Part 16
Cinco días estuvo Aura sin ver a Zoilo, y tres sin saber nada de Martín. Por uno y por otro pasó intranquilidad la familia, y Sabino no hacía más que ir de fuerte en fuerte, interrogando a todo el que encontraba. Acompañole Aura en una de estas excursiones, sin temor al peligro, y al cabo, volviendo del Circo, supieron que Martín no tenía novedad y había pasado a Solocoeche.
—Vaya, ya estás tranquila —le dijo su tío—. El chico vive y tú resucitas. Con esa impresionabilidad que te ha dado Dios, parecías muerta de susto y pena.
—Pero aún no debemos alegrarnos, tío: no sabemos nada de _Zoiluchu_.
—Es verdad; bien comprendo que ese no te llama tanto como Martín; pero también es hijo de Dios, y debemos mirar por él. Aunque parece un tarambana, mi Zoilo vale mucho; a valiente le ganan pocos; tiene su pundonor, y sabe llevar el nombre de la familia Pero no se igualará nunca a su hermano Martín, pues este es de los que entran pocos en libra. No podrás tú ni nadie señalar una buena cualidad que él no tenga.
Aura no dijo nada, y sintiendo Sabino la necesidad imperiosa de practicar dentro de un recinto sagrado las devociones con que diariamente alimentaba su fe, propuso a la joven entrar en la primera iglesia que hallasen abierta. Por fortuna, en la capilla de la Misericordia estaba el Señor de manifiesto, y allí se metieron, empleando ambos como una media hora en rezos y meditaciones. Sentose Aura; permaneció Sabino de rodillas larguísimo rato.
—He pedido al Señor dos cosas —dijo a su sobrina, tomando al fin asiento junto a ella, todavía con la boca llena de sílabas de rezos—. Primera, que nos conserve la vida del pequeño como nos ha conservado la de su hermano, y que igualmente, ellos y nosotros lleguemos vivos y con salud a la terminación del sitio, sea cual fuere la solución que Su Divina Majestad le dé. Segunda, que me conceda el cumplimiento de un deseo santísimo que me alienta, tocante a Martín y a ti...
Aura no chistaba. Entráronle súbitas ganas de rezar, y se puso de rodillas, dejando un tanto cortado al buen Sabino. Pero este no se abatía por tan poco; echó también a media voz, en pie, cruzadas las manos, una larga oración; y poco después cuando estuvieron al habla para salir, volvió al ataque.
—Comprendo que la cortedad, el pudor, la timidez propia de una doncella pura, no te permitan manifestar tus sentimientos..., pero tú quieres a mi hijo, ¿verdad? Tú reconoces en Martín el único marido _práctico_ que te corresponde..., ¿verdad?... Confiésamelo, dímelo aquí delante de Jesús Sacramentado.
—¿Qué quiere que le diga? —murmuró Aura con expresión dolorosa—. Que las cualidades de Martín son muy buenas..., únicas.
—Eso ya lo sé..., dime lo otro; dime que aprecias esas cualidades, y que quieres hacer con las tuyas y las de él un hermoso ramillete de...
No le salía la figura. Sacole de sus apuros retóricos la hermosa doncella, declarando que no quería oír hablar de casorios con Martín ni con nadie, porque estaba resuelta a no casarse más que con...
No acabó. Sabino le quitó la palabra de la boca para poner la suya:
—Quien vive de ensueños, hija mía, soñando muere. Tú lo pensarás... No has nacido para vestir imágenes, sino para que a ti te vistan de felicidades. A Martín no le faltan partidos; pero te quiere a ti... Ten compasión, que es la madre del cariño, y este el padre del amor... Conviene que seas _práctica_, a estilo de todos nosotros; conviene que no mires tanto a lo pasado, pues el que mira mucho atrás, atrás se queda..., y el que vive entre fantasmas en fantasma se convierte..., o en estatua de sal, como la otra..., no me acuerdo cómo se llamaba... En fin, no te digo más, que aquí vienen doña María Epalza y Juanita.
Dos señoras, madre e hija, que acababan sus prolijos rezos, se les agregaron, y a todas dio agua bendita con sus dedos glaciales el bueno de Sabino. Picotearon un rato en la puerta sobre los desastres del sitio y la escasez de víveres. Ya no había carne, ni aun salada.
