Mala Hierba

Part 13

Chapter 134,278 wordsPublic domain

--Todo eso que dices--replicó Vidal--es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no, ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos... y ya ves, vivo.

--Bueno; tendrás algún secreto.

--Puede ser.

--Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?

--Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?

--Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.

--Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente de ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo te digo con franqueza, ¿por qué no?, yo no soy valiente...

--Ni yo tampoco--exclamó Manuel.

--¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.

--¿A mí?

--A ti.

--¡Quiá!

--Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total _ná_. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la _trena_.

--¿Y cómo?

--Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca, era un _descuidero_, un _randa_. Me tuvieron sin culpa una quincena en el _Abanico_, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día, que cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó! tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues, ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.

--¿Volviste a coger otras lámparas?

--No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?

--Sí, hombre.

--Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían _afanado_; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente a San José a meterme por la calle de las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...!--Déjeme usted--dije yo--. Calla, si no llamo a uno del Orden (Yo me callé)--. Te he visto como limpiabas el reloj a ese _pimpi_.--¿Yo?--Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido--. Vamos--pensé yo--; este es un _vivo_ que viene a la parte. Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro.--Mira--me dijo--, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al _Abanico_, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un _cimbel_, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas, compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.

--¿Y le diste el reloj?

--Sí. Al día siguiente...

--Te quedarías de boqueras...

--Al día siguiente estaba yo ganando dinero.

--¿Y quién es ese hombre?

--Marcos Calatrava.

--¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?

--El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti. ¿Quieres entrar en la _combi_?

--¿Pero qué hay que hacer?

--Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.

--No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi prefiero vivir así.

--Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.

--Sí, es verdad.

--¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, y, robando, te llevan a la cárcel.

--¿Crees tú...?

--Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.

--¡Sabes que me parece que tienes razón!

--Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.

--Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.

--No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.

--Pero hay un Cojo.

--Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.

--¿Es el jefe de la partida?

--Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?

--Comprendido.

--Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente... al pelo.

--Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?--preguntó Manuel--; porque yo maldito si lo sé.

--Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso; si no te van a coger por prófugo.

--¡Pse!

--Se lo diremos al Cojo.

--¿Cuándo le veremos?

--Dentro de un momento estará aquí.

Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.

--¿Servirá?--preguntó Calatrava mirando atentamente a Manuel.

--Sí, es más listo de lo que parece--contestó riendo Vidal.

Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.

--Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa--repuso el Cojo.

Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.

Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron nuevamente solos los dos primos.

--Vamos al Círculo--dijo Vidal.

El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había billares y algunas mesas de café.

Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y a un mozo que apareció le dijo:

--Dos cubiertos.

--Van.

--Oye--añadió Vidal--: desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.

Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.

--Vamos a tomar café arriba--dijo Vidal.

Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron a un corredor a cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.

Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló a Vidal y a Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.

Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

--Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las cartas entre los dedos del _croupier_.

--Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.

--Tomaron café y una copa.

--¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal.

--No.

--Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.

--¿Se podrá saber cómo se llama?

--Sí; el bacarrat. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.

Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.

Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.

Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.

Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vió cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de Lisboa.

Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.

--Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.

--Muy bien; ¿y el dinero?

--Toma para mañana. Cincuenta duros.

--¿Son buenos?

--Enséñaselos a cualquiera.

--¿De modo que es una combina como la del Pastiri?

--Igual.

La tarde siguiente, con los cincuenta duros que le dió su primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó a Vidal.

Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en una oficina y le despacharon.

--Te han rebajado--le advirtió Vidal

--Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado.

Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá: varios _croupiers_ muy atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.

Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.

Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su conciencia.

CAPÍTULO II

EL GARRO.--MARCOS CALATRAVA.--EL MAESTRO. CONFIDENCIAS.

UNA noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el café de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó a su primo.

--¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle.

--Nada, de cosas indiferentes.

--Te advierto que es uno de la policía.

--¿Sí?

--Ya lo creo.

