Mala Hierba

Part 7

Chapter 74,015 wordsPublic domain

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba negra.

--¿Qué hora es?--dijo desperezándose.

--Las diez.

--¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha pintada, con aire de mal humor.

--Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.

--¿A qué venías?--preguntó.

--Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la redacción, te traigo éste.

--Pues, hombre, tengo ya otro.

--Entonces nada.

--Pero en la imprenta creo que necesitan.

--A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.

--Se lo diré yo; no me puede negar eso.

--¿Te se olvidará?

--No, no se olvidará.

--¡Bah! Escríbele; es mejor.

--Ya le escribiré.

--No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; el suelo estaba lleno da puntas de cigarro, de trozos de periódico y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fué a lavar en la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos de mujer.

--¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista a la muchacha humildemente.

--Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, después volvió, se lavó y fué vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestido Sandoval, se transformó a los ojos de Manuel; tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.

--Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto.

--¿Por qué?

--Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que salía de la línea de las demás.

--Esta es la imprenta--dijo Roberto.

Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimento un hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que movía la prensa.

Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho que recibía la luz por dos ventanas a un patio.

Adosadas a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.

En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.

Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta y gruñó malhumorado:

--No sé para que me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...

--Este es el chico a quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió Roberto fríamente.

--Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez o doce barbaridades y un rosario de blasfemias.

--¿Hoy está usted de mal humor?

--Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?

--Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con este animal!

--Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué?; que no tiene que comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.

--¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no quiero perder el tiempo.

--¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted aquí estorba.

--Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto a Manuel--, ya te dirán lo que tienes que hacer.

Manuel quedó perplejo, vió a su protector que se marchaba, miró a todos lados, y viendo que no le hacían caso se fué acercando a la escalera y bajó dos peldaños.

--¡Eh! ¿Adónde vas?--le gritó el cojo--. ¿Es que quieres o no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?

Manuel quedó nuevamente confuso.

--Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que trabajaban--, enséñale la caja a este choto.

El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a Manuel y volvió a su trabajo.

El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono burlón, con una canturia extraña:

--¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?

--Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco.

--Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No quieres perder tiempo, Yaco?

El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se echó a reir y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y dijo:

--Ves echando cada letra en su cajetín.

Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.

El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de cajetín a cajetín.

Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.

Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.

A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.

El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.

Jesús a media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.

El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se repetía la misma operación.

Luego de trabajar toda la tarde iban a salir a las siete, cuando Manuel se acercó a Jesús y le dijo:

--¿No me dará el amo de comer?

--¡Quia!

--Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.

--¿Ah, no? Anda, vente conmigo.

Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le dijo a Manuel:

--Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no haces una charranada.

--Descuide usted.

--Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.

Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

--¿Tienes sitio donde dormir?

--No.

--Ahí, en la imprenta, debe haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a Manuel dormir en algún rincón.

--Moler--exclamó el cojo--, esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya una golfería! Porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo viene. Claro. A la _gandinga_.

Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.

Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.

Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.

--Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.

Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la platina, venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.

El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.

A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y se tuteaba con los dos.

Jesús le aconsejaba a Manuel el que se aplicase en las cajas y aprendiera pronto a componer.

--Al menos se tiene la pitanza segura.

--Pero es muy difícil--decía Manuel.

--Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el verlas después impresas.

Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco (Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.

Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oirle decir maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las eses.

Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y de castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.

--¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste a Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas: ¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_.

Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a Jesús y le decía:

--¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los vivos!

--Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un _martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale a mi _babá_, que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco!

Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a Jacob, y oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de Camila.

--No respetas la familia, perro, terminaba diciendo.

--¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven mas que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre debe aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.

--Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando así.

Jesús se reía y, después de oirle hablar a Jacob, añadía:

--Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.

--No digas necedades--replicaba Jacob.

Después de la discusión, Jesús le decía:

--Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero a pesar de esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una copa.

Jacob movía la cabeza y aceptaba.

CAPÍTULO II

LOS NOMBRES DE LOS SAPOS.--EL DIRECTOR DE «LOS DEBATES» Y SUS REDACTORES.

SÁNCHEZ Gómez el impresor, a quien también se le conocía por el mote del Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen corazón.

Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio, el más complicado e interesante.

Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos nadie podría encontrar insignificantes.

_Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, El Radical, La Mañana, El Mundo, El Tiempo y La Prensa;_ todos estos diarios importantes nacían en el sótano de la imprenta. A cualquier hombre vulgar le parecía esto imposible; para Sánchez Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en el diccionario.

Cada periódico importante de éstos tenía una columna suya; y lo demás, información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era común a todos.

Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía e independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía al otro como dos gotas de agua. El cojo realizaba en sus publicaciones la unidad y la variedad.

_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera columna a faltar al Gobierno y a los curas; pero sus noticias eran las mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de nuestra Patria; el Ejercito, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...

De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era _Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para las exigencias de los acreedores.

El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta y seis podía comparársele.

El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres columnas propias.

Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre muerto de hambre.

Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de _Los Debates_, pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de Sánchez Gómez.

Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Súper, porque siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.

Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_ o en _El Tiempo_, en _El Mundo_ o en _El Radical_, era Ernesto Langairiños.

¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en una tarde de verano, ¡Langairiños! Un sueño.

El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.

Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral, alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho dandysmo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; a pesar de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.

Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó a gran altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la misma clase.

En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: Sí, sí, ya sé quien dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.

La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.

Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de periodista.

Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:

_El aprendiz._--Hay que tener principios.

_El maestro._--En la mesa.

_El aprendiz._--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.

_El maestro._--Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de la casa de huéspedes.

El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.

A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.

Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., veintisiete, hasta llegar a ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la gimnasia se llamaba Langairiños.

Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los políticos braguetones y a los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_.

El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino y almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.

González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de _Los Debates_, a que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.

Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.

Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias a su mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó el matrimonio no quedaron ni los clavos.

La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos, pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese satisfecho.

¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada, después de alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble aspecto cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.

El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.

Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando al director señor Sampayo a cada momento, le exponían su crítica situación, Sampayo entregó a Fresneda una carta para un general americano, pidiéndole dinero. Puso a su redactor la condición de que todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.

Al salir a la calle los dos redactores, González Parla le exigió a su compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.

--Yo iré a verle a ese braguetón de general--dijo González Parla--y le sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra mitad para mí.

El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.

El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó, contemplándole de arriba abajo:

--¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda?

--Sí, señor.

--¿_Etá uté_ seguro?

--Claro; soy yo.

--Pero _uté etá_ tísico, ¿no?

--¿Yo? No, señor.

--Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de tisis, ¿sabe?

González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi lo mismo que si lo estuviera ya.

--Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_, ¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no sea pendejo.