—Si ese generalote no viene pronto —dijo la señora mayor—, ¡pobre Bilbao!... Pero quieren que perezcamos todos gritando «¡Viva Isabel II!», y aquí estamos también las mujeres dispuestas a cumplir el programa.
—Será, señoras mías —manifestó Sabino con fervor, terciándose la capa—, lo que disponga el de arriba, que es quien dicta los programas. ¿Qué hemos de hacer más que acatar la divina voluntad?
—Y la voluntad divina —afirmó la señora menor, viudita joven muy guapa— ordena que Bilbao perezca antes que rendirse.
—No, hija: que ni se rinda ni perezca..., pues pereciendo no tiene gracia. Hay que sacar adelante a la niña, a nuestra angélica reina... ¿No piensa usted lo mismo, Sabino?
—Señora, yo pienso...
En la punta de la lengua tuvo ya el conocido dicho de _quien con niños se acuesta_..., pero se abstuvo de soltarlo, por escrúpulos de lenguaje y respeto a las damas. Propuso la viudita que pues aquel día no _tiraban_, podían correrse pasito a paso hacia la Cendeja, para ver todo lo que allí habían hecho los nuestros, las defensas magníficas, imponentes, donde se estrellaría el coraje faccioso. Dudaba la señora mayor; manifestó Sabino recelo de andar por tales sitios; pero tan decidida y entusiasta curiosidad mostraron las muchachas que allá se fueron por toda la calle de Ascao y la de la Esperanza, hasta que ya en el término de esta les estorbaron el paso lo desigual del piso desempedrado, los charcos y lodazales, los montones de escombros. Por encima de un espaldón de tablas, reforzado con faginas, vieron que asomaba una cabeza desmelenada; la cabeza de un diablo guapísimo, alegre, que llamaba con fuertes voces. Era Zoilo. Aura fue la primera que le vio.
—Tío Sabino, mire donde está ese pillo.
Corrió el padre, corrieron las damas. Alargando su cabeza por encima del tablón todo lo que podía, el miliciano les dijo:
—Aura, padre, ¿han visto el letrero que hemos puesto por la parte de afuera de la batería para que lo vean ellos?
—Ya, ya sabemos —dijo Aura mirándole gozosa—. Una calavera con dos canillas, pintada sobre negro.
—Y un letrero que dice: _Tránsito a la muerte_, o lo que es lo mismo: que todo el que venga a tomar esta barricada, muere, y que los que la defendemos, aquí estaremos hasta que nos maten.
—Bien, hijo, bien: no hemos visto el letrero; pero nos figuramos lo bonito que será. Dios te la depare buena. No sabíamos de ti.
—Oye, Zoilo —dijo la señora mayor—: ¿está aquí Luisito Bringas, el hijo de mi sobrina, sabes?
—¿Luis el del indiano? Sí, señora. Aquí cerca, en las Cujas está. Hace un rato comimos juntos él y yo.
—Dirasle que a su mamá le supo muy mal que pidiera venir aquí, donde hay tanto peligro, y que no hace más que llorar.
—Ese es de los temerarios, locos, como mi hijo —observó Sabino—. Dios cuida de ellos.
—¡Bravo, _Luchu_! —exclamó Aura—. ¿Desde cuándo estás aquí?
—Dos días llevo ya. No salgo, no sea que el puesto me quiten.
—¿Por qué no avisaste a casa, hijo? Estábamos con cuidado. Tu prima y yo venimos del Circo y de Mallona, donde hemos preguntado por ti. Dime, ¿no tienes miedo?
—Sí, señor: un miedo tengo, uno solo. Temo que esos cobardes, después de tanto boquear, no nos ataquen mañana como dicen.
—¡_Tránsito a la muerte_! —repitió Aura con admiración, sintiendo no ver el lúgubre letrero—. Pero no morirán... Eso se dice...
—Y se hace.
—Vámonos, vámonos... —dijo Sabino—. Este no es sitio para señoras. Zoilo, por si no lo sabes, José María y yo dormimos en casa de Melquiades Echevarri. Vámonos, no sea que...
—¡Si ahora no tiran! Están rezando el rosario.
Al despedirse Sabino tiernamente de su hijo, se le saltaron las lágrimas, y Aura, de verle llorar, lloraba también.
—¡Ay, qué hijos estos! —decía suspirando la señora mayor—. ¡Lo que inventan! ¡_Tránsito a la muerte_!
