Manfredo Drama en tres actos

Part 1

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MANFREDO, DRAMA EN TRES ACTOS,

Por Lord Byron.

TRADUCCION CASTELLANA.

En el cielo y en la tierra hay mil cosas que vuestros filosofos tampoco dudan.

HORACIO.

Paris, Librería Americana, 1830.

PERSONAS.

UN CAZADOR DE GAMUZAS.

EL ABAD DE SAN MAURICIO.

MANUEL.

HERMAN.

LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

ARIMAN.

NEMESIS.

LOS DESTINOS.

ESPIRITUS.

La escena se representa en medio de los Alpes, unas veces en el castillo de Manfredo y otras en las montañas.

MANFREDO,

Drama en tres actos.

ACTO I, ESCENA PRIMERA.

[Manfredo está solo en la galería de un antiguo castillo. Es media noche.]

MANFREDO.

Mi lámpara va á apagarse; por mas que quiera reanimar su luz moribunda; no podrá durar tanto tiempo como mi desvelo. Si parece que duermo, no es el sueño el que embarga mis sentidos y sí el descaecimiento que me causan una multitud de pensamientos que afligen mi alma y á los cuales no me es posible resistir. Mi corazon está siempre desvelado y mis ojos no se cierran sino para dirigir sus miradas dentro de mí mismo; sin embargo estoy vivo, y segun mi forma y mi aspecto, me parezco á los otros hombres.

¡Ah! ¡el dolor deberia ser la escuela del sabio! Las penas son una ciencia, y los mas sabios son los que mas deben gemir sobre la fatal verdad. El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida.

Filosofía, conocimientos humanos, secretos maravillosos, sabiduría mundana, todo lo he ensayado y mi espíritu puede abrazarlo todo, todo puedo someterlo á mi genio: ¡inútiles estudios! He sido generoso y bienhechor, he encontrado la virtud aun entre los hombres ... ¡vana satisfaccion! He tenido enemigos; ninguno ha podido dañarme y varios han caido delante de mí: ¡inútiles triunfos! El bien, el mal, la vida, el poder, las pasiones, todo lo que veo en los demas ha sido para mí como la lluvia sobre la árida arena. Despues de aquella hora maldita... No conozco el terror, estoy condenado á no esperimentar nunca el temor natural, ni los latidos de un corazon que hacen palpitar el deseo, la esperanza ó el amor de alguna cosa terrestre... Pongamos en práctica mis operaciones mágicas.

Seres misteriosos, espíritus del vasto universo, o vosotros á quienes he buscado en las tinieblas y en las regiones de la luz; vosotros que volais al rededor del globo y que habitais en las esencias mas sutiles; vosotros á quien las cimas inaccesibles de los montes, las profundidades de la tierra y del Océano sirven muchas veces de retiro... Yo os llamo en nombre del encanto que me da el derecho de mandaros; ¡despertaos y apareced!

[Un momento de silencio.]

¡No vienen todavía! ¡bien! por la voz de aquel que es el primero entre vosotros; por la señal que os hace temblar á todos; en nombre de aquel que no muere nunca ... despertaos y apareced....

[Un momento de silencio.]

Si es asi... Espíritus de la tierra y del aire no eludireis seguramente mis órdenes. Por medio de un poder superior á todos los que acabo de servirme, por un hechizo irresistible nacido en un astro maldito, resto ardiente de un mundo que ya no existe, infierno errante en medio del eterno espacio; por la terrible maldicion que pesa sobre mi alma, por el pensamiento que tengo y que está á mi rededor, os requiero la obediencia: pareced.

[Aparece una estrella en el fondo oscuro de la galeria; es una estrella inmóvil, y una voz canta las palabras siguientes:]

PRIMER ESPIRITU.

Mortal, dócil á tus órdenes, vengo de mi palacio situado sobre las nubes, formado de los vapores del crepúsculo y que colorea de púrpura y de azul el disco del sol poniente. Aunque me esté privado el obedecerte, vuelo hácia tí sobre el rayo de una estrella; he oido tus conjuros. Mortal, ¡que tus deseos se cumplan!

LA VOZ DEL SEGUNDO ESPÍIRITU.

