Mala Hierba

Part 12

Chapter 124,158 wordsPublic domain

Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos compañeros.

Más tarde bajaron por el puente de Toledo.

--¿Adónde vamos?--preguntó Manuel.

--Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos darán de comer--dijo el repatriado.

Manuel aceleró el paso.

--Vamos de prisa.

--No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.

Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar; tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja arrollada al cuello, y en la mano un garrote.

Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa, en donde seis o siete hombres esperaban.

--¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado a Manuel.

--Yo, no. ¿Por qué?

--Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.

--Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla. ¿Cómo se llama el rector?

--Domingo.

--Pensó Manuel una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima de la mesa.

Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.

--Espere usted, compadre--dijo el repatriado antes de que metiera el otro la cuchara--. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y de allí comeremos.

--¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo.

--¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.

Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.

Hacía una tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban, se ponía densamente pálido.

Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del ejército antes de fantásticas batallas, porque los cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se le quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.

--Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó diciendo--. Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España.» Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender la patria! ¡Que la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido la isla.» Es también demasiado amolar esto...

Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y fueron hacia Madrid.

CAPÍTULO IX

NOCHE EN EL PASEO DE LA VIRGEN DEL PUERTO.--SUENA UN TIRO.--CALATRAVA Y VIDAL.--UN TANGO DE LA BELLA PÉREZ.

LAS noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir a dormir a esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres que vayamos hoy?--añadió.

--Sí, vamos.

Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban entre aquella gasa flotante con una luz morada.

Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada una barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron a la hondonada, y en un cobertizo se cobijaron y se tendieron a dormir. Hacía fresco; pasaban por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las manos en el bolsillo del pantalón, y quedó profundamente dormido.

* * * * *

Rumor chillón de cornetas le despertó.

--Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado.

La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; salieron del cobertizo dispuestos a huir; no vieron nada.

--Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó corriendo delante de Manuel y del repatriado.

Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron a un muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de oro.

--Vamos a escaparnos, no vaya a venir alguno--dijo Manuel.

--No--contestó el repatriado.

--Volvió a entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las sortijas y el reloj, y apretó la tierra con el pie.

--En la guerra, como en la guerra--murmuró después de ejecutar su maniobra con una rapidez extraordinaria--. Ahora--añadió--vuélvete a echar y hazte el dormido, por si acaso.

Poco después se oyó un murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos guardias civiles que pasaban a caballo por delante del cobertizo.

Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba que no se culpara a nadie de su muerte.

Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.

Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:

--¿Vamos a recoger eso?

--Espera que se vayan todos.

Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró la sortija y el reloj.

--La sortija creo que es buena--dijo--. ¿Cómo lo averiguaremos?

--En una platería.

--Vete a la platería así con esos harapos y una sortija con un brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te lleven a la cárcel.

--Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj--dijo Manuel.

--También es peligroso. Vamos a buscar a Marcos Calatrava, un amigo mío a quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de huéspedes de la calle de Embajadores.

Fueron allá, les salió una mujer a la puerta y les dijo que el tal Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la planta baja de la casa.

--¡El Cojo! Sí, le conozco, ya lo creo--dijo el tabernero--. ¿Sabe usted dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en la calle Mayor.

Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de aquellas sortijas y del reloj podrían comer todo lo que se les antojara y que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban a la taberna a preguntar si había llegado ya el Cojo.

Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó a saludarle, y los tres pasaron al interior de la taberna a un rincón a hablar. El repatriado contó el caso a Calatrava.

--Ahora mismo viene mi secretario--dijo Marcos--, y él lo arreglará. Mientras tanto, pedid de cenar.

--Pide tú--dijo el repatriado a Manuel.

Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la taberna dijo que la cena tardaría algo.

Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso a observar a este último.

Calatrava resultaba un tipo raro, a primera vista casi ridículo; tenía una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos o tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de madera; una chaquetilla corta, más obscura que el pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.

Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.