—Es cosa de los de Trujillo, de los de Compostela —indicó la viudita.
—Y de estos, de los nacionales. Todos son unos.
—¡Sangre de chicos, corazones de hombres!
Y doña María Epalza, con súbito arranque impropio de sus años y de su obesidad, se cuadró, y elevando sus brazos con frenesí convulsivo hacia el tablero por donde asomaban varias cabezas, gritó:
—Sí, cachorros de mi tierra. ¡Viva Bilbao, viva Isabel II!
Se alejaron pisando fango, escombros, astillas..., oíanse lejanos disparos de fusilería; por la parte del barranco de San Agustín venía una humareda negra, olor de pólvora... Hasta el convento de la Esperanza fue Aura mirando para atrás para ver los aspavientos que hacia Zoilo, alargando medio cuerpo fuera del espaldón de tablas. La señora mayor, agarrándose a la capa de Sabino, le decía:
—¡Ay, me descompuse; me entró como un furor de alegría, de entusiasmo al ver el tesón de esos chicarrones!... No se puede remediar..., está en la sangre bilbaína...
Y la señora menor completó el pensamiento con esta frase:
—Bilbao muere, pero no se rinde.
—Así sea —dijo Sabino—. Y por encima de todo, la voluntad de Dios... Por de pronto, señora doña María, hoy tenemos las alubias a veintiséis cuartos, y el bacalao a siete reales... Pero dicen que no importa... No somos nada; el pueblo es todo, el pueblo dice: «Morir antes que rendirse».
Doña María, que apenas tenía movimiento después del esfuerzo que hizo para engallarse y soltar los furibundos vivas, modificó el concepto: _Morir, tal vez; rendirse, nunca_.
XXVII
Lisonjera fue la mañana del 27. Cundió por la villa la creencia de que Espartero iba sobre Castrejana, y si conseguía forzar el puente y pasar a la orilla derecha del Cadagua, los sitiadores se verían comprometidos. Valentín Arratia, que conservaba su excelente vista marinera, subió a la torre de Miravilla, y puesto su ojo en buenos catalejos, distinguió los batallones isabelinos desfilando por el valle de Baracaldo. En Bidebarrieta y el Arenal los patriotas difundían la buena noticia de corrillo en corrillo.
—Para mí —decía Valentín Arratia— no pasa de mañana el tener aquí a don Baldomero. He visto las tropas de la reina como les veo a ustedes, marchando en columnas hacia el puente.
—Lo que resultará no lo sabemos; pero que se están zurrando de lo lindo es evidente —dijo Antonio Cirilo de Vildósola—. Lo que fuere sonará.
—¡Si ya está sonando! Hemos oído un tiroteo horroroso —aseguró don Francisco Bringas, rico indiano, exaltado liberal y el primer optimista de la villa—. Apuesto lo que quieran a que levantan el sitio esta tarde..., ¡contro!...
—Diga usted que convida, don Francisco, y todos seremos de su opinión.
—Pues me corro, ¡contro!... Aún me quedan dos docenas de botellas de chacolí de Baquio.
—Tanto como esta tarde, no diré yo que nos perdonen la vida —indicó Arratia—; pero mañana temprano... Aquí llega el amigo Arana. Viene de la Diputación, donde habrán llegado gordas y buenas.
—José Blas, ¿qué sabes?
—Solo sé que no sé nada, como dijo el otro.
—Te lo callas, por no convidar.
El tal José Blas de Arana, uno de los más exaltados corifeos de la defensa, era comerciante en sebo, sardinas de barril, raba y otros artículos similares. En su campechana modestia, permitía que los amigos le llamasen _Borra_, y se cobraba esta conformidad aplicando apodos a sus conciudadanos.
—¿Convidar yo?... ¿A qué? A metralla, si quieren. Con todo, si se confirma que _renuncian generosamente a la mano de Leonorita_, como dice Guzmán en _La Pata_, convido. Poseo una bacalada y hasta medio ciento de galletas mohosas.
Acercose Tomás Epalza, rico por su casa, banquero, como los anteriores perteneciente a la Junta de Armamento. Era hombre jovial, satisfecho en toda ocasión y circunstancias, de una fe ciega en la resistencia de Bilbao, dispuesto a dar cuanto tenía si de ello dependiera el completo apabullo de la _Pretensión_.
—Estos no piensan más que en comer —dijo riendo—. Bueno anda ello... A lo que parece, Espartero viene y nos trae pan de trigo.
