Manfredo Drama en tres actos

Part 2

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A tí y á mí, un paisano de los Alpes, tus modestas virtudes, tu choza hospitalaria, tu valerosa paciencia, tu alma arrogante, libre y piadosa; tu respeto por tí mismo fundado sobre tu inocencia, tus dias llenos de salud, tus noches consagradas al sueño, tus trabajos ennoblecidos por el riesgo y sin embargo esentos del crímen, tu esperanza de una dichosa vejez y de una sepultura pacífica, en donde una cruz y una guirnalda de flores adornarán los céspedes, y á la cual servirán de epitafio los tiernos sentimientos de tus nietos: esto es lo que veo; y si miro dentro de mí mismo ... pero ya no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida....

EL CAZADOR.

¿Y no cambiarias con gusto tu suerte por la mía?

MANFREDO.

No, amigo mio, yo no querria hacer un cambio tan funesto paro tí, y no lo haria con ningun otro viviente. Solo, puedo resistir á mis angustias, solo, puedo vivir soportando lo que los otros hombres no podrian conocer, ni aun en sueños, sin perder la vida.

EL CAZADOR.

¿Cómo con este generoso interes por tus semejantes, puedes verte cargado de crímenes? cesa de decírmelo; ¿un hombre capaz de un sentimiento tan tierno puede haber inmolado á su furor á sus enemigos?

MANFREDO.

No, no, ¡jamas! he sido cruel con los que me amaban, con aquellos á quienes yo amaba. Jamas he dado un golpe á un enemigo sino en mi legítima defensa; pero ¡ay! mis caricias eran fatales.

EL CAZADOR.

¡Qué el cielo restituya la tranquilidad á tu alma! ¡qué el arrepentimiento te vuelva á tí mismo! yo te prometo mis oraciones.

MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de ellas; pero no desprecio tu piedad, me retiro; á Dios. Te dejo este bolsillo, igualmente que mis gracias, no hay que rehusarle ... esta recompensa te es debida ... no me sigas ... conozco mi camino, no tengo que atravesar los senderos peligrosos de la montaña; lo repito otra vez, no quiero que se me siga.

[Manfredo se va.]

ESCENA II.

[El teatro representa un valle de los Alpes inmediato á una catarata.]

MANFREDO.

El sol no se halla á la mitad de su carrera, y el arco íris que corona el torrente recibe de sus rayos sus hermosos colores[1]. Las aguas estienden sobre el declivio de las rocas su manto de plata, y su espuma que se eleva como un surtidor, se parece á la cola del enorme y pálido caballo del Apocalípsis sobre el que vendrá la Muerte.

Mis ojos solamente gozan en el momento de este magnífico espectáculo, estoy solo en esta pacífica soledad, y quiero disfrutar del homenage de la cascada con el genio de este lugar. Llamémosle.

[Manfredo toma algunas gotas de agua en el hueco de su mano y las arroja al aire pronunciando su conjuro mágico. Al cabo de un momento de silencio aparece la Encantadora de los Alpes bajo el arco iris del torrente.]

¡Espíritu de una hechicera hermosura, que yo pueda admirar tu cabellera luminosa, los ojos resplandecientes y las formas divinas que reúnen todos los hechizos de las hijas de los hombres á una sustancia aérea y á la esencia de los mas puros elementos! Los colores de tu tez celeste se parecen al bermellon que hermosea las megillas de un niño dormido en el seno de su madre y mecido con los latidos de su corazon; se parecen al color de rosa que dejan caer los últimos rayos del dia sobre la nieve de los ventisqueros, y que puede equivocarse con el púdico sonrosado de la tierra recibiendo las caricias del cielo. Tu aspecto suaviza el resplandor del arco brillante que te corona; yo leo sobre tu frente serena que refleja la calma de tu alma inmortal, leo que tú perdonarás á un hijo de la tierra, con quien se dignan comunicar algunas veces los espíritus de los elementos, el atreverse á hacer uso de los secretos mágicos para llamarte á su presencia y contemplarte un momento.

LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

Hijo de la tierra, yo te conozco; igualmente que los secretos á que debes tu poder, te conozco por un hombre de pensamientos profundos, estremoso en el mal y en el bien, fatal á los otros y á tí mismo; te esperaba, ¿qué quieres de mí?

MANFREDO.

Admirar tu hermosura, nada mas. El aspecto de la tierra me sumerge en la desesperacion; busco un refugio en sus misterios, huyo cerca de los espíritus que la gobiernan; pero ellos no pueden socorrerme; les he pedido lo que no pueden darme, no les pido nada mas.

LA ENCANTADORA.

¿Qué es pues lo que pides, que no pueden concedértelo aquellos que lo pueden todo y que gobiernan los elementos invisibles?

MANFREDO.

¿Para qué repetiré la relacion de mis dolores? seria en vano.

LA ENCANTADORA.

Yo los ignoro, tened la bondad de referírmelos.

MANFREDO.

¡Bien! por cruel que sea para mí esta confesion, hablará mi dolor.

Desde mi juventud, mi espíritu no estaba de acuerdo con las almas de los hombres, y no podia mirar la tierra con amor. La ambicion que devoraba á los demás me era desconocida; su objeto no era el mio ... mis placeres, mis penas, mis pasiones y mi carácter me hacian parecer un estraño en medio del mundo. Aunque revestido de la misma forma de carne que las criaturas que me rodean, no sentia ninguna simpatía por ellas ... una sola ... pero yo hablaré de ella luego.

Mis placeres eran el ir en medio de los desiertos á respirar el aire vivo de las montañas cubiertas de hielo, sobre cuya cumbre los pájaros no se hubieran atrevido á construir su nido, y en donde el granito desnudo de yerbas se ve desierto de los insectos alados. Gustaba de atravesar las aguas de los torrentes furiosos, ó de volar sobre las olas del Océano iracundo; me encontraba ufano de ejercitar mi fuerza contra los corrientes rápidas; gustaba durante la noche de observar la marcha silenciosa de la luna y el curso brillante de las estrellas; miraba fijamente los relámpagos durante las tempestades hasta tanto que mis ojos quedasen deslumbrados, ó bien escuchaba la caida de las hojas cuando los vientos del otoño venian á despojar los bosques. Tales eran mis placeres, y tal era mi amor por la soledad, que si los hombres, de quienes me afligia el ser hermano, se encontraban á mi paso, me sentia humillado y degradado, hasta no ser ya, como ellos, sino una criatura de barro.

En mis paseos delirantes descendia á la profundidad de las cavernas de la muerte para estudiar su causa en sus efectos, y desde los montones de huesos y del polvo de los sepulcros, me atrevia á sacar consecuencias criminales; consagré las noches en aprender las ciencias secretas olvidadas hace ya mucho tiempo. Gracias á mis trabajos y á mis desvelos, á las pruebas terribles y á las condiciones á que nos someten la tierra, los aires y los espíritus que despueblan el espacio y el infinito, familiaricé mis ojos con la eternidad, como habian hecho en otros tiempos los mágicos y el filósofo que invocó en su profundo retiro á Eros y á Anteros[2]. Con mi ciencia creció mi ardiente deseo de aprender, mi poder y el enagenamiento de la brillante inteligencia que....

LA ENCANTADORA.

Acaba.

MANFREDO.

¡Ah! me complacia en detenerme estensamente sobre estos vanos atributos, porque cuanto mas me acerco del momento en que descubriré la llaga de mi corazon ... pero quiero proseguir: aun no te he nombrado, ni padre, ni madre, ni querida, ni amigo, con quienes me hallase unido por nudos humanos: padre, madre, querida, amigo, estos títulos no eran nada para mí; pero habia una muger....

LA ENCANTADORA.

Atrévete á acusarte á tí mismo: prosigue.

MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en los ojos, en la cabellera, en sus facciones y aun en su metal de voz; pero en ella todo estaba suavizado y hermoseado por sus atractivos. Lo mismo que yo, tenia un amor decidido por la soledad, el gusto por las ciencias secretas y un alma capaz de abrazar al universo; pero tenia ademas la compasion, el don de los agasajos y de las lágrimas, una ternura ... que ella sola podia inspirarme, y una modestia que yo nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen: sus virtudes eran todas suyas. Yo la amaba y le privé de la vida.