--Pues lo he visto en el Círculo.

--Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con ésa, que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba a perista; conocía a todos los inspectores y estaba liada con un matón que llamaban el Ministro y a quien le mataron en la calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.

Al día siguiente el Garro volvió a reunirse con Manuel y le preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.

--Le advierto a usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía.

--¿Sí, eh?

--¡Uf, que se pierden de vista! El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se meta usted con él, porque es capaz de todo.

--¿Tan fiero es?

--Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace dos años cursaba Medicina.

El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó a frecuentar garitos, y en uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in fraganti_, le llevaron a la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos meses. Al año siguiente tomó la decisión de no estudiar, y como de su casa no le mandaban dinero, comenzó a manotear por garitos y chirlatas. Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo le quitó por algún tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué a ver a la superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera de hablar melosa la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta para el prior de un convento de Burgos.

Calatrava se gastó el dinero, y a los dos o tres meses estaba muerto de hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, a quienes explotó de una manera miserable, y al año o cosa así de recibir la carta de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete, y entre los fardos de los vagones de mercancías llegó a Burgos, se presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, hasta se distinguió por su celo; pero después empezó a hacer barbaridades, escandalizó a las personas piadosas de las aldeas, y cuando el prior, a quien había llegado la noticia de sus fechorías, le mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo explotando los hábitos, y cuando ya iban a pescarle volvió a Madrid. A los tres o cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito, y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse a Filipinas.

Un médico de regimiento, viendo a Marcos tan servicial y tan listo, trató de ayudarle a terminar la carrera, y le colocó de interno en el Hospital militar de Manila.

Inmediatamente, Calatrava empezó a robar de la botica del Hospital medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó a cobrar el barato en los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le hizo la vida imposible, y entonces recurrió a un Círculo de militares y consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino a España.

En Madrid volvió a encontrarse apurado, y como no era de los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba a Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió pronto a sargento, cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió a España, ya sin porvenir y con un retiro ridículo.

Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, rodando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro, que, a pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de estafa; calculó el pro y el contra de cada uno de ellos, y encontró que todos tenían grandes quiebras.

Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro, que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.

--¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel.

--Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el Maestro. ¿No ha ido usted a aquella, casa?

--No.

--Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija a bailarina, va a abrir un salón.

--Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel.

--Sí.

--La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva a Manuel.

--Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fué el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.

Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.

Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran a tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.

Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas chuletas.

--Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones.

Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó Vidal.

Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba atentamente.

--No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal.

--Pues historia por historia--repuso Manuel--. Dime tú: ¿Quién es ese Maestro?

--El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído _Rocambole_?

--No.

Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía la más a propósito para comparar al Maestro.

--Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que sabe cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha pedido limosna una golfilla.

--¿Y cómo se llama?

--¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía diez y siete años.

--Pronto empezó.

--Sí; le prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta él mismo. Un día parece que fué el juez a tomar declaración a un preso, y estando el escribiente copiando la declaración, le dió un mal y tuvieron que llevarle a casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso a escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada a los autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado a escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y otro eran iguales.

--¡Qué tío!

--Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos, desde la misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el registro del entierro.

--¡Qué bárbaros!

--Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también. No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterles a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que habían venido a saber que estaban preparando un entierro; y, ¡chico!, los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.

--¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive?

--No; creo que murió en América.

--¿Ha estado allá también el Maestro?

--En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado diez o doce falsificaciones.

--¿Será rico?

--Sí, seguramente.

--¿Y qué hace con el dinero?

--Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.

--¿Y dónde vive ese hombre?

--Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.

--Sería curioso saber lo que hace.

--No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le ví salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este punto», me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:

--No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.

Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo como quien oye un cuento.

--¿Y la Coronela?--le preguntó.

--Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de ella porque es una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.

--Es mala, sí. Desde el primer día que la ví me lo pareció.

--¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va a los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es todavía peor.

--¿Pues qué hace?