—Y si no nos lo trajere o se perdiera en el camino —apuntó Arana—, aquí están los ricos de Bilbao, los más ricos, dispuestos a comer borona y gato estofado hasta que San Juan baje el dedo.
—Los ricos de Bilbao —afirmó el indiano Bringas con jactancia de buena sombra, que no ofendía— tienen su dinero para gastarlo en la defensa, ¡contro!, y en su mesa siempre hay un plato para todos los _Borras_, que no se rinden al _yugo servil_. Ya sabes..., en la calle del Ferro tienes la mesa puesta... ¿Te has comido ya todas las velas de sebo?... Pues en casa hay de todo, verbigracia, cacao en grano y nueces... Conque sepamos, ¿qué se cuenta?
—Que cansados de obtener victorias —dijo Vildósola, el cual se ponía muy serio para bromear—, se van a ponerle sitio a la peña de Orduña, donde está el tesoro escondido.
El indiano expresaba su regocijo rascándose la sotabarba, con cerquillo o carrillera de pelos grises, y dando pataditas para entrar en calor.
—Compañero —le dijo Epalza—, si tiene usted ganas de bailar el _aurrescu_, aquí viene Ostolaza, que no desea otra cosa, para celebrar la venida de Espartero.
Era el llamado Ostolaza uno de los más calientes patricios, comerciante en las Siete Calles, tan aficionado a la danza éuskara que no perdía coyuntura de armarla por cualquier motivo que hiciera vibrar la fibra patriótica.
Antes de que el tal hablase, retumbaron terribles cañonazos.
—Ostolaza, ahí los tienes —le dijeron—. ¿No querías _aurrescu_? Don Nazario quiere bailarlo contigo.
—Bonita música, compañeros —replicó el bailarín gozoso, restregándose las manos—. Yo sé por qué tiran... Es miedo; se les van las aguas de puro canguelo, y creen que tirando nos engañan, para que no hagamos una salida.
—Como les embista esta tarde el amigo Espartero, señores —dijo Bringas—, y dispongamos aquí una salidita con gracia, no se escapa ni una rata.
Acercose al grupo don Juan Durán, el valiente coronel de Trujillo, que venía de casa del gobernador San Miguel, y les dijo:
—Nada, nada: esto es claro. Quieren gastar las municiones para hacernos todo el daño posible antes de retirarse.
—¿Está en Castrejana don Baldomero?
—Y arreando de firme, según parece.
—Pronto saldremos de dudas. Señores, a comer la puchera el que la tenga.
—La tengo yo para todos —dijo Bringas—, con cecina superior, ¡contro!
—Ea, señores, a comer. Cada cual a su borona... A las tres, junta.
—Y a las cuatro, _aurrescu_.
—Y a las cinco, abrazos... ¡Espartero!... ¡Arriba Bilbao!
Al dispersarse, tomó Valentín la dirección de San Nicolás, donde tenía que dejar una orden de la Comisión de Guerra, y no había andado veinte pasos cuando vio venir a _Churi_ con otros corriendo a todo escape. En el mismo instante sonó vivo tiroteo hacia San Agustín. Llegándose a su padre, el sordo, con aterrada expresión, hablando más con el gesto que con la palabra, le dijo:
—En San Agustín, ellos..., visto yo... Fuego mucho... Por bajo entraron... Corra; veralos piso alto..., fuego.
Otros que venían de allí decían lo mismo con distintas expresiones. La noticia cundía con rapidez eléctrica... Valentín se plantó detrás de San Nicolás, vacilante... La curiosidad y el patriotismo empujábanle hacia San Agustín; el miedo le mandaba retroceder. Casi sin darse cuenta de ello fue arrastrado por un tropel de paisanos y nacionales que hacia la Cendeja corrían. Entre ellos vio a _Churi_, y cogiéndole por un brazo le llevó consigo.
—No te separes de mí... Vamos al fuego. Si hace falta gente, aquí llevo un sordo y un cojo: no tengo más.