LA ENCANTADORA.

¿Con tus propias manos?

MANFREDO.

¡Con mis propias manos! no; fue mi corazon el que marchitó el suyo y le destrozó. He derramado su sangre, pero no ha sido la suya. Su sangre ha corrido sin embargo, he vislo su pecho desgarrado y no he podido curar sus heridas.

LA ENCANTADORA.

¿Es esto todo lo que tienes que decir? haciendo parte á pesar tuyo de una raza que tú desprecias, tú que quieres ennoblecerla elevándote hasta nosotros ¡puedes olvidar los dones de nuestros conocimientos sublimes y caer en los bajos pensamientos de la muerte! no te reconozco.

MANFREDO.

¡Hija del aire! te protesto que, despues del dia fatal... Pero la palabra es un vano soplo, ven á verme en mi sueño, ó á las horas de mis desvelos, ven á sentarte á mi lado; he cesado de estar solo, mi soledad se halla turbada por las furias. En mi rabia rechino los dientes mientras que la noche estiende sus sombras sobre la tierra, y desde la aurora hasta ponerse el sol no ceso de maldecirme. He invocado la pérdida de mi razon como un beneficio, y no se me ha concedido: he arrostrado la muerte; pero en medio de la guerra de los elementos, los mares se han retirado á mi presencia. Los venenos han perdido toda su actividad; la mano helada de un demonio cruel me ha detenido en la orilla de los precipicios por solo uno de mis cabellos que no ha querido romperse. En vano mi imaginacion fecunda ha creado abismos en los cuales ha querido arrojarse mi alma; he sido rechazado, como si fuese por una ola enemiga, en los abismos terribles de mis pensamientos. He buscado el olvido en medio del mundo, lo he buscado por todas partes y nunca le he hallado; mis secretos mágicos, mis largos estudios en un arte sobrenatural, todo ha cedido á mi desesperacion. Vivo, y me amenaza una eternidad.

LA ENCANTADORA.

Quizas yo podré aliviar tus males.

MANFREDO.

Seria necesario llamar los muertos á la vida ó hacerme bajar entre ellos á la sepultura. Ensaya el reanimar sus cenizas y hacerlos aparecer bajo una forma cualquiera y á cualquier hora que sea; corta el hilo de mis dias, y sea cual fuere el dolor que acompañe mi agonía, no importa, á lo menos será el último.

LA ENCANTADORA.

Ni una cosa ni otra estan en mi arbitrio, pero si tú quieres jurar una ciega obediencia á mis voluntades y someterte á mis órdenes, podré serte útil en el cumplimiento de tus deseos.

MANFREDO.

¡Yo jurar! ¡yo obedecer! ¿y á quién? á los espíritus que domino. ¡Yo venir á ser el esclavo de los que me reconocen por su señor!... ¡Jamas!

LA ENCANTADORA.

¿Es esta toda tu respuesta? ¿no tienes otra mas dulce? ¡Piensa bien en ello antes de negarte á lo que te propongo!

MANFREDO.

He dicho no.

LA ENCANTADORA.

Puedo pues retirarme; habla.

MANFREDO.

Retírate.

[La Encantadora desaparece.]

MANFREDO _solo_.

Somos la víctima del tiempo y de nuestros terrores; cada dia se nos presentan nuevas penas; vivimos sin embargo maldiciendo la vida y temiendo la muerte. Gimiendo bajo el yugo que nos oprime, y cargado con el peso de la vida, nuestro corazon no late sino en las ocasiones que esperimentamos alguna contrariedad, ó algun goce pérfido que finaliza por crueles angustias y por la estenuacion y la debilidad. ¿En el número de nuestros dias pasados y por venir (porque lo presente no existe en la vida) no hay algunos, no hay uno solo en el que el alma no deje de desear la muerte, y no obstante de huirla, como un rio helado por el invierno cuya fria impresion bastaria el arrostrarla un momento?