El Monte-Blanco es el monarca de las montañas; está coronado desde muchos siglos con una diadema de nieve sobre su trono de rocas. Está revestido con un manto de nubes: los bosques forman su ceñidor, tiene un avalange en sus manos como un rayo amenazador; pero espera mis órdenes para dejarlo caer en el valle. La masa fria é inmóvil del hielo se va derritiendo todos los dias, pero soy yo quien le dice que precipite su marcha ó que detenga sus témpanos. Yo soy el espíritu de estas montañas, podria hacerlas estremecer hasta sus cimientos cavernosos... ¿Qué es lo que quieres?

TERCER ESPÍRITU.

En las profundidades azuladas de los mares, en donde no hay nada que agite las olas, en donde nunca ha soplado el viento, en los parages que habita la serpiente marina, y en donde la sirena adorna con conchas su verde cabellera, la voz de tu invocacion ha resonado como la tempestad sobre la superficie de las aguas, el eco la ha repetido en mi pacífico palacio de coral. Declara tus deseos al espíritu del Océano.

CUARTO ESPÍRITU.

En los parages en donde duerme el terremoto sobre una cama de fuego, en los parages en donde hierven los lagos de betun, en las concavidades subterráneas que reciben las raices de estas cordilleras cuyas cumbres ambiciosas se pierden en las nubes, he oido los acentos mágicos, y subyugado por su poder, he dejado los lugares en que he nacido para ponerme cerca de tí. Ordena, yo obedeceré.

QUINTO ESPÍRITU.

Yo soy quien vuela sobre el aquilon y el que prepara las tormentas. La tempestad que he dejado detras de mí está todavía ardiendo con los fuegos de los truenos y de los relámpagos. Para llegar mas pronto en donde tú te hallas ha atravesado la tierra y los mares en un huracan. Un céfiro favorable hinchaba las velas de una flota que encontré, pero estará sepultada en las olas antes que aparezca la aurora.

SESTO ESPíRITU.

Mi morada es constantemente la oscuridad de la noche. ¿Porqué tus conjuros me fuerzan á ver la odiosa claridad?

SÉPTIMO ESPÍRITU.

El astro que preside á tu destino estaba dirigido por mí desde antes que la tierra fuese creada. Nunca habia girado un planeta mas hermoso al rededor del sol: su curso era libre y regular, ningun astro mas benéfico existia en el espacio. La hora fatal llegó: este astro se convirtió en una masa de fuego, en un cometa vago que amenazó al universo girando siempre por su propia fuerza, sin esfera y sin curso; horror brillante de las regiones étereas, monstruo disforme entre las constelaciones del cielo. En cuanto á tí, nacido bajo su influencia; tú, gusano á quien yo obedezco y que desprecio, cediendo á un poder que no te pertenece, y que no te ha sido prestado sino para someterte algun dia al mio, vengo por un momento á reunirme á los espíritus débiles que doblan aquí su rodilla; vengo á hablar á un ser tal como tú. ¿Qué me quieres pues, criatura de barro? ¿qué me quieres?

LOS SIETE ESPÍRITUS.

La tierra, el Océano, el aire, la noche, las montañas, los vientos y el astro de tu destino están á tus órdenes. Hombre mortal, sus espíritus esperan tus deseos. ¿Qué quieres de nosotros, hijo de los hombres? ¿qué quieres?

MANFREDO.

El olvido.

EL PRIMER ESPÍRITU.

¿El olvido de qué?

MANFREDO.

De lo que está dentro de mi corazon. Leedlo, vos lo sabeis bien y yo no puedo esplicarlo.

EL ESPÍRITU.

Nosotros no podemos darte sino lo que poseemos. Pídenos vasallos, una corona, el trono del mundo ó de uno de sus imperios; pídenos una señal con la cual gobernarás á los elementos que nos obedecen; habla, tú puedes obtenerlo todo.

MANFREDO.

El olvido; ¡el olvido de mí mismo! ¿No podreis encontrar lo que pido en las regiones secretas que me ofreceis tan liberalmente?

EL ESPÍRITU.

Esto no existe en nuestra esencia, ni en nuestra sabiduría; pero ... tú puedes morir.

MANFREDO.

¿La muerte me lo concederá?

EL ESPÍRITU.

Nosotros somos inmortales, y no olvidamos nada, somos eternos, y para nosotros lo pasado y lo venidero son como lo presente: ved nuestra respuesta.