Habían hecho los carlistas sigilosamente una excavación, por donde penetraron en la alcantarilla del convento; de ella subieron al piso principal, dominando la portería y claustros bajos. Sorprendida la tropa que guarnecía el edificio, se defendió con bizarría entre paredes, en las crujías bajas, viéndose obligada a retirarse ante la superioridad dominante de las posiciones del enemigo. Diose una batalla disputando el paso a la sacristía. Ganada esta por los facciosos, empeñose otra acción por el paso de la sacristía a la iglesia. Los valientes de Trujillo hubieron de retirarse, dejando media compañía prisionera. Aún intentaron defender a la desesperada el paso al coro, y el de este a la próxima casa llamada de Menchaca; pero sucumbieron ante el número. En aquella serie de acciones breves, terribles, dentro de un laberinto formado por murallones ruinosos y tapiales medio destruidos, aprovechando unos y otros las ventajas de un ángulo, de un boquete, de un escalón, desarrollaban instintivamente los mismos principios estratégicos que en un gran campo de guerra, donde hay río, colinas, desfiladeros y otros accidentes. ¡Espantosa miniatura! Todo lo que disminuía el tamaño del escenario aumentaba el horror de la tragedia; y los combatientes eran más grandes cuanto más chico el campo de su encarnizada porfía. Quedaron al fin los carlistas dueños del edificio y casa próxima; desde las altas ventanas dominaban las baterías que antes fueron segunda línea de defensa, y ya eran primera línea. En el frente de esta podían leer la lúgubre inscripción: _Tránsito a la muerte_.
Cuando llegaban Valentín y _Churi_ a la calle de la Esperanza, el fuego era horroroso. Las baterías carlistas cañoneaban sin cesar. Considerado el espacio entre San Agustín y el Arenal como llave de la plaza, el sitiador no tenía más que alargar la mano, alargar el pie para franquear aquel breve terreno, cosa en verdad muy fácil si allí no estuviera el corazón bilbaíno. Y este se apresuró a obstruir el paso con tanta celeridad como bravura. Acudieron todos los jefes militares, todos los nacionales que no hacían falta en otros puntos, los paisanos que se hallaban en disposición de tomar un fusil. Mucha carne hacía falta para cerrar aquel boquete. Allí se jugaban los bilbaínos la suerte de su querida villa: un paso más de los facciosos, y Bilbao les pertenecía.
Toda la tarde duró el formidable duelo: uno de los primeros heridos fue el gobernador de la plaza, don Santos San Miguel, y a poco cayó también el brigadier Araoz: ni uno ni otro tenían heridas graves; pero quedaron inutilizados. Urgía elegir otro jefe de la defensa. Reunida en San Nicolás la Comisión permanente de guerra, nombro al brigadier Arechavala, que mandaba en Larrinaga. Fue a buscarle Valentín Arratia, ansioso de ser útil, ya que no se creía apto para la lucha, pues ningún arma sabía manejar. Maquinalmente, sin darse cuenta de lo que hacía, entregó a _Churi_ el fusil y los cartuchos que le habían dado momentos antes, y se fue corriendo hacia Larrinaga. No bien se vio el sordo armado y con pertrechos de guerra, corrió a donde con más ardor hacían fuego nacionales y tropa. Él también tiraba; su puntería no era mala. Del cañoneo y estruendo del combate no percibía más que un mugido y trepidaciones hondas; ¿pero qué le importaba? En un momento gastó los cartuchos que le había dejado su padre, y pidió más, y se los dieron, y sin cesar hizo fuego, con vivo deleite de su alma ruda, solitaria. Habría querido poseer un arma que de un solo tiro lanzase infinidad de balas para matar a muchos de una vez, no importándole gran cosa que al caer los facciosos cayera también alguno de los _de acá_. Estimaba en poco las vidas humanas, y pues él no era feliz, ni podía serlo por carecer de un precioso sentido, extendiérase por el mundo la infelicidad, y reinara la muerte donde debía florecer la vida. Ignoraba absolutamente el por qué fundamental de la guerra, y no había sabido discernir el motivo de que la causa de _una_ Isabel fuera mejor que la de _un_ Carlos. Participaba, eso si, sin darse cuenta de ello, de la fiera terquedad bilbaína. ¡Defenderse a todo trance! Esto era una causa, una razón, una bandera.
Corrió, pues, Valentín al cumplimiento de su misión, como individuo de la Junta, y en la calle de la Ronda se encontró a José María, que venía del hospital con un convoy de camillas, llevadas por viejos del Hospicio y algunas mujeres.
