Part 16
--Sí, un golfo completo. Hace uno o dos años, cuando las relaciones de Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted dirigida a su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta a su marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que por consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo Ricardo Salazar.
--¿Del amante?
--Sí.
--¡Vaya un caballero!
--Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
--¿Al descubrirse el enredo de la carta?
--No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía dinero que la marquesa no pudo o no quiso darle. Salazar debía tres mil duros a la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: «Deme usted las cartas de la marquesa y no me debe usted nada.» Ricardo se las dió, y la marquesa ha quedado entregada de pies y manos a la Coronela y a sus socios.
El juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.
--Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_, en que me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y el propietario del periódico?
--Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico haría una campaña fuerte contra el gobierno.
--¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo.
El Garro contempló al juez irónicamente.
Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.
--¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente.
--¿Qué hay?
--De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme a sus deseos.
--Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se volvió hacia el agente--. Este muchacho preso, ¿no tiene participación ninguna en el crimen?
--Absolutamente ninguna--contestó el Garro.
--¿Es primo del muerto?
--Sí, señor.
--¿Y conoce al Bizco?
--Sí, ha sido amigo suyo.
--¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?
--De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
--Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?
--Andará escondido por las afueras.
--¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?
--El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al Coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.
Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la entregó a Garro.
Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo de Manuel.
--¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho.
--No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
Salieron a la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel a la Fea y a la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
--¿Estás ya libre?--le dijeron.
--Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
--Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y a ésta se le ocurrió traerte la comida.
--¿Y Jesús?
--En el Hospital.
--¿Qué tiene?
--El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
--Bueno.
--Adiós, ¿eh?
--Adiós y muchas gracias.
Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
--¿Qué es esto?--preguntó Manuel.
--Esta es la Casa de Canónigos.
Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
--Ahí fuera debe estar--le dijeron.
Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían de prisa; otros, quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.
Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos o casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia a través de sus gafas; era el escribano, menos grave, más jovial, que llamaba a uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía a salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.
Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero...
Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo a los procesos molestos, arreglaban o empeoraban un litigio y mandaban a presidio o sacaban de él por poco dinero.
¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...
El Garro encontró al Gaditano, a quien buscaba, y le llamó:
--Oye, tú has tomado la declaración a este chico, ¿verdad?
--Sí.
--Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató a su primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.
--Bueno. Pasad a la escribanía.
Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.
Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso a escribir rápidamente.
--Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
--Eso es--dijo el Garro.
--Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron a la calle.
--¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel.
--No.
--¿Por qué no?
--Te han dejado libre con una condición: que ayudes a buscar al Bizco.
--Yo no soy de la policía.
--Bueno, pues escoge: o ayudas a buscar al Bizco, u otra vez vas al calabozo.
--Nada; ayudaré a buscar al Bizco.
CAPÍTULO VII
LA FEA Y LA SALVADORA.--ORTIZ.--ANTIGUOS CONOCIDOS.
SALIERON los dos por la calle del Barquillo a la de Alcalá.
No me vuelven a coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan tupida y espesa era la trama de las leyes que resultaba muy difícil no tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.
--Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó Manuel.
--¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro.
--Manuel no contestó.
--Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó.
--Al Campillo del Mundo Nuevo.
--Entonces tenemos camino largo.
--En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.
Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha, ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.
En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:
--¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?
Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:
--¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.
Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.
--¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz?--preguntó de nuevo Garro.
--Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Si, aquí vive. Es el administrador.
Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.
--Pues si es el administrador--dijo el que trabajaba--, hace un momento estaba en el patio.
Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la galería del piso primero.
--¡Eh, Ortiz!--le gritó.
--¿Qué hay? ¿Quién me llama?
--Soy yo, Garro.
Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
--¡Ola, señor Garro! ¿Qué le trae a usted por aquí?
--Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres encargarte de la captura?
--Hombre... Si me lo mandan...
--No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
--Tiempo hay de sobra.
--Entonces ahora voy a dejar la carta a tu coronel.
--Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
--Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.
--Está bien.
--¿No hay más que decir?
--Nada.
--Pues adiós, y buena mano derecha.
--Adiós.
El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.
--Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes--le dijo el cabo a Manuel.
El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.
Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.
--¿No me va usted a dejar salir?--preguntó Manuel.