Mi ciencia me ofrece todavía algun recurso. Puedo invocar los muertos y preguntarles cuál es el objeto de nuestros terrores. La nada de los sepulcros quizas me responderán... ¿Y si no responden?... ¡El profeta sepultado respondió á la encantadora de Endor! y el rey de Esparta supo su destino futuro por las sombras de la vírgen de Bizancio. Habia quitado la vida á la que amaba sin conocer que era su víctima, y murió sin obtener perdon. Fue en vano que invocase á Júpiter, y que por la voz de los mágicos de la Arcadia suplicase á la sombra irritada el ceder ó á lo menos el fijar un término á su venganza. Obtuvo una respuesta oscura, pero que fue demasiado cierta[3].

Si yo no hubiese vivido nunca, lo que amo viviria todavía; si no hubiera amado nunca, lo que amo aun conservaria la hermosura, la felicidad y el don de poder hacer dichosos. ¿Qué se ha hecho la víctima de mis maldades?... Un objeto en el cual no me atrevo á pensar... Nada quizas... De aquí á algunas horas habré salido de mis dudas... Sin embargo tiemblo al ver llegar el momento deseado... Hasta ahora jamas me ha hecho temblar el acercarse un espíritu bueno ó uno malo... Me estremezco... Siento un peso de hielo sobre mi corazon. Pero puedo atreverme á lo que temo y desafiar los recelos de la materia. La noche llega....

[Se va.]

ESCENA III.

[La cumbre del monte Jungfro.]

EL PRIMER DESTINO.

El disco plateado de la luna empieza á brillar en los cielos. Nunca el pie de un mortal vulgar ha manchado las nieves sobre las cuales andamos durante la noche sin dejar ninguna huella. Apenas rozamos ligeramente esta mar de escarchas que cubre las montañas con sus olas inmóviles, semejantes á la espuma de las aguas que el frio ha helado repentinamente despues de una tempestad; imágen de un abismo reducido al silencio de la muerte. Esta cumbre fantástica, obra de algun terremoto, y sobre la cual descansan las nubes de sus viages vagamundos, está consagrada á nuestros misterios y á nuestras vigilias: yo espero en ella á mis hermanos que deben venir conmigo al palacio de Ariman; esta noche se celebra nuestra grande fiesta... ¿Porqué tardan en venir?

[Una voz canta á lo lejos.]

El usurpador cautivo, precipitado del trono, sepultado en un infame reposo, estaba olvidado y solitario: yo he interrumpido su sueño, le he dado el socorro de una multitud de traidores; el tirano está todavía coronado. Pagará mis cuidados con la sangre de un millon de hombres, con la ruina de una nacion, y yo le abandonaré de nuevo á la huida y á la desesperacion.

[Una segunda voz.]

Un navío bogaba rápidamente sobre las aguas, impulsado por los vientos propicios: he rasgado todas sus velas y roto todos sus masteleros, no ha quedado ni una sola tabla de esta ciudad flotante; no ha sobrevivido un solo hombre para llorar su naufragio... Me engaño, hay uno que yo mismo he sostenido sobre las aguas por un mechon de sus cabellos ... era un sugeto muy digno de mis cuidados, un traidor en la tierra y un pirata en el Océano. Sabrá reconocer mis bondades por medio de nuevos crímenes.

EL PRIMER DESTINO.

[Respondiendo á sus hermanos.]

Una ciudad floreciente está sumergida en el sueño, la aurora alumbrará su desolacion: la horrible peste ha caido de repente sobre los habitantes durante su descanso. Perecerán á millares. Los vivos huirán de los moribundos que deberian consolar; pero nada podrá defenderlos de los tiros crueles de la muerte. El dolor y la desesperacion, la enfermedad y el terror envuelven á toda una nación. ¡Dichosos los muertos de no ser testigos del espantoso espectáculo de tantos males! La ruina de todo un pueblo es para mí la obra de una noche; la he verificado en todos los siglos, y no será todavía la última vez.

[Llegan el segundo y el tercer Destino.]

LOS TRES DESTINOS JUNTOS.