MANFREDO.

Esto es burlarse de mí; pero el poder que os ha conducido á mi presencia os ha puesto bajo mi disposicion. Esclavos, no hay que hacer mofa de las voluntades de vuestro señor. El alma, el espíritu, la chispa celeste, la luz de mi ser, tiene la misma brillantez y la misma penetracion que las vuestras, y no cederá jamas aunque se halle encerrada en una prision de barro. Respondedme, ó sino sabreis quien soy.

EL ESPÍRITU.

Nosotros repetiremos las mismas palabras; lo que acabas de decir puede ser tambien nuestra respuesta.

MANFREDO.

Esplicaos.

EL ESPÍRITU.

Si como tú dices, tu esencia es semejante á la nuestra, te hemos respondido, diciendo que lo que los hombres llaman la muerte no tiene ningun poder sobre nosotros.

MANFREDO.

Será pues en vano que os haya invocado en vuestras moradas; vosotros no quereis ó no podeis socorrerme.

EL ESPÍRITU.

Habla, te ofrecemos todo lo que poseemos: piensa bien en ello antes de despedirnos y pide. ¿Quieres un reino, el poder sobre los hombres, la fuerza, una larga serie de dias?

MANFREDO.

¡Malditos seais! ¿qué sacaré de una larga vida? la mia ya ha durado demasiado; desapareced.

EL ESPÍRITU.

Todavía un momento; mientras que estamos aquí quisieramos serte útiles. Piensa bien en esto; ¿no hay algun otro don que pudieramos hallar digno de serte ofrecido?

MANFREDO.

Ninguno: esperad sin embargo... Un momento antes de separarnos, quisiera veros cara á cara. Oigo vuestras voces, cuya dulzura melancólica se asemeja á las armonías melodiosas en medio de un lago cristalino; veo la inmóvil claridad de una grande estrella, pero nada mas. Pareced á mi presencia tales como sois, uno despues de otro ó todos juntos, pero en vuestra forma acostumbrada.

EL ESPÍRITU.

Nosotros no tenemos otra forma que la de los elementos de los que somos el alma y el principio; pero desígnanos la forma que quieras, y será la que adoptaremos.

MANFREDO.

Poco importa la forma; no hay ninguna sobre la tierra que sea hermosa ó hedionda para mí: que aquel que entre vosotros esté dotado de mas poder, tome el aspecto que le convenga. Yo lo espero.

[El séptimo Espíritu aparece bajo la figura de una hermosa muger.]

EL SÉPTIMO ESPÍRITU.

Miradme.

MANFREDO.

¡O cielo! ¿será esto una ilusion? si tú no fueses un sueño ó una imágen engañosa ¡aun podria considerarme dichoso! te estrecharia entre mis brazos y aun podriamos... (_la muger desaparece_). Mi corazon se halla destrozado.

[Manfredo cae desmayado, y una voz hace oir el canto que sigue.]

Cuando la luna brillará en las regiones aéreas, el gusano fosfórico en los céspedes, el metéoro al rededor de las sepulturas y una llama rojiza sobre las lagunas; cuando aparecerá el relámpago repentino de las estrellas que caigan, cuando los buhos harán oir sus tristes conciertos y las hojas permanecerán inmóviles y silenciosas en el bosque que cubre la colina, mi alma pesará sobre la tuya con fuerza y de una manera terrible.

Por profundo que sea tu sueño tu espíritu no dormirá; hay algunas sombras que nunca se desvanecerán para tí, y algunos pensamientos que nunca podras desterrar de tu corazon. Por un poder que te es desconocido, no podrás nunca estar solo: este encanto secreto te envuelve como una mortaja, y es como una nube que te servirá de prision.

Aunque tú no me veas pasar por tu lado, tus ojos me reconocerán como un objeto que no debe estar lejos, y que estaba cerca de tí habia muy poco. Cuando en este terror secreto volverás la cabeza, quedarás sorprendido de no verme con tu sombra sobre la tierra, y estarás obligado á disimular el poder cuyos efectos esperimentarás.

Las palabras mágicas pronunciadas sobre tu cabeza han atraido allí una maldicion terrible, y uno de los espíritus aéreos te ha hecho caer en el lazo: en el soplido del viento habrá una voz que te privará el alegrarte; la noche te negará el silencio de las sombras, y no podrás ver brillar el sol sin desear al momento el es del dia.