—Corre, hijo, corre, que buena falta hará todo esto... ¡No es mal chubasco el que hay por allá! Pero antes que las camillas, harán falta buenos tiradores... Antes que pensar en heridos, pensemos en matar... Oye, oye. Si no te dan un fusil, ayuda al acarreo del agua... Llévate todas las mujeres del barrio... y señoras llévate... que trabajen _a la hormiga_. Cubos hay en San Nicolás... Hoy perece Bilbao, si no echamos el resto...
Partieron en dirección contraria. Al regreso de Larrinaga, pasando por la calle de Ascao, multitud de mujeres, así del pueblo como del señorío, refugiadas en tiendas y portales, querían detenerle con sus clamores, con ansiosas preguntas.
—¿Es cierto que también atacan por el Circo? ¿Y de la Cendeja qué sabe, Valentín? ¿Hay muchos heridos?... ¡Qué horror de día! ¿Se acabará pronto?... ¿Entrarán?... ¡Como no entren!
De un grupo de señoritas y muchachas del pueblo, en deliciosa confusión, vio salir a Aura, pálida, desordenado el pelo, los ojos echando chispas.
—Tío Valentín, ¿están allí Zoilo y su hermano? ¿Sabe algo de ellos?
—Hija, no es ocasión de dar noticias..., ni puedo detenerme... No sabemos cómo acabará esto. Apretada anda la cosa.
—¿Entrarán?... ¿Pero entrarán?
—¿Quién? ¿Ellos? ¡Nunca!...
Irguiéndose en medio de la calle, soltó el registro más ronco de su voz para gritar:
—¡Viva Isabel II, viva la Libertad! Y sepan que donde está Bilbao esta la bravura española...
Las exclamaciones que respondieron a estos gritos atronaban la calle.
—Niñas, mujeres, señoras, _ser_ valientes... Que los nombres no os vean cobardes... Si vosotras sois bravas, el _chimbo_ no cae, ¡qué ha de caer!... Ánimo, y que desde allá os oigan reír, no llorar..., llorar no. Hoy no se llora aquí... Y si os mandan llevar cubos de agua, para refrescar los cañones... ¡hala con ellos, _a la hormiga_!
Los desplantes que tuvo que hacer al largar los vivas recrudecieron su dolor crónico, y se fue renqueando, mas no por eso menos presuroso, aunque le molestaba horrorosamente su antigua avería en la _aleta de estribor_. Oíase en toda la calle el coro, con diversidad de voces, cantando las animadas estrofas del himno compuesto en aquellos días por los milicianos Zearrote y Casales:
Entre ruinas, valientes bilbaínos, vuestras sienes ceñís de laurel, y en estruendo marcial solo se oye libertad y que viva Isabel.
Soldados de _Trujillo_ y _Toro_, y algunas compañías de Nacionales, defendían la Cendeja, llave del Arenal y de Bilbao, con un tesón de que solo se encontraría ejemplo en las épicas jornadas de Zaragoza y Gerona. Decididos a que los dueños de la posición de San Agustín no dieran un paso fuera de ella, juraron hacer con su carne y sus huesos una compuerta que no abriría el sitiador sin desembarazarse antes de las vidas que la componían. Tan firme voluntad, entereza tan grande, produjeron en el curso de la tarde estupendas hazañas particulares y colectivas y lastimosas muertes. Cada instante el número de heroicos bilbaínos mermaba dolorosamente. Antes que resignarse los vivos a una muerte segura, discurrieron un arbitrio que les permitiría fortificar sus posiciones y redoblar su esfuerzo. Para que los carlistas no pudieran hostilizarles con tan terrible insistencia en las formidables posiciones que habían conquistado, era menester proporcionarles ocupación distinta del tiroteo de cañón y fusil. Pensaron algunos combatientes de la Cendeja que si lograban pegar fuego a San Agustín y a la casa de Menchaca, el enemigo tendría bastante que hacer con apagarlo. Esta idea se fue condensando en las cabezas calientes que allí había, y al fin tomó cuerpo de eficaz resolución en la cabeza principal, en el jefe de la defensa, el brigadier don Miguel de Arechavala. Propúsolo en la cruda forma propia del apretado caso:
—Muchachos, ¿os atrevéis a incendiar el convento?
Respondieron que sí. Y el jefe de Nacionales, don Antonio de Arana, gritó:
—El enemigo quiere fumar: ¿hay quien se atreva a llevarle candela?
No se oía más que «¡Yo, yo, yo!».
XXVIII