Mala Hierba

Part 3

Chapter 33,989 wordsPublic domain

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

--Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz natural.

--El raquitismo, la escrófula, la corea...

--Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes del sistema nervioso...

--Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.

--Bueno, pues táchelo usted ¿Ibamos en el sistema nervioso?

--Sí, señor.

--... Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades que envejecen y aniquilan al hombre.

Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró con voz natural.

--Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aun si el anís fuera bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?

--Sí, ayer enviaron dos.

--¿Y dónde están?

--Me las he llevado a casa.

--¿Eh?

--Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.

--¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando el techo con uno de los ojos extraviados.

--¿No le queda a usted ninguna?--dijo el amanuense.

--Sí, pero se me van a acabar en seguida.

Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.

Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se fué sin saludar ni decir una palabra.

Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y paternalmente añadió:

--Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.

Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la una y media volvió a casa de don Bonifacio y, entre bostezo y bostezo, siguió poniendo nombres en las circulares.

A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto o porque en la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.

--No eres como mi amanuense--le dijo halagado por las manifestaciones de alegría del muchacho--, que que no ríe mis chistes y luego me los roba y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió a Manuel un anuncio impreso.

Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía así:

LA BENEFACTORA AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON PELAYO HUESCA

_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La Benefactora no hay cuota de entrada.

Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos, dietas, entierros, lactancia, etc.

Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.

(Obras son amores y no buenas razones.)

Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._

--¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece? Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo le encontraré a usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de todas las propiedades?

Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la circular. Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía a los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su educación; a los que querían realizar un buen matrimonio; a los que dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la Agencia ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza delirante.

A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a él.

--¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.

Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella noche.

--Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y preguntas. ¿Entiendes?

--Sí, señor.

--Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.

Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió a la hora de comer con el recado hecho.

Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró a fondo, y gritó:

--¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!

--¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel.

--¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.

--¿De qué?---preguntó el muchacho.

--De hijo.

--¿De hijo? No comprendo.

Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:

--¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!

--¿Quién, yo?

--Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas aristocráticas. Hasta título puedes llegar a tener.

--Pero ¿es verdad?

--Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de la baronesa.

Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.

Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.

De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.

Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de chocolate circundaban el patio.

Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.

--¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer.

--Soy yo--contestó Mingote.

--Voy, voy.

Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.

--¡Quieto, León? ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy lánguido--. Pasen, pasen.

Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.

--Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata.

Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.

La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.

--¿Otra vez por aquí, Mingote?

--Si, señora, otra vez.

--Siéntense ustedes.

El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un espejo biselado grande con la luna rajada.

--Le traigo a usted, baronesa--dijo Mingote--; el chico del que hemos hablado.

--¿Es éste?

--Sí.

--Yo creo que le conozco a este chico.

--Sí; yo también la conozco a usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la criada.

--Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa a Manuel.

--Murió ya.

--Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.

--Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin hacer caso de las reflexiones del agente.

--Diez y ocho.

--Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la edad que usted me decía.

--Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...

--Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es?

--Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha rodado por ahí; no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria enseña mucho, baronesa.

--Dígamelo usted a mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con facilidad a todo.

--Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!

La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.

--No hablemos de eso.

--Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?

--Bueno.

--Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.

--Nada, nada, que se quede.

--Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré los papeles. Señora... a sus pies.

--¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.

Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.

--Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.

--No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel.

--¿Te acordarás siempre de tu protector?

--Siempre.

--Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la Providencia. Me siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad algunos cuartos?

--No.

--Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de casa.

Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.

--¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste que se hallaba confundido y sin saber que hacer:

--Mira, éste es el chico.

--_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué _ocurrensia_ le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?

Manuel, ante un exabrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.

--Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo a carcajadas.

--Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata.

--Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que se limpie.

Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.

--¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?

--Sí, algo me ha dicho.

--¿Y estás conforme?

--Yo sí, señora.

--Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?

Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa durante algún tiempo.

--Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?... y vete a lavarte.

CAPÍTULO IV

LA BARONESA DE AYNANT, SUS PERROS Y SU MULATA DE COMPAÑÍA.--SE PREPARA UNA FARSA.

POCO trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.

Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández y González y Tárrago y Mateos, a la vida del siglo XVII, con sus caballeros bravucones y damas enamoradas.

Niña Chucha, habladora sempiterna, contó a Manuel, en varios folletines, la vida de su amita, como llamaba a la baronesa.

La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su padre, un rico señor cubano, la envió a los diez y ocho años, acompañada de una tía, a que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al mes de llegar a España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y marchaba con su marido a vivir a Amberes.

Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y de las comidas aderezadas con manteca de vaca; a la cubana, en cambio, le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los guisotes hechos con aceite.

Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, espesándose, llegaron a nublar completamente el amor del barón y de su esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que su marido dedicaba a los boniatos, al aceite y al acento de la gente del Sur. El barón a su vez se molestaba oyendo hablar a su mujer con desprecio de las mujeres grasientas que se dedican a atracarse de manteca. La supremacía del aceite o de la manteca, enredándose y mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones que los cónyuges llegaron a un estado de exaltación y de odio tal, que se separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose a sus aficiones artísticas y a sus tostadas de manteca y la baronesa vino a Madrid, donde pudo entregarse a la alimentación frugívora y aceitosa con delicia.

En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para volverse a casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron una niña.

En esta segunda época de su amor los dos cónyuges echaron un velo sobre la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron mutuas concesiones, y la baronesa iba a terminar en una buena dama flamenca cuando quedó viuda.

Volvió a Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no la acepto y prefirió la protección de aquel señor a ser su mujer. Pronto le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.

En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la baronesa tenía un fondo moral y apartaba a su hija por completo del mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría a Amberes y viviría con ella, resignándose a ser una señora respetable.

Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero terminaba siempre obedeciéndola.

Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, o paseando por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.

Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar a don Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, manifestó a su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo vivía.

A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una petición de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado, advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La baronesa le acusó de ruin y miserable y don Sergio contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.

¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar un chico, proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.

La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde aquel momento, Mingote se dió a buscar un chico que reuniera las condiciones necesarias para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando encontró a Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.

A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con un arte exquisito.

--¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa.

Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía a don Sergio, éste, probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.

--¿Qué le parece a usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote.

--¿Un confesor?

--Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...

--No, no--interrumpió la baronesa.--¿Y dónde está ese cura?

--Iría Peñalar disfrazado.

--No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.

--Un maestro de escuela quizá sería mejor.

--¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?

--No, el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio y le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres, niño? Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él, el pedagogo viene a ver a usted y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de ir a ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece a usted?

--La trama no está mal urdida, ¿pero quién va a hacer de maestro de escuela? ¿Usted?

--No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.

Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.

A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le correspondería a él.

Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.

--Ahora mismo que venga el chico conmigo.

Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás, y tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:

--Vamos, hijo mío.

Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.

Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.

--¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar a un viejo de boina.

--No ha bajado aún al despacho.

--Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.

--Bueno; ¿quién le digo que le espera?

--No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.

Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.

No tardó en aparecer el viejo de la boina.

--Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales rayados--. Ahora viene el señor--añadió.

Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de cajoncitos y a un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.

El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad, pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.