Yo he separado de tus lágrimas pérfidas la esencia de un veneno mortal, he escogido la sangre mas negra de tu corazon, he arrancado á tu sonrisa la serpiente que se mantenia escondida en las arrugas de tu rostro, he tomado el hechizo que hacia tus labios tan peligrosos, he comparado todas estas ponzoñas á los venenos mas sutiles; los tuyos son aun mas temibles.

Por tu corazon de hierro y tu sonrisa de víbora, por tus ardides fatales, por tus miradas engañosas, por tu alma hipócrita, por tus artificios seductores y tu falsa sensibilidad, por el placer que encuentras en el dolor de los otros, por la fraternidad con Cain, vengo á condenarte á que seas tú mismo tu infierno.

Derramo sobre tu cabeza el licor mágico que te destina á los tormentos que te preparo, el sueño y la muerte estarán sordos á tus deseos y á tus súplicas; veras la muerte á tu lado para desearla y temerla. Pero ya tu decreto se cumple, y una cadena invisible te rodea con sus eslabones; mis palabras mágicas producen su efecto: tu cabeza se turba y tu corazon está próximo á marchitarse.

ESCENA II.

[El teatro representa el monte Jungfro; el dia da principio. Manfredo está solo entre las rocas.]

MANFREDO.

Los espíritus que habia invocado me abandonan, las ciencias mágicas que habia estudiado me son inútiles. Busco un remedio á mis males y no he hecho sino agriarlos: ceso de contar con el socorro de los espíritus; lo pasado no es de su resorte, y el porvenir ... hasta tanto que tambien esté sepultado en la noche de los tiempos, me causa muy poca inquietud. ¡O tierra en donde he nacido! aurora radiante, y vosotras altas montañas ¿ porqué sois tan hermosas? Yo no puedo amaros. Y tú, antorcha brillante del universo, que estiendes tu luz sobre toda la naturaleza, y la haces temblar de gozo, tú no puedes lucir en mi helado corazon. Desde esta cima escarpada veo las orillas del torrente, los pinos magestuosos que la distancia los hace semejantes á los humildes arbustos; y cuando un solo movimiento bastaria para hacer pedazos mi cuerpo sobre esta cama de rocas, y para fijarlo en un eterno descanso, ¿por qué razon estoy dudoso?

Siento el deseo de precipitarme al pie de la montaña y no me atrevo á ejecutarlo, veo el peligro y no pienso en huirle. Un vértigo se ha apoderado de mi vista, y sin embargo mis pies se mantienen inmóviles y firmes. Un poder secreto me detiene y me condena á vivir á pesar mio, si es vivir el llevar un desierto árido en mi corazon, y el ser yo mismo el sepulcro de mi alma, supuesto que no trato de justicar mis crímenes á mis propios ojos: esta es la última desgracia de los malos.

[Un águila pasa sobre Manfredo.]

¡O tú, reina de los aires, cuyo rápido vuelo te remonta hácia los cielos, que no te dignes caer sobre mí, para hacer presa de mi cadáver, y alimentar con él á tus hijuelos! Ya has atravesado el espacio en que podian seguirte mis ojos; y los tuyos pueden todavía descubrir todos los objetos que estan sobre la tierra y en el aire... ¡Ah! ¡cuántos objetos dignos de admiracion ofrece este mundo visible! ¡cuán grande es en sus causas y en sus efectos! pero nosotros que nos llamamos sus señores, nosotros, criaturas de barro y semidioses al mismo tiempo, incapaces de poder caer á un rango mas inferior, y tambien de elevarnos, escitamos una guerra continua entre los elementos diversos de nuestra doble esencia, respirando á un mismo tiempo la bajeza y el orgullo, estamos indecisos entre nuestras miserables necesidades y nuestros deseos soberbios, hasta el dia en que la muerte triunfa y en que el hombre viene á ser ... lo que no se atreve á confesar á sí mismo, ni á sus semejantes.

[Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]

¡Qué dulce melodía es el sonido natural de la zampoña campestre! porque, en estos parages, la vida patriarcal no es ciertamente una fábula de la edad de oro; el aire de la libertad no resuena aquí sino en las armonías de la flauta pastoral, y en el ruido sonoro de los cencerros del ganado que retoza en las colinas. ¡Mi alma está hechizada con semejantes ecos!... ¡Qué no sea yo el invisible espíritu de un sonido melodioso, de una voz viva, de una armonía animada, qne nace y muere con el soplo que la produce!

[Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la montaña.]

EL CAZADOR.

La gamuza ha salvado las rocas, y sus pies ágiles la han llevado lejos de mí; apenas mi caza me habrá proporcionado en el dia con que hacerme olvidar mis correrías peligrosas... ¿Pero qué veo? ¿Quién es este hombre que parece que no es ninguno de nuestros cazadores, y que no obstante ha sabido recorrer estas alturas escarpadas que nuestros compañeros los mas ejercitados son los únicos que pueden practicarlo? Sus vestidos anuncian la riqueza; su aspecto es varonil, y sus ojos son tan arrogantes como los de un labrador que sabe que ha nacido libre. Acerquémonos á él.

MANFREDO.

[Sin haber visto al cazador.]

¡Es indispensable el verse encanecer por las penas; semejante á los pinos disecados, restos de los destrozos de un solo invierno, despojados de su corteza y de sus verdes hojas! ¡Es necesario conservar una vida que no sustenta en mí sino el sentimiento de mi ruina! ¡es preciso recordarme siempre de los tiempos mas dichosos! ¡Tengo mi rostro lleno de arrugas, no por los años, pero sí por las horas y los momentos mas largos que los siglos! ¡y todavía puedo vivir! ¡Cumbres coronadas del hielo, avalanges que un soplo puede separar de las montañas, venid á confundirme! He oido muchas veces rodar en los valles vuestras masas destructoras, pero vosotros no aniquilais sino los seres que todavía quisieran vivir, las tiernas plantas de un nuevo bosque, la cabaña ó la choza del inocente labrador.

EL CAZADOR.

La niebla empieza á levantarse en el centro del valle, voy á advertirle que se baje, se arriesgaria á perder á un mismo tiempo el camino y la vida.

MANFREDO.

Los vapores se amontonan al rededor de los hielos, las nubes se forman en copos blanquecinos y sulfúreos, semejantes á la espuma que salta por encima de los abismos infernales, en donde cada ola burmugeante va á romperse en la costa en donde estan reunidos los condenados como las piedras en la de la mar. Un vértigo se apodera de mí.

EL CAZADOR

Acerquémonos con precaucion por temor de no sobrecogerle: parece que ya titubea.

MANFREDO.

Las montañas se han abierto un camino al traves de las nubes, y con su choque han hecho temblar toda la cordillera de los Alpes, cubriendo de escombros los verdes valles, deteniendo el curso de los rios por su caida repentina, reduciendo sus aguas en turbillones de vapores y forzando al manantial á que se forme una nueva madre. Asi cayó en otros tiempos el monte Rosemberg minado por los años. ¡Qué no hubiese caido sobre mí!

EL CAZADOR.

¡Amigo tened cuidado! el dar otro paso pudiera seros fatal. Por el amor del Criador, no permanezcais á la orilla de este precipicio.

[Manfredo continua sin oirle.]

MANFREDO.

¡Hubiera sido un sepulcro digno de Manfredo! mis huesos habrian descansado en paz bajo un monumento semejante, no hubieran quedado sembrados sobre las rocas, viles juguetes de los vientos, como van á serlo, después que me haya precipitado... ¡A Dios bóvedas celestes; que vuestras miradas no me reprendan mi accion, vosotras no estais hechas para mí! ¡Tierra, yo te restituyo tus átomos!

[Cuando Manfredo va á precipitarse, el cazador le coge y le detiene.]

EL CAZADOR.

¡Detente! insensato: aunque te halles fatigado de la vida, no manches nuestros pacíficos valles con tu sangre culpable. Ven conmigo, yo no te dejaré.

MANFREDO.

Tengo el corazon desolado... Vaya, no me detengas mas... Me siento desfallecer... Las montañas dan vueltas delante de mí como si fuesen turbillones. Yo ceso de vivir... ¿Quién eres?

EL CAZADOR.

