Mala Hierba

Part 9

Chapter 94,087 wordsPublic domain

--No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre. Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano, y una de inglés, con lo que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas a todas horas; correteando por las calles para encontrar una plaza de institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme a la mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la señora y ésta me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una hermana. Puede usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada a pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le encontraba petulante y poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria a la que había hecho con Oswald; me alabó a Bernardo a todas horas, me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba. Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio desdichado, y viéndome casada se fué de Madrid. A las dos o tres semanas de matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las había dictado Fanny.

--¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto.

--Sí; ¿la conoce usted?

--Creo que sí.

--Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me ha llevado a una situación aun peor que aquélla en que me encontró. Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito a él citándole para mañana.

--Ha hecho usted mal, Esther.

--¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?

--¿Qué adelantará usted con eso?

--Vengarme; ¿le parece a usted poco?

--Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.

--No, yo no. No le quiero; pero no dejaré a Fanny sin castigar su perfidia.

--¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?

--¿Y quién le ha dicho a usted que llegaría al adulterio? Además, en mí sería un derecho, no una falta.

--Haría usted además desgraciado a Oswald.

--¿No me han hecho desgraciada a mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

--¿Cree usted que mañana vendrá Oswald a esta casa?--le preguntó Roberto.

--Sí, creo que sí.

--Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

--¡Sí!

--Es mi prima.

--¿Su prima de usted?

--Sí. Le advierto a usted que es muy violenta.

--Lo sé.

--Que es capaz de atacarle a usted en cualquier parte.

--Lo sé también.

--¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, un hombre a quien se le cita y se le dice: «--Si no le correspondí a usted fué porque me engañaron respecto a usted, y me dijeron que era usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse a oir tranquilamente esta confidencia.

--¿Y qué va a hacer?

--Buscará una compensación. Nadie se resigna a ser un instrumento de venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.

--¿No perturbaron la mía?

--Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.

--No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.

--¿Cuál?

--El que le pudiera ocasionar a usted algún perjuicio. Usted ha sido bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose.

--No, a mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero a usted sí. Fanny es colérica.

--¿Quiere usted venir mañana?

--Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?

--¿No es usted amigo mío?

--Sí.

--Entonces venga usted.

Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al encontrar solo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir un libro, el _Antilatino_, considerando los pueblos latinos como degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no había hecho nada. Francia tenía a su alrededor la muralla de la China. Como ha dicho Bjorson, desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el mejor músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor a Bocklin; sin embargo, en Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.

Roberto no contestó a esto y observó atentamente a Oswald. ¡Le parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel nombre largo, a quien citaba una mujer y hablaba de sociología!

Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente, salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.

--¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther a Oswald.

--Sí, creo que sí.

--Me alegro.

--¿Por qué?

---Porque vendrá también ella.

--¿Tiene algo que ver en este asunto?

--Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?

--Sí, ya hace tiempo.

Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. De pronto se oyó un campanillazo formidable.

--Aquí está ella--dijo Esther, y abrió la puerta.

Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.

--¿No me esperabas?--preguntó a Esther.

--Sí, sabía que vendría usted.

--¿Qué le quieres a Oswald?

--Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted que Oswald había engañado una mujer para abandonarla después.

--¡Yo!--dijo con asombro el pintor.

--Si, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor despreciable y sin talento.

Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.

--Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther dirigiéndose a Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como un malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...

--¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona.

--Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después ví que había cometido conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.

--Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald.

--Yo, no.

--Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.

--No, yo no he escrito esa carta, la escribiría Fanny, que quería a todo trance apartarle a usted de mí.

--¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó junto a la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la silla y comenzó a pasear de un ladro a otro del cuarto.

--Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.

--¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático.

--Ella. Ha sido ella.

--Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a Esther.

--¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó Oswald.

--Sí.

--Ahora ¿podrá usted oirme?

--Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante.

--No es cierto--exclamó Esther.

--Sí lo es, viene todos los días a verte. Es uno rubio. No lo puedes negar.

--¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald.

--No es mi amante, es un amigo.

--¿Pero por qué le has llamado a Oswald--gritó Fanny con rabia--. ¿Es que le quieres?

--¡Yo, no!; pero quiero enseñarle a usted que no se juega con la vida de los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he vengado.

--Te mataré--volvió a gritar Fanny, y agarró del cuello a Esther.

--¡Roberto! ¡Roberto!--clamó Esther asustada.

Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo y violentamente la hizo separarse de Esther.

--¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has venido a tiempo, iba a matarla.

La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iban a arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos análisis psicológicos que no conducían a nada. Había obscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba monótonamente.

