Chapter 32
Al fin acabó por irritarse contra él mismo, á causa de la semejanza absurda que había descubierto sin motivo alguno. ¿Cómo podía ser Freya esta inglesa que iba con dos oficiales?... ¿Cómo la alemana refugiada en Barcelona podía deslizarse en Francia, donde indudablemente era conocida de la policía militar?... Aún le irritó más la sospecha de que este parecido fuese un resto del antiguo amor, que le hacía ver á Freya en toda mujer rubia.
A las nueve de la mañana del día siguiente, cuando el capitán se vestía en su camarote para bajar á tierra, Tòni abrió la puerta.
Su gesto era fosco y tímido al mismo tiempo, como si fuese á dar una mala noticia.
--Esa está ahí--dijo lacónicamente.
Ferragut le miró con expresión interrogante... ¿Quién era «esa»?...
--¿Quién ha de ser?... ¡La de Nápoles! ¡La rubia del demonio que nos trae desgracia!... A ver si esa bruja nos deja inmóviles unas cuantas semanas, lo mismo que la otra vez.
Se excusó, como si acabase de cometer una falta en el servicio. El buque estaba unido al muelle por una pasarela y todos podían entrar en él. El piloto era enemigo de estos amarres, que dejaban libre el paso á los curiosos y los importunos. Cuando se había dado cuenta de la visita, la señora estaba ya en la cubierta, cerca de las cámaras. Recordaba bien el camino del salón: quería seguir adelante; pero él había hecho que _Caragòl_ la detuviese mientras venía á avisar al capitán.
--¡Cristo!--murmuró éste--. ¡Cristo!...
Y su asombro, su sorpresa, no le permitieron lanzar otra exclamación.
Luego se encolerizó.
--¡Echala!... Que la agarren dos hombres y la pongan en el muelle, aunque sea á viva fuerza.
Pero Tòni vacilaba, no atreviéndose á cumplir tales órdenes, y el impetuoso Ferragut se lanzó fuera del camarote para realizar por sí mismo lo que había mandado.
Cuando pasó al salón, alguien entró al mismo tiempo por el lado de la cubierta. Era _Caragòl_, que intentaba cerrar el paso á una mujer; pero ésta, burlando sus ojos cegatos, iba deslizándose poco á poco entre su cuerpo y el tabique de madera.
Al ver al capitán, Freya corrió hacia él tendiendo sus brazos.
--¡Tú!--dijo con voz gozosa--. Bien sabía que estabas aquí, á pesar de que estos hombres aseguraban lo contrario... Me lo decía el corazón... ¡Buenos días, Ulises!
_Caragòl_ volvió los ojos hacia el sitio donde adivinaba la presencia del segundo, como si implorase su perdón. Con las hembras no se podía cumplir ninguna orden... Tòni, por su parte, parecía avergonzado ante esta mujer que le miraba hostilmente.
Los dos desaparecieron. Ferragut no pudo darse cuenta de cómo fué la fuga, pero se alegró de ella. Temía que la recién llegada aludiese en su presencia á las cosas del pasado.
Quedó largo rato contemplándola. Había creído reconocerla de espaldas el día anterior, y ahora estaba seguro de que hubiera seguido adelante con indiferencia al verla de frente. En realidad, ¿era la misma que acompañaban los dos oficiales ingleses?... Parecía mucho más alta que la otra, con una delgadez que hacía clarear su cutis, dándole una transparencia enfermiza. La nariz era más prominente y afilada; los ojos brillaban hundidos en los círculos negruzcos de sus cuencas.
Estos ojos empezaron á mirar al capitán humildes y suplicantes.
--¡Tú!--exclamó Ulises con extrañeza--. ¡Tú!... ¿Qué vienes á hacer aquí?...
Freya habló con una timidez de sierva. Sí, era ella, que le había reconocido el día anterior mucho antes de que él la mirase, formando inmediatamente el propósito de venir en busca suya. Podía pegarle, como la última vez que se vieron; estaba dispuesta á sufrirlo todo... ¡pero con él!
--Sálvame, Ulises; llévame contigo... Te lo pido más angustiosamente que en Barcelona.
--¿Cómo estás aquí?...
Ella comprendió la extrañeza del capitán al encontrarla en país enemigo; la inquietud que sentía por él mismo al ver á una espía en su buque.