Yo responderé despues, ven conmigo. Las nubes se apaciguan. Apóyate sobre mi brazo y pon aquí tu pie... Toma este baston y ostente un momento en este arbolito dame la mano y no abandones mi cinto... Poco á poco... Bien ... de aquí á una hora estaremos en la casa en donde se hacen los quesos. Valor; muy luego encontraremos un pasage mas seguro, una especie de sendero abierto por un torrente de invierno... Vamos; ved que está bueno. Tú hubieras sido un escelente cazador; sígueme....

[Descienden con trabajo por las rocas.]

FIN DEL ACTO PRIMERO.

ACTO II, ESCENA PRIMERA.

[El teatro representa una choza de los Alpes.]

MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.

EL CAZADOR.

No, no, permaneced todavía, partireis mas tarde, vuestro espíritu y vuestro cuerpo tienen necesidad de mas descanso. De aquí á algunas horas estareis mejor, os serviré de guia, ¿pero adónde iremos?

MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito guia.

EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire anuncian un hombre de un nacimiento distinguido; vos sois sin duda uno de los señores cuyos castillos dominan los valles; ¿cuál es vuestra morada? Yo no conozco sino la puerta de los palacios de los grandes. Mi modo de vivir me conduce muy rara vez á sus vastos hogares, para sentarme allí al rededor del fuego con sus vasallos; pero los senderos que se dirigen á dichos castillos me son muy conocidos desde mi infancia. ¿Cuál es el que os pertenece?

MANFREDO.

Poco te importa.

EL CAZADOR.

¡Y bien! perdonadme mis preguntas; pero dignaos estar mas alegre. Venid á gustar mi vino; es muy viejo: muchas veces me ha confortado el corazon en medio de nuestros hielos; recurrid á él para reanimar vuestro valor. Vamos, bebamos juntos.

MANFREDO.

Separa, separa esa copa; ¡sus bordes estan mojados con sangre! ¡No veré nunca esta sangre sepultada bajo la tierra!

EL CAZADOR.

¿Qué quereis decir? ¿vuestros sentidos estan turbados?

MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia sangre, la sangre pura que corria en las venas de nuestros padres y en las nuestras, cuando en los primeros dias de nuestra juventud no teniamos sino un corazon, y nos amábamos como no hubiéramos nunca debido amarnos. Esta sangre ha sido derramada, pero se eleva eternamente de la tierra y va á teñir las nubes que me cierran la entrada del cielo, en donde tú no estás y en donde yo no estaré jamas!

EL CAZADOR.

¡Hombre singular en tus palabras, á quien sin duda persigue algun remordimiento y á quien el delirio manifiesta las fantasmas! cualesquiera que sean tus terrores y tus penas, todavía hay consuelos para tí en la piedad de los hombres justos y en la paciencia....

MANFREDO.

¡La paciencia! ¡y siempre la paciencia! esta palabra fue creada para los hombres dóciles y no para las aves de presa... Predica la paciencia á los mortales formados con el miserable polvo, yo soy de otra especie.

EL CAZADOR.

¡Gracias á Dios! yo no quisiera ser de la tuya por la gloria de Guillermo Tell. Pero cualquiera que sea el mal que te oprime, es preciso soportarle, y todos esos movimientos convulsivos son inútiles.

MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mírame: yo vivo.

EL CAZADOR.

Tú te agitas con terror, pero no vives.

MANFREDO.

Te responderé que he vivido muchos años, y que no cuentan por nada en el dia en comparacion de los que me faltan vivir. Veo delante de mí siglos, el infinito, la eternidad, mi conciencia y la sed ardiente de la muerte que me atormenta sin cesar.

EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente la edad de la virilidad, yo cuento muchos mas años que tú.

MANFREDO.

¿Crees que la existencia depende del tiempo? Las acciones; ved nuestras épocas. Las mias han multiplicado mis dias y mis noches al infinito; los han hecho innumerables como los granos de arena de una costa, y los han convertido en un desierto árido y helado alque vienen á espirar las olas que al retirarse no dejan sino cadáveres, escombros de las rocas y algunas yerbas amargas.

EL CAZADOR.

¡Ay! ha perdido el juicio, pero yo no debo abandonarle.

MANFREDO.

¡Qué no le haya perdido como tú dices! todo lo que ahora veo no seria sino el sueño de un cerebro enfermo.

EL CAZADOR.

¿Qué ves pues, ó qué crees ver?

MANFREDO.