--No.
--Tenía que ver a unas amigas.
--Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...
--No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.
--¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?
--Sí.
--Pues yo también. Las conoceré.
--No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
--La Fea.
--Sí.
--La conozco. ¿Dónde vive?
--En el callejón del Mellizo.
--Aquí mismo está. Vamos a verla.
Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón que en su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruído por grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos _cañís_ con mulas y pollinos en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
Preguntaron a un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso segundo.
En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: «Se cose a máquina».
Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
--Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel.
Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes extremos de alegría y saludó a Ortiz.
--¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel.
--En la cocina; ahora viene.
El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.
--Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel.
--Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido a éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
--¿Y Jesús, en el hospital?
--En la clínica de San Carlos--dijo la Fea.
No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al hospital. Afortunadamente, se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar el alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a la máquina.
--¿Te quedarás a cenar con nosotras?--le preguntó la Fea a Manuel.
--No, no puedo; no me dejan.
--Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise a este hombre vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.
--Sí, pues se lo aseguramos a usted--dijo la Fea.
--Bueno, entonces me voy. Mañana a las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?
--Sí, señor.
--Con exactitud militar.
--Con exactitud militar.
Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste le miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba a la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos: el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto a otro, y le había sustituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas románticos; tenía tres o cuatro novias y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió, o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.
CAPÍTULO VIII
LA PISTA DEL BIZCO.--LAS AFUERAS.--EL IDEAL DE JESÚS.
AL día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
--Así me gusta--le dijo el cabo--, con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote a Manuel y salieron los dos.
--Vamos por estos cafetines--dijo el guardia a Manuel--, y tú mira bien si está el Bizco.
Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el Orden público.
--He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
--No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía.
--Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.
--Está pago--replicó el tabernero.
--Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.
--Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro, pero muchas veces, donde menos se piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
--Eh, Tripulante, haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.
--¿Tú conoces a un randa a quien llaman el Bizco?
--Sí, creo que sí.
--¿Anda por estos barrios?
--No, por aquí no.
--¿De veras?
--De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
--Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho--: Ojo ¿eh? que te vas a caer.
El Tripulante se echó a reir, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
--¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, camará!
--Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.
--Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará.
Salieron el guardia y Manuel del café.
--Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá que el Tripulante tenga razón.
Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada; brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca con el sereno.
Ortiz le dijo a lo que iban, le dió las señas del Bizco; pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
--Preguntaremos si ustedes quieren.
Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
--Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
--¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer.
--La autoridad--contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.
--Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
--Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo Manuel.
--Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que hala!--repuso Ortiz--. Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.
--Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
--En la taberna de la Blasa.
--Bueno. Allí iré a las tres.
--Volvieron a pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
--Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.
--¿Quién es?--gritó.
Ortiz se dió a conocer.
--Aquí no está ese--contestó el administrador--. Estoy seguro; tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas cerradas.
Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde se había encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el sereno de este y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.
--Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--; ha acabado con los matones de las Peñuelas a garrotazos.
Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué a su casa.
Por la mañana temprano marchó a la imprenta, y al advertir que por la tarde no podía ir le despidieron.
Manuel fué a comer a casa de la Fea.
--Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar.
--Habrás ido tarde--saltó la Salvadora.
--No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
--Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar a hacer nada--dijo la Fea.
La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la cara.
--No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
--Si yo no te he dicho nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora.
--Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué a buscar a Ortiz, y reunido con él, bajó a las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron a la puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía enfrente, dormían los hombres tumbados a las puertas de sus casas; las mujeres correteaban de un lado a otro con las haraposas faldas recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas, grandes, grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían a palos y a pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el sereno de las Cambroneras. Saludó a Ortiz, tomaron unas copas los dos, y el sereno dijo:
--Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California o por ahí.
--Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--; y Ortiz se levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron a la glorieta del puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron a andar por la carretera de Andalucía. Por allá había ido a merendar días antes Manuel con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los merenderos; algunos conocían a Ortiz y le invitaban a tomar una copa.
Llegaron a una barriada, próxima al río, de chozas míseras, sin chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
--Este es el Tejar de Mata Pobres--dijo Ortiz.
En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado apareció otro, sobre un altonazo, constituído por casuchas con sus corrales.
--El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz.