Part 11
Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello, corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rodando de un lado a otro, no se había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
--Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo a Jesús--; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el mundo se le daba una sopa.
--Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y tostado por el sol.
--Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué al Gobierno civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo y a él a un Asilo.--No llevo al Asilo sino a los que piden limosna--le dijo el guardia.--Yo voy a pedir limosna--le contestó él con humildad--, puede usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las Delicias.
--Pues si le llegan a coger no adelanta usted nada--dijo el de los anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.
--Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente.
--Echarlo fuera de Madrid.
--Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús.
--La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el invierno se tiene frío.
--Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y después tapábamos el agujero con pez.
--¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel.
--La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...
--¿Y usted ha andado mucho por ahí?
--Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
--A donde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es a un camposanto que hay cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo partido.
--Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes.
--Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó el garrote y dió un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió bramando de coraje.
--Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó.
Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de bruces.
--Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y sibilantes...
Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color ictérico; a la izquierda el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...
CAPÍTULO VII
LA CASA NEGRA.--INCENDIO.--FUGA.
CERCA de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.
--Tenemos que ir a ese pueblo--murmuró Jesús.
--¿A cuál?
--A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.
--Bueno.
Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron a la puerta de la estación, a la salida de los viajeros, con la idea de ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo a un coche. El señor le dió unas perras.
Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando vieron un simón y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
--¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.
--¿Adónde iba usted?--le preguntaron.
--Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.
--¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel.
--¡Pse!... Morirme de hambre.
--¿No viene la buena?
--¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?, pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo.
--¿A qué se dedica usted ahora?
--He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió mostrando a Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las mujeres la primera noche de novios_.
--¿Es bueno esto?--preguntó Manuel.
--Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo, dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en _Niu Yoc!_
--Ya vendrá la buena.
--Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí a una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Que tiene usted?--me preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y allá, a las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y por la tarde el Hombre Boa fué a su centro de operaciones del barrio de Salamanca.
--Peseta y media he sacado hoy--les dijo a Manuel y a Jesús--. Vamos a cenar.
Cenaron en el parador de Barcelona, de la calle del Caballero de Gracia, y después el resto lo emplearon en aguardiente.
Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.
Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las chimeneas de un pontón.
Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto; sujetas a las paredes.
Don Alonso tenía su rincón y llevó allí a Manuel y a Jesús.
El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos en el río, y pedazos de estera.
--¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
--¿Para qué?--le preguntó Jesús.
--Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
--¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel.
--Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizá ha cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre es como el viento para la veleta.
--Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.
--Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una mendiga aun joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano. Ella dejó el niño a un lado y se tendió en el suelo...
* * * * *
Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas, y cuando menos se esperaba prendió el cañizo. Inmediatamente se generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa llamarada se levantó en el aire.
Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el aire.
Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de faroles de gas, y a trechos núcleos de luces como islas brillantes en medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en tarde el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de los perros.
Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del Gas.
Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto extraño.
No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron andando los tres por la Ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica, cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura de la noche.
En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones de humo por la chimenea.
--No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita.
--¿Y por qué?--preguntó don Alonso.
--Porque no.
--¿Y de qué va a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer la industria si no hay fábricas?
--Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que vivamos todos--añadió Jesús.
--¿Y la civilización?--preguntó don Alonso.
--¡La civilización! Bastante nos sirve a nosotros la civilización. La civilización es muy buena para el rico; ¡lo que es para el pobre!...
--¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
--Pero, ¿usted los utiliza?
--No; pero los he utilizado.
--Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, si el pobre iba a pie, el rico iba a caballo; hoy el pobre sigue andando a pie y el rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se entera...
--No tiene razón--dijo don Alonso.
--Casi nada...
Siguieron oyéndose los ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.
Se destacó el Hospital general, con su sombría mole y sus ventanas iluminadas por luces mortecinas.
--Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa con tono jovial, que sonaba a dolorida queja.
Comenzaba a clarear; iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...
CAPÍTULO VIII
LAS CUEVAS DEL GOBIERNO CIVIL.--EL REPATRIADO. LA SOPA DEL CONVENTO.
ALGUNAS veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián, llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó a una pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los guardias que era una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
--En la Delegación contará todo eso--contestó el guardia a las explicaciones del Hombre Boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto donde garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a Manuel sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente posible.
--Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes.
--¿Yo?--preguntó el Hombre Boa.
--Sí, usted. ¿Es usted sordo o idiota?
--No; no señor.
--Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
--Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
--¿Edad?
--Cincuenta y seis años.
--¿Estado?
--Soltero.
--¿Profesión?
--Artista de circo.
--¿En dónde vive usted?
--Hasta hace unos días...
--¿Dónde vive usted ahora?, le pregunto, imbécil.
--Ahora, pues...
--Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del orden paseaban por el cuarto, charlando; a veces se oía sonar el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
--¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una grosería y una bestialidad épicas:
--Eso a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--; y volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por la Delegación; se decidió a salir, dió buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida, y se fué.
--¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les costaba haber enviado algún guardia para que acompañara a esa pobre mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa más de dos horas, y al cabo de éstas los guardias les hicieron entrar en un cuarto, en donde se paseaba un hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador o de _croupier_.
--¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
--Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián--dijo el guardia--; no tienen domicilio.
--Perdone usted--dijo don Alfonso--; accidentalmente...
--Llevarlos a que pasen la quincena--dijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias les obligaron a bajar las escaleras y les metieron en un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
--En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un profundo suspiro.
Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
--¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir mucho; se quedó con un humor fúnebre.
--¡Qué diría Jesús si estuviera aquí!--murmuró Manuel--. En la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el sacristán le entrega a uno a los guardias, los guardias le meten a uno en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.
--No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don Alonso.
--En eso estarán pensando.
Serían la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del chiquero, y conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel salieron a la calle.
--Pero, ¿adónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado.
--Usted siga para adelante--le contestó el guardia.
--Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso.
--Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo, iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez o doce guardias de Orden público, vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de estas hicieron entrar a don Alonso y a Manuel, y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos sé les acercaron a mirarles.
--Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos hecho para que se nos encarcele.
--Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar.
--¿Qué pasa?--preguntó Manuel.
--Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
--Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta, nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
--¡Agua!--murmuró con voz débil.
--Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae.
--Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
--Ese otro--agregó el golfo riéndose y señalando a uno escondido en un rincón--tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
--¿Y qué van a hacer de nosotros?--preguntó Manuel.
--Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días--contestó el mendigo.
--¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa saliendo del fondo de su ensimismamiento.
--No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.
--¡Leñe, no empuje usted!
--¡Moler con el hombre!
--Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe de la Higiene.
--No queda una madre sana--hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la jaula de los hombres.
--Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está malo.
--¿Y qué quiere usted que yo le haga?
--Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel.
--¿Qué?
--Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que me han metido preso.
--Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió a presentarse el sargento; abrió la reja y se dirigió a Manuel.
--Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas las mujeres, vió a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un puntapié con toda su fuerza y lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba; que no encontraba empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a vivir a salto de mata.
--Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando no me he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.