Miró en torno para convencerse de que estaban solos, y habló en voz baja. La doctora le había enviado á Francia para que «trabajase» en los puertos. A él solo podía revelar el secreto.
Ulises se indignó ante esta confidencia.
--¡Márchate!--dijo con voz colérica--. Nada quiero saber de ti... Lo tuyo no me interesa, no deseo conocerlo... ¡Fuera de aquí! ¿Por qué me buscas?
Pero ella no parecía dispuesta á cumplir sus órdenes. En vez de marcharse, se dejó caer con desaliento en uno de los divanes de la cámara.
--He venido--dijo--para rogarte que me salves. Te lo suplico por última vez... Voy á morir; adivino que mi fin está próximo si tú no me tiendes una mano; presiento la venganza de los míos... ¡Guárdame, Ulises! No me dejes volver á tierra: tengo miedo... ¡Tan segura que me sentiría aquí, á tu lado!...
El miedo, efectivamente, se reflejó en sus ojos al recordar los últimos meses de su vida en Barcelona.
--La doctora es mi enemiga... Ella, que me protegió tanto en otro tiempo, me abandona como algo viejo que es necesario suprimir. Tengo la certidumbre de que me han condenado en lo alto...
Se estremecía al recordar la cólera de la doctora cuando, á la vuelta de uno de sus viajes, se enteró de la muerte de su fiel Karl. El capitán Ferragut era para ella una especie de demonio invulnerable y victorioso, que escapaba á todos los peligros, matando á los servidores de la buena causa. Primeramente, Von Kramer; ahora, Karl... Como le era necesario desahogar en alguien su cólera, había hecho responsable á Freya de todas las desgracias. Por ella conocía al capitán y lo había mezclado en los asuntos del «servicio».
El ansia de venganza hizo sonreír á la imponente dama con una expresión feroz. El marino español estaba señalado en alto lugar. Ordenes precisas habían sido dadas contra él. «¡En cuanto á sus cómplices!...» Freya figuraba indudablemente entre estos cómplices, por haberse atrevido á defender á Ferragut recordando la muerte trágica de su hijo, por no haber hecho coro con los que deseaban su exterminio.
Semanas después, la iracunda doctora se había mostrado amable y sonriente, lo mismo que en otro tiempo. «Querida mía: conviene que dé usted un paseo por Francia. Hace falta un agente que nos entere del movimiento de los puertos, de la salida y entrada de los buques, para que nuestros sumergibles sepan dónde esperar. Los oficiales de marina son galantes, y una mujer hermosa puede ganarse su afecto.»
Ella había pretendido desobedecer. ¡Ir á Francia, donde eran conocidos sus trabajos de antes de la guerra!... ¡Volver al peligro cuando ya se había acostumbrado á la vida segura en los países neutrales!... Pero sus intentos de resistencia no llegaban á realizarse. Carecía de voluntad: el «servicio» la había convertido en un autómata.
--Y aquí estoy; sospechando que tal vez marcho á la muerte, pero cumpliendo los encargos que recibo; esforzándome por ser grata y retardar de este modo el cumplimiento de su venganza... Soy como un condenado que sabe que va á morir y procura hacerse necesario, para demorar unos meses su sentencia.
--¿Cómo has entrado en Francia?--preguntó él, sin hacer caso de su acento doloroso.
Freya levantó los hombros. En su oficio se cambiaba fácilmente de nacionalidad. Ahora era ciudadana de una república de América. La doctora le había proporcionado los papeles necesarios para pasar la frontera.
--Pero aquí--continuó--me tienen más segura que en una cárcel. Me han dado los medios para entrar, y sólo ellos me pueden hacer salir. Estoy por completo en su poder. ¿Qué harán de mí?...
El terror le había sugerido en ciertos momentos desesperadas resoluciones. Quería denunciarse á sí misma, comparecer ante las autoridades francesas relatando su historia, haciendo saber los secretos de que era poseedora. Pero su pasado le infundía miedo: eran muchas las maldades que llevaba realizadas contra este país. Tal vez la perdonasen la vida teniendo en cuenta la espontaneidad de su acto; pero el presidio, la reclusión con el pelo cortado, vestida de ruda estameña, condenada al silencio, sufriendo tal vez hambre y frío, le inspiraban una repulsión invencible... No: antes la muerte.
