Mala Hierba

Part 10

Chapter 104,087 wordsPublic domain

Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera. A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso a bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado e hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con aspecto petulante y la mirada agresiva.

Estos rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.

Un negro borracho, sentado cerca de Manuel, saludaba el paso de alguna mujer guapa, gritando con una voz aniñada:

--¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_!

--Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido a ella.

--Vete a verme mañana--dijo Vidal.

--¿A dónde?

--A las siete de la noche en el café de Lisboa.

--Bueno.

Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de tocar en un intermedio.

--¿Vamos?--preguntó Manuel a la muchacha.

--Sí, vamos.

Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.

Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle de Correos y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un farol grande con una luz muy triste.

Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura desaparecieron...

CAPÍTULO VI

LA NIEVE.--OTRAS HISTORIAS DE DON ALONSO. LAS INJURIAS.--EL ASILO DEL SUR.

AL día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo a pierna suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.

Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín jugaba en el suelo.

--¿Y Jesús?--preguntó Manuel.

--¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora con una voz colérica.

--Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo...--Manuel se esforzó en inventar una mentira--. Quizá esté en la imprenta--añadió.

--No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora.

--Le buscaré.

Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.

--Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se fué, hecho un pepe, no sé a donde.

Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.

En el corredor se encontró con la Salvadora.

--¿Hoy tampoco has ido a la imprenta?--le dijo.

--No.

--Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha, encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si le ves a Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.

Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.

Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal; pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué a pasear por las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por una irradiación luminosa.

Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.

--Mañana voy a la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y, al ir a entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué a la Puerta del Sol, después a la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.

Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no resonaban en el suelo.

Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa blanca.

Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y preguntó al maquinista por Jesús.

--Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó.

--¿Le ha despedido?

--No que no. Anda, sube tú ahora.

Manuel, que iba a subir, se detuvo.

--¿Se fué ya Jesús?

--Sí. Estará en la taberna de la esquina.

Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba a sus pensamientos sombríos.

--¿Qué haces?--le preguntó Manuel.

--¡Ah! ¿Eres tú?

--Sí; ¿te ha despedido el Cojo?

--Sí.

--¿Estabas pensando en algo?

--¡Pse!... Cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos a tomar unas copas.

--No, yo no.

--Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.

Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.

--Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va a armar una chillería de dos mil demonios.--dijo Manuel--¡Vaya un genio que tiene!

--¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así le defiende a la Fea, que es más infeliz... Y a ti, ¿cuánto te queda de la quincena?--preguntó el cajista a Manuel.

--¿A mí? Ni un botón.

Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del brazo a su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le quería como a un hermano.

--Y, ¡maldito sea el veneno!--concluyó diciendo--, si yo no soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.

Manuel, conmovido por estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto a todo.

Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.

Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban completamente borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, reclamándoles a ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que pagaban o se marchaban a la calle, y el cajista le replicó que les echara si se atrevía.

La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso a los dos en la calle.

--Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo débil... y a uno le ponen en la puerta de la calle... y a tomar dos duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece a ti esa manera de hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.

Echaron a andar; no sentía ninguno de los dos el frío.

De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al verles pasar o algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les tiraba una bola de nieve.

--¿De quién se reirán?--pensaba Manuel.

La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave desprendido del cuello de un cisne.

A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los árboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.

Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.

--El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y a uno le ponen en la puerta de la calle... Es como si dijeran la nieve débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... ¿y quién es más débil, tú o la nieve?... Tú porque te enfrías. En este mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío ¿sabes?... todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... el sexo débil... pues cógela y te hielas.

Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde entonces perdieron ya la conciencia de sus actos.

* * * * *

A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.

Jesús tosía de una manera horrible.

--Estáte tú aquí--le dijo Manuel--. Voy a ver si encuentro algo que comer.

Salió a la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar a Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, e iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:

--Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?

Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.

Manuel le contó lo que les pasaba a su amigo y a él.

--No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa--. ¿Tú tienes algún sitio a dónde ir?

--Una tejavana.

--Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los tres.

Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego dentro del cobertizo.

Por la tarde empezó a llover a torrentes; el Hombre Boa se creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó a contar historias sobre historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en América...»

--Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las que contó)--íbamos navegando por el Mississipí en vapor. Os advierto que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos a un pueblo; se detiene el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos carabineros y soldados yanquis.

Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije a mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... búm... tra... la... la... No os podéis figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.

Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso a hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté a uno de los yanquis:--¿Quién es esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas reverencias y echando un pie hacia atrás), y les dije a los de la banda: «Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron a tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo hice lo mismo: ¡Muy señora mía!

Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré a pensar en el programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio a caballo»--me dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al último, los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba a hacer el «Indio a caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido a ellos.--Descuide usted, señor director.--Muchachos: fué un éxito sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!

Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los movimientos del que va a caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados a un punto, y hacía como si volteara el lazo por encima de su cabeza.

--El «Indio a caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de los demás indios. Pa mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los _clauns_. Ahora sí que va a haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente, no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo a decirme:--¡Señor director! ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué se va?--Nada, los indios se habían asustado al ver a los _clauns_, y creían que eran demonios que habían ido allí a aguarles la función. Entro en la pista, y sacó a los _clauns_ a trompicones. Luego, para quitar a los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé a echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.

Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban a dormir, tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba a llover a torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía a lo lejos.

Empezó a tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los truenos.

--¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús.

--¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar hay que verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en América...

Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas a los indios y les sacaba la pecera.

No pudieron dormir, tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado.

A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los montones de basura.

Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la prenda y fueron los tres a comer a la Tienda-Asilo de la Montaña del Príncipe Pío.

Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas a preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron a la Tienda-Asilo a cenar. Propuso don Alonso ir a dormir al Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos andrajosos a la puerta del Depósito, esperando a que abrieran; Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.

Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.

El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de golfos.

Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.

Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el Arroyo de Embajadores.

Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria.

--Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso.

--Bah, no harían nada--murmuró Jesús.

--¿Por qué?

--Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre le quita usted la mitad de su dicha.

--¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando a Jesús con asombro.

--Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, mientras nosotros...

Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara mal de los ricos.

Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las escombreras de la Fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla del cigarro en la boca.

Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en la casa desalquilada y los echó de allí.

Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había desaparecido--se decidieron a ir al Asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en un Asilo, iban viviendo.

La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias fué un día de Marzo.

Cuando llegaron al Asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.

Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo rota, algún horno de cal derruído. Sólo a largo trecho se destacaba una huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en grupos de tres y cuatro.

Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los Tres Ojos.

Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.

Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron en el Asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo, sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...

Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.

Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.

--Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba a tenderse cerca de Manuel.

Unos cuantos golfos de quince a veinte años hicieron irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.

--¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--. Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!

--¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos.

--Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el tambor--dijo otro.

--¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira.

Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.

--Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una cañería.

Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él un viejo alto, de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco a seis años.