Nuestras manos encierran los corazones de los hombres, sus sepulcros nos sirven de tarima. No damos la vida á nuestros esclavos sino para volvérsela á quitar.

EL PRIMER DESTINO.

Salud, hermanos mios. ¿En dónde está Nemesis?

EL SEGUNDO DESTINO.

Prepara sin duda alguna grande obra, pero lo ignoro porque me encuentro demasiado ocupado.

EL TERCER DESTINO.

Vedle aquí.

EL PRIMER DESTINO.

¿De adónde vienes Nemesis? tú y mis hermanos habeis tardado mucho esta noche.

NEMESIS.

Estaba ocupada en levantar los tronos abatidos, en componer himnos funestos, en volver la corona á los reyes desterrados, en vengar á los hombres de sus enemigos á fin de hacerlos arrepentir de sus venganzas. He castigado con la locura á los que estaban detenidos por sabios, los gefes inhábiles han sido proclamados por mí, dignos de gobernar el mundo ... los mortales empezaban á disgustarse de los tiranos, se atrevían á pensar por sí mismos, á poner los reyes en equilibrio, y á hablar de la libertad, que para ellos es el fruto vedado... Pero está tarde ... montemos en nuestras nubes.

[Desaparecen.]

ESCENA IV.

[El palacio de Ariman.--Ariman está sobre un globo de fuego que le sirve de trono, rodeado por los Espíritus.]

HIMNO DE LOS ESPÍRITUS.

¡Salud á nuestro monarca! al príncipe de la tierra y de los aires, que vuela sobre las nubes y sobre las aguas. En su mano se halla el cetro de los elementos, quienes, á sus órdenes, se confunden como el tiempo del caos. Sopla, y una tempestad alborota los mares; habla, y las nubes le responden por la voz de los truenos; mira, y los rayos del dia desaparecen, anda, los terremotos conmueven el mundo. Los volcanes se forman bajo sus pasos. Su sombra es la verdadera peste; los cometas le preceden en los ardientes senderos de los cielos, y se reducen á cenizas al menor de sus deseos. La guerra le ofrece sus sacrificios, la muerte le paga su tributo; la vida de los hombres y sus innumerables dolores le pertenecen: es el alma de todo lo que existe.

[Entrada de los Destinos y de Nemesis.]

EL PRIMER DESTINO.

Gloria al grande Ariman. Su poder se estiende cada dia mas sobre la tierra: mis dos hermanos han ejecutado fielmente sus órdenes, y yo no he descuidado mi deber.

EL SEGUNDO DESTINO.

Gloria al grande Ariman, nosotros doblamos la rodilla á su presencia, nosotros, que pisamos las cabezas de los hombres.

EL TERCER DESTINO.

Gloria al grande Ariman; nosotros esperamos la señal de su voluntad.

NEMESIS.

Rey de los reyes, nosotros somos tus vasallos, y todos los seres que tienen vida lo son nuestros. Aumentar nuestro poder seria aumentar el tuyo; no olvidamos nada para conseguirlo. Tus últimas órdenes quedan fielmente ejecutadas.

[Entra Manfredo.]

UN ESPÍRITU.

¿Quién es este audaz? ¡un mortal! ¡temeraria criatura, pon la rodilla en tierra y adora!

SEGUNDO ESPÍRITU.

Este hombre no me es desconocido, es un poderoso mágico cuya ciencia es temible.

TERCER ESPÍRITU.

Arrodíllate y adora á Ariman, vil esclavo, ¿no reconoces á nuestro señor y al tuyo? Tiembla y obedece.

TODOS LOS ESPÍRITUS.

Arrodíllate, hijo del polvo vil, y teme nuestra venganza.

MANFREDO.

Conozco vuestro poder, y sin embargo ya veis que no obedezco.

UN CUARTO ESPÍRITU.

Nosotros te enseñaremos á humillarte.

MANFREDO.

No tengo necesidad de aprenderlo. ¡Cuántas noches tendido sobre la árida arena y con la cabeza cubierta de ceniza, me he prosternado poniendo mi cara sobre la tierra! He caido en la última de las humillaciones; porque me he sometido á mi vana desesperacion y á mi propia miseria.