Y continuaba su vida de espionaje, cerrando los ojos ante el porvenir, viviendo el momento presente, evitando el pensar, considerándose feliz cuando veía por delante unos cuantos días de seguridad.
El encuentro con Ferragut en una calle de Marsella la había reanimado, dándole nuevas esperanzas.
--Sácame de aquí; guárdame contigo. En tu buque puedo vivir olvidada del mundo, como si hubiese muerto... Y si mi presencia te disgusta, llévame lejos de Francia, déjame en un país lejano.
Deseaba salir de este aislamiento en tierra enemiga teniendo que obedecer á sus superiores, como una fiera enjaulada que recibe pinchazos á través de los hierros. La hacía temblar el presentimiento de su próxima muerte.
--¡Yo no quiero morir, Ulises!... No soy aún vieja para morir. Yo adoro mi cuerpo, soy el primero de mis enamorados, y me aterro al pensar que puedo ser fusilada.
Pasó por sus ojos un reflejo fosfórico; sus dientes chocaron con el castañeteo del terror.
--¡No quiero morir!--repitió--. Hay momentos en que adivino que me siguen y me cercan... Tal vez me han conocido y esperan el momento de sorprenderme en pleno trabajo... Ayúdame: hazme salir de aquí; mi muerte es segura. ¡He hecho tanto daño!...
Calló un momento, como si calculase todos los delitos de su vida anterior.
--La doctora--siguió diciendo--cuenta con el entusiasmo patriótico, que le enardece para continuar sus trabajos. Yo carezco de su fe: no soy alemana y me repugna ser espía... Siento vergüenza al considerar mi vida actual; pienso todas las noches en el resultado de mis abominables trabajos; calculo el empleo que pueden dar á mis avisos y mis informes; veo los buques torpedeados... ¿Cuántos seres habrán muerto por mi culpa? Tengo visiones: mi conciencia me atormenta. ¡Sálvame!... No puedo más. Siento un miedo horrible. ¡Tengo tanto que expiar!...
Se había levantado poco á poco del diván, y al pedir protección á Ferragut iba hacia él con los brazos extendidos, humilde y al mismo tiempo acariciadora, por una voluntad de seducción que predominaba sobre todos sus actos.
--¡Déjame!--gritó el marino--. No te acerques... ¡no me toques!
Sintió la misma cólera que le había hecho ser brutal fin su entrevista de Barcelona. Le irritó la tenacidad de esta aventurera, que, luego de ejercer una influencia trágica en su vida, deseaba comprometerle de nuevo.
Pero un sentimiento de fría compasión le hizo contenerse y hablar con cierta bondad.
Si necesitaba dinero para huir, él se lo daría sin regateo alguno. Podía fijar la cifra; el capitán estaba dispuesto á satisfacer todos sus deseos; pero nada de vivir juntos. Le daría una suma importante para asegurar su porvenir y no verla más.
Freya hizo un ademán de protesta, al mismo tiempo que el marino se arrepentía de su generosidad... ¿Por qué favorecer á una mujer que le recordaba la muerte de su hijo?... ¿Qué había de común entre los dos?... Los viles amores de Nápoles harto los había pagado con su desgracia... Que cada uno siguiese su destino; pertenecían á mundos distintos... ¿Iba á tener que defenderse toda su vida de esta hembra pegajosa?
Aparte de esto, no estaba seguro de que ahora dijese verdad... Todo en ella era falso. Ni siquiera conocía con certeza su verdadero nombre y su existencia pasada...
--¡Márchate!--rugió con tono amenazador--. ¡Déjame en paz!
Tendió sus poderosas manazas hacia ella viendo que se resistía á obedecer. Iba á levantarla del suelo con rudo tirón, á llevarla como un fardo leve fuera de la cámara, fuera del barco, arrojándola lejos lo mismo que si fuese un remordimiento.
Pero le inspiró una repugnancia invencible este cuerpo abundante en seducciones: tuvo miedo á su contacto; quiso huir de las sorpresas eléctricas de su carne... Además, él no iba á maltratarla á cada encuentro, como un bellaco profesional de los que mezclan el amor y los golpes. Recordaba con tristeza sus violencias de Barcelona.
Y como Freya, en vez de marcharse, se dejaba caer de nuevo en el diván con un desaliento que parecía desafiar su cólera, fué él quien huyó para dar fin á la entrevista.
Se introdujo en su camarote, cerrando la puerta de golpe. Esta fuga la sacó á ella de su inercia. Quiso seguirle con un salto de pantera joven, pero sus manos chocaron contra el obstáculo que acababa de inmovilizarse, mientras seguían sonando en su interior llaves y cerrojos.
Golpeó desesperadamente la puerta. Sus puños se lastimaron en infructuosos empujones.
--¡Ulises, abre!... ¡Oyeme!
En vano gritó como si diese una orden, exasperándose al no verla obedecida. Su cólera se revolvió impotente contra la solidez inconmovible de la madera. De pronto empezó á llorar. Se había ablandado su voluntad al sentirse débil é indefensa como una criatura abandonada. Toda su vida pareció concentrarla en sus lágrimas y su voz suplicante.
Paseó los dedos por la puerta, palpando las molduras, deslizándolos por las superficies barnizadas, como si buscase á tientas una rendija, un agujero, algo que le permitiese llegar hasta el hombre que estaba al otro lado.
Instintivamente dobló sus rodillas, pegando la boca al orificio de la cerradura.
--¡Dueño mío!--murmuró con una voz de pordiosera--. ¡Abre!... No me abandones. Piensa que voy hacia la muerte si tú no me salvas.
Ferragut la oyó, y para huir de su gemido fué alejándose hasta el fondo del camarote. Luego abrió el ventano redondo que daba sobre la cubierta, ordenando á un marinero que buscase al segundo.
--_¡Don Antòni! ¡don Antòni!_--gritaron varias voces á lo largo del buque.
Llegó Tòni, pegando su cara al redondel para recibir las quejas furiosas de su capitán. «¿Por qué le habían dejado solo con aquella mujer?... Debían sacarla del buque inmediatamente, aunque fuese á viva fuerza... El lo mandaba.»
El piloto se alejó con aire azorado, rascándose la barba lo mismo que si acabase de recibir una orden de difícil ejecución.
--¡Sálvame, amor mío!--seguía gimiendo el susurro implorante--. Olvida quién soy... Piensa únicamente en la de Nápoles... en la que conociste en Pompeya... Acuérdate de nuestra felicidad á solas, de las veces que me juraste no abandonarme nunca... ¡Tú eres un caballero!
Calló un momento la voz. Ferragut oyó pasos al otro lado de la puerta. Tòni cumplía sus órdenes.
Pero la súplica volvió á reanudarse á los pocos instantes, reconcentrada, tenaz, atenta únicamente á su deseo, despreciando los nuevos obstáculos que venían á interponerse entre ella y el capitán.
--¿Tanto me odias?... Acuérdate de la felicidad que te di: tú mismo me juraste que nunca habías sido tan dichoso. Puedo resucitar otra vez el pasado. Tú no sabes de lo que soy capaz por hacerte dulce la existencia... ¡Y quieres perderme!...
Sonó un choque en la puerta, un roce de cuerpos que se empujaban, una frotación de lucha contra la madera.
Tòni había entrado, seguido de _Caragòl_.
--Ya hay bastante, señora--dijo con voz torva, para disimular su emoción--. ¿No se da cuenta de que el capitán no quiere verla?... ¿no comprende que está estorbando?... Vamos... ¡arriba!
Intentó ayudarla á incorporarse, separando su boca de la cerradura; pero Freya repelió con facilidad al vigoroso marino. Parecía falto de fuerzas, sin valor para repetir su ruda acción. Le inspiraba miedo la hermosura de esta mujer; estaba estremecido aún por el contacto de las firmes redondeces que acababa de rozar durante la corta lucha. Su virtud soñolienta había sufrido el tormento de una resurrección sin objeto. «¡Ah, no!... Que se encargasen otros de expulsarla.»
--¡Ulises, me echan!--gritó ella pegando otra vez su boca á la cerradura--. ¿Y tú, amor mío, lo permites?... ¿tú que tanto me amabas?...
Después de este llamamiento desesperado permaneció silenciosa unos instantes. La puerta se mantuvo inmóvil: detrás de ella no parecía existir ningún ser viviente.
--¡Adiós!--continuó en voz baja, con la garganta hinchada de sollozos--. Ya no me verás... Voy á morir pronto: me lo dice el corazón... ¡Moriré por ti!... Tal vez llores algún día pensando que pudiste salvarme.