--Sé tú el árbitro--dijo Fanny a Roberto.

--Yo, con que cada uno vaya por su lado creo que resuelven su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a Esther un perjuicio material grandísimo.

--Estoy dispuesta a indemnizarla.

--Yo nada quiero de usted--exclamó Esther.

--No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.

--Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.

--Yo he dicho también que no quiero nada de usted.

--No; usted debe dejarme a mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana podré verte, Fanny?

--Toda la tarde te esperaré.

--Está bien; trataremos de este asunto.

Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente a Esther y tendió la mano a su primo.

--¿Sin rencor?--le preguntó Roberto.

--Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta a la mano de Roberto.

Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron solos en el taller.

--¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo.

-¿Qué?

--Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.

--Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía.

--No; vendré mañana a ver a usted.

--No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.

--¿No le parece a usted peligroso?

--¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted o para mí?

--Para los dos quizá.

--¡Oh! para mí no. Quisiera salir de aquí, no ver a Bernardo, que no me moleste.

--No le molestará ya más.

--Lléveme usted de aquí a cualquier parte.

--Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás es para mí una tardanza en conseguir mis fines.

--¿Y yo entro en todo lo demás?

--Sí, porque si no me desviaría de mi camino.

--Es usted inflexible.

--Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.

--Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo otras aspiraciones, yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza porque nadie le entiende, yo sigo adelante.

--Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? ¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y luego, después, dejarle a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea rectilínea como mis aspiraciones; es así.

--No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la mirada brillante.

--No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.

Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.

--Adiós; trataré de seguir sus consejos--y tendió su mano.

Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.

Iba a marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño que implora:

--¡Oh, no se vaya usted!

Roberto volvió.

--Yo no le desviaré de su camine--exclamó Esther--. Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.

--Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted a avisar a Bernardo?

Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes; «No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó a Roberto que esperaba a la puerta.

--Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.

--Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.

--No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto por las muñecas le presentó los labios.

Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza a los pies.

--¿Vamos?

--Vamos.

Salieron de casa.

Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la mano, murmuraba:

--¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?

CAPÍTULO V

PARO GENERAL.--JUERGAS.--EL BAILE DEL FRONTÓN. LA INICIACIÓN DEL AMOR.

LA hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el chiquitín entraron a formar parte de la familia.

Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar, a barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.

--La chica esta no nos va a dejar vivir--decía Jesús.

La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.

Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:

--Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?

--¡Pse!

--¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?

--¿Y qué le vas a hacer?

--Cualquier cosa preferiría yo a esto.

--¡Si estuvieras solo como yo!

--La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús--. En la primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje a pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.

Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble. Empezaba a nevar; hacía mucho frío.

--¿Vamos a cenar hoy bien?--dijo Jesús.

--En casa nos estarán esperando.

--¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?

Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras cenaban hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.

--Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz estropajosa a los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga juerga!, y la imprenta _pa_ el gato.

--Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. ¡Anda, tú!

Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en una taberna a tomar dos copas.

Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le echaban fuego.

--Anda, vamos--le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por marcharse y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de la taberna.

Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía a hablar con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.

Esta tenía la cara abotagada y erisipelada.

--Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente.

--¿No lo ves? Vender _Heraldos_.

--¿Y nada más?

Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:

--Y jugar.

Manuel estaba con el corazón palpitante.

--¿No tienes novio?--la dijo.

--No quiero chulos.

--¿Por qué no?

--Pa que la quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de palos. Sí, sí...

--¿Cuánto quieres por venir conmigo?

--¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!

--¿Qué no?

--Vaya que no.

--Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros, para tirarlos y tú no me sirves a mí para nada.

--Y tú a mí ni pa la limpieza.

--Oye--añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dió un empellón.

--Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella.

--No quiero.

--Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?

--Si quieres te convido a café--y Manuel hizo sonar el dinero en su bolsillo.

La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano a una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel a una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les siguió.

--¿Este perro es tuyo?

--Sí.

--¿Cómo se llama!

--Sevino.

--¿Y por qué le llamas así?

--Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.

Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima a una puerta que daba a un callejón.

La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego... lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y cuando ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.

Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.

Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado a quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.

La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un puesto de periódicos, que prestaba un duro a los chicos que vendían el _Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.

Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.

--Vamos a ese baile--dijo.

--¿A cuál? ¿Al del Frontón?

--Sí.

--Hale.

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa y entraron.

Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada a trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.

Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez o doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.

Aquel local ancho y pintado de obscuro parecía un taller de máquinas desocupado.

Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.

Cuando la charanga comenzó a tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro a bailar, y poco a poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran a un entierro.