán diez mil duros. ¿Usted sabe lo que son diez mil duros?...
Colocando su mentalidad al nivel de la de este hombre sencillo, se gozó en trazarle un plan de vida. Podía emplear su capital en cualquiera empresa modesta del puerto de Valencia: podía establecer un restorán, que pronto se haría célebre por sus olímpicos arroces. Sus sobrinos, que eran pescadores, lo recibirían como á un dios. Podía igualmente ser consocio en una pareja de barcas dedicadas á la pesca del _bòu_. Le esperaba una vejez feliz y honrosa; sus antiguos compañeros de navegación iban á envidiarle. Se levantaría á media mañana, iría al café, figuraría como devoto rico en todas las fiestas religiosas del Grao y del Cabañal: tendría en las procesiones un puesto de honor...
Siempre que hablaba Ferragut, le interrumpía el tío _Caragòl_ maquinalmente para decir: «Así es, mi capitán.» Por primera vez dejó de mover la cabeza y de sonreír con su cara de sol. Estaba pálido y sombrío. Hizo con su redonda testa un signo enérgico y dijo lacónicamente:
--No, mi capitán.
Ante la mirada de asombro de Ulises, creyó necesario explicarse.
--¿Qué voy á hacer desembarcado?... ¿Quién me espera?... ¿Qué negocios ni qué familia pueden interesarme?...
Ferragut creyó escuchar un eco de sus propios pensamientos. El, como su cocinero, nada tenía que hacer en tierra... Se aburría mortalmente lejos del mar como durante los meses pasados en Barcelona cuando aún era joven y podía crearse una nueva profesión. Además, le resultaba imposible volver á su casa, reanudando la vida con su esposa: equivalía á perder sus últimas ilusiones. Era mejor contemplar de lejos todo lo que restaba en pie de su antigua existencia.
_Caragòl_, mientras tanto, seguía hablando. Los sobrinos no se acordaban del pobre cocinero, y él no tenía por qué preocuparse de su suerte, enriqueciéndolos. Prefería quedarse donde estaba, sin dinero y feliz.
--¡Que se vayan los otros!--dijo con un egoísmo pueril--. ¡Que se vaya Tòni!... Yo me quedo... debo quedarme. Cuando el capitán se marche, se marchará el tío _Caragòl_.
Ulises enumeró los grandes peligros que iba á arrostrar el buque. Los submarinos alemanes lo acechaban con mortal predilección: sostendrían combates... serían torpedeados...
La sonrisa del viejo despreció estos peligros. Tenía, la certidumbre de que nada malo podía ocurrirle al _Mare nostrum_. Las furias del mar resultaban impotentes contra él, y menos conseguiría aún la maldad de los hombres.
--Yo sé por qué lo digo, capitán... Estoy seguro de que saldremos sanos y salvos de todos los peligros.
Pensó en sus milagrosos amuletos, en sus estampas benditas, en la protección sobrenatural que le proporcionaban sus piadosas invocaciones. Además, tenía en cuenta el nombre latino del buque, que le había inspirado siempre un respeto religioso. Pertenecía á la lengua usada por la Iglesia, al idioma en que se ordenan los milagros y que expulsa al demonio, haciéndolo correr despavorido.
--El _Mare nostrum_ no sufrirá desgracia. Si le cambiasen el título... tal vez. Pero mientras se llame así, ¿cómo puede ocurrirle nada malo?...
Sonriendo ante esta fe, empleó Ferragut su último argumento. Toda la tripulación iba á componerse de franceses: ¿cómo se entendería con ellos si ignoraba su idioma?...
--Yo lo sé todo--afirmó el viejo soberbiamente.