Manfredo Drama en tres actos

Part 3

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¡Escúchame! ¡Astarte, mi querida, óyeme y dígnate hablarme! He sufrido tanto, sufro todavía tan cruelmente ¡mírame! ¡la muerte no te ha cambiado tanto, como yo debo parecerlo á tu vista! tú me amaste demasiado tiernamente y mi amor era digno del tuyo. No hemos nacido para atormentarnos uno y otro de este modo por culpable que haya sido nuestro amor. Dime que no me detestas, que yo solo sea castigado por los dos, que tú serás recibida en el número de los bienaventurados y que yo debo morir. Porque hasta ahora todo lo que hay de mas odioso conspira á encadenarme con la existencia, á una existencia que me hace ver con terror la inmortalidad, y un porvenir semejante á lo pasado. No puedo encontrar ningun descanso. Ignoro yo mismo lo que deseo y lo que busco, y no siento sino lo que tú eres y lo que soy. Quisiera oir tu voz todavía una vez antes de morir, la voz que para mi oido era la mas dulce melodía. Respóndeme, ¡o querida mia! te he llamado en las sombras de la noche; he asustado á los pájaros dormidos bajo las hojas silenciosas, he despertado al lobo en las montañas, y he hecho conocer tu nombre á los ecos de las cavernas mas sombrías. El eco me ha respondido, los espíritus y los hombres tambien me han respondido, tú sola has permanecido muda. He visto sucederse el giro de las estrellas en la bóveda celeste; he dirigido mi vista hácia ellas para ver si podia descubrirte; he recorrido la tierra para ver si encontraba alguna cosa que se te pareciese: dígnate de hablarme finalmente; mira á esos espíritus que nos rodean que se enternecen al oir mis quejas; yo los miro sin terror y solo lo tengo por tí; dígnate de hablarme aunque no sea sino para manifestar tu enojo; dime á lo menos... Yo no sé lo que deseo; pero déjame todavía oir tu voz por la última vez.

LA SOMBRA DE ASTARTE.

¡Manfredo!

MANFREDO.

¡Ah! prosigue por favor: esta voz me reanima; es la tuya seguramente.

LA SOMBRA.

¡Manfredo! mañana se acabarán tus dolores terrestres. ¡A Dios!

MANFREDO.

Todavía una palabra ¡una sola palabra! ¿estoy perdonado?

LA SOMBRA.

¡A Dios!

MANFREDO.

¿No nos veremos mas?

LA SOMBRA.

¡A Dios!

MANFREDO.

¡Ah! por compasion, todavía una palabra; dime si me amas.

LA SOMBRA.

¡Manfredo!

[Desaparece.]

NEMESIS.

Se ha ido y no volverá á aparecer: sus palabras se cumplirán; vuélvete á la tierra.

UN ESPÍRITU.

Se encuentra en las convulsiones de la desesperacion; ved los mortales: quieren penetrar los secretos que son superiores á su naturaleza.

OTRO ESPÍRITU.

¡Pero ved como se domina á sí mismo, y como somete sus tormentos á su voluntad! si hubiese sido un espíritu como nosotros hubiera sobrepujado á todas las otras inteligencias celestes.

NEMESIS.

¿Tienes todavía que hacer alguna pregunta á nuestro augusto monarca ó á sus vasallos?

MANFREDO.

Ninguna.

NEMESIS.

A Dios hasta la vista.

MANFREDO.

¿Nosotros volveremos pues á vernos? ¿Pero en dónde, sobre la tierra? No importa; adonde tú quieras. A Dios, te doy gracias por el favor que acabas de concederme.

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

ACTO III, ESCENA PRIMERA.

[Una habitacion del castillo de Manfredo.]

MANFREDO Y HERMAN.

MANFREDO.

¿Se acabará bien pronto el dia?

HERMAN.

Todavía falta una hora, y el sol va á ocultarse; todo nos anuncia una hermosa noche.

MANFREDO.

¿Lo has dispuesto todo en la torre, segun lo he ordenado?

HERMAN.

Todo está pronto, señor, ved la llave y la arquilla.

MANFREDO.

Está bien, puedes retirarte.

[Herman se va.]

MANFREDO _solo_.

Esperimento una calma y una tranquilidad que no habia conocido en mi vida. Si yo no supiese que la filosofía es la mas loca de nuestras vanidades, y la palabra mas vacía de sentido entre todas las inventadas en la jerga de nuestras escuelas, creeria que el secreto del oro, es decir la piedra filosofal tan buscada, se hallaba finalmente en mi alma. Éste estado tan lisonjero no puede ser durable, pero ya es mucho el haberlo conocido aunque haya sido una sola vez. Ha enriquecido mis ideas con un nuevo sentido; y quiero escribir en mi libro de memoria que existe este sentimiento... ¿Quién está ahí?

[Herman vuelve á entrar.]

HERMAN.

Señor, el abad de San Mauricio pide permiso para hablaros.

[Entra el Abad.]

EL ABAD.

Que la paz sea con el conde Manfredo.

MANFREDO.

Mil gracias, padre mio: que seais bien venido en este castillo, vuestra presencia me honra y es una bendicion para los que le habitan.

EL ABAD.

Lo deseo conde, pero quisiera hablaros sin testigos.

MANFREDO.

Herman, retírate. ¿Qué es lo que me quiere mi respetable huésped?

EL ABAD.

Quiero hablar sin rodeos: mis canas y mi celo, mi ministerio y mis piadosas intenciones me servirán de disculpa: tambien invoco mi calidad de vecino, aunque nos visitemos muy rara vez.

Varias voces estrañas y escandalosas ultrajan vuestro nombre; un nombre ilustre hace muchos siglos. ¡Ah! ¡ojalá que pueda trasmitirse sin mancha á vuestros descendientes!

MANFREDO.

Proseguid, os escucho.

EL ABAD.

Se dice que estudiais secretos que no estan permitidos á la curiosidad del hombre, y que os habeis puesto en comunicacion con los habitantes de las oscuras moradas, y con la multitud de espíritus malignos que se hallan errantes en el valle al que da sombra el árbol de la muerte. Sé que vivis muy retirado y que tratais muy rara vez con los hombres vuestros semejantes; sé que vuestra soledad es tan severa como la de un prudente anacoreta; ¡y que no es tan santa!

MANFREDO.

¿Y quiénes son los que estienden estas voces?

EL ABAD.

Mis hermanos en Dios, los paisanos asustados, vuestros propios vasallos que observan vuestra inquietud. Vuestra vida corre el mayor peligro.

MANFREDO.

¿Mi vida? yo os la abandono.

EL ABAD.

Yo he venido para procurar vuestra salvacion y no vuestra pérdida... No quisiera penetrar los secretos de vuestra alma; pero si lo que se dice es cierto, todavía es tiempo de hacer penitencia y de impetrar misericordia; reconciliaos con la verdadera iglesia, y esta os reconciliará con el cielo.

MANFREDO.

Os entiendo; ved mi respuesta. Lo que fuí y lo que soy no lo conocen sino el cielo y yo. No escogeré un mortal por mediador ¿he quebrantado algunas leyes? que se pruebe y se me castigue.

EL ABAD.

Hijo mio, yo no he hablado de castigo y sí de perdón y de penitencia: vos sois quien debe escoger; nuestros dogmas y nuestra fe me han dado el poder de dirigir á los pecadores por la senda de la esperanza y de la virtud, y dejo al cielo el derecho de castigar: «La venganza pertenece á mí solo,» ha dicho el Señor, y es con humildad como su siervo repite estas augustas palabras.

MANFREDO.

Anciano, ninguna cosa puede arrancar del corazon el vivo sentimiento de sus crímenes, de sus penas, y del castigo que se inflige á sí mismo: nada: ni la piedad de los ministros del cielo, ni las oraciones, ni la penitencia, ni un semblante contrito, ni el ayuno, ni las zozobras, ni los tormentos de aquella desesperacion profunda que nos persigue por medio de los remordimientos sin amedrantarnos con el infierno, pero que él solo bastaria para hacer un infierno del cielo. No hay ningun tormento venidero que pueda ejercer semejante justicia sobre aquel que se condena y se castiga á sí mismo.

EL ABAD.

Estos sentimientos son laudables, porque algun dia harán lugar á una esperanza mas dulce. Vos os atrevereis á mirar con una tierna confianza la dichosa morada que está abierta á todos aquellos que la buscan, cualesquiera que hayan sido sus yerros sobre la tierra; pero para espiarlos es preciso empezar por conocer la necesidad de ejecutarlo. Proseguid conde Manfredo ... todo lo que nuestra fe podrá saber se os enseñará y quedareis lavado de todo lo que pudiesemos absolveros.

MANFREDO

Cuando el sesto emperador de Roma vió llegar su última hora, víctima de una herida que se habia hecho con su propia mano á fin de evitar la vergüenza del suplicio que le preparaba un senado que antes era su esclavo un soldado conmovido en apariencia de una generosa piedad, quiso estancar con su vestido la sangre del emperador: el Romano espirando no lo permite y le dice con una mirada que manifestaba todavía su antiguo poder: ¡Es demasiado tarde! ¿es esta tu fidelidad?

EL ABAD.

¿Qué quereis decir con esto?

MANFREDO.

Respondo como él, es demasiado tarde.

EL ABAD.

Jamas puede serlo para reconciliaros con vuestra alma, y para reconciliarla con Dios. ¿No teneis ya esperanza? Estoy admirado: aquellos que desesperan del cielo se crean sobre la tierra alguna fantasma que es para ellos como la débil rama á la que se agarra un desgraciado que se está ahogando.

MANFREDO.

¡Ah! padre mio; ¡yo tambien en mi juventud he tenido ilusiones terrestres y nobles inspiraciones! entonces hubiera querido conquistar los corazones de los hombres é instruir á todo un pueblo; hubiera querido elevarme, pero no sabia hasta qué altura ... quizas para volver á caer; pero para caer como la catarata de las montañas, que precipitada desde la cumbre orgullosa de las rocas, acumula una onda subterránea en las profundidades de un abismo; pero temible todavía, vuelve á subir sin cesar hasta los cielos en columnas de vapores que se transforman en nubes lluviosas. Este tiempo pasó; mis pensamientos se han engañado á sí mismos.

EL ABAD.

¿Y porqué?

MANFREDO.

No podia humillar mi orgullo, porque para poder mandar algun dia, es necesario primero obedecer, lisonjear y pedir, espiar las ocasiones, multiplicarse á fin de encontrarse en todas partes, y hacerse una costumbre de ocultar la verdad; ved como se consigue el dominar los espíritus cobardes y bajos, y asi son los de los hombres en general. Desprecié el hacer parte de una camada de lobos aunque hubiera sido para guiarlos. El leon está solo en el bosque que habita; yo estoy solo como el leon.

EL ABAD.

¿Y porqué no vivir y obrar como los demas hombres?

MANFREDO.

Sin haber nacido cruel, mi corazon no amaba las criaturas vivientes, hubiera querido encontrar una horrible soledad, pero no formármela yo mismo; queria ser como el salvage _Simoun_ que solo habita el desierto, y cuyo soplo devorador no trastorna sino una mar de áridas arenas en donde su furor no es funesto á ningun arbolillo: no busca la morada de los hombres, pero es muy terrible para los que vienen á arrostrarlo. Tal ha sido el curso de mi vida, y mientras he vivido he encontrado objetos que ya no existen.

EL ABAD.

Empiezo á temer que mi piedad y mi ministerio no pueden seros útiles. Tan jóven todavia ... me cuesta mucho el....

MANFREDO.

Miradme, hay algunos mortales en la tierra que se hacen viejos en su juventud y que mueren antes de haber llegado el verano de su vida, sin que hayan buscado la muerte en los combates. Unos son víctimas de los placeres, otros del estudio, estos á causa del trabajo y aquellos por el fastidio. Hay algunos que perecen de enfermedad, de demencia, ó en fin de penas del corazon, y esta última enfermedad, ofreciéndose bajo todas las formas y bajo todos los nombres, hace mas estragos que la guerra. Miradme; porque no hay ninguno de estos males que yo no haya sufrido, y uno solo basta para terminar la vida de un hombre. No os admireis ya de lo que soy, pero si sorprendeos de que haya existido y de que esté todavía sobre la tierra.

EL ABAD.

Dignaos sin embargo escucharme....

MANFREDO [_con viveza_.]

Anciano, respeto tu ministerio y reverencio tus canas; creo que tus intenciones son piadosas; pero es en vano. No me supongais una fácil credulidad, y solo por la consideracion que os tengo, evito una conversacion mas larga. A Dios.

[Manfredo se va.]

EL ABAD.

Este hombre hubiera podido ser una criatura admirable; y tal como es, presenta un caos que sorprende. Una mezcla de luz y de tinieblas, de grandeza y de polvo, de pasiones y de pensamientos generosos, que en su confusion y en sus desórdenes, quedan en la inaccion ó amenazan el destruirlo todo. La energía de su corazon era digna de animar elementos mejor combinados: va á perecer y quisiera salvarle. Hagamos una segunda tentativa; un alma como la suya merece muy bien el ganarla para el cielo. Mi deber me ordena el atreverme á todo para conseguir el bien; lo seguiré, pero será con prudencia.