Al verle, exclamó Manuel:

--¡Vidal! ¿Eres tú?

--Sí, chico. ¿Qué haces aquí?

--¿Le conoces a éste?--preguntó Calatrava a Vidal.

--Sí; es primo mío.

Marcos explicó a Vidal lo que quería el repatriado.

--Ahora mismo--contestó Vidal--; no tardo diez minutos.

Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; a Manuel le tocaron cinco duros.

--Mira--le dijo Calatrava a Vidal--. Tú y tu primo os quedáis a cenar aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos a otro lado, que también tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale a tu primo a dormir a tu casa.

Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.

--¿Has cenado?--preguntó Vidal.

--No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?

--Estarán bien.

--¿No los ves?

--No.

--¿Y el Bizco?

Vidal palideció profundamente.

--No me hables del Bizco--dijo.

--¿Por qué?

--No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?

--¿Qué?

--La muerte de Dolores la Escandalosa.

--No sabía nada.

--Sí; mataron a la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que está hacia Aravaca. ¿Y sabes tú quien la mató?

--¿El Bizco?

--Sí, estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario a reunirse con otros granujas.

--Es verdad. A mí me lo dijo.

--¿Has hablado con él?

--Sí; pero hace ya mucho tiempo.

--Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como quien va a una cita. Era el Bizco, estoy seguro.

--¿Y no le han cogido?

--No.

Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.

--!Menuda carpanta tienes tú, gachó!--dijo Vidal ya tranquilizado, sonriendo.

--¡Dios!, si tenía un hambre...

--Ahora vamos a tomar café.

Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.

Mientras saboreaban el café, Manuel contempló a Vidal. Llevaba la cabeza muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus frases; no acompañaba a la afabilidad de su palabra cariñosa y de su sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que desconfianza y cautela.

--Y tú, ¿qué haces?--preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.

--¡Pse!... Vivo...

--Pero, ¿de qué? ¿Cómo?

--Hay negocios, chico... Luego las mujeres...

--Pero, ¿tú trabajas?

--Según a lo que llames trabajar.

--Hombre, quiero decir si vas a un taller...

--No.

--¿Tienes alguna querida?

--Ahora no tengo más que tres.

--¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?

--Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y socio de la Paloma Azul y del Billete.

--¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?

--¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas veces se las echa uno de incomodado y se le arrima a una un par de bofetadas...

--Tú vives al pelo... Si yo pudiera hacer lo que tú!

--¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿a qué te no figuras quién?

--¿Qué sé yo? Alguna marquesa.

--No, un marqués.

--¿Para qué?

--Nada, que me hace el amor.

Manuel quedó mirando asombrado a Vidal, que sonrió misteriosamente.

--¿Tú estás cansado?--preguntó Vidal.

--No.

--Entonces vamos a Romea.

--¿Qué hay allá?

--Baile y mujeres guapas.

--Vamos, sí.

Salieron del café y subieron la calle de Carretas.

Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.

El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de humo, con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se presentó una funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la manera más sosa que puede imaginarse, entre las interrupciones y los gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó a las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió media palabra y cuyo estribillo era:

Pauvre petit chat, petit chat.

Después dió unas cuantas volteretas levantando un pie hasta dar con él en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió a levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo que enloquecía a todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir a todo el teatro.

--¡Eso!

--¡Ahí la visagra!

--¡Esa tripita!

Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.

--¡Tango! ¡Tango!--gritaban todos como energúmenos.

Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.

--¡Viva la lujuria!--vociferaba un joven al lado de Manuel.

Volvió la bella Pérez a bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y Vidal, una muchacha mecía en sus brazos a una niña, con la cara llena de costras. La muchacha, señalando a la bella Pérez, decía a la niña:

--Mira, mira a mamá.

--¿Es la madre de esta chica?--preguntó Manuel.

--Sí--contestó la niñera.

Sin saber por qué, Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.

Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de huéspedes de la calle del Olmo.

Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les reconocieron y les llamaron.

Las dos muchachas aguardaban a la Engracia, que se había ido con un señor. Mientras tanto, reñían. La Rabanitos juraba y perjuraba que no tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los dieciocho.

--¡Si se lo he oído decir a tu madre!--gritaba.

--¿Pero qué va a decir eso mi madre? ¡Cerda!--replicaba la Rabanitos.

--Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!

--¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía entonces? Trece.

--¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí--interrumpió Vidal.

La muchachita se volvió como una víbora, contempló a Vidal de arriba abajo y, con voz estridente, le dijo:

--Pa mí que tu eres de los que se agarran a la verja del Dos de Mayo y dan la espalda.

Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó a todos.

En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la Engracia.

--Anda, tú, convida--le dijo Vidal--. ¿Tendrás dinero?

--¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que _quedrán_.

--Aunque sea a recuelo--repuso Vidal.

--Bueno, vamos.

Entraron los cinco en una buñolería.

--Este señor con quien he ido--dijo la Engracia--es un pintor, y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de desnudo.

A la Rabanitos le sublevó la noticia.

--¿Pero qué vas a servir tú para eso, si no tienes tetas?--dijo con su vocecilla aguda.

--No, las tendrás tú.

--No es por ponerme moños--contestó la Rabanitos--; pero estoy mejor formada que tú.

--¡Magras!--replicó la otra, y sin hacer caso se puso a hablar con Vidal. La Rabanitos le cogió a Manuel por su cuenta y le contó sus penas con una seriedad de vieja.

--Chico, estoy _derrengá_--le decía--, porque como una es débil y no tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la ven a una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone a una el pie encima.

Manuel oía hablar a la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía. Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz e irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron a insultar a todos los que estaban en la buñolería.

--¿Quién son ésas?--preguntó Manuel.

--Unas tías escandalosas.

--Oye, vamos--dijo Vidal a su primo con la prudencia que le caracterizaba.

Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la puerta de su casa.

--Aquí es--le dijo a Manuel.

Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un pasillo, y Vidal dijo a Manuel:

--Este es tu cuarto. Hasta mañana.

Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda que, a pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

¿SERÁ LA BUENA?--PROPOSICIONES DE VIDAL.

AL día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre o de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.

Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le vino a la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y la conversación en la buñolería con la Rabanitos.

--¿Habrá venido la buena?--se preguntó a sí mismo. Se incorporó en la cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué hacer. Si me ven vestido así, me echan--pensó; y en la vacilación volvió a meterse entre las sábanas.

Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era Vidal.

--Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?

--Si me ven con eso me echan--replicó Manuel señalando sus andrajos.

--La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta--dijo Vidal contemplando la indumentaria de su primo--. Vaya unos zapatitos de baile--añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor--. Es de la última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias ¡Estás apañado!

--Ya ves.

--Pues no vas a estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa mía; creo que te vendrá bien.

--Sí, tu eres un poco más alto.

--Bueno, espera un momento.

Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.

--Tienes el pie pequeño--murmuró Manuel--. Has nacido para señorito.

Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.

--Algunas señoritas darían algo por estos _pinreles_ verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y a ti?

--A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.

--¿Para qué?

--Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.

Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.

--¿Vamos?

--Andando.

Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.

--Tráelo, no seas lila--dijo Vidal; y quitándoselo de la mano lo tiró a un solar por encima de la tapia.

Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.

Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.

--¡Qué aplomo tiene!--pensó Manuel.

Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.

--¡Rediez!--exclamó Vidal, mirándole de hito en hito--. ¡Qué facha de golfo tienes!

---¿Por qué?

--¿Qué sé yo? Porque la tienes.

--¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.

--Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?

--Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.

--¿Y habrás pasado muchas hambres, ¿eh?

--¡Uf... la mar... y si fueran las últimas!

--Pues lo serán, hombre, lo serán si tú quieres.

--¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?

--O de otra manera.

--Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de estos.