QUINTO ESPÍRITU.

¿Te atreves á negar al grande Ariman hallándose sobre su trono, lo que le concede toda la tierra, sin haber visto el terror de su gran poder? Prostérnate te digo.

MANFREDO.

Que Ariman se prosterne delante del que es superior á él, delante del Eterno é Infinito, delante del soberano Criador, que no le ha destinado á que se le dé adoracion; que él se arrodille, y yo lo ejecutaré igualmente.

LOS ESPÍRITUS.

Confundamos á este gusanillo; aniquilémosle.

EL PRIMER DESTINO.

Retiraos; este hombre es mio. Príncipe de las divinidades invisibles, este hombre no es de una naturaleza comun, como lo atestiguan su aspecto y el encontrarse en estos lugares. Sus sufrimientos han sido de una naturaleza inmortal como la nuestra. Su ciencia, su poder y su ambicion, tanto como lo ha podido permitir su esterior grosero que encierra una esencia etérea, le han elevado sobre todas las criaturas formadas de un barro impuro. No ha aprendido en los secretos que ha querido penetrar sino lo que conocemos todos nosotros, esto es, que la ciencia no es una felicidad y que no conduce sino á otra especie de ignorancia. Pero no es esto todo... Las pasiones, atributos de la tierra y del cielo, y de las cuales ningun poder, ningun ser está esento, desde el gusano hasta las sustancias celestes, las pasiones han devorado y han hecho de él un objeto tan miserable, que yo, que no puedo esperimentar la piedad, perdono á los que la sienten en su favor. Este hombre es mio, y tambien puede ser tuyo todavía; pero en estas regiones ningun espíritu tiene un alma como la suya, y no puede tener el derecho de mandarle.

NEMESIS.

¿Qué viene á buscar aquí?

EL PRIMER DESTINO.

Él es quien debe responder.

MANFREDO.

Vosotros sabéis hasta donde llegan mis conocimientos mágicos, y sin un poder sobrenatural no hubiera podido hallarme aquí; pero aun hay poderes superiores, y vengo á preguntar sobre lo que busco.

NEMESIS.

¿Qué pides?

MANFREDO.

Tú no puedes responderme: llama á los muertos; á ellos se dirigirán mis preguntas.

NEMESIS.

Gran Ariman, ¿permites que se satisfagan los deseos de este mortal?

ARIMAN.

Sí.

NEMESIS.

¿A quién quieres sacar del sepulcro?

MANFREDO.

A un muerto que estuvo privado de sepultura: llama á Astarte.

NEMESIS.

Sombra ó espíritu, sea lo que seas, que conservas todavía una parte de tu primera forma, ó tu forma entera, sal de la tierra y vuelve á ver el dia. Vuelve con las mismas facciones, el mismo aspecto y el mismo corazon, huye de los gusanos de la tumba y vuelve á aparecer en estos lugares: el que puso un término á tus dias es quien te llama.

[La sombra de Astarte comparece en medio de los Espíritus.]

MANFREDO.

¿Es la muerte la que veo? aun brillan los colores en sus megillas; pero reconozco demasiado que no son colores vivientes. El encarnado no es natural, se parece al que produce el otoño sobre las hojas marchitas. Ella es ciertamente, ¡o cielo! y yo ¡tiemblo al mirarla, al mirar Astarte! No, no puedo hablarle, pero quiero que ella hable, que me condene ó me perdone.

NEMESIS.

Por el poder que te ha hecho salir de la sepultura que te servia de prision, habla al que acabas de oir, ó á aquellos que te han invocado.

MANFREDO.

Guarda silencio; y para mí es una respuesta cruel.

NEMESIS.

Mi poder no va mas lejos. Príncipe del aire, tú solo puedes ordenarle el hacer oir su voz.

ARIMAN.

Espíritu obedece á este espectro.

NEMESIS.

¡Todavía calla! no está pues bajo nuestro imperio, pero pertenece á otros poderes. Mortal, tu pregunta es escusada, y nosotros estamos confusos igualmente que tú.

MANFREDO.