[El Abad se va.]

ESCENA II.

[Otra habitacion.]

MANFREDO Y HERMAN.

HERMAN.

Señor, vos me habeis ordenado el venir á encontraros al ponerse el sol; vedle que va á eclipsarse detras de la montaña.

MANFREDO.

¡Bien! quiero contemplarle.

[Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.]

Astro glorioso, adorado en la infancia del mundo por la raza de hombres robustos, por los gigantes nacidos de los ángeles con un sexo que, mas hermoso que ellos mismos, hizo caer en el pecado á los espíritus escarriados, desterrados del cielo para siempre[4]; astro glorioso, tú fuiste adorado como el dios del mundo, antes que el misterio de la creacion fuese revelado; obra maestra del Todopoderoso, tú fuiste el primero que regocijastes el corazon de los pastores caldeos sobre la cumbre de sus montañas, y el reconocimiento les inspiró bien pronto los homenages que te dirigieron; divinidad material, tú eres la imágen del gran desconocido que te ha escogido para que seas su sombra; rey de los astros, y centro de mil constelaciones, á tí es á quien la tierra debe su conservacion; padre de las estaciones, rey de los climas y de los hombres: las inspiraciones de nuestros corazones, y las facciones de nuestros rostros son la influencia de tus rayos. No hay ninguna cosa que iguale la pompa de tu salida, de tu curso y de tu puesta... A Dios, ya no te volveré á ver; mi primera mirada de amor y de admiracion fue para tí; recibe tambien la última: nunca alumbrarás á un mortal, á quien el don de tu luz y tu calor suave hayan sido mas fatales que á mí... Se ha ocultado ... quiero seguirle.

[Manfredo se va.]

ESCENA III.

[Por una parte se ven las montañas y por la otra el castillo de Manfredo y una torre con una azotea. Empieza la noche.]

HERMAN, MANUEL _y otros criados de Manfredo_.

HERMAN.

Es bien estraño que despues de muchos años, el conde Manfredo haya pasado todas las noches en velar sin testigos dentro de esta torre. Yo he entrado en ella, no conocemos todo el interior, pero ninguna cosa de las que encierra ha podido instruirnos de lo que hace nuestro amo. Es cierto que hay un cuarto en el que ninguno de nosotros ha entrado; yo daria todo lo que tengo para sorprenderle cuando se encuentra ocupado en sus misterios.

MANUEL.

Esto no podria ser sin peligro; conténtate con lo que sabes.

HERMAN.

¡Ah! Manuel, tú eres sabio y discreto como un viejo; pero tú podrias decirnos muchas cosas. ¿Cuánto tiempo hace que habitas este castillo?

MANUEL.

He visto nacer al conde Manfredo; entonces ya servia á su padre, al que se parece muy poco.

HERMAN.

Lo mismo puede decirse de muchos hijos; ¿pero en qué se diferenciaba del suyo el conde Segismundo?

MANUEL.

No hablo de las facciones, pero sí del corazon y del género de vida. El conde Segismundo era arrogante, pero alegre y franco: gustaba de la guerra y de la mesa, y era poco aficionado á los libros y á la soledad, no ocupaba las noches en sombrios desvelos; las suyas estaban consagradas á los festines y á las diversiones. No se le veia ir errante por las montañas ó por los bosques, como ün lobo silvestre, no huia de los hombres ni de sus placeres.

HERMAN.

¡Por vida mia! ¡vivan estos tiempos dichosos! ¡Quisiera ver á la alegría que viniese á visitar de nuevo estas antiguas murallas! Parece que las ha olvidado del todo.

MANUEL.

Era necesario primeramente que el castillo cambiase de señor. ¡Oh! ¡he visto aquí cosas tan estrañas, Herman!

HERMAN.

¡Y bien! dígnate de hacer confianza de mí; cuéntame algunas cosas para pasar el rato: te he oido hablar vagamente sobre lo que sucedió en otros tiempos en esta misma torre.

MANUEL.

Me acuerdo que una tarde á la hora del crepúsculo, una tarde semejante á esta, la nube rojiza que corona la cima del monte Eigher estaba en el mismo parage, y quizas era la misma nube, el viento era flojo y tempestuoso, la luna empezaba á lucir sobre el manto de nieve que cubre las montañas; el conde Manfredo estaba como ahora en su torre: ¿qué hacia allí? lo ignoramos; pero estaba con él la sola compañera de sus paseos solitarios y de sus desvelos, el único ser viviente á quien manifestaba amar; los lazos de la sangre se lo ordenaban, es cierto; era su querida Astarte; era su... ¿Quién está, ahí?