Alguien había intervenido para arrancar á Freya de su rebelde inmovilidad. Era _Caragòl_, solicitado por los ojos implorantes del piloto.
Sus manazas la ayudaron á levantarse, sin que ella repitiese la protesta que había repetido á Tòni. Vencida y derramando lágrimas, pareció someterse á la ayuda paternal y los consejos del cocinero.
--¡Arriba, buena señora!--dijo _Caragòl_--. Un poco de ánimo y no llore... Para todo hay consuelo en este mundo.
Encerró en su abultada diestra las dos manos de ella, y pasando el otro brazo por su talle, la fué dirigiendo poco á poco hacia la salida del salón.
--Crea en Dios--añadió--. ¿Por qué busca al capitán, que tiene allá en su tierra á su mujer propia?... Otros hombres existen que están libres, y puede usted entenderse con ellos sin caer en pecado mortal.
Freya no le escuchaba. Cerca de la puerta volvió todavía la cabeza, iniciando un retroceso hacia el camarote del capitán.
--¡Ulises!... ¡Ulises!--gritó.
--Crea en Dios, señora--dijo otra vez _Caragòl_, mientras la empujaba con su vientre flácido y su pecho velludo.
Un propósito caritativo llenó su pensamiento. Tenía el remedio para el dolor de esta mujer hermosa, que la desesperación había hecho más interesante.
--Venga usted, señora... Hágame caso, hija mía.
Al llegar á la cubierta, la fué guiando hacia sus dominios. Freya se sentó en la cocina, sin saber con certeza dónde estaba. Vió á través de sus lágrimas á este viejo obeso, de una bondad sacerdotal, yendo de un lado á otro para reunir botellas y mezclar líquidos, agitando una cuchara en un vaso con alegre retintín.
--Beba sin miedo... No hay disgusto que resista á esta medicina.
El cocinero le ofreció un vaso; y ella, anonadada, bebió y bebió, contrayendo su rostro por la intensidad alcohólica del líquido. Seguía llorando, al mismo tiempo que su boca paladeaba una espesa dulzura. Sus lágrimas fueron cayendo en el brebaje que se deslizaba entre sus labios.
Un plácido calor emergió de su estómago, secando la humedad de los ojos, dando nuevos colores á sus mejillas. _Caragòl_ continuaba la charla, satisfecho del éxito de su obra, haciendo señas de alejamiento al sombrío Tòni, que pasaba y repasaba ante la puerta con el deseo vehemente de ver marcharse á la intrusa.
--No llore más, hija mía... ¡Cristo del Grao! ¡llorar una señora tan guapa, que puede encontrar los novios á docenas!... Créame: busque á otro; el mundo está lleno de hombres sin ocupación... Y siempre que sufra un disgusto, acuda á mi cordial... Voy á darle la receta.
Iba á apuntar en un pedazo de papel las dosis de aguardiente de caña y de azúcar, cuando ella se levantó, súbitamente vigorizada, mirando en torno con extrañeza... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué tenía que ver con aquel buen hombre medio desnudo que le hablaba como si fuese su padre?...
--¡Gracias! ¡muchas gracias!--dijo al salir de la cocina.
Luego, en la cubierta, se detuvo, abriendo su bolso de oro para sacar el espejito y el bote de polvos. Vió en el óvalo biselado del cristal el rostro faunesco de Tòni asomando detrás de su espalda con miradas de impaciencia.
--Dígale al capitán Ferragut que ya no le molestaré más... Todo terminó... Tal vez oiga hablar de mí alguna vez, pero no me verá nunca.
Y salió del buque sin volver la cabeza, con paso acelerado, como si corriese á la realización de algo que llenaba su pensamiento.
Tòni corrió también hacia el ventano del camarote de Ulises.
--¿Ya se ha ido?--preguntó éste con impaciencia.
El piloto asintió con la cabeza. Se había ido prometiendo no volver.
--Así sea--dijo Ferragut.
Manifestó Tòni el mismo deseo. ¡Ojalá no viesen más á esta rubia, que traía la desgracia!...
En los días siguientes, el capitán apenas abandonó su buque. No quería encontrarse con ella en las calles de la ciudad: dudaba de la dureza de su carácter; temía ceder á sus ruegos al verla otra vez llorando y suplicando.