[Entra el Abad de San Mauricio.]

EL ABAD.

¿En donde está vuestro amo?

HERMAN.

Está en la torre.

EL ABAD

Es preciso que yo le hable.

MANUEL

Es imposible, está solo, y nos está prohibido el introducir á nadie.

EL ABAD.

Yo lo tomo sobre mí ... es preciso que yo le vea.

HERMAN.

¿No le habeis ya visto esta tarde?

EL ABAD.

Herman, yo te lo ordeno, ves á llamar á la puerta y á prevenir al conde acerca de mi visita.

HERMAN.

Nosotros no nos atrevemos.

EL ABAD.

¡Y bien! yo mismo iré á anunciarme.

MANUEL.

Mi respetable padre, deteneos, os lo suplico.

EL ABAD.

¿Porqué?

MANUEL.

Esperad un momento, y yo me esplicaré en otro parage.

[Se van.]

ESCENA IV.

[El interior de la torre.]

MANFREDO _solo_.

Las estrellas se ponen en órden en el firmamento; la luna se manifiesta sobre la cumbre de las montañas coronadas de nieve: ¡admirable espectáculo! conozco que amo todavía á la naturaleza, porque el aspecto de la noche me es mas familiar que el de los hombres, y es en sus tinieblas silenciosas y solitarias, bajo la bóveda estrellada de los cielos, en donde he aprendido el idioma de otro universo.

Me acuerdo que cuando viajaba en tiempo de mi juventud, me encontré en una noche semejante en el recinto del Coliseo en medio de todo lo que nos queda de mas grande de la ciudad de Rómulo. Un viso sombrío oscurecia el ramage de los árboles que crecen sobre los arcos arruinados, y las estrellas brillaban al traves de las grietas que presentaban aquellas ruinas. A lo lejos los ladridos de los perros resonaban en la otra márgen del Tiber; mas cerca de mí, el grito lúgubre de los buhos salia del palacio de César, y el viento me traia los sonidos moribundos del canto nocturno de las centinelas. Por la parte de la brecha, que el tiempo ha abierto al circo, parecia que los cipreses adornaban el horizonte y solo estaban á la distancia de un tiro; en estos mismos lugares, que fueron la morada de los Césares, y que en el dia estan habitados por los pájaros nocturnos que hacen oir sus cantos aciagos, se elevan sobre las murallas demolidas los árboles cuyas raices se entrelazan bajo el domicilio imperial, y la hiedra rastrera se apodera del terreno destinado á criar el laurel; pero el circo sangriento de los gladiadores, ruina noble é imponente, está todavía de pie, mientras que los palacios de mármol de César y de Augusto no presentan sobre la tierra sino escombros ignorados. Tú alumbrabas con tus rayos á la antigua reina del mundo, astro pacífico de las noches, tú dejabas caer una luz pálida y melancólica que suavizaba el aspecto austero y doloroso de sus antiguos escombros, y llenaba en algun modo el vacío de los siglos. Todo lo que subsiste todavía de hermoso y de grande recibia de tí un nuevo esplendor, y lo que ya no existe parecia que habia vuelto á tomar su antigua brillantez; en estos lugares todo inspiró mi entusiasmo, y mi corazon conmovido adoró silenciosamente á los grandes hombres de otros tiempos. Creí ver á todos los héroes que ya han pasado y á todos los soberanos coronados que todavía gobiernan nuestras almas desde el fondo de sus sepulcros....

Era una noche semejante á esta. ¡Es una cosa particular que me la recuerde en este momento! pero he esperimentado muchas veces que nuestros pensamientos se nos escapan y se pierden lejos de nosotros, en el momento en que quisieramos concentrarlos en una meditacion solitaria.

[Entra el Abad de San Mauricio.]

EL ABAD.

Debo pediros perdon de esta segunda visita; pero dignaos no mirar como una ofensa la indiscreta importunidad de mi celo. ¡Recibo con gusto contra mí lo que tiene de culpable, y que lo que tenga de bueno pueda ilustrar vuestro espíritu! ¡qué no pueda yo decir vuestro corazon! Si consiguiese ablandarlo por medio de mis exhortaciones y de mis oraciones, pondría en el buen camino á un corazon noble que se encuentra escarriado, pero que todavía no está perdido.