Se desvaneció la inquietud de Ulises al quedar terminada la carga del buque. Este viaje iba á ser más corto que los anteriores. El _Mare nostrum_ fué á Corfú con material de guerra para los servios, que reorganizaban sus batallones destinados á Salónica.
En el viaje de vuelta, Ferragut fué atacado por el enemigo. Un amanecer, cuando subía al puente para reemplazar á Tòni, los dos vieron al mismo tiempo en forma tangible lo que llevaban á todas horas en su imaginación. Se marcó á lo lejos, en el redondel de sus gemelos, el extremo de un palo negro y derecho que cortaba las aguas, sonrosadas por el alba, dejando un rastro de espuma.
--¡Submarino!--gritó el capitán.
Tòni no dijo nada, pero apartando de un zarpazo al timonel, agarró la rueda, dando al buque otra dirección. El movimiento fué oportuno. Sólo iban transcurridos unos segundos, cuando empezó á marcarse sobre el agua un dorso obscuro, de vertiginosa carrera, que venía rectamente hacia el vapor.
--¡Torpedo!--gritó Ferragut.
La angustiosa espera duró unos instantes. El proyectil, oculto en las aguas, pasó á unos seis metros de la popa, perdiéndose en la inmensidad. Sin la rápida virada de Tòni, habría herido al buque en pleno flanco.
El capitán, por el tubo acústico que descendía á las máquinas, gritó órdenes enérgicas para que desarrollasen toda la velocidad. Mientras tanto, el piloto, agarrado á la rueda, dispuesto á morir sin soltarla, dirigía el buque en zigzags para no ofrecer una puntería fija al submarino.
Todos los tripulantes contemplaban desde las bordas el bastón lejano é insignificante del periscopio. El tercer oficial había salido de su camarote casi desnudo, restregándose los ojos soñolientos. _Caragòl_ estaba en la popa, mostrando su abdomen bajo el revoloteo de la suelta camisa y llevándose una mano á las cejas á guisa de visera.
--Lo veo... lo veo perfectamente... ¡Ah, bandido! ¡hereje!
Y tendía su puño amenazador hacia un punto del horizonte, precisamente el opuesto al lugar donde emergía el periscopio.
Vió Ferragut en el redondel azul de las lentes cómo este tubo subía y subía, engrosándose. Ya no era un palo, era una torre, y á continuación de esta torre iba surgiendo del mar un basamento de acero que chorreaba cascadas de espuma, un lomo gris de cetáceo, que poco á poco tomaba la forma de un vaso navegante largo y afilado.
Una bandera flotó de pronto sobre el submarino. Ulises la conocía.
--¡Nos van á atacar á cañonazos!--gritó á Tòni--. Es inútil que naveguemos en zigzags. Lo que importa es ganar distancia, marchar en línea recta.
El segundo, hábil timonel, obedeció al capitán. Tembló todo el casco á impulsos de una velocidad extraordinaria. La proa cortaba las aguas con un rumor creciente. El sumergible enemigo, al aumentar su volumen con la emersión, pareció, sin embargo, retroceder en el horizonte. Dos vedijas de espuma empezaron á amontonarse en ambas caras de su proa. Corría con todo el ímpetu de su marcha de superficie; pero el _Mare nostrum_ navegaba igualmente con el impulso forzado de sus máquinas á gran presión, y la distancia entre ambos buques se fué dilatando.
--¡Tiran!--dijo Ferragut con los gemelos en los ojos.
Una columna de agua se levantó cerca de la proa. Esto fué lo único que _Caragòl_ pudo ver claramente, y rompió á aplaudir con una alegría infantil. Luego agitó en alto su sombrero de palma. «¡Viva el Santo Cristo del Grao!...»
Otros proyectiles fueron cayendo en torno del _Mare nostrum_, salpicándolo con sus enormes surtidores de espuma. De pronto tembló de popa á proa: se estremecieron sus planchas con una vibración de estallido.
--¡No es nada!--gritó el capitán echando medio cuerpo fuera del puente para ver mejor el casco de su buque--. Un cañonazo en la popa. ¡Firme, Tòni!...
El segundo, agarrado á la rueda, volvía la cabeza de vez en cuando para apreciar la distancia que les separaba del submarino. Cada vez que veía levantarse una columna acuática á impulsos de un proyectil, repetía el mismo consejo:
--¡Tiéndete, Ulises!... ¡Van tirar contra el puente!