MANFREDO.

Tú no me conoces. Mis dias estan ya contados, y mis acciones estan escritas en el libro del cielo. Retírate, tu permanencia aquí te seria perjudicial; retírate.

EL ABAD.

¿Es una amenaza la que me anunciais?

MANFREDO.

No, te advierto sencillamente que hay peligro para tí, y yo quisiera preservarte de él.

EL ABAD.

¿Qué quereis decir?

MANFREDO.

Mira, ¿no ves nada?

EL ABAD.

Nada.

MANFREDO.

Mira bien, te digo y sin temblar. ¿Qué ves ahora?

EL ABAD.

Veo lo que es muy capaz de hacerme temblar, pero no temo nada, veo un espectro sombrío y terrible que sale de la tierra como una divinidad infernal. Su frente está cubierta con un velo negro, y su cuerpo parece que se halla rodeado de nubes aciagas; pero yo no le temo.

MANFREDO.

Tú no tienes que temer, es cierto; pero su aspecto puede paralizar tus miembros cargados de años. Lo repito, retírate.

EL ABAD.

Y yo repito que no me retiraré sin que haya hecho desaparecer este espectro... ¿Qué hace aquí?

MANFREDO.

Lo ignoro: no le he llamado, él ha venido por su voluntad.

EL ABAD.

¡Ay¡ hombre perdido! ¿qué teneis que tratar con semejantes huéspedes? tiemblo por vos, ¿porqué os mira fijamente y vos á él? ¡Ah! vedle que descubre su rostro, las cicatrices del rayo vengador estan grabadas sobre su frente, y en sus ojos brilla la inmortalidad del infierno. ¡Lejos de aquí!...

MANFREDO [_al Espíritu_].

¿Cuál es tu mision?

EL ESPÍRITU.

Ven.

EL ABAD

¿Quién eres, espíritu desconocido? habla, responde.

EL ESPÍRITU.

El genio de este hombre. [_A Manfredo_.] Ven, ya es tiempo.

MANFREDO.

Estoy pronto á todo, pero no reconozco el poder que me llama, ¿quién te envia aquí?

EL espíritu.

Tú lo sabrás después.¡Ven! ¡ven!

MANFREDO.

He mandado á seres de una esencia superior á la tuya, he resistido á sus superiores: aléjate de estos lugares.

EL ESPÍRITU.

¡Mortal! tu hora ha llegado. Ven te digo.

MANFREDO.

Ya sé que mi hora ha llegado, pero no será á un ser tal como tú á quien entregaré mi alma.

EL ESPÍRITU.

¿Llamaré pues á mis hermanos?... Apareced.

[Aparecen los otros Espíritus.]

EL ABAD.

Alejaos, espíritus malignos, huid os digo; vosotros no teneis poder en los parages en donde se encuentra la piedad. Huid, os lo ordeno en nombre de....

EL ESPÍRITU.

Anciano, nosotros conocemos nuestra mision y tu ministerio, no pierdas tus palabras sagradas; serian inútiles. Este hombre está condenado, y por la última vez le intimo que venga.

MANFREDO.

Yo os desafio á todos; aunque sienta que mi alma se me ausenta, os desafio á todos. No os seguiré mientras que me quede un soplo de vida para luchar aunque sea con los demonios: si quereis arrancarme de aquí no lo conseguireis sino miembro por miembro.

EL ESPÍRITU.

¡Mortal rebelde! ¿eres tú el mágico que se atrevió á arrojarse al mundo invisible y hacerte casi nuestro igual? ¿eres tú el que quieres conservar una vida que te ha sido tan funesta?

MANFREDO.

Espíritu impostor, mientes; sé que ha llegado la última hora de mi vida y no quisiera retardarla un momento. No lucho contra la muerte y sí contra tí y contra los ángeles de tu séquito. No fue por medio de un pacto contigo y con tus compañeros por lo que adquirí un poder sobrenatural; fue mi ciencia superior, mis privaciones, mi audacia, mis dilatados desvelos, mi fuerza de alma y mi habilidad en descubrir los secretos de los tiempos antiguos en los que se veia á los hombres y á los espíritus marchar juntamente é ignorar injustos privilegios. Me encuentro satisfecho de mis propias fuerzas, os desafio, y os desprecio.

EL ESPÍRITU.

Tus crímenes te han hecho